—Sí, es que no sé de dónde has sacado siempre las ideas, pero el paso de los años me ha dado la razón, siguiendo tus “corazonadas” como las llamas, hemos ido a lugares insólitos y hemos tenido vivencias que, de no haber sido por ti, nunca las habríamos podido tener.
—Mira, pues lo mismo que en esas veces, a las que te refieres, en estos instantes estoy teniendo esa corazonada, aquí es donde me debo de quedar. No sé si será para mucho o para poco tiempo, esa respuesta aun no la tengo muy clara, pero sí que te debo dejar marchar, y yo quedarme solo aquí. Es una etapa de mi vida que debo recorrer en soledad, y no creas que me va a ser fácil alejarme de ti, me tienes acostumbrado a tus cancioncillas mañaneras, esas que no sé de dónde te salen pero que me hacen despertar con alegría, porque sus letras siempre invitan a tener un buen día, y reconozco que es una forma estupenda de positivarse, por más que alguna vez te he dicho que me dejaras dormir un poco más, que la noche anterior habíamos estado viendo las estrellas hasta muy tarde.
—Peter, ¿Recuerdas cuando nos conocimos?
No sé por qué se lo pregunté en ese instante, pero su mención de las cancioncillas había hecho que viniese a mi mente aquel momento.
—¡Claro!, ¿Cómo pretendes que lo olvide?, iba yo en la moto, tan tranquilo, no llevaba ninguna prisa y por eso marchaba tan despacio, cuando al pasar por aquel campo escuché a alguien cantar. La verdad es que me pareció alucinante, un tío allí cantándole a la luna, ¡No me lo podía creer!
Al principio pensé, y perdona, pero es que no creo que pudiera pensar otra cosa, creí que estabas como una cuba, y paré la moto, porque la letra de la canción me pareció preciosa. Estuve allí escuchando, no sé cuánto tiempo. Tú no te cansabas de decir aquellas cosas, que yo nunca en mi vida había escuchado, y desde luego no se me podrían haber ocurrido a mí, por eso no tuve ni la menor duda de esperar a que terminaras, tenía que hablar contigo. Al ratito de estar allí escuchando, comprendí que de borracho nada, una persona que dice esas cosas, está pero que muy cuerdo. Lo que sí era evidente era que pensabas que nadie te escuchaba, aunque en la letra se dejaba ver claramente que a alguien se lo estabas diciendo.
—Pero, ¿Estuviste mucho tiempo?, nunca hemos hablado de eso.
—Bueno, yo no sé cuándo habías empezado, pero a mí se me paso el tiempo volando, era muy interesante. Sabes, me pareciste un juglar de esos que hablan los libros que en la edad media narraban los hechos en forma de canciones. Eso era lo que yo escuché aquella noche, una serie de hechos inexplicables, para mí en esos momentos pero que cada vez que lo seguía escuchando más me iban enganchando, como se suele decir, todo eso, que tú parecías que tenías muy claro, me fue interesando más y más y por eso esperé que terminaras, no quería interrumpirte, era muy importante para ti lo que estabas haciendo, eso lo noté enseguida.
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—¡Hoy toca Historia!, señores.
Muy serio nos estaba diciendo el profesor, todos lo sabíamos, claro él era el profesor de Historia, ¿Qué nos iba a dar sino?, así que no entendimos muy bien porque nos había dicho eso.
Toda la clase se quedó extrañada, nos miramos unos a otros, hasta que uno de los compañeros, posiblemente el que tenía menos paciencia que los demás, sin poder esperar más dijo:
—Señor, eso ya lo sabíamos.
—Sí, ya lo sé —contestó él—. Pero lo que segurísimo que no saben es del tema que vamos a hablar —dijo el profesor poniendo en su cara una gran sonrisa.
Tenía toda nuestra atención, era el primer día de clase, y que empezara de esa forma, nos pareció a todos muy raro, así que estábamos calladitos para ver por dónde salía, ¿Qué nos querría decir?
—¿Han oído ustedes alguna vez hablar de Carlomagno? —preguntó muy serio.
—¡No! —fue la contestación general.
