Fiorela
La reunión comienza en aproximadamente quince minutos. Eso no me da mucho tiempo para rebuscar en el vestidor, que tiene casi el tamaño de una manzana entera de Boston; y como las manzanas en esta ciudad no están trazadas como en Nueva York, algunas son largas y anchas de carajo. Estamos hablando de estantes y estantes y más estantes y sí, están divididos por estaciones, y sí, soy talla de muestra, pero también quiero que mi nuevo jefe se trague sus palabras.
O sus correos, mejor dicho.
Lo que significa que, sea lo que sea que elija, aunque deba tener el largo adecuado y un aire recatado, quiero que sea lo suficientemente sexy como para hacerte perder el control. Ya sabes… para dejar las cosas claras.
Me gusta pensar en ello como una forma moderna de venganza por el código de vestimenta obligatorio.
Aunque, siendo sincera, ese hombre tiene la capacidad de hacer que mi sangre pase de tibia a ebullición en cuestión de segundos… y estoy casi segura de que el efecto es mutuo.
Sin mencionar —y que esto quede entre nosotros— que hay algo en nuestro constante tira y afloja que, quizá… solo quizá, me resulta peligrosamente estimulante.
Qué puedo decir, han sido unos años solitarios en lo que a hombres se refiere y algo en eso de textear, pelear y enviarnos correos con él es adictivo. Y sí, entiendo perfectamente que es de una manera totalmente insana. No quiero ni espero que pase nada con Zack. Quizás eso es lo que hace que todo esto se sienta seguro en mi mente. Es un juego que no va a ninguna parte.
Conocer hombres normales cuando eres modelo es difícil. Incluso cuando no les decía que ese era mi trabajo fuera de la escuela, lo adivinaban fácilmente. Alta. Rubia. Delgada. Pecho de buen tamaño. Era Nueva York y yo vivía en el distrito de la moda. Además, mi cara estaba en revistas y vallas publicitarias. No era precisamente un misterio.
Así que los tipos veían y escuchaban esa única palabra. Modelo. Después de eso, cualquier otra cosa se borraba de sus mentes. Todo lo que querían era poder decirles a sus amigos que se habían follado a una modelo. El hecho de que tenga cerebro y personalidad era superfluo. Yo era el libro cuya portada la gente solo admiraba sin molestarse en abrirlo y leerlo.
Lo sé, buuu, pobrecita yo, soy guapa. Gran cosa. Si no lo hubiera necesitado para sobrevivir cuando era más joven, no me habría importado. La belleza es pasajera. Es superficial. Es engañosa y peligrosa. Ted Bundy era considerado encantador y guapo, y mira lo que hizo. Y no, obviamente no soy una asesina serial, pero estoy cansada de que la gente solo tome mi exterior como mi verdadero valor.
Así que prácticamente renuncié al amor y a la lujuria en Nueva York. Además, francamente, no tenía mucho tiempo para esa actividad extracurricular en particular. En un universo normal, donde Zack no fuera mi jefe, no estuviera emocionalmente roto, no fuera mi exhermanastro ni fuera aterradoramente atractivo multiplicado por diez, tal vez vería de qué se trata toda esta energía que gira entre nosotros.
Pero eso no es una posibilidad.
Esto no se trata de que yo intente meterme en sus pantalones. Esto es una guerra en algún nivel extraño que no acabo de comprender. Pero al menos parece ser mutuo. Él está jugando el juego tanto como yo. Creo.
Al doblar por uno de los pasillos de verano, suelto un quejido.
—Tantas opciones buenas.
—Pensé que había visto a "la doñita" entrar aquí haciendo clic-clac —dice Lamar, asustándome tanto que salto y emito un pequeño chillido nada femenino que él, gentilmente, finge no notar—. ¿Qué demonios haces aquí cuando se nos espera en una encantadora reunión de primavera/verano?
—Me han obligado a cambiarme por una infracción del código de vestimenta.
—¿Infracción del código de vestimenta? ¿Qué carajos es eso? —Se baja el puente de sus gafas para echarme otro vistazo escrutador. Ya van al menos tres hoy. Se vuelve a acomodar las gafas en la nariz y frunce el ceño—. ¿Qué tiene de malo?
—Demasiado corto.
—Mmm. —Frunce los labios hacia un lado mientras su mirada baja a mis muslos—. Tus rodillas se ven bien. Apenas hay un raspón visible en ellas, así que claramente no es eso.
