Capítulo 6: El abuelo

1419 Palabras
Joseph 1 año atrás Hace 18 años creí haber muerto estando vivo, tras recibir una llamada en la que me informaron, que el avión donde viajaban para vacacionar mis dos hijos con sus esposas y mis nietos, había explotado en el aire tan solo despegar. Había perdido a moi famille, a mi razón de ser. Ese día, sufrí mi primer ataque al corazón tras recibir la desgarradora noticia; por suerte, Antoine, el mayor de los hijos de mi primogénito Bruno, en el último momento, había decidido no visitar el continente americano, pero había presenciado desde la ventana del auto, la explosión. Mi mayordomo Roger se encargó de los servicios fúnebres y del cuidado de mi nieto, mientras me encontraba hospitalizado. Luego de dos semanas inconsciente en el hospital pude abrir los ojos, y logré ver que mon petit-fils estaba con vida, saqué fuerzas para continuar, para no dejarme morir, pues había encontrado una nueva razón para poder vivir. (moi famille: mi familia) (mon petit-fils: mi nieto) Antoine siempre fue el más amable y cariñoso de los pequeños, conversador y entusiasta, soñaba con ser un famoso diseñador de modas igual que yo, casarse y tener una familia numerosa, pero el día en que murieron sus padres y hermanos, algo en él murió también; convirtiéndose así, en un hombre exitoso, cierto; pero frio y arrogante. No tomaba en serio a ninguna mujer, estas, no solían durar más de una noche en su cama y aborrecía toda mención de formar familia. Hoy, se cumple un año más de aquel horroroso día. Miro el cuadro familiar que adorna la enorme pared en mi despacho, todos de pie en la entrada de la mansión, mi esposa Juliet y yo en el centro, a mi derecha Bruno, seguido de Béatrice de Montenegro, su esposa; a mi derecha, al lado de la duquesa, mi otro hijo Ryan con su compañera de vida Josephine de Agrerié y delante nuestro, las alegrías de la casa, los niños: Antoine, Adrien, Alexandra, Aline y Bryan. Alzo una mano, la llevo a mis labios y beso mis dedos, para luego con ellos, tocar el lienzo; comienzo a llorar y aunque he aprendido a mantenerme fuerte, no puedo evitarlo cuando los recuerdos de lo que un día fuimos, mi mente invade. Salgo del despacho y camino apoyado en mi bastón hacia la recámara de Antoine, cada fecha conmemorativa vamos juntos al panteón familiar a rendir el homenaje que se merecen los Leuchtenberg, me detengo a varios pasos de la puerta que se encuentra entreabierta; escucho las voces de mon petit-fils y de Alexandro, su mejor amigo, cómplice y secuaz inseparable. Me acerco para poder escuchar y, debo reconocer, que no es culpa de la vejez, mi interés por inmiscuirme en conversaciones ajenas, ya que siempre me ha gustado saber todo lo relacionado con mi familia. — ¿Por qué no las buscas? —le pregunta Ale a mi nieto. — Porque no me interesan —responde tajante, dando pasos firmes de un lado a otro—, no quiero tener hijos, ¿por qué no lo acabas de entender? — ¡Hijas! —lo corrige—. Y no, no entiendo como no te da curiosidad, Antoine, ¿saber cómo son?, ¿si se parecen a ti?, ¿qué les gusta? —sigue preguntando Alexandro y aunque no tiene respuestas puedo jurar que mi nieto está negándolo todo. Por años, lo llevé al psicólogo luego del accidente y le diagnosticaron estrés postraumático con rasgos singenesofóbicos, lo que se traduce como miedo a los familiares. Debido a esta enfermedad, al cumplir los 21 años se realizó una vasectomía sin informárselo a nadie, terminando así, el legado de los Leuchtenberg. — Pues yo sí quiero saber sobre los mío y los voy a encontrar —expuso Alexandro — Será mejor que cierres la boca, moi grand-pére debe estar al aparecer por esa puerta y no quiero que sepa sobre la estupidez que cometí en las vacaciones a España —grita Antoine molesto y si quiere que no me entere, debería de haber bajado la voz o hasta los empleados de los alrededores podrían enterarse. Aunque ya es demasiado tarde, en esa ocasión, le prometí que viajaría solo con sus amigos, pero no me podía arriesgar