Ningún sitio en el mundo es seguro, y nunca le damos importancia a eso. Pensamos que las cosas malas no nos pueden pasar, no esperamos de hecho que algo malo nos puede pasar, hasta que sucede.
La mañana de ese día llegó casi tan rápido como un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera tenía apetito, así que pasé el poco tiempo que me quedaba en casa meneando la leche dentro del plato con la cuchara, haciendo tintinear ligeramente la cerámica al chocarla. Esperaba que el cereal se terminara de remojar hasta que pareciera alimento para bebé; nunca me gustó remojado, crujiente es mucho mejor.
Habría sido un desayuno ameno si mi padre se hubiese tomado al menos la molestia de fingir que le importaba un poco mi presencia y me hiciera compañía, pero, en cambio, el cereal se remojó y yo debería haber aprendido que, a esas alturas, él no lo haría.
El viejo reloj que colgaba de la pared marcaba las siete con diez, y no podía dejar de mirar la manecilla segundera avanzar, porque la muy maldita hacía menos prolongada mi estadía.
El timbre de la puerta sonó al tiempo que papá se adentró a la cocina, por lo que se detuvo un segundo preguntando con la mirada si abría él o yo. Dejé escapar un suspiro, y empujé con las puntas de mis dedos el plato hacia el centro de la mesa poniéndome de pie.
—Buenos días, Cindy —saludó concentrado en anudar su corbata.
—Buenos días, papá —respondí pasando por su costado dejándolo atrás.
Abrí la puerta encontrándome a un repartidor muy alegre que llevaba un paquete entre sus manos.
Seguramente su esposa le había dado un buen desayuno, y convivió con sus hijos la noche anterior durante el camino cuando iban por una buena pizza, probablemente se despidió de ellos esta mañana antes de salir; en el caso de que tuviera familia.
—Buenos días —saludó con su amplia sonrisa; simple, pero honesta… o eso parecía—. ¿Jhona Kemper? ―preguntó leyendo la etiqueta del paquete.
—No se encuentra —dije observando la camioneta de reparto que estaba estacionada frente a la casa.
—Que mala suerte. ¿Y se encuentra Cindy…?
—Soy yo —interrumpí al hombre que no hacía desaparecer su buen humor.
En cambio, por mi parte, me encontraba realmente sin ánimo de nada y no me molesté en ser amable.
Jhona seguía pidiendo porquerías por internet, y ese no era el problema realmente, porque podía comprar todas las porquerías que quisiera, era su dinero y su asunto siempre y cuando no usara mi dirección postal para que llegaran.
—Okey. ¿Me firmas aquí? —pidió sin dejar de sonreír acercando un pequeño monitor digital con un lápiz plástico para firmar.
Lo hice, se lo entregué y se despidió dejando el paquete en mis manos.
En cuanto se giró, me pareció haber escuchado que murmuró alguna maldición, y en cuestión de segundos medite llegando a la conclusión de que quizá no hay familia feliz detrás de su sonrisa y que en realidad reciben un curso especializado llamado: “La sonrisa ante el cliente” o alguna mierda así.
Regresé a la cocina dejando el paquete sobre la mesa.
—Uh, ¿qué compraste? —preguntó papá haciendo el menor esfuerzo, mirando de reojo antes de tomar la cafetera.
Como si realmente le importara… Tan falso.
—Es de Jhona ―contesté secamente.
—Oh. ¿Qué crees que sea?
—Talvez algún set de revistas o videos porno. No lo sé, no lo quiero averiguar. Siempre pide porquerías.
—¿No estamos en una era digital? ¿Por qué compraría esas cosas de este modo si puede descargar contenido en su celular?
—No lo sé ―dije encogiéndome de hombros.
Papá tenía razón, pero no comenzaría una conversación con él si solo se trataba de la pornografía que solía comprar mi alocado amigo.
—¿Vas a terminarte eso? ―cuestionó señalando el plato con cereal que ya tenía aspecto de avena cocida, bebió de su taza y miró su reloj de pulso para enseguida voltear a ver el de pared, como comparando la hora, cerciorándose de que el tiempo iba en sincronía―. Ya casi es hora de irnos.
—No tengo mucha hambre. Compraré algo en la escuela ―mencioné tomando mi mochila de una de las sillas para guindarla sobre mi hombro derecho.
—Como quieras ―Ahí estaba, el padre del año que mostraba el mínimo interés por la alimentación de su hija por no decir nulo; apuesto que, si me desmayara por no desayunar, no le daría importancia―. ¿Ya está todo en el auto?
—Ya.
