—¿Y bien? —le pregunté al Sargento cuando nos hallamos solos de nuevo. —Bien —dijo el Sargento—. Tengo que ir a Frizinghall. —¿Por la carta, señor? —Sí. En ella es donde se halla especificado el escondite. Tengo que averiguar la dirección en el correo. Si es la que yo sospecho, habré de visitar nuevamente a nuestra amiga Mrs. Yolland, el lunes próximo. Junto con el Sargento partí para ordenar que se enganchara el pony al calesín. En la cuadra, una nueva luz vino a sumarse en torno a la muchacha desaparecida. La nueva de la desaparición de Rosanna se había propagado, al parecer, entre los criados de fuera de la casa. Estos habían estado investigando por su cuenta y echado mano a un pe- queño y vivaz tunantuelo, apodado "Duffy", quien era empleado de tanto en tanto para li

