Calidez en la soledad

1621 Palabras
La mansión parecía sumida en un eterno letargo, las horas transcurrían con la monotonía de un reloj roto, marcadas únicamente por el tenue crepitar de la chimenea. Elizabeth, como tantas otras veces, estaba sentada en su sillón favorito, con un libro descansando entre sus manos y aunque sus ojos apenas seguían las líneas impresas, su mente divagaba perdida en el eco del silencio abrumador que llenaba cada rincón. La soledad para ella, se había convertido en una compañera implacable desde que había llegado a aquel lugar. Mientras trataba de sumergirse en su lectura, de repente, un sonido inusual rompió la quietud. Unos golpes suaves pero insistentes resonaron desde la puerta principal. Elizabeth alzó la mirada, desconcertada. Desde su matrimonio con Lucian, no recordaba haber recibido visitas, una posibilidad cruzó su mente: ¿podría ser Alaric? Pero algo no encajaba, los vampiros, incluido Alaric, no se movían durante el día. Con un leve esfuerzo, Elizabeth se levantó del sillón, sus manos descansaron instintivamente sobre su vientre, ahora más prominente. Caminó hacia la puerta con su corazón latiendo con una mezcla de curiosidad y ligera inquietud y al abrirla, quedó paralizada por la sorpresa. Del otro lado, Marianne la saludó con una sonrisa radiante, esa expresión cálida y vivaz que siempre había caracterizado a su mejor amiga. En una mano sostenía una canasta adornada con un lazo color crema, mientras que con la otra, alzó los brazos para envolver a Elizabeth en un abrazo entusiasta. – ¡Lizzy! – exclamó Marianne, con una voz desbordante de alegría. – ¡Por fin te veo! – Su mirada se dirigió inmediatamente al vientre de Elizabeth y su rostro se iluminó más. – ¿Y cómo está este pequeño príncipe o princesa que llevas aquí? – preguntó, acariciando suavemente la curva de su barriga. Elizabeth permanecía muda, todavía procesando la inesperada visita. Finalmente, reaccionó y guió a Marianne al interior. – Marianne… no puedo creer que estés aquí – dijo mientras cerraba la puerta tras ellas. – No esperaba que vinieras, desde que llegué aquí, nadie… nadie ha venido. Marianne dejó la canasta sobre la pequeña mesa de té junto a la chimenea, inspeccionando la habitación con curiosidad y admiración. Su sonrisa era contagiosa y había algo en su presencia que parecía disipar la fría atmósfera de la mansión. – ¿Y por qué no iba a venir? – respondió, tomando las manos de Elizabeth con afecto. – Eres mi mejor amiga, Lizzy. Además… – añadió con un guiño juguetón. – No podía ignorar la carta del rey. Elizabeth frunció el ceño confundida. – ¿La carta del rey? – repitió con incredulidad. – ¿Hablas de Lucian? – Así es – confirmó Marianne, mientras se centraba a sacar los pasteles y otras delicias de la canasta, colocándolos con cuidado en la mesa. – Alaric me entregó una carta suya. En ella, Lucian me pedía que viniera a acompañarte, para que me asegurara de que no estuvieras sola y de que estuvieras bien cuidada. Elizabeth se quedó inmóvil, incapaz de ocultar su asombro. Sus ojos se posaron en Marianne mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. – ¿Lucian escribió eso? – preguntó. – Exactamente – afirmó Marianne asintiendo con energía. – Me pidió que estuviera aquí para ti, que te cuidara y sobre todo, que te hiciera compañía. Lizzy, él se preocupa por ti, aunque quizás no lo demuestre de la forma que esperas. Elizabeth bajó la mirada, mientras sus manos jugueteaban con el borde de su vestido. – No creo que sea preocupación – murmuró. – Tal vez solo piensa que no puedo cuidarme sola o no confía en mí para hacerlo bien. Marianne se acercó a ella, colocando una mano sobre su hombro. – Lizzy, no pienses así. – dijo con ternura. – ¿Sabes cuántas mujeres soñarían con estar en tu lugar? – agregó, con un brillo pícaro en los ojos. – Eres joven, estás casada con un hombre que aunque misterioso, claramente se preocupa por ti. Tienes todo lo que podría desear cualquier mujer. Elizabeth suspiró sin estar convencida. – Lucian solo se preocupa por este hijo. – replicó, acariciando suavemente su vientre. – Eso es todo. Marianne negó con la cabeza, dejando escapar un leve chasquido con la lengua. – Creo que estás equivocada. – dijo, cambiando rápidamente de tema al ver que Elizabeth no quería profundizar en sus sentimientos. – Pero dejemos eso por ahora. Mejor, disfrutemos de estos pasteles que preparé, son tus favoritos, aunque no sé si me han salido tan bien esta vez. Elizabeth esbozó una leve sonrisa, una de las pocas que había mostrado en mucho tiempo. – Siempre has sido una excelente cocinera. – respondió, dirigiéndose hacia la cocina. – Prepararé té para acompañarlos. – ¡Perfecto! – exclamó Marianne, siguiéndola con paso animado. – Déjame ayudarte, no quiero que te esfuerces demasiado, no quiero que este pequeño se ponga nervioso – añadió con una risita mientras acariciaba