—Nop.
—Mmm.
—No te conozco lo suficiente como para saber qué significan tus "mmm".
—Probablemente sea lo mejor. Vamos a buscarte algo y a encontrarlo rápido para no llegar tarde a la reunión. Estoy protestando que los colores sólidos serán la clave para la próxima primavera/verano, mientras que Martina está obsesionada con los estampados florales. No puedo dejar que gane ella. Lo floral es tan de hace dos años.
—De acuerdo.
Chasquea la lengua mientras me hace girar, empujándome por el pasillo agarrada de los hombros.
—Lo sé. Por eso soy un dios en el vestidor.
—¿Estás en el clóset?
—Cariño, esa es la forma más sosa de preguntar si soy gay. No, no estoy en el clóset. Nunca lo estuve y nunca lo estaré porque uno nunca debería avergonzarse de quién es. Me follo a todo el mundo sin discriminación. Soy un amante de igualdad de oportunidades. Con un novio estable, pero la mentalidad está ahí. —Me detiene, girándome hacia la derecha—. Aquí. Esto. Se verá fabuloso con tu tono de piel y realmente encajará con la vibra que espero impulsar para el próximo año. Cámbiate.
—¿Frente a ti? —Le lanzo una mirada con la ceja arqueada por encima del hombro mientras tomo el vestido de verano rosa pálido que me ofrece. Es juguetón y muy femenino, con un escote de corazón que se ajusta al busto y se abre en una falda tipo vintage de los años cincuenta. Estoy enamorada.
—Lo hiciste ayer.
—Eso fue antes de saber que te gusta "la mercancía" que traigo.
Él resopla.
—A todo el mundo le gusta lo que traes, coman o no tu tipo de sashimi. Cámbiate. No tenemos maldito tiempo para esto, pero iré a buscarte los mejores putos zapatos del mundo para combinar con esto mientras te desnudas.
Con esa declaración, se marcha, como un hombre con una misión, y yo me deslizo rápidamente fuera de mi hermoso vestido de encaje blanco para ponerme este. Pero en el segundo en que la suave gasa toca mi piel, tarareo de deleite. Zack podrá ser un imbécil, pero el hombre hace unas prendas de primera. Me siento hermosa y femenina, y eso que aún no me he visto en el espejo.
—Ah, impresionante. Me encanta. Zapatos. —Me lanza un par de tacones rosas a juego que tienen lunares negros para resaltar ese aire vintage de los años cincuenta. Me los pongo rápido, recogiendo mis cosas con las manos—. Cabello y maquillaje, ¡ya!
—No tengo tiempo.
—Cállate, mujer. Necesito dos malditos minutos. —Me lleva a toda prisa de vuelta a la entrada y luego se lanza sobre mi cabello, subiendo mechones, enrollándolos en sus dedos y sujetándolos todos detrás de mi cabeza, asegurándose de que queden sueltos algunos mechones clave, jugando con mi cuello y hombros y enmarcando mi rostro—. Brillo rosa. Ahora.
Lo paso por mis labios mientras él da unos toques de brillo bronce ligero en la parte superior de mis mejillas.
—Perfecto. Ahora, vámonos.
Tomándome de la mano, salimos corriendo de la zona de sesiones y volvemos al elevador.
—Se va a morir cuando te vea.
—¿Quién?
Recibo una mirada que dice "no intentes engañar a un experto".
—¿En serio, perra?
—Ese no era mi objetivo.
—¿En serio, perra?
Pongo los ojos en blanco mientras frunzo los labios, molesta por ser tan predecible cuando me enorgullezco de ser todo lo contrario.
—No por las razones que crees. Solo estaba enojada porque me hizo cambiarme y quería darle una lección.
Él levanta una mano.
—Bien. Eso te lo compro. Misión cumplida. Apuesto a que nunca más te volverá a pedir que te cambies.
Con una sonrisa de suficiencia en los labios de ambos, dejo rápidamente mis cosas, agarro mi laptop y me dirijo por el pasillo hacia la sala de conferencias donde se celebra la reunión. Aminoro el paso, alisando mi vestido justo antes de entrar. No miro en dirección a Zack, aunque soy plenamente consciente de dónde está exactamente y del momento preciso en que sus ojos se posan en mí.