Las mujeres que trabajan para Evander parecen incomodas en su propia piel, sin embargo me tratan con respeto y amabilidad.
Yohany, una chica de cabello oscuro y de piel hermosa como la del cocinero Kort, me ayuda cuando me voy a dar baños, al principio me daba vergüenza pero después me di cuenta que era necesaria su ayuda.
He intentado entablar conversaciones con las otras chicas pero actúan con nerviosismo y luego se van. Noto todo eso porque estoy obligada a hacerlo, soy reportera y escritora, me enseñaron a prestar atención a los detalles.
Pero esa característica mía ha logrado asustar a Evander, él está al pendiente de mí en todo momento, por lo que se ha visto bombardeado con mis preguntas.
Preguntas que ha sabido evadir.
—Ya conseguí un auto que nos lleve a la ciudad —Evander irrumpe en la cocina, magnifica como toda la casa.
—Genial, mientras más rápido mejor, no quiero arrepentirme —suspiro—, y espero que no te arrepientas porque en el momento en que comiences a quejarte de mi persona te recordare que fuiste tú quien me ofreció su casa para vivir.
Kort ríe de manera muy bella, dulce.
—Eso no pasara, señorita —pone un plato de frutas frente a mi aunque le dije que no quería.
—Gracias, pero por favor llámame por mi nombre, Kort —llevo un trozo de manzana a mi boca—. Yo no pienso llamarte señor.
Evander se sienta a mi lado y me observa.
—Veo que ya estas casi recuperada por completo —asiento dándole la razón.
—Lo cual es muy raro, mis moretones han desaparecidos y con lo bien que se están cerrando mis heridas todo lo que quedara de ellas es una cicatriz mínima —expongo—, por lo que me gustaría saber qué tipo de medicinan emplean aquí.
No tarda en responder.
—Ya sabes, lo normal ¿acaso hay otra? —arrugo mi entrecejo.
—Dímelo tú —inquiero.
Sonríe como lo hace cada vez que va a cambiar de tema.
—¿Cuándo quieres que nos vayamos?
Su sonrisa es deslumbrante, como queriéndote distraer. Pero yo estoy acostumbrada a eso, leer personas es algo que fui perfeccionando con el pasar de los años.
—¿Mañana?
Le sigo la corriente. Hay algo que ocultan estas personas y es mejor que me tengan confianza a que se incomoden conmigo.
—¿Segura que te sientes bien para eso? —su preocupación genuina es algo intrigante.
—Sí.
—De todas formas le pediré a la doctora que venga a verte —se dice a sí mismo—, ¿Quieres ir un rato afuera?
—Claro —sonrío, se me queda viendo con alivio, lo noto por la caída repentina de sus hombros al expulsar el aire—. Nos vemos luego, Kort.
—Hasta pronto, Ariadna —dice mi nombre de forma extraña, claramente no sabe pronunciarlo muy bien.
Evander me ofrece su brazo, algo no propio de este siglo, aun así correspondo su gesto sujetándome de él. Es increíble el grado de confianza que siento con estas personas aunque siga manteniendo mis reservas.
—¿Te agrada Kort? —su cabello oscuro se mueve con el viento, siento sus duros músculos bajo mis manos.
—Sí, es muy amable —respondo con honestidad.
Además que tiene una manera de hablar bastante rara que trata de corregir en mi presencia.
Emite un sonido con su garganta para demostrar que me escuchar.
Tiene paciencia con mi caminar lento y me ayuda cada vez que cojeo. Se ofreció a cargarme pero no es apropiado ni correcto.
—¿Vives aquí solo con ellos? —mi voz es suave, como quien se deja llevar por la curiosidad.
Al llegar afuera el bosque nos saluda con los arboles meciéndose.
Evander me ayuda a sentar en una cómoda silla reclinable, se sienta a mi lado.
—Sí —suspira después de mucho tiempo.
—¿Y tu familia? —sus ojos hermosos me miran con una sonrisa surcando sus labios. Se me queda viendo por un largo rato, últimamente todos lo hacen.
Me miran. Mucho.
—Mis padres murieron y no tengo hermanos.
Le bajo a mi curiosidad.
—Lo lamento.
—Está bien —murmura—, todo valió la pena.
—¿A qué te refieres?
—A nada, querida —niega—, a veces digo cosas tontas.
Nos quedamos en silencio por un rato, observando el bosque.
Me muero por explorarlo, internarme en él y escribir las cientos de cosas que rondan por mi mente estos días. Como el aullido de los lobos me despierta por las noches, al igual que los quejidos de Evander por las pesadillas. Constantemente lo despierto por la madrugada sobre un escritorio al lado de mi habitación.
Conversa conmigo pero no sobre lo que perturba su mente. Me deja verlo en ese estado vulnerable permitiéndome apaciguar sus penas. Parece a gusto con que lo haga lo que me hace preguntarme: ¿es la soledad? ¿es ella quien lo persigue y lo obliga a dejarme entrar a esta casa?
No quiere estar más solo pero, estoy segura que cualquier mujer estaría dispuesta a estar con él, incluso alguna de sus empleadas.
—¿Por qué no tienes novia?
Me siento sonrojar.
—Me gusta estar solo —traga saliva—. Pero sobre todo no había aparecido la correcta.
—Eso es muy de la vieja escuela —comento sin poder ocultar mi sonrisa.
—¿Y es malo? —niego.
—Extraño.
Extraño. Singular. Insólito.
Sin dudas esas cuatro palabras describen a la perfección este lugar.
Esclavo.
Esa describe al hombre a mi lado.