Frunció las comisuras de sus labios y, según su manera melancólica, pareció creer que aca- baba de dar curso a una frase muy jocosa. Yo lo conduje hasta mi pequeña sala y cerré la puerta. —Dígame la verdad, Sargento —le dije—. ¿De quién sospecha? No me parece bien que me lo siga ocultando. —No sospecho —repuso el Sargento Cuff—. Sé. Mi infortunado carácter comenzó a sacar el mejor partido posible de la situación, nueva- mente. —¿Quiere usted decir, en inglés vulgar —le dije—, que Miss Raquel es quien ha robado su propio diamante? —Sí —-asintió el Sargento—; eso es lo que habré de decirle en un número mayor de pala- bras. Miss Verinder ha estado secretamente en posesión del diamante, desde el primer ins- tante hasta ahora; y le ha dispensado su confianza a Rosanna Spearm

