|3|

3136 Palabras
Capítulo 3: El tío Franco.  Mi cuerpo se sintió frío al instante al pensar en que Nicolás había quedado solo, él estaba tranquilo comiendo un sándwich no tenía ni idea de que ya no podría ver nunca más a sus padres, mi corazón se estaba rompiendo en mil pedazos al pensar en el dolor tan grande que esto le iba a ocasionar y cómo sería una vida sin sus padres.  No podía si quiera imaginar la razón de esa mujer para haberse quitado la vida, ¿Acaso no había pensado en su hijo? Su pobre hijo de cuatro años ¡¿Cómo pudo dejarlo así sin más?! No entendía sus razones pero estaba segura de que esa no era la única solución que había, y esperaba ella hubiera acabado todas sus opciones porque de no haberlo hecho y saber que acabó con su vida así sin más, dejando a un bebé desamparado, no tenía perdón de Dios o de quién se suponga haya allá arriba. Y si, no creo en él y esta es una de las muchas razones del porqué no lo hago. —¿Por qué lo hizo? — pregunté una vez pude encontrar las palabras, el rector estaba apoyado contra el escritorio.  —No lo sé, pero lo hizo — negó con su cabeza.  Yo seguía en la misma posición sin saber qué hacer.  —El niño — susurré con ganas de ponerme a llorar ahí mismo —Él es tan inteligente, es tan educado, es muy juicioso, ¿Cómo pudo hacerle eso?  —A veces no hay razones, Lía. Simplemente pasa. —Pobre Nicolás, — llevé una mano a mi pecho y escuché el sonido de un papel rozar contra mi ropa —¡El tío Franco!  —¿Quién?  Ignoré al señor Juan y tomé el teléfono marcando el número que había allí anotado, varios tonos después aún no respondían.  —¿Quién avisó de la muerte de la señora? — pregunté, quizás ese hombre estaba ya enterado de lo sucedido.  —Llamé a la madre superiora, la mujer se lanzó al vacío en un puente cercano a la iglesia, fueron de los primeros en enterarse.  —Diablos, qué horrible — susurré con miedo imaginando esa escena, un escalofrío recorrió mi cuerpo por completo —El niño me dijo que su madre le había dicho que debía irse con el tío Franco, ella sabía lo que haría.  —¿Quién es ese hombre? — me encogí de hombros dándole a entender que no sabía nada y seguí escuchando como el teléfono timbraba pero nadie lo respondía. —Por favor, responde.  —¿Nada aún? — negué con mi cabeza frustrada.  Colgué el teléfono con un golpe y grité, me sentía impotente, llena de rabia y mucho dolor, me pesaba el cuerpo al pensar que debía ir con Nicolás y contarle esa terrible noticia, ¿Por qué no haberlo dejado ser un niño feliz? ¿Cómo iba a lidiar él con solo cuatro añitos a tener que vivir con quién sabe quién y no ser amado como merecía?  —Intentaré de nuevo — levanté el teléfono y volví a marcar el mismo número.  Timbro y timbro y de nuevo nadie respondió, sentía los ojos picando con lágrimas de frustración contenidas. —Tengo que ir a ver a Nicolás, por favor llame a la madre superiora y pregunte si conoce a Franco, no sé qué debemos hacer ahora.  —Lo haré.  Volví a correr rumbo a la cocina y antes de entrar, paré un momento, tomé una profunda respiración y agarré fuerzas para verlo, cuando me acerqué a la puerta, vi desde el marco de esta como Nicolás estaba en el mismo sitio moviendo sus piecitos de arriba hacia abajo, sentí mi corazón agrietarse en mil pedazos y maldije en todos los idiomas a esa mujer, quizás la vida me devolvía algo malo por haber insultado a un muerto, no lo sabía, pero si tan solo alguien más veía la imagen del pobre niño sentado esperando a alguien que ya no iba a volver, se pondría a insultarla conmigo también.  Suspiré con un nudo en la garganta y entré a la cocina, Nicolás me miró y le di una sonrisa que esperaba y no se hubiera visto falsa.  —¿Te comiste todo? — pregunté aunque claramente podía ver que el plato estaba totalmente vacío, solo quería hacer un poco de tiempo. —Si, estaba rico. Gracias.  —Con gusto cariño.  