Zachary
—Perfecto, Fiore. Ahora arquea la espalda y deja que el vestido caiga igual que tu cabello sobre el borde. Sí. Así mismo. —Clic. Clic. Clic.
—¿Cuánto tiempo vas a esconderte aquí atrás para mirar?
—Vas con retraso —le respondo, ignorando el tono burlón en la voz de Lamar. Él es el único a quien le permito esas mierdas, y es simplemente porque es una de las seis personas en todo el planeta que soporto.
—Nuestra modelo no se presentó.
—¿Cómo llegó esta aquí arriba? —pregunto, incapaz de apartar los ojos de la chica. La misma cuya sangre está en mi oficina, por toda mi chaqueta de traje hecha a medida y mi pañuelo de seda.
—La encontré sangrando en el vestíbulo y la reconocí al instante. Además, es una pasante de aquí, lo que la hace mía para hacer con ella lo que me plazca siempre que la necesite.
Mis molares chirrían antes de que logre comprender lo que estoy haciendo. ¿Por qué me importa que él diga que es suya y afirme que puede tenerla cuando quiera? Ni siquiera está siendo necesariamente s****l, aunque conociendo a Lamar, podría referirse a ambas cosas, tanto profesional como personalmente. Incluso si eso no son más que fantasías por su parte.
—¿Sabe Jacob que intentas tirarte a una modelo?
Él se ríe de mi tono, y con razón. Soy un puto desastre hoy, y no todo tiene que ver con la preciosa rubia desparramada en mi diván como la tentación s****l definitiva.
—Jacob sabe que me gusta todo el mundo, pero ella es un poco joven para mí. Probablemente para ti también.
Ahora es mi turno de reír porque, sí, es joven para mí, pero más allá de eso, yo no salgo ni me acuesto con mujeres a la luz del día y Lamar lo sabe. A cualquier mujer que me tiro, lo hago bajo un manto de total anonimato. Para la prensa y el mundo, he sido un monje desde que murió Suzie, y si mi polla y mi cerebro no requirieran sexo con cierta regularidad para sobrevivir al maldito día, lo sería.
Los clubes exclusivos son la única forma en la que puedo respirar algunos días. E incluso allí, no siento nada. Ni emoción. Ni entusiasmo. A veces pienso que estoy tan muerto por dentro que si me cortara, no sangraría. Hablando de sangrar…
—Nos conocimos esta mañana —admito—. La ayudé. Un delincuente juvenil intentó arrebatarle el bolso y luego la empujó. Se cayó y empezó a sangrar. La reconocí de la semana de la moda del pasado febrero.
Me tomó un tiempo recordar de dónde la conocía, pero cuando lo hice, me golpeó rápido y fuerte. La vi desfilar durante dieciocho segundos y la miré fijamente como un acosador todo el tiempo, sabiendo que si alguien me veía, creerían que estaba detallando el vestido que llevaba —también estaba haciendo eso, porque ese vestido… ¡joder!—, pero su rostro me poseyó.
Luego, después de aquel desfile, era de lo único que hablaba todo el mundo. De su belleza y de aquel vestido que llevaba, sí, pero era el drama y los chismes que la rodeaban a ella y al diseñador para el que desfiló. La vi antes de saber todo lo demás. Me llamó la atención cuando las modelos nunca lo hacen. Son demasiado altas, demasiado delgadas, demasiado pagadas de sí mismas.
Pero, joder, cómo la deseaba.
Por eso nunca busqué nada de ella más allá de escuchar su nombre. Fiore Sage.
—Interesante —arrastra Lamar, con un tono perceptible en su voz.
—No empieces.
—Simplemente dije que es interesante. Tú eres el que la mira como si fuera crack bañado en caramelo.
Probablemente porque lo es.
—Pasante. Joven. Modelo. No me interesa.
—Todo eso te lo creo. Excepto lo último. Nadie deja de interesarse por una mujer que se ve y huele así.
Huele bien, eso es cierto.
El aroma que desprendía esta mañana me puso la polla dura antes incluso de notar su cara. Luego está el color de su pelo. Es natural. Tenía mis dudas porque nadie tiene el pelo de ese color de forma natural, pero esta chica sí. Su rostro es arte.
El estómago se me comprime con fuerza. Quiero a esta mujer. Con su boca impertinente y todo.
Sabía quién era yo y aun así me respondió con altanería. Nadie, y quiero decir nadie, hace eso. Ni siquiera Lamar, ni mis capullos de amigos, ni mi puto hermano. Vale, quizá mis amigos y mi puto hermano, y sí, probablemente Lamar también, pero el resto del mundo me trata con guantes de seda y prácticamente me la masturba cada vez que entro en una habitación.
A ella no pareció importarle.
Me apoyo contra la pared, cruzando los brazos sobre el pecho mientras sigo observándola; ya me han pillado, así que ni siquiera me molesto en intentar ocultarlo. —Tiene una lengua que rivaliza con la tuya. ¿Sabías que me preguntó qué clase de nombre es Zachary?
—Es una pregunta muy legítima que estoy seguro de que todo el mundo que te conoce se hace. Yo desde luego que sí. Es un nombre raro.
Le lanzo una mirada de reojo cargada de hastío que no le afecta lo más mínimo. —Debería haberla despedido allí mismo.
Una sonrisa de gato de Cheshire ilumina su rostro. —Ah, pero no lo hiciste, ¿verdad?
No. No lo hice.
—Muy bien, Fiore —exclama Franco, sacándome de mi trance—. Incorporate ahora. Te voy a pedir que simplemente hagas lo tuyo. Siente lo hermosa y sexy que eres con este vestido. Quieres que el chico por el que has estado suspirando se fije en ti con él puesto. Tu cabello es magnífico y tu maquillaje es impresionante, pero quieres que él vea ese algo extra y especial en ti. ¿Tengo razón?
Fiore se ríe, su sonrisa estalla en su exquisito rostro y, maldita sea.
Una docena de clics más capturan el momento, y ni siquiera puedo culpar a Franco por ello.
Se incorpora, se quita los zapatos y se inclina hacia adelante, prácticamente por la mitad. Sus dedos rozan sus pies y lentamente, oh, tan jodidamente lento, se desliza hacia arriba, con una expresión de pura seducción en el rostro. Una mano busca delicadamente su clavícula, la otra se ajusta a lo largo de su cintura mientras un tirante dorado cae seductoramente de su hombro. Las curvas de sus pechos llenos asoman, jugando con el escote del vestido.
—¡Sí! ¡Madre mía! —Franco empieza a volverse loco, tomando cerca de un millón de fotos por segundo—. Mírame directamente. No te muevas. Eso. Justo eso. Mantenlo, Fiore. Esa pose. Ahora mírame como si quisieras follarme. Como si fuera el único hombre en el mundo que deseas. ¡Sí! ¡Sí! Sigue así.
—¡Joder! —Lamar salta hacia adelante, ansioso por volver ahí fuera—. Eso va a vender este vestido y cada pieza de esta línea de otoño. Mírala.
La estoy mirando.
También estoy pensando en el hecho de que me toca posar con ella a continuación.
—Eso es. Inclina la barbilla y luego mírame hacia arriba. Dame una sonrisa sexy. Perfecto, cielo. —Clic. Clic. Clic. Franco revisa la pantalla de su cámara—. Lo tengo. Ha sido hermoso. Un trabajo excelente. Ven aquí para que lo veas. —Fiore se levanta y va hacia él, y yo me doy la vuelta, mirando a la nada mientras me preparo mentalmente.
—Sabes qué día es hoy —gruño—. ¿Por qué demonios tengo que hacer esto ahora?
Lamar está a mi lado, con una mano en mi hombro. —Porque la vida sigue, aunque no queramos.
—Recordar cómo mi vida sigue cuando la de ella no, me hace ser más c*****o de lo que suelo ser. ¿Quieres someter a todo el mundo a eso ahora mismo?
—Esa es tu propia mierda. De nadie más. La moda no tiene paciencia para el desamor. Es el antídoto. Por eso lo llaman terapia de compras. Podría mimarte, pero ese no es mi estilo ni va a arreglar una maldita cosa. Sé que hoy es difícil para ti, pero tienes trabajo que hacer y este es el oficio.
Tiene razón. Sé que tiene razón.
Marcando un ritmo contra mi muslo, cierro los ojos e imagino el rostro de Suzie justo antes de entrar en la ducha. Debería estar concentrado en ella y en nada más. Y, sin embargo, no he dejado de pensar en la mujer que ha ocupado toda mi mañana. Qué tiene ella que me tiene tan fascinado, no tengo idea, pero esto se acaba ahora. Una modelo y una pasante. Una cara bonita y un cuerpo caliente. Ninguna de esas cosas es una novedad en mi mundo.