Autocontrol en peligro🔥

2559 Palabras
Zachary ¿Sabes cuál es la peor parte de la atracción? Lo insidiosa que puede ser. Lo maquiavélica que resulta cuando se infiltra. Una sanguijuela que te succiona la sangre lentamente hasta que te deja sin poder contra ella. La forma en que altera la química básica de tu cerebro es alarmante, llenando tu mente de pensamientos y deseos peligrosos. Una necesidad tan feroz que darías lo que fuera por detenerla. Entré aquí esta mañana con un plan de batalla. Una mentalidad sólida que no pensaba permitir que se descarrilara. Yo puse esto en marcha. Yo la traje aquí arriba. Sé que hubo un razonamiento sólido y lógico detrás de eso. Pero una mirada a ella con ese vestido que llevaba, un intercambio de correos, un cambio de ropa, esa maldita boca astuta, y he sido... esto. Ni siquiera sé qué es "esto", más allá de que no soy yo. Cristo, estoy tan jodidamente jodido. Esta mujer... Eligió ese vestido simplemente para ser la mayor provocadora del mundo y demostrar su punto. La forma en que esa tela rosa se ceñía a sus magníficas tetas. Un vestido que yo diseñé. Mi vestido. Llevaba mi vestido y se veía jodidamente deliciosa en él. Algodón de azúcar; podría lamerla hasta que se disolviera en mi lengua. Acepté las texturas. Abiertamente. Dije las palabras frente a toda la maldita sala. En ese momento, me dije a mí mismo que era porque ella tenía razón. Que haría que los colores resaltaran — ¿qué CEO que se respete usa ese término? — y añadiría una capa extra a los diseños. Pero ahora que no la estoy mirando con ese vestido dulce como el azúcar hilado, con su cabello recogido y juguetón rogando que mis manos le hicieran— Cualquier otra pasante. Cualquier otra pasante. Cualquier otra pasante. He estado imposiblemente duro. Toda la mañana. Desde que me desperté e incluso antes. Pero no es cualquier erección. Es una erección con propósito. Con imágenes que la respaldan. Es mi apéndice traidor diciendo: "Oye, hicimos esto ayer en el baño de tu oficina, así que ¿por qué no convertir esto en una nueva tendencia ya que nos gusta tanto?". Son fantasías de su cabello escurriéndose entre mis dedos, y su aliento acelerado contra mis labios, y sus tetas suaves presionadas contra mi pecho, y sus gemidos necesitados abriéndose paso directo a través de mí. ¿Y la mejor parte? Ella hará cualquier cosa que yo quiera. Cualquier cosa que yo quiera hacerle. Porque es una fantasía. Una fantasía tóxica, enferma, peligrosa. Y tan malditamente buena. Mentalmente, me sacudo. Esto tiene que parar. Deleitarse en estas fantasías es peligroso. No soy un adolescente cachondo y ciertamente no soy uno que pierda la cabeza a manos de una mujer. Una mujer que, hay que admitirlo, me odia. En quien no confío y a quien debería odiar a cambio. Tengo autocontrol. Soy un maestro en eso. Soy puro puto autocontrol todo el maldito tiempo. Despejo mis pensamientos en el momento en que se abre la puerta. Nada me había distraído del trabajo antes. Solo por eso, debería haberla despedido. Al diablo con mi padre y sus intrigas. ¿La parte aterradora? Ledger determinó que el correo electrónico a Beth ordenando un puesto de pasante para Fiorela aquí vino de mí. Es decir, de mi cuenta de correo. Alguien hackeó mi correo. Beth lo confirmó cuando la cuestioné al respecto. Con los ojos muy abiertos y una mano sobre su vientre de embarazada, se veía increíblemente confundida. —Tú, Zack. Tú me dijiste que la contratara. Cierto. Solo que no lo hice. Entonces entra la maldita Fiorela con sus piernas más que largas por todas partes. Tal vez esta es la estratagema de mi padre. Muerte y ruina a manos de una mujer. Cualquier otra pasante. Cualquier otra pasante. Cualquier otra pasante. —Interesante elección de vestido —digo mientras oigo que se sienta. Mi cuerpo, una vez más, está de cara a la ventana y al sombrío día de Boston más allá del cristal. —¿No tiene el largo apropiado? —pregunta ella con una falsa inocencia que me hace sonreír. —No me molesté en examinarlo en ti. Casi puedo oírla llamándome mentiroso mentalmente. —¿Va a regañarme como hizo con su última pasante de diseño? Porque si es así, puedo decirle que no tendrá el mismo resultado que con ella. No me gusta el pescado. Me giro de golpe, mirando a la mujer imposible encaramada en el borde de mi escritorio en lugar de estar en la silla frente a mí, como debería ser. —¿Eso es lo que dice la gente sobre por qué se fue? ¿Que la regañé por alguna razón y ella huyó? Ella inclina la cabeza, estudiando mi expresión con una pregunta en sus ojos. —¿No fue así? —No. —¿Qué pasó entonces? Cruzo los brazos sobre el pecho. —Como