Me senté a su lado y suspiré de nuevo, no quería hablar o me pondría a llorar, como se le daba una noticia de esas a un bebé, quizás no entendiera el concepto de la muerte aún, pero como explicarle que nunca más iba a ver a su madre, en algún momento preguntaría por sus padres, lloraría y… fuuuu, esto es horrible, ¿Cómo decirles que ya no están? Que su madre no lo amó lo suficiente como para quedarse con él.  De verdad quería encontrar una razón para justificar a esa mujer, pero no la encontraba, no hallaba ninguna razón para decir "Ah, vale. Si era mejor que muriera, Nico va a estar mejor sin ella" por favor, no había forma de que pensara que eso era lo mejor para él y creía no encontrar esa razón nunca.  —¿Ya viene el tío Franco? — Su vocecita tan tierna me removió el corazón.  ¿Para qué tener un hijo si lo iba a abandonar? ¿No quería verlo crecer? ¿No quería verlo convertirse en un gran hombre? ¿Enseñarle lo importante de la vida? Me gusta ser maestra en este lugar porque tengo la oportunidad de enseñarle a los niños huérfanos lo que sus padres no hicieron, pero nunca me había tocado estar con uno que perdiera a sus padres en mi presencia, jamás le había explicado a ninguno de mis niños la razón de que sus padres no estaban con ellos y había agradecido eso porque si me preguntaban, yo no iba a saber que responder, había muchas razones, unas válidas, otras pasables y otras que en definitiva no eran excusas suficientes.  —No, no respondió el teléfono — respondí mirando una pequeña mancha de la mesa.  —Nunca responde, odia que lo llamen — comentó, sonreí un poco.  —¿Ni para su cumpleaños? —Tampoco, no le gustan las fiestas, ni los payasos, ni las piñatas, ¡Tampoco le gustan los dulces! — exclamó como si fuera el colmo, solté una pequeña carcajada.  —Es un amargado entonces —Nico asintió con fuerza. —No le gustan los niños tampoco, no le gusta nada, ¿Qué es lo que si le gusta?  —Le gustan los perros, tiene dos. — hizo el número dos con sus pequeños dedos —Se llaman Bela y Zeus.  —¡Eso es genial! ¿Son grandes o pequeños?  —¡Son muy grandes! — contó exagerando con sus manos el tamaño señalando hasta el cielo —A Zeus le gusta jugar mucho y un día me tiró al piso, me salió sangre.  —Aw, pobrecito — se encogió de hombros. —No me dolió — lo miré con los ojos entrecerrados.  —O eres mentiroso o muy valiente — él escondió su rostro entre sus manos y yo suspiré tratando de no recordar que debía darle una mala noticia. —Soy valiente, pero solo me dolió un poquito — de nuevo hizo un gesto con sus dedos haciéndome reír.  —Eres muy valiente.  —Si y no lloré porque si no el tío Franco me habría dicho que por niños no lloran, que eso es sólo para mujeres — fruncí el ceño totalmente en desacuerdo.  —Eso no es cierto, hay veces en que tenemos que llorar y no esta mal, el cuerpo necesita soltar las lágrimas o te vas a llenar como un globito y luego pumm ¡Explotas!  —¡No quiero explotar! — exclamó un poco asustado, bueno, quizás no debí haberle dicho exactamente eso.  —Entonces cuando sientas que quieres llorar, recuerda eso y hazlo. Llorar está bien, eso sí, no llores por todo que vas a molestar a los demás — bromee.  Nicolás suspiró, seguramente sin entender si a la final si debía llorar o no, lo dejé pasar al escuchar pasos, levanté mi rostro y vi a la madre superiora llegar, ella miró a Nicolás con pena y se persignó varias veces antes de caminar hasta Nicolás y llegar a su lado, le tocó el hombro delicadamente. —Hola lindo, ¿Cómo estás? — Nicolás la miró y solo le dio una pequeña sonrisa de boca cerrada. —¿Le has dicho? Me preguntó y yo negué con la cabeza.  —¿Usted habló con mi tío Franco? — la madre superiora lo miró por unos cuantos segundos y luego asintió.  —Si, ya viene para acá.  Suspiré un poco aliviada al saber que él vendría por Nicolás, pero una parte de mi temía que no se hiciera cargo de él, no le gustaban los niños, podría simplemente no cuidarlo y ya estaba, una decepción más para la pobre criatura. —¿Y mamá y papá también vendrán pronto? — volteé mi cabeza a un lado y cerré los ojos con fuerza.  