El estruendo de los neumáticos derrapando sobre la grava de la entrada principal fue el heraldo que rompió el silencio de la noche griega. Aarón no esperó a que golpearan la puerta ni a que el sistema de alarma emitiera su primer pitido. Siguiendo el Protocolo de Fuego, lanzó a Valeria hacia el pasillo reforzado que conectaba la sala de estar con el área de servicio, un espacio diseñado para la discreción del personal pero que él había identificado como el único punto de salida con cobertura sólida. — ¡Búnker interno, ahora! — rugió Aarón, mientras su mano derecha recuperaba la pistola silenciada del compartimento oculto tras un panel de madera de olivo. — ¡Dijimos que lucharíamos juntos, no me encierres otra vez! — replicó Valeria, sintiendo que la adrenalina le quemaba las venas. Su cá

