La Arquitectura de la Calma El sol caribeño, a diferencia del implacable sol de Buenos Aires, era indulgente. Entró a raudales por los grandes ventanales de la villa, despertando a Valeria con el olor a sal y a sándalo de Aarón. El primer despertar en la isla fue diferente. Ya no había la prisa del escape ni el miedo a la redada matutina. Había paz, una paz tan profunda que era casi perturbadora. Aarón no estaba a su lado. Vale lo encontró en la terraza, haciendo ejercicios de estiramiento bajo la luz naciente, su cuerpo esculpido y fuerte, una máquina de guerra obligada a la calma. Vestía pantalones cortos de running y nada más. El aire de Dueño Secreto se había disipado, reemplazado por el de un hombre intentando desesperadamente anclar su mente. —Buenos días, Dueña Secreta—, dijo Aa

