Para Antonia, llegar a casa al final del día era una tortura. Su casa no era cualquier cosa, estaba llena de lujos y de confort, cualquiera estaría feliz de llegar a un lugar así después de un día de trabajo arduo, pero Antonia odiaba cada rincón; aquellas paredes frías que daban la impresión de inclinarse sobre ella hasta aplastarla, lo fuerte que podían oírse crujidos del suelo a cada paso, que era señal ineludible de que aquel lugar estaba tan vacío como ella. Dejó salir un suspiro antes de abrir la puerta. Recorrió el pasillo hacia la sala y al llegar dejó caer su bolso de diseñador y se quitó los zapatos, los dejó ahí, en medio del salón, sobre la alfombra gris que cubría el piso, fue a la cocina y cogió una botella de vino, cogió también una copa, de uno de los gabinetes aéreos, pero