nuevamente el vientre de Elizabeth. Entre risas y charlas ligeras, ambas se dispusieron a preparar el té, y por primera vez en semanas, la mansión Blackwood dejó escapar un destello de alegría. *** La tarde había transcurrido con una calidez que Elizabeth no había experimentado desde que llegó a la mansión. La presencia de Marianne era un bálsamo que suavizaba el peso de la soledad que impregnaba aquel lugar. Entre risas y anécdotas, ambas amigas compartieron té y pasteles frente a la chimenea y las llamas, crepitaban suavemente, arrojando destellos anaranjados sobre los rostros animados de las jóvenes. El reloj marcaba la proximidad del atardecer cuando un sonido sutil se dejó oír en la mansión. Marianne y Elizabeth, sumidas en su conversación, no notaron la llegada de Lucian, pero desde las sombras, él las observaba en silencio. La visión de ver a su esposa riendo, con el semblante relajado y un brillo de la felicidad en sus ojos, le produjo un inesperado alivio. Por primera vez en mucho tiempo, Elizabeth parecía cómoda, incluso feliz. Con pasos firmes pero silenciosos, Lucian se acercó a las jóvenes hasta quedar a unos metros de las mismas, su voz, siendo profunda y aterciopelada interrumpió la conversación, con una elegancia innata. – Buenas noches. Ambas se giraron al unísono, sorprendidas de escucharlo. Elizabeth lo miró con desconcierto, como si su imponente figura, bañara toda la atención de la estancia. Mientras que Marianne, con su habitual jovialidad, se puso de pie rápidamente del sillón, haciendo una reverencia con suma cortesía. – Buenas noches, duque. – dijo Marianne con una sonrisa cálida. Lucian inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto y una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios, suavizando su expresión. – Espero que hayas pasado una tarde agradable con tu amiga. – dijo, con un tono de voz que era autoritario y a la vez, amable. Su mirada se posó momentáneamente en Elizabeth antes de volver a Marianne. – Te agradezco que hayas venido a hacerle compañía. – No ha sido ningún problema, Milord. – respondió Marianne. – Lizzy es mi amiga y siempre estaré para ella. Además, la cuidé bien; le aseguró que comió suficiente, así que tanto ella como el niño están fuertes y saludables. Lucian esbozó una leve sonrisa, satisfecho con las palabras de Marianne, su mirada volvió a posarse en Elizabeth, quien permanecía en su lugar, observándolo con un brillo de curiosidad en sus ojos. – Me alegra escuchar eso. – dijo Lucian, antes de añadir – : Marianne, tienes mi gratitud. Confío en que seguirás cuidándola cuando sea necesario. Marianne asintió con energía, luego tomó su canasta y se dispuso a partir. Antes de hacerlo, se inclinó hacia Elizabeth, tomando sus manos entre las suyas. – Nos vemos mañana, Lizzy. Traeré una nueva receta que estoy segura de que disfrutarás. Elizabeth sonrió, algo más relajada y Marianne acarició suavemente su vientre antes de despedirse. – Cuídense, ambos. – dijo con un guiño antes de salir, dejando tras de sí un rastro de energía cálida que parecía permanecer incluso después de que se cerró la puerta. Cuando quedaron solos, Lucian se acercó y tomó asiento junto a Elizabeth en el largo sillón. El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de significado. Finalmente, él lo rompió. – ¿Has disfrutado tu día? – preguntó serenamente. Elizabeth dudó un momento y su mirada vagó hacia el fuego antes de asentir. — Sí… fue agradable. Marianne me contó que le enviaste una carta, pidiéndole que viniera a acompañarme. – respondió neutralmente, pero sus ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y gratitud contenida. Lucian asintió con lentitud, estudiando cada uno de los gestos de su esposa. – Y no será la última vez. Siempre que Marianne pueda, vendrá a verte. No quiero que estés sola. Elizabeth lo miró fijamente, desconcertada por la honestidad de sus palabras. Sin embargo, no dijo nada, en su lugar dejó que una mano descansara sobre su vientre, acariciándolo de manera casi instintiva. El gesto no pasó desapercibido para Lucian y con un movimiento decidido pero delicado, posó su mano sobre la de ella. Su contacto hizo que Elizabeth contuviera la respiración por un momento y su corazón se acelerara. – ¿Cómo se ha comportado nuestro pequeño hoy? – preguntó Lucian, acariciando suavemente el vientre de Elizabeth. – Ha... estado tranquilo. – respondió ella, con un tono apenas audible y un rastro de nerviosismo en su cuerpo al sentirlo tan cerca. Lucian sonrió, una expresión rara y fascinante en él. Sus ojos, usualmente fríos y calculadores, se suavizaron mientras seguía acariciando con cuidado el vientre de Elizabeth. – Me alegra saberlo. Juntos, permanecieron en silencio frente al fuego, dejando que el crepitar de las llamas llenará el vacío de las palabras no dichas.
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