su pasante, ¿no tengo derecho a saber por qué se fue mi predecesora? No. No lo tiene. Pero, por alguna razón, me cabrea que piense tan mal de mí. ¿Acaso no la ayudé cuando casi la asaltan y resultó herida? ¿No la mantuve aquí cuando cada instinto me decía que la despidiera? —Estaba criticando el cuerpo de las modelos que habíamos elegido para lucir los pantalones de pierna ancha y los jeans para un reportaje en Vogue. Dos de las cuatro modelos eran mujeres de curvas prominentes. Discutió con Lamar y conmigo por los pantalones durante nuestra reunión y luego me siguió hasta aquí después, exigiendo que reemplazara los pantalones por completo y a las dos modelos por unas más delgadas. Le dije que no. Le expliqué que esas mujeres eran hermosas y que se veían hermosas con la ropa, porque así era. Se puso furiosa por esto y se marchó. Sus cejas se disparan hacia el nacimiento del cabello. —¿En serio? ¿Eso fue lo que pasó? La miro con frialdad. No me corresponde decirle que la chica tenía un trastorno alimenticio y no soportaba las curvas en ninguna mujer, mucho menos en sí misma. Solo espero que esté en un mejor estado mental fuera del mundo de la moda. A pesar de las ideas preconcebidas sobre mí, me gusta que la gente me desafíe, siempre que lo hagan de forma productiva y constructiva. Negocios son negocios. Lo único personal aquí es la mujer que me mira como si nunca me hubiera visto antes. —Vaya. —Parpadea mirándome—. De acuerdo, entonces. —¿Ya terminaste de comportarte como una mocosa y exigir respuestas que no te corresponden? Me gustaría ponerme a trabajar de verdad. —Sí. —Poniéndose en pie, abre un cuaderno y finalmente se sienta en la silla, cruzando las piernas a la altura de la rodilla. El extremo de su bolígrafo está delicadamente anidado entre sus labios mientras me mira, paciente y silenciosamente —por una vez— esperando a que yo comience. Parece una versión de una modelo interpretando a una secretaria de los años cincuenta. La imagen es tan sorprendentemente sexy que me siento de inmediato. Me aclaro la garganta. —Mencionaste que le dijiste a Marie lo de sus zapatos de mierda. ¿Es cierto? ¿La conoces? El bolígrafo cae de sus labios, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, probablemente porque no se había dado cuenta de que la oí gritarle a su zapato ayer por la mañana. Si está avergonzada, no lo demuestra. —Sí. La conozco. Yo era una de sus modelos favoritas. Me regaló esos zapatos, pero ahora me pregunto si eso de ser su favorita era verdad, considerando que el tacón se rompió. ¿Por qué lo pregunta? —Porque se rumorea que está pensando en vender su negocio y eso incluye su almacén en Nueva York. Me gustaría comprarlo, todo, pero es imposible ponerse en contacto con ella. O lo era, hasta que mencioné tu nombre esta mañana. El borde de su boca sexy se curva en una sonrisa de suficiencia. —No le gustan los demás humanos. —Eso he deducido y, francamente, respeto eso de ella, ya que socializar tampoco es mi actividad favorita. Por eso vendrás conmigo a Nueva York en dos semanas y asistirás a la reunión que provisionalmente logré concertar con ella. Además, tengo una reunión con el diseñador visual para revisar los bocetos de la semana de la moda. —¿De verdad? ¿Voy a viajar con usted a Nueva York? —Arruga la nariz. Me recuesto en mi silla, mis dedos tambalean un ritmo en el borde de mi escritorio. —¿Es eso un problema para ti? Eres mi pasante ejecutiva de diseño, ¿no es así? Eso requiere que viajes conmigo cuando tenga reuniones importantes. —Está bien. Es solo que... —¿Es solo qué? —Nada. No es nada. —Fiorela —advierto peligrosamente. Su mano sale volando por el aire, y el bolígrafo con ella. —Oh. Mierda. —Sale disparada de su silla, inclinándose para intentar atrapar el bolígrafo. Su vestido se sube, mostrando la parte posterior de sus piernas tonificadas con su trasero firme en el aire. Mi polla salta en mis pantalones y gruño, cubriéndome la cara con la mano. Preguntándome si alguna vez tendré un respiro con ella. —Lo siento —dice ella, y luego oigo un golpe y otro: "Mierda", y luego creo que por fin se sienta de nuevo—. Dios, nunca en mi vida había sido torpe antes de ayer. ¿Qué me estás haciendo? Podría preguntarte lo mismo. —Sé que dije que quería que fingiéramos que hoy es nuestro primer día y que ayer y nuestro pasado nunca ocurrieron. Mi mano cae sobre el brazo de mi silla. —¿Eso no te está funcionando? Ella sonríe, sus labios se abren de par en par, mostrando sus perfectos dientes blancos. —Me está costando, pero lo superaré. Es solo que hoy me estás sorprendiendo por todos lados y, en parte, es que no