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3361 Palabras
Capítulo 2: El tío Franco Al llegar al jardín infantil, recogí mi cabello en una coleta alta, me cubrí la ropa con un delantal que tenía un diseño de balones y me ubique en la puerta para comenzar a recibir a los niños que venían de casas hogares junto a las madres superioras que dirigen el lugar o uno que otro niño que era traído por sus padres sustitutos durante un tiempo antes de que encontraran un buen hogar para ellos.  —Muy buen día, Lía — saludó una de las hermanas del convento de al lado.  —Hermana, ¿Cómo se encuentra el día de hoy? — pregunté con amabilidad. Me alegraba saber que ella también cuidaba a los niños tanto como yo.  —Bendecida gracias al señor — le di una sonrisa tensa y pasé a saludar a los pequeños que iban tras ella.  No era muy devota de la religión, no creía un ser que hacía milagros, porque de existir, debía ser muy malvado como para tener a esos pobres niños en la situación que vivían.  —Karol, hermosa, ¿Dónde dejaste tu mochila? — pregunté revisando a una de las niñas, un poco más delgada para su edad y con la falta de los dientes incisivos.  —Él me la quitó — señaló a quien ya me imaginaba.  —Frank… — lo llamé, el niño salió tímidamente de detrás del árbol y caminó hacia mí con las manos tras su espalda.  —Señorita Lía — saludó con sus mejillas un poco sucias.  —¿Qué te he dicho yo sobre quitarle la mochila a Karol? — esperé que respondiera, Karol se cruzó de brazos esperando que Frank hablara.  —Que no debo hacerlo sin su permiso — respondió mirando hacia el suelo.  —¿Entonces por qué lo sigues haciendo?  —Porque me gusta ayudarla — lo miré con mucha ternura, pero debía reprenderlo.  —Pero debes ayudarla cuando ella te deje hacerlo, si ella dice que no, es no. ¿Entendido?  —Si, señorita Lía — asentí contenta —Vayan a jugar antes de que empiecen las clases. Los niños salieron corriendo y yo sonríe mirándolos, son un amor, ojalá nunca pierdan esa inocencia que tienen esas ganas innatas de querer ayudar. Cuando las puertas se cerraron, entre a mi aula y comencé a jugar con los niños como era debido y como me gustaba, me reí mucho con ellos jugando a aprender los colores hasta que tocaron la puerta.  Todos los niños se tensaron, sabía porque, a veces cuando tocaban la puerta era para llevarse a alguien para siempre o para devolverlo luego y a ninguno le gustaba estar de un lado para otro, era su mayor miedo y aún siendo tan pequeños sabían a lo que se enfrentaban, si yo tuviera la forma, los adoptaría a todos, pero por el momento no puedo hacerlo así que lo único que les ofrezco es mi enseñanza y cariño.  —Profesora Lía — llegó una de las niñas de grados más altos — la buscan en rectoría. Fruncí el ceño pensando en la razón por la cual me necesitan, casi nunca me llaman para nada.  —¿Te quedas con los peques? — le pregunté, la niña asintió y entró al salón.  Yo salí rumbo a la oficina del rector para ver qué era lo que pasaba y porqué me habían sacado de una clase, cualquier cosa debía ser importante porque sino, podría haber esperado a que la jornada finalizara. Al llegar a la puerta, escuché voces dentro de la oficina, di tres golpes a la puerta y esperé a que me dieran permiso de entrar.  —Adelante — se escuchó, abrí la puerta y metí primero la cabeza.  —Buen día, señor Juan. ¿Me necesita?  El rector asintió y me hizo un gesto para que entrara a la oficina, hice lo que me dijo y observé a las demás personas allí adentro, pude reconocer a la madre superiora de otra parroquia cercana, un hombre de traje, una mujer vestida de n***o que se notaba había llorado mucho y sobre sus piernas se encontraba un niño de unos cuatro años.  —Buen día — saludé a las personas allí presentes. Ellos respondieron el saludo mientras el rector se ponía de pie y caminaba para llegar a mi lado, lo miré fijamente esperando que comenzará a explicarme a qué se debía todo esto.  —Lía, la madre Teresa ha venido a nosotros a pedirnos un favor muy grande — comenzó a decir el señor rector, le di toda mi atención —Como sabemos el semestre escolar ya inició, pero ella viene aquí hoy a que hagamos la excepción de dejar que hoy mismo se nos integre el pequeño Nicolás a tu clase.  Miré al niño que jugaba distraídamente con un cochecito de carreras.  —Por mi no hay ningún problema, lo acepto en mi grupo de inmediato — comenté, porque obviamente ¿quién era yo para rechazar la educación a un pequeño? —Ya está hecho entonces — aplaudió la madre superiora poniéndose de pie con ayuda del hombre y sonriendo ampliamente —Eres muy amable profesora Lía, que el señor bendiga tu vida y tu bondad.  —Amén — respondí a sus palabras.  —Pueden ir a conocer el lugar mientras yo platico con la maestra — pidió el rector.  Las demás personas salieron del lugar dejándome a mí y al rector solos en la oficina.  —Lía, quiero que seas en especial cuidadosa con ese niño, él tiene a sus padres, tiene una familia y ya sabes que los demás niños se pueden incomodar por ellos — fruncí el ceño muy en desacuerdo con sus palabras, mis niños no tenían ese pensamiento, pero no refute nada.  —Lo tendré en cuenta.  Salí de la oficina y fui rápidamente a mi aula, no me gustaba dejar a los niños sin supervisión adulta, abrí la puerta y los vi muy entretenidos sentados frente a la alumna mayor mientras ella les leía un cuento. Ella levantó la mirada y fijó sus ojos en mí, yo le hice un gesto para que no dijera nada y siguiera leyendo, me senté en el fondo del aula para escuchar la lectura, el libro era “Boy (Relatos de la infancia” del autor Roald Dahl, uno de mis autores favoritos cuando era pequeña y que me llenó de alegría cuando veía sus películas.  Cerré mis ojos y me dejé llevar por la voz de la alumna y mi imaginación voló a mi infancia y los momentos trágicos y divertidos que yo tuve junto a mi hermana, estaba sonriendo como tonta cuando la puerta se abrió, salí de mis pensamientos y vi que quienes estaban bajo el marco de la puerta eran la mujer vestida de n***o y el niño que se integraría hoy mismo a la escuela, les sonreí y me acerqué a ellos.  —Hola, los estaba esperando — la mujer me dio un intento de sonrisa que terminó siendo más una mueca a punto de llorar —¿Está usted bien?  —Si, solo son alergias del lugar — asentí dudando un poco, pero si ella no se sentía en la confianza de contarme, yo no insistiría.  —Entiendo, —me agaché hasta la altura del pequeño Nicolás y le regalé una sonrisa — Hola guapo, tienes unos ojos muy lindos.  Tenía los ojos grandes de color miel y unas pestañas más largas que las mías, era un bebé precioso, de esos que se sabe que de grande serán todos unos rompecorazones.  —Gracias — me sorprendió que para su edad tuviera una excelente pronunciación de la letra R, mis sobrinitos aunque eran un poco más pequeños, aún no la pronunciaban bien y tenía alumnos mucho mayores que de igual forma no lo hacían con claridad.  Me levanté de nuevo para hablar con la madre.  —La jornada acaba en unas tres horas, puede dejarlo por esas horas para que vaya conociendo a los compañeros.  —Me parece una buena idea — ella miró a su hijo —¿Me esperas aquí con los amiguitos?  El niño asintió a las palabras de su madre y soltó su mano para tomar la mía.  —Más tarde hablamos mejor, ¿Si? — le dije a la mujer — en este momento no puedo tener la charla que necesito con usted.  —No se preocupe, será más tarde entonces. — se agachó y besó la frente de su hijo —Te portas bien y te prometo que te compraré un helado de chocolate gigante.  —¡Si! — gritó Nicolás alzando sus manitas emocionado, sonreí al ver su alegría.  —Bueno, mi vida. Te amo mucho.  —Y yo a ti — respondió el niño recostando su cabeza en mi pierna.  —Hasta luego — despedí a la mamá y entré al aula, ahora sí interrumpí a la chica — Niños, conozcas a Nicolás, es su nuevo compañerito.  Nicolás se paró frente a toda la clase con las manos tras su espalda y una clara incomodidad, los niños le dieron la bienvenida y él se sintió un poco mejor.  —¿Quién le va a enseñar los colores a nuestro nuevo amigo? — pregunté, varios de ellos alzaron sus manitas — ¡Que lindos son ustedes!  —Maestra — habló Karol — él se puede sentar conmigo.  —Está bien, ve a sentarte a su lado Nicolás.  El niño fue tímidamente a su lado, Karol le regaló una sonrisa pero él solo frunció los labios en una línea y se sentó recto mirando al frente, pude ver que a Karol le molestó un poco que él la ignorara pero luego de unos cuantos segundos, simplemente lo dejó pasar.  —Me voy ya, profesora Lía — habló la chica.  —¿Cómo es tu nombre, hermosa?  —Ana.  —¿Te gustan los niños? —Si profesora, en la casa hogar yo soy una de las encargadas de los más pequeños y cada noche les leo un cuento, de grande quiero ser maestra así como usted — llevé una mano a mi pecho conmovida por sus palabras.  —Estoy segura de que lo serás, ¿Te gustaría venir en tus horas libres a leer un poco a los niños? — ella asintió con entusiasmo.  —Si, me encantaría, además usted tiene una biblioteca muy grande — miramos la biblioteca del fondo del salón, todos los libros eran de mi propiedad y me sentía muy orgullosa de ellos, me gustaba la gente que amaba leer, como Ana.  —Te puedes llevar cualquiera con la condición de que lo devolveras en buen estado.  —Se lo prometo, profesora, los cuidaré con mi vida.  —Sé que así será, en cuanto a las clases, mañana me traes un horario con tus tiempos libres y hacemos el esquema para las horas de lectura.  —Genial.  —Ahora vete, no quiero que una futura maestra siga perdiendo más clases. —Gracias profesora — hice un ademán con mis manos para restarle importancia.  —Gracias a ti, Ana. Por cuidar de mis pequeños.  —Fue un placer.  Continúe la clase, estar con pequeños era muy divertido porque todos tenían esas ganas de descubrir cada cosa que veían o tocaban así que las clases se hacían muy dinámicas y especiales, ellos desarrollaban sus habilidades motoras mientras yo me divertía viéndolos, como Nicolás era nuevo, lo observé un poco más para ver qué tan bien se mezclaba con los otros niños, al principio estaba en un rincón del salón jugando él solo con un pedazo de plastilina, pero poco a poco se fue integrando cuando les pedí que mostrarán sus creaciones a todo el grupo.  Ellos comenzaron a contar historias asombrosas de sus creaciones, un unicornio, una casa, un caramelo y un perro fueron unas de las tantas cosas que moldearon en aquel material, cuando faltaban menos de diez minutos para que la jornada terminara, hicimos una fila del más pequeño al más alto (aún cuando todos eran pequeños sí que habían unos al menos un milímetro más alto que otro) y así uno tras otro fuimos al baño para que todos se lavaran las manos.  Algunos, como Frank, incluso tuvieron que lavarse la cara de lo sucio que quedaron tras jugar.  Cuando volvimos al salón por sus pertenencias, todos parecían otros niños, mucho más limpios y con más energía.  —Tomen de la mano a su compañerito de al lado y no lo suelten hasta que yo diga, ¿Entendido?  —Si, señorita Lía — respondieron todos en coro. Salí marchando con ellos tras de mí y los ordene en fila junto a la puerta de salida, los encargados de las casas hogares comenzaron a llegar, uno a uno o por grupito mis niños se comenzaron a ir, así mismo salieron todos los demás alumnos de otros grados, vi a Ana a lo lejos y la despedí con la mano, ella me devolvió el saludo.  Cuando ya no quedaba ningún adulto para recoger a los niños, me dí la vuelta y me topé con Nicolás, sentí un hueco en el pecho al verlo buscar a su madre, yo hice lo mismo pero la calle se veía vacía.  Suspiré un poco frustrada porque odiaba que fueran impuntuales, lo peor era que Nicolás había quedado solo, cuando a veces los niños se quedaban por grupito dependiendo de la casa hogar a la que fueran.  —Ven, Nico. Esperemos a la mamá adentro — él asintió callado y tomó mi mano dejándose guiar hacia el interior de la escuela. Pasé por el lado del portero y le hablé en el oído para que Nicolás no escuchara.  —Cuando venga una señora a preguntar por su hijo, me avisa por favor.  —Claro que sí, señorita Lía.  Le sonreí con agradecimiento y continúe caminando al aula, dejé que Nicolás se pusiera a jugar con todos los juguetes con la promesa de que él mismo los recogiera luego, mientras yo organizaba el resto del salón y limpiaba las mesas.  No era mi obligación hacerlo, pero esa escuela es del gobierno, casi nunca le dan importancia a algo como hacer mantenimiento constante de las cosas, y mis niños aún son pequeños y son más propensos a agarrar una infección porque todo se lo llevan a la boca, me gustaba desinfectar todo muy bien y quitar los pegotes de plastilina que dejaban tirado por el aula.  Nicolás luego de un tiempo se aburrió de jugar y comenzó a ayudarme a organizar las sillas y ordenar los lápices por colores, un color por vasito.  —¿Te sabes el nombre de este color? — tomé uno que estaba en el piso y se lo mostré. —Rojo.  —¿Y este?  —Plateado — sonreí y comencé a preguntarle cada color, los conocía todos.  —¿Sabes contar? — podía ver qué Nicolás era un niño muy avanzado para su edad por lo que quería comprobarlo.  —Un poco, hasta el cincuenta.  —Vaya, eso es genial. ¿Puedes contar para mí? — él de nuevo asintió, su gesto favorito, y comenzó a contar del uno al cincuenta con mucha concentración.  Sonríe enternecida hasta que mis tripas sonaron y en vez de preocuparme por mi, me preocupé por el niño al ver que llevábamos dos horas esperando a su madre y él aún no almorzaba.  Fruncí el ceño ahora sí molesta, muy molesta de hecho, ¿Cómo podía olvidarse de la hora de recoger a su hijo? Era comprensible media hora, hasta una hora, pero ya dos horas era bastante tiempo, así que decidí ir a preguntar al rector, quién se quedaba hasta tarde, si la madre no había avisado que llegaría tarde, Nicolás parecía no estar preocupado por ella, no la preguntaba en ningún momento.  —¿Tienes hambre? — las mejillas de él se tornaron un poco rojas y aunque sabía la respuesta, quería ver qué tanto confiaba en mi como para decirlo.  —Un poquito.  —¿Un poquito? Bahhh, ¡Yo tengo mucha! — Nicolás río llevando una manito a su boca cubriéndola — Ven, vamos a buscar comida.  De camino a la cafetería quedaba el despacho del rector así que pasé primero por la oficina, di unos cuantos golpes y esperé a que me diera autorización de entrar.  —Adelante — abrí la puerta, el rector me miró desde su sitio con los lentes a mitad de la nariz —Profesora Lía, cuénteme qué la trae por acá.  Me hice a un lado para que él notara a Nicolás, él estaba pegado a mi pierna, el rector se levantó de inmediato y me miró pidiendo una explicación.  —La madre aún no ha llegado y quisiera saber si dejó algún recado diciendo que llegaría más tarde o un número de teléfono al cual contactarla — el rector paso la mano por su frente y desabrochó un poco su corbata.  —Ni lo uno, ni lo otro — bufé.  —El niño tiene hambre, lo llevaré a comer y espero que al volver usted me tenga una noticia, por favor.  El rector asintió y comenzó a llamar a quien sabe quién, seguí caminando con Nicolás y entré a la cocina, yo no podía entrar a lugares como ese, pero no iba dejar que él pasará hambre por lo que poco me importó si me reprendian o no.  —A ver… ¿Qué hay por acá? — Nicolás se sentó en una pequeña butaca mientras yo abría todos los cajones buscando que le podía hacer —¿Te gustan los sándwiches?  —Si, mucho.  Asentí y saqué lo necesario para hacer varios sándwiches, también abrí la nevera y tome un juguito de cajita que vi allí, observé que estuviera todo en buen estado antes de comenzar a prepararle el almuerzo, le pasé el jugo y él solito lo abrió y comenzó a tomarlo. —Toma, lindo.  —Gracias — respondió tomando uno de los sándwiches y dándole un gran mordisco, yo hice lo mismo con el mío.  —¿Tienes el número de teléfono de tu mamá o de tu casa? — pregunté casualmente.  —No estamos en casa, nos quedamos en un hotel — mastique mi comida poniéndole atención —Mamá dijo que cuando preguntarán debía dar el número del tío Franco.  —¿Del tío Franco? — él asintió —¿Me puedes dar su número?  Nicolás negó con su cabeza y mordió otro bocado.  —¿Porqué no puedes? — pregunté. —Ella dijo que yo debía irme con el tío franco, pero él no me gusta, yo no le agrado, él odia los niños y no me deja jugar nunca, por eso no quiero ir con él.  —¿Y porqué no ir con tu mamá? — pregunté temiendo lo peor.  —Mamá dijo que ella debía ir a una parte para encontrar a papá — contestó.  —¿Y dónde está tu papá? — dejé de comer porque sentía que el pan ya no me pasaba.  —Lo metieron en una caja — Nicolás se encogió de hombros y frunció un poco el ceño —Tio Franco dijo que iba al cielo, pero las cajas no pueden volar, y mamá dijo que no necesitaba un avión.  Sentí mis ojos picar con lágrimas.  —Oh cariño — me acerqué a él y lo abracé, no tenía ni idea de lo que había pasado a sus padres, era tan inocente. —Necesito que me des el número de tu tío, por favor.  El suspiró como si supiera que no tenía más alternativa y sacó de su bolsillo un papelito doblado, lo tomé como si fuera un tesoro.  —Quedate acá un segunda, ¿Entendido? Voy a llamar y ya vengo, tu sigue comiendo. —Esta bien.  Salí corriendo como alma que lleva el diablo a la oficina del director, abrí sin tocar y vi que su rostro estaba pálido mientras sostenía el teléfono contra su oído, alcé mi mano para mostrar el papel cuando él dejó caer el teléfono y pronunció las palabras que lastimosamente ya esperaba.  —Se suicidó
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