Capítulo 37

1783 Palabras

El aire en la habitación oculta tras el tapiz de seda pesada olía a humedad, azafrán y a la resina fuerte del ungüento que Malik, el hombre sin sombra, aplicaba sobre el costado de Aarón. Valeria observaba cada movimiento desde la penumbra del rincón más alejado, con los músculos tensos y los dedos rozando el frío metal del arma que ahora era su sombra. El anciano se movía con una parsimonia que desesperaba a Valeria, pero Aarón permanecía inmóvil, aceptando el dolor con una resignación casi mística, como si cada punzada fuera un precio necesario para lavar sus pecados de Buenos Aires. Ella no podía quitarse de la cabeza la imagen del hombre de traje oscuro que había visto en el reflejo del espejo del café; la elegancia gélida del Espectro se sentía fuera de lugar en el caos polvoriento de

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