Aún no había roto con Yolanda cuándo conocí a Carolina (Carol), una preciosa joven de cabello claro, altura y complexión normal, que era unos meses mayor que yo y vivía a casi doscientos kilómetros de distancia pero que tenía familia en la ciudad en la que yo residía a la que solía visitar dos ó tres veces al año. Al sentirnos fuertemente atraídos, el tener que vivir separados y muchas veces sin otro contacto durante semanas que el postal y el telefónico, no fue ningún obstáculo para que decidiéramos hacernos novios formales con el propósito de llegar a vivir juntos, sin descartar la posibilidad de contraer matrimonio, en cuanto Carol, que estaba trabajando parala Administración, lograra hacerse con la primera vacante que se produjera en la capital en la que yo residía para lo que, de inme