pensé que querrías viajar conmigo. Reprimo una sonrisa, obligándome a concentrarme en la razón principal por la que está aquí y por la que la traería conmigo, más allá de que técnicamente es parte de su trabajo. Según Ledger, mi padre está en California en este momento, pero vive en Nueva York, y tengo curiosidad por ver si se pone en contacto con ella o intenta verla. —No son vacaciones y no es algo personal. Esto son negocios. Levanta una mano conciliadora, con el bolígrafo colgando precariamente entre dos dedos. —Lo sé. —Y aun así sigues mirándome como si tuviera tres cabezas. —No es nada. —Sacude la cabeza, sin dejar de dedicarme esa sonrisa—. Estoy genial, y espero acompañarlo para ayudar en lo que pueda con Marie y con el diseño del set para la semana de la moda. —Fantástico. Sigue sonriéndome, dándome una mirada que no acabo de descifrar. —¿Por qué sigues aquí? Se ríe de forma autocrítica. —Cierto. Lo siento. —Se levanta, pero se detiene un minuto más—. ¿Puedo decir algo? ¿Una última cosa y luego, lo juro, dejaré atrás todas estas tonterías y seré totalmente profesional? Gruño, dedicándole una expresión de aburrimiento. —Si no hay más remedio. —No eres tan imbécil como intentas parecer. Eso me pilla desprevenido por un segundo, aunque me recupero rápido. —No me conoces lo suficiente como para hacer esa suposición. —Tal vez no —admite ella—. Pero es una corazonada que tengo. Claro, eres rudo y frío y, por lo general, un imbécil que ignora a todos a su alrededor— —Me alegra que no te guardes nada por mí —intervengo, intentando mantener mi tono y postura indiferentes. —No me dejaste llegar a la parte buena. No había terminado. Iba a decir que creo que posiblemente podría haber un indicio de un ser humano decente, de carne y hueso, bajo todo ese... —Agita una mano en el aire, señalándome—. Exterior. Levanto una ceja. —¿Exterior? Se muerde la comisura del labio como si intentara ocultar su sonrisa. —No te halagaré diciendo que eres ardiente, si eso es lo que estás buscando. Eso sería poco profesional. —¿Y llamar imbécil a tu jefe no lo es? —Tal vez. Un poco como exigir que alguien se cambie de vestido por una supuesta "infracción del código de vestimenta". —Hace comillas en el aire con los dedos. Y porque no puedo evitar coquetear con ella, digo: —Solo buscaba aclarar qué querías decir con "exterior". Tú eres la que me llamó ardiente sin que nadie te lo pidiera. Ella suelta una risita, golpeándose la frente con la palma de la mano. —Es verdad. Fingiremos que nunca usé esa palabra. —Estamos fingiendo mucho el uno con el otro. —Yo fingiendo que no me siento atraído por ti y disfrutando de que pienses que soy ardiente y humano. Tú fingiendo que no tenemos historia y que no piensas en mí de ninguna manera más allá de este trabajo. —Es verdad —concuerda ella—. Me han dicho que tenemos química, pero yo creo que es más bien como un experimento de laboratorio que salió mal. Pero eso no quita el hecho de que no creo que seas tan imbécil como te gustaría que te vieran. Pongo los ojos en blanco, me incorporo y tecleo en mi computadora, despidiéndola. —Cuéntaselo a alguien a quien le importe, Pollyanna, y lárgate de mi oficina antes de que te despida. Da una vuelta sobre sí misma como una bailarina, haciendo que la falda de su vestido vuele y dándome otra vista indecente de sus piernas interminables. —No me despedirás —dice con voz cantarina—. Me necesitas para Marie. Y no me asustas, Zack. Pero todavía me pones nerviosa. —Me guiña un ojo y luego sale prácticamente saltando de mi oficina con esos malditos tacones de lunares. Zack. Me llamó Zack. No Sr. Whitaker. —Eso no es ser profesional —le grito mientras se va. —Trabajaré en ello —promete—. Es que es muy divertido provocarte. Como jugar con un oso irritable después de la hibernación. —Cierra la puerta tras de sí. Me froto la cara con las manos. Los osos tienen hambre después de la hibernación. ¿No se da cuenta de lo que conseguirá provocándome y jugando conmigo? Que la ataque. Que la inmovilice contra el maldito suelo y la devore. Me levanto y me dirijo al baño para echarme un poco de agua fría en la cara. Solo cuando veo mi reflejo, me detengo. Estoy sonriendo. Pero no es una sonrisa cualquiera. Es una sonrisa divertida. Y ella no cree que yo sea el imbécil que todos los demás —incluido yo mismo— piensan que soy. Mi sonrisa desaparece y abro el grifo, juntando agua en mis manos para luego salpicármela por la cara. Lo hago dos veces más y me seco con una toalla limpia. Ha pasado un día. Fiorela no tiene idea de quién soy, y nunca la tendrá.
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