Si horas antes me hubiesen preguntado que imaginaba cuando me nombraban el paraíso. Hubiese tenido una simple respuesta, siempre lo había imaginado como una isla en la que yo, sentada en la arena, contemplaba como el sol se ocultaba por las aguas y, en el cielo, se reflejaba un color anaranjado indicando el atardecer, una suave brisa y no sé, cosas así por el estilo. Pero en este momento, en el que estoy siendo abrazada, acariciada y besada por mi estúpido jefe, he cambiado absolutamente de idea. No sé cuánto tiempo llevamos así pero, que me caiga un rayo o cualquier cosa de esa índole si digo que no me importa, sus labios solo dejaban los míos para dar cortas respiraciones y yo no habría los ojos esperando más. Sus manos viajaban por todas partes aún sin movernos del mismo lugar. En mi

