DARKO (Siete años) Me encontraba de rodillas, con las manos atadas por delante, en la habitación que mi padre llama su altar doméstico. No era el condenado. Era el testigo. Las paredes estaban desnudas, salvo por una cruz de madera vieja y astillada que colgaba como una herida abierta. Una Biblia reposaba sobre un podio de madera carcomida por los años, como si el tiempo también hubiera intentado borrar sus palabras. La luz amarillenta de la lámpara no iluminaba: juzgaba. Aquí no hay ventanas. Solo silencio, olor a cuero viejo, sudor seco y algo más... algo que se me metía por la garganta como una plegaria podrida. Me sentía como un monaguillo en misa, obediente, quieto, inútil. Estaba jugando con Danja cuando uno de los hombres de mi padre entró a la habitación. No dijo mucho. Solo que