—Bueno, seguro que era el hermano de Alejandro Magno, y que Magno era el apellido —dijo una de las compañeras.
—¡No! —dijo el profesor—. No se llegaron a conocer.
—Bueno, al menos serían primos —dijo otro de los compañeros.
—Eso lo dudo, pero sigamos con lo que estábamos, Carlomagno, fue el rey de los francos y de los lombardos, y en el año 800 le coronó, el papa León III, en Roma, “Imperator Augustus”. Fue hijo de Pipino el Breve, y combatió a los musulmanes en su avance por la Península Ibérica, hasta que fue derrotado en Roncesvalles.
Nos contó su historia, ¡Qué bueno!, sí era interesante, pero nos fue cansando porque se alargaba, y ya se empezaban a oír algunos cuchicheos en la clase.
—¡Vaya rollo! —se escuchó de pronto desde el fondo de la clase.
El profesor, aquel anciano, quitándose las gafas, dejándolas con mucha tranquilidad sobre la mesa, se levantó y dijo:
—¿Les parece un rollo?, y si les digo algo…
—Sí, pero que no sea de nuevo otro rollo —se escuchó que le dijeron interrumpiendo de nuevo.
Él se quedó muy pensativo, en silencio, así estuvo unos instantes. Nosotros pensábamos que se había enfadado, y planeaba algo para castigarnos.
Era el primer día de clase, y parece ser que habíamos empezado con mal pie, pero cuál no sería nuestro asombro, cuando volviendo a tomar la palabra nos preguntó:
—¿Quién sabe lo que es un O.V.N.I.? —Y se volvió a quedar callado de nuevo.
Todos nos miramos un momento y luego nos echamos a reír.
—¿Por qué se ríen ustedes? ¿Es que he dicho algo gracioso? —nos preguntó el profesor.
—¿Un O.V.N.I. dice?, ¡Eso no existe! —Saltó uno desde una de las últimas filas, esas donde se sientan los que quieren interrumpir, sin que nadie sepa quién es.
—¿Qué pasa, que usted no los ha visto?, por eso hace esa afirmación —le respondió Don Carlos.
Toda la clase se quedó muy callada, estábamos expectantes.
—¿Alguien los ha visto? —nos preguntó de pronto.
—¡No! —fue la respuesta de todos.
—¡Entonces!, ¿Por qué dicen que no existen?, sólo podrán afirmar, que no los han visto. ¡Vamos!, digo yo, que sería su respuesta correcta.
Nos echamos a reír, creíamos que debía de estar en broma, pero el muy serio siguió diciendo:
—¿Alguno de ustedes ha estado en Egipto, y ha visto las pirámides?
Todos naturalmente le respondimos, que no, que vaya pregunta que nos hacía.
—Entonces, ¿No existen? —nos estaba preguntando muy serio.
—¡Claro que existen! —le dijimos la mayoría de los que estábamos allí—. Hay un montón de fotografías de ellas en muchos libros, ¿Cómo no van a existir? ¿Es que usted no las ha visto? —le preguntamos extrañados.
No acabábamos de entender que nos quería decir.
—Sí, pero, aunque haya esas fotos que decís, vosotros no las habéis visto, porque me habéis dicho que no habéis estado allí, es eso cierto ¿No? —nos volvió a preguntar, pero antes de que le contestáramos siguió—. ¡Mirar!, si os pregunto que, si habéis visto nuestra hermosa Catedral, todos me diréis que ¡Claro!, ¿Cómo no la vais a ver visto?
Entonces, como la habéis visto es que existe, de eso no hay la menor duda, pero y si os pregunto si los chinos la han visto, seguro que vuestra respuesta es que no, o al menos la mayoría de ellos, alguno si puede que haya venido haciendo turismo y la haya visto. Luego para él que no haya venido, nuestra Catedral no existe, porque no la ha visto, como seguro que os pasa a vosotros con su Gran Muralla, que es posible que alguno ni haya escuchado nunca nada de ella. ¡Mirar!, todo este royo, como vosotros decís, os lo he soltado, para que entendáis que, aunque uno no sepa o no haya visto una cosa, no quiere decir que eso no exista, claro que existe nuestra Catedral, la Muralla China y las Pirámides.