que me lo quitaran a él también, sabía que el accidente no había sido por una falla técnica, por lo que contraté a unos guardaespaldas, para que lo tuviesen vigilado todo el tiempo desde la distancia. Eran jóvenes y rebeldes e hicieron de las vacaciones un completo caos, entre sus andanzas, terminaron donando en una clínica de fertilización artificial y las consecuencias ya habían nacido. — Pues mi querido tromper, estupidez o no, es la única manera con la que puedes salvar tu título, sin herederos no hay ducado —aclara Ale y asiento como si me lo hubiese dicho a mí, esa es la clásica frase que nos enseñan en cuanto formamos parte de la Asociación de la Nobleza Francesa: “sin herederos no hay títulos” (moi grand-pére: mi abuelo) (tromper: imbécil) Toco a la puerta y paso, saludo a ambos con un fuerte abrazo y salimos para el panteón. Nuestra estancia allí es breve, ya que no le hace bien a mi corazón permanecer por mucho tiempo. Ya de regreso, subo las escaleras lentamente, una vez arriba, me dirijo a mi despacho y antes de entrar el mayordomo se acerca para decirme que el detective, el mejor de toda Europa ya está aquí, esperándome dentro. — Buenos días, duque –habla con mucha cortesía—, no es necesario, puede llamarme Joseph —tomo asiento y le indico que haga lo mismo. — Le tengo listo los expedientes que solicitó, déjeme decirle que las niñas son hermosas, cada una es especial a su modo —dice con una mezcla de entusiasmo y orgullo por su excelente trabajo. Tomo los expedientes que me tiende y empiezo a pasarlos, para asesorarme que estén todos. Iré por vosotras mis pequeñas. * * * Hace exactamente un año que descubrí la existencia de mis bisnietas y desde ese entonces, no he escatimado en tiempo, ni gastos, para encontrarlas y acordar con sus padres, poder conocerlas y reconocerlas como parte del legado Leuchtenberg; para mi suerte, la mayoría, son personas buenas y al resto, solo tuve que ingresarle unos cuantos millones a sus cuentas. Pronto las tendré a todas juntas, a todas mis bellas bisnietas reunidas, haciendo ruido y corriendo por los desolados pasillos de la solitaria mansión. Me bajo del auto, a las puertas de la sede principal de nuestra marca y río, porque estoy a pocos pasos de mi penúltimo objetivo: Jazmín Gómez. Entro y como en cada ocasión, es una tortura estar aquí, ya que cada rincón me recuerda a mi amada esposa, este era el sueño de ambos, el sueño de dos amigos apasionados por la moda, que desencadenó una apasionante historia de amor. Mi querida Juliet, hubiese estado inmensamente feliz de saber que la mansión se llenaría de niñas, amaba ver a toda la familia reunida, hacer cenas e invitar a cada integrante. Fue sin dudas, la mejor compañera de vida y esto, lo hago en gran parte por ella, para honrar su memoria, y por mi Antoine, porque quiero volver a verlo sonreír feliz. Llego hasta la planta 12 y me encuentro con Marie, quien será mis ojos y oídos en la compañía, para poder llevar a cabo el plan: flechazo al corazón; me ha informado que le otorgó la oficina justo al lado de la de mi nieto y es perfecto, así estarán muy cerca el uno del otro y podrán tener mayor facilidad para hacer cosas de jóvenes, ya saben, cosas íntimas. Pregunto por Jazmín y me informa que está en el comedor. Voy en su búsqueda y me quedo callado escuchándola muy divertido despotricar contra Antoine. Jazmín sí que le dará buenos dolores de cabeza a mi nieto. Al notar mi presencia, su rostro se torna rojo por la vergüenza. La invito a mi oficina y es increíble, durante la conversación me doy cuenta que es justo lo que esperaba: maternal, cariñosa, inteligente y con un carácter fuerte, la medida justa para el arrogante de Antoine. Me despido de ella y me marcho de la compañía antes de que me descubra mon petit-fils. —Señor, la han contactado —me informa Charles, mi segundo al mando. —Entonces dirijamos hacia nuestro último destino: Fernanda Pérez, la mayor de mis bisnietas —contesto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR