El olor golpeó a Valeria como un impacto físico antes de que sus pies tocaran el primer escalón de piedra que bajaba desde los tejados hacia el corazón de las tenerías. Era una mezcla nauseabunda de podredumbre orgánica y químicos industriales que le revolvió el estómago de inmediato. Aarón, apoyado pesadamente sobre su hombro, soltó un quejido ahogado mientras sus botas resbalaban en la superficie aceitosa del callejón. Ya no eran los fugitivos de Mykonos ni los amantes de Nápoles; el barro y la ceniza de los curtidores habían teñido sus ropas de un gris anónimo, convirtiéndolos en dos espectros más tratando de no ser tragados por la arquitectura del infierno. — No respires por la nariz, Vale — susurró Aarón, con la voz apenas audible sobre el chapoteo de los hombres que trabajaban en la

