La tarde transcurría con una lentitud casi palpable en la mansión. Los rayos dorados del sol, atravesaban los amplios ventanales, tiñendo la sala de estar con una cálida luz que danzaba sobre las alfombras y los muebles. Elizabeth, se encontraba en su rincón favorito, recostada en el mullido sillón frente a la chimenea. Ese lugar se había convertido en un pequeño santuario para ella, un espacio donde los libros ya no eran solo un entretenimiento, sino una silenciosa compañía que llenaba el vacío de sus días.
Desde su matrimonio con Lucian, las visitas eran escasas. Marianne, su fiel amiga, venía a verla siempre que podía, pero sus obligaciones como joven condesa no le dejaba mucho tiempo libre. Además, las reservas de sus padres hacia los vampiros complicaba aún más sus encuentros, a pesar de su amistad. Por esta razón, Elizabeth le aseguraba constantemente que no debía preocuparse, que podía visitarla solo cuando le fuera posible y que ella misma se encargaría de cuidarse, con el tiempo, Elizabeth había aprendido a aceptar la soledad como su aliada. Aunque al principio la encontraba opresiva, ahora se había convertido en una compañera constante, silenciosa pero reconfortante, que ocupaba cada rincón de su vida diaria.
Su vientre prominente descansaba bajo sus manos, como si fuera una esfera de cristal que resguardaba un misterio que solo ella podía comprender.
Apenas había pasado un mes desde que los cambios en su cuerpo se hicieron evidentes, a simple vista, cualquiera creería que estaba en su sexto mes de gestación, pero lo que crecía dentro de ella no era un niño común.
El colgante que siempre llevaba contra su pecho, expulsaba un calor sutil, apenas perceptible. No era una simple joya; era su única protección, para mantener oculto el poder del grimorio. Este último protegía a Elizabeth de la esencia oscura y palpitante que crecía en su interior.
Suspiró y cerró el libro entre sus manos, dejando que su cabeza cayera contra el respaldo del sillón, el silencio era pesado, pero no incómodo. Se había acostumbrado a él, a la quietud de la mansión, a la soledad que se alargaba como una sombra a su lado. Hasta que el mismo se rompió.
Un escalofrío le recorrió la espalda, al principio, solo fue una punzada extraña en su mente, una vibración sutil, como si algo invisible se abriera paso entre sus pensamientos. Se enderezó con una inquietud que no sabría identificar y entonces una voz llegó a su mente, suave y etérea que le dijo:
– Madre...
Elizabeth abrió los ojos de golpe, su respiración se volvió errática, miró a su alrededor, esperando encontrar a alguien en la habitación, pero estaba completamente sola.
– ¿Quién está ahí? – murmuró.
Pero nadie le respondió. Instintivamente llevó ambas manos a su vientre, como si supiera que la respuesta estaba allí.
Entonces, la voz volvió.
– Soy yo, madre.
El mundo pareció detenerse, el aire quedó suspendido en su garganta y sus manos temblaron sobre la suave curva de su abdomen.
– ¿Tú...?
– Sí.
Una calidez inexplicable la envolvió, siendo una sensación más grande que el miedo y más fuerte que la incertidumbre. Sus dedos recorrieron su vientre con una ternura reverencial, como si en ese gesto pudiera tocar la conciencia que había sentido en su mente.
– ¿Cómo puedes... hablarme?
– Porque estoy aquí contigo, mamá... y porque el poder dentro de ti me permite alcanzarte.
Elizabeth supo en ese instante que hablaba del grimorio, su existencia era el puente, el hilo invisible que los conectaba antes de tiempo.
Un nudo se le formó en su garganta cuando la voz, más suave esta vez, pronunció unas palabras que la atravesaron como un susurro divino.
– Te quiero, mamá.
las lágrimas brotaron antes de que pudiera detenerlas, cerró los ojos, dejando que esa emoción la envolviera, sintiendo una ternura profunda y desconocida.
– Yo... yo también te quiero, mi pequeño.
El silencio nuevamente volvió, pero ya no era el de antes, no era un silencio oprimente, sino lleno de algo nuevo, que latía en su interior, tibio y reconfortante.
Elizabeth deslizó las manos por su vientre una vez más, dejando que una sonrisa se dibujara en sus labios con la suavidad del atardecer.
– Me quiere... – susurró.