—Bien. Súbete entonces. Haré una llamada y nos vamos —avisó saliendo de la cocina buscando algún contacto en su celular dejando la taza sobre la encimera.
Levanté mi plato y tiré a la basura lo que quedaba del cereal; era un desperdicio, lo sé, pero se ponía bravo si solo lo dejaba sobre la encimera echándose a perder. Siempre ha odiado los gusanos.
Tomé el paquete, y caminé al coche esperando que terminara su llamada para que prosiguiera a dejarme al único lugar donde no había la minima incomodad, y que sentía más como mi hogar cada semana. Tenía la oportunidad de pasar más tiempo con Minerva, y de paso entretenía mi vista de vez en cuando mirando de lejos a Noel, el compañero de habitación de Jhona. No encontraba una buena razón para que mi padre no me dejara quedarme si en casa se la pasaba ausente y apenas se acordaba de darme las buenas noches.
Para Jhona la escuela era una maldita prisión, sin embargo, aseguró que, si mi padre me permitía quedarme alguna vez, él se quedaría conmigo para hacerme compañía, así que estar en casa no era algo que me emocionara tanto.
Ese chico con una mente brillante, sus buenas notas lo habían beneficiado. Lamentablemente, ser un genio no es sinónimo de respeto, al contrario. El primer año solían molestar mucho a Billy Morrison, un chico regordete que también era un genio y al igual que Jhona, recibía una beca gracias a su inteligencia, pero en cuanto mi amigo supo lo que les pasaba a los cerebritos, decidió ir en contra de las reglas por apariencia para no ser molestado.
En el internado, escondía celosamente su estatus estudiantil respecto a esa beca.
Después resultó que, ser pelirrojo no era tan catastrófico como ser un cerebrito, era todo lo contrario, pues las chicas morían por él, y era entendible porque no solo se trataba de un chico apuesto, sino también carismático.
Fuera de la escuela, se mostraba conmigo como realmente era: dulce, amable, comprensivo, divertido y cariñoso; al menos así fue como lo conocí.
Tomó una hora de camino, una maldita hora en la que no me dirigió la palabra, aunque no puedo adjudicarle toda la culpa, porque a los cinco minutos de camino me coloqué mis audífonos y puse música para no sentir el ambiente tenso.
Yo:
[Tengo tu paquete, ¿por qué no me avisaste?] ―Escribí a Jhona en un mensaje de texto que respondió inmediatamente.
Jhona:
[Perdón nena, se me olvidó por completo. Iba a decírtelo.]
Yo:
[Deberías dejar de pedir porquerías por internet.]
Jhona:
[No te enojes, mi vida. ¿Me lo llevas al dormitorio?]
Yo:
[Supongo que no me queda de otra.]
Jhona:
[Gracias, nena. Te amo. ¡Eres la mejor!]
Apagué el celular preguntándome inútilmente si era verdad que me amaba, porque sabía que era su forma de agradecerme solamente, pero no era algo que le dijera a las chicas con las que salía.
Al llegar al internado, papá estacionó en la entrada, ese era el pretexto perfecto para que no nos tuviéramos que despedir con un emotivo abrazo porque había coches haciendo fila, y si no se movía inmediatamente comenzaría a escucharse una orquesta de cláxones. Sin decir una palabra ambos bajamos, pero solo para que sacara de la cajuela mi maleta.
—Cuídate, Cindy —dijo fríamente, casi con prisa.
—Que tengas lindo día… y el resto de la semana —respondí observando cómo subía apresurado al auto para marcharse de ahí.
No es que no me interesara si le iba bien o mal, simplemente que dejó de tener comunicación conmigo así que de nada servía preguntar cuando sabía que la respuesta probablemente sería: “por ahora solamente quiero descansar” seguido del ruido del televisor o de la puerta de su habitación cerrándose.
Caminé al edificio de los dormitorios para chicas, y después de dejar la maleta, tomé mi mochila y un bolso donde guardaba mi uniforme deportivo, después caminé al otro lado del campus para dejar el paquete de Jhona.
Pude haber evitado eso, y en vez de cruzar casi todo el campus podría estar en los vestidores preparándome para la clase de gimnasia que relativamente, era la única que me gustaba de todas las asignaturas cuando tocaba ser la primera; me mantenía activa desde muy temprano. Pero no quería arriesgarme a ser castigada si encontraban ese paquete en mi habitación; mi compañera era muy chismosa y curiosa, además de metiche. Así que, si alguien debía salir castigado, ese era Jhona, pues eran sus porquerías, no mías.
Aunque nada ganaba con engañarme, pues de ser castigado habría hecho lo posible por ayudarlo.