—¿Y los O.V.N.Is?, ¿También existen? —preguntó desde el fondo de la clase un compañero, riéndose.
—Señores, yo no los he visto, así que no sé si existen o no, pero Carlomagno sí dice que existen, porque nos cuenta la historia que él los vio.
Sus palabras nos impactaron, ¡Eso no podía ser cierto!, pero el profesor nos siguió contando, que la existencia de lo que quiera que sea eso, porque no está muy claro, se está tratando de demostrar desde hace muchísimo tiempo y aunque hay evidencia de su existencia, nunca se ha admitido, porque han sido más los detractores sobre el tema, y que cuando alguien dice haberlos visto, pueden más las opiniones de los que dicen que no existen.
Todos nos quedamos muy callados, y él, al escuchar el timbre que nos indicaba que la clase había llegado a su fin, nos dijo:
—Señores, este es el trabajo que me deberán presentar al final de curso, ¿Hay vida en otro lugar, además de en la Tierra?
Mira que he tenido clases diferentes en todos mis años de estudiante, pero como esa nunca ha sido ninguna.
El profesor se marchó, y todos, todos nos quedamos allí debatiendo el tema, parece ser que había captado toda nuestra atención, porque fue el curso más interesante de toda la carrera.
Hicimos equipos de estudio, unos a favor de la existencia de esos seres, y otros para buscar pruebas de lo contrario.
Cuando teníamos un rato libre se podía ver por los pasillos o sentados sobre el césped del campus, alguno de los grupitos, debatiendo algo que habíamos encontrado, además fue un tema que se corrió por la UNI y fueron muchos los alumnos de otros cursos que se unieron a nosotros en ese estudio, que cada vez que íbamos avanzando se hacía más apasionante.
Unos días antes de darnos las primeras vacaciones, teníamos tanto material acumulado que quisimos compartirlo con el profesor y le pedimos dar una clase sólo para hablar de ello.
Él no quiso, dijo, que no, que era trabajo de fin de curso, y que debíamos seguir con él. Eso al principio nos dejó un poco decepcionados, queríamos saber qué tenían los otros grupos, y al mismo tiempo necesitábamos comunicar lo que nosotros habíamos descubierto, pero Don Carlos fue tajante:
—¡No!, nada de adelantar acontecimientos, cada cosa a su debido tiempo.
Y por más que le insistimos no cedió y tuvimos que aguantarnos, pero claro, los profesores, ya se sabe, son los más inteligentes, por eso son profes.
Aquella negativa, nos hizo que aún nos interesáramos más por el tema, y ya no lo hicimos solo como un trabajo de clase, si no que algunos nos interesamos tanto que nuestra implicación nos ha durado toda la vida.
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—¿Cuántos años? —escuché a mis espaldas.
—¿Qué dices? —me volví y pregunté.
—Sí —me volvió a decir—. ¿Cuántos años ya llevamos en esto?
—Pues, ahora mismo no lo sé —le contesté.
Era verdad, no tenía ni idea del tiempo que había pasado desde que empezamos.
—Hoy hace exactamente nueve —me contestó muy serio.
—¿Cómo? ¿Y eso cómo lo sabes? —le pregunté curioso.
—Muy sencillo, porque es mi cumpleaños, y aunque todos los años me digo a mí mismo que no voy a cumplir ninguno más, aún recuerdo cómo te conocí.
—¿Y eso? —le pregunté a Enrique, me parecía raro todo.
—Mira, yo estaba en aquel bar, bebiendo unas cervezas, por eso precisamente, porque al día siguiente era mi cumpleaños, y lo quería celebrar, y ¡Qué mejor que acostado todo el día!
—¿Acostado? —le interrumpí preguntando extrañado por lo que le estaba escuchando.
—¡Claro!, después de una buena “melopea”, ¿Qué es lo que crees que sucede?, pues que la mejor forma de que se pase es estar durmiéndola, y así no pensar en el día que era. Bueno, al menos esa era mi intención, por esos ya llevaba unas cuantas, en el cuerpo, cuando tú te pusiste allí a mi lado.