Ay, que dolor estaba sintiendo en mi pecho, tenía ganas de salir de ese lugar, refugiarme en mi cama y llorar por todos los niños sin mamás o papás, incluyéndome, o aquellos niños como Nicolás que ya no tenían a ninguno de los dos.  Escuché que una silla se movió y al mirar, observé que la madre superiora se había sentado frente a Nicolás.  —Hijo, ellos ya no volverán.  —¿Por qué no? — preguntó él confundido.  —Porque se han ido muy lejos y no pueden regresar.  —Pero tienen que hacerlo, mamá me prometió un helado gigante — al escucharlo decir eso, supe que no podía estar ahí más tiempo así que me levanté y me quedé recostada en la pared escuchando como ella poco a poco le iba explicando el porqué no volverían y luego los pequeños sollozos de su parte.  Limpié las lágrimas que ya caían por mi rostro a la vez que tapaba mi boca para que no se me escucharán mis sollozos, no le deseaba esa situación a nadie, sentía que después de ese día ni su vida ni la mía volvería a ser las mismas y quedarían marcadas por un hecho que nos había afectado a ambos aunque yo no fuera nadie realmente importante en esa familia, pero conocer a Nicolás en tan solo un día me había hecho acogerlo como uno más de mis niños y yo a ellos nunca los dejaba solos.  —Profesora Lía — abrí los ojos y vi borroso a dos personas frente a mí, traté de que las lágrimas se fueran de mis ojos y me dejarán ver bien.  —Dígame Alfredo — pedí al guardia del lugar.  —Ha venido el tío del niño por él — asentí estrujando mis ojos y calmando mi respiración.  —Gracias, — dije a Alfredo.  Cuando abrí los ojos y pude enfocar bien, me encontré con el rostro confundido de Alfredo mientras a su lado me encontré con unos ojos grises que ya había visto antes, me sorprendí al ver que era el mismo hombre con el que había chocado la noche anterior al salir del bar se Kris, pero dejé pasar eso por alto y extendí mi mano hacia él.  —Señor Franco, intenté comunicarme con usted varias veces pero no tuve éxito — comenté.  —Vi las llamadas pero estaba ocupado con otros asuntos — asentí comprendiendo. —Lamento la pérdida, — él hizo una mueca pero no respondió — la madre superiora ya ha puesto al tanto de la situación al pequeño Nicolás y está esperando que usted llegara. Él asintió y entró a la cocina, yo no me atreví a entrar, me quedé en el mismo lugar escuchando como Franco y la madre superiora comenzaban a hablar, sentí una manito tirar de mi pantalón y al bajar la mirada me encontré con los ojos mieles de Nicolás llenos de lágrimas, su rostro contraído en una mueca de dolor y su labio inferior sobresalido en un pequeño puchero mientras su barbilla temblaba.  Más lágrimas se escaparon de mis ojos y me agaché a su altura para limpiar su rostro.  —Lo siento mucho pequeño — lo llevé contra mi pecho y lo estreché por unos minutos mientras lo escuchaba llorar.  —Ella ha dicho que las personas que mueren nunca más van a regresar, que ahora mi única familia es el tío Franco y que debo irme con él, no quiero estar con él. Quiero estar con mamá. —Lo siento — no pude decir más porque no podía dejar de llorar.  —Quiero a mi mamá — pidió sollozando y lo abracé aún más fuerte. —Nicolás — la voz de ese hombre era grave y potente, como si hubiera trabajado en algo en donde debía poner el orden.  El niño se estrechó más contra mí y aunque yo intenté soltarlo para que se fuera con su tío, él no quería alejarse de mí.  —Tengo muchas cosas que hacer, ni puedo quedarme más tiempo esperando — miré con furia a ese tipo pero él me ignoró. —Bebé, tienes que ir con tu tío, ¿Si? — pedí tomando su carita entre mis manos, él negó con su cabeza —Tienes que ir, nos veremos en clase todos los días, ¿Si?  Él asintió y solo de esa forma se separó de mí, Franco lo levantó y cargó un poco brusco.  —Nos vemos pronto pequeño — prometí y él asintió despidiéndose de mí con la mano.  Hice lo mismo y lo vi alejarse poco a poco y supe que debía ir a refugiarme en los únicos brazos que me harían sentir bien y odié el saber que Nicolás ya no podría hacer lo mismo, así que cuando llegué a casa con el alma en mil pedazos, lloré todo el resto del día en el regazo de mi madre. ♡o。.。o♡o。.。o♡o。.。o♡ —Por favor, apaga eso — pedí a mi hermana que apagará el TV cuando salió la noticia.  —Pobre niño, no logro entender qué pudo llevar a esa mujer a terminar con su vida — comentó mi hermana.  —Yo tampoco — suspiré sintiendo mis ojos pesados de tanto llorar.  —No se puede devolver el tiempo, pero ahora que él es tu alumno cuídalo mucho y dale el cariño que sus padres no le podrán dar ahora.  —Y tampoco su tío — bufé — es un patán, Nico no se quería ir con él, dice que él no lo deja jugar.  —Ay, me rompe el corazón de solo imaginarlo solito — mis sobrinos llegaron en ese momento caminando tomados de la mano.  Cómo si nos hubiéramos coordinado, mi hermana y yo, cargamos a un niño cada una y lo apretamos como si tuviéramos miedo de soltarlos, el solo pensar que pudieran ser ellos quienes estuvieran en la posición de Nicolás me hacía querer llorar de nuevo.  —¿Helado? — preguntó uno de ellos, reí un poco escuchando a mi nariz muy congestionada.  —¿Quieres helado, príncipe hermoso? — preguntó mi hermana.  —A Tita lele, helado.  Apretuje más al niño que yo cargaba, ni siquiera había visto si era Leo o Teo, pero solo sabía que no quería soltarlo, ellos nos chantajeaban a veces diciendo que les dolía algo para que les diéramos un poco de helado y por ello, al verme llorar pensaron que me dolía algo y necesitaba helado. Muy inteligentes.  Pero a mí, a diferencia de ellos, el helado no me iba a quitar la puta pena que estaba sintiendo en ese momento, el dolor estaba en mi alma y dudaba mucho que un helado reparara ese tipo de dolor.  Mamá pocos minutos después entró a mi habitación y ahora estábamos todos allí adentro, ella se quedó parada bajo el marco de la puerta mirándome.  —¿Ahora sí tienes ganas de comer? He preparado un caldo de pollo — sentí mis tripas rugir y miré el reloj sobre mi mesita de noche.  Ya casi eran las nueve de la noche y no había comido nada desde las tres de la tarde.  —Solo un poquito, por favor — pedí en voz baja, ella asintió y regresó a la cocina.  —Ya es hora de que los lleve a dormir — dijo mi hermana.  Le di un beso a la frente a mi sobrino y lo solté, me di cuenta de que era Teo, me despedí también de Leo y entré al baño para lavarme la cara, cuando salí me dirigí a la cocina en donde mamá ya me servía el caldo.  —Gracias, má — le mostré un intento de sonrisa.  —De nada, cariño. Come todo por favor — asentí probando el caldo.  —Está riquísimo — ella sonrió orgullosa y yo seguí comiendo poco a poco el caldo. —Mamá, ¿Te puedo preguntar algo? — dije después de unos minutos en silencio.  —Claro, dime.   —¿Alguna vez pensaste en dejarnos al no tener apoyo de papá? — nunca hablamos de mi padre, él solo había sido un hombre que había ayudado con mi creación y ya está.  Mamá se quedó callada, esperé pacientemente a una respuesta, quería conocer qué pensaban las mamás cuando no tenían un hombre al lado, quizás así entendía el porqué del actuar de la mamá de Nicolás. —Nunca — respondió al fin —Al no tenerlo a él, me aferré mucho a ustedes porque así una parte suya iba a estar conmigo por el resto de mi vida y aunque lo amaba, las amo más a ustedes y siempre fueron lo primero para mí. Aún lo recuerdo mucho, cada vez que las miro, pero no por ello salgo corriendo a buscarlo.  Ella bufó y yo quise preguntar a dónde iba a correr, porque yo no conocía a papá y hasta el día de hoy creí que estaba muerto, ¿Acaso no era así?  —¿Cómo que… —Se acabaron las preguntas — antes de que pudiera refutar ella ya había salido de la cocina y me dejó con más dudas aún.   Esa noche casi no dormí al tener tantas cosas en la cabeza y lo que más me preocupaba era imaginarme a Nicolás en un lugar en el que él no quería estar, siendo atormentado por un hombre de ojos grises que no lo dejaba jugar, así que no lo pensé mucho cuando salí de la casa rumbo a buscarlo. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR