Lucía caminaba por el apartamento vacío, sus pasos resonando en la quietud de la casa. El silencio era abrumador. Después de la salida de Gabriel, el mundo exterior parecía haberse detenido, como si todo lo que quedaba fuera de esos muros ya no tuviera sentido. Las emociones se apoderaban de ella, pero su mente se mantenía en un constante vaivén entre el dolor y la necesidad de tomar decisiones. ¿Qué había hecho mal? ¿Había sido demasiado rígida? ¿O simplemente no podía ignorar lo que había sucedido? El teléfono vibró en su mano, interrumpiendo su tren de pensamientos. Era un mensaje de su mejor amiga, Carla. Sabía que debía contestar, pero no encontraba las palabras. ¿Cómo explicarle lo que estaba pasando sin sentirse vulnerable, sin tener que admitir que su corazón aún latía con fuerza

