El aire en la habitación oculta tras el tapiz olía a humedad, azafrán y a la resina fuerte del ungüento que el hombre sin sombra aplicaba sobre el costado de Aarón. Valeria observaba desde la penumbra, con los músculos tensos y el taser oculto bajo el pliegue de su túnica. El hombre, cuyo nombre era Malik, se movía con una parsimonia que desesperaba a Valeria, pero Aarón permanecía inmóvil, aceptando el dolor con una resignación casi mística. Ella no podía quitarse de la cabeza la imagen del hombre de traje oscuro que había visto en el reflejo del espejo. Estaban en el corazón de la medina de Tánger, un lugar diseñado para perderse, pero parecía que el rastro de sangre de Mykonos era un faro que El Cuervo sabía seguir muy bien. — Malik no ha perdido su toque con la medicina de desierto —

