La penumbra del salón se rompía apenas con los destellos del candelabro de cristal, cuyas luces, danzaban suavemente sobre las paredes. Elizabeth estaba sentada en un amplio sillón junto a la chimenea, en sus manos descansaba un libro, aunque apenas rozaban las palabras, pues su mente vagaba lejos de aquellas páginas, perdida en el silencio abrumador de la mansión. La soledad que allí reinaba parecía tangible, como un manto pesado que envolvía todo a su paso. Sólo el crepitar del fuego ofrecía una tenue sensación de vida en aquel vasto espacio.
La quietud fue quebrada de forma inesperada por una voz profunda y cálida.
– Buenas noches.
Elizabeth se sobresaltó al escuchar a Lucian, había algo en su tono que la atravesaba, como un eco que resonaba más allá de las palabras. Cerró el libro rápidamente y se puso de pie, girándose para mirarlo con una mezcla de timidez y sorpresa.
– Buenas noches. – respondió, intentando controlar el ligero temblor en su voz. – ¿Cómo has dormido?
Lucian dejó escapar una sonrisa leve, casi imperceptible, pero que bastó para iluminar su expresión.
– Muy bien. – dijo, con la mirada fija en ella y sus ojos rojos resplandeciendo con una intensidad que parecía leer más de lo que Elizabeth quería mostrar. – ¿Y tú? ¿Cómo ha sido tu día? ¿Has comido bien?
Elizabeth asintió con rapidez.
– Sí… lo he hecho.
Lucian la observó en silencio durante unos instantes, estudiando cada matiz de su respuesta como analizando si decía la verdad o no. Luego, lentamente desvió la mirada hacia el salón. La mansión, con su habitual atmósfera sombría, parecía reflejar su propia esencia: un lugar lleno de historias, pero carente de vida. Para él, aquel ambiente era natural, casi reconfortante. Sin embargo, en ese momento, se dio cuenta de cuánto podía diferir la percepción de Elizabeth, una mujer joven, humana y ahora atrapada en un lugar tan ajeno a su vitalidad.
– Elizabeth. – dijo con tono firme pero sin dureza, llamando su atención. – Este lugar es ahora tuyo, eres la dueña y señora de la mansión Blackwood, puedes hacer todos los cambios que desees y transformarlo a tu gusto.
Elizabeth lo miró incrédula, sin saber si había escuchado correctamente. Parpadeó varias veces, incapaz de procesar lo que él le estaba ofreciendo.
– No me atrevería… – murmuró, apartando la mirada hacia el suelo.
Lucian frunció el ceño, no con enojo, sino con desconcierto. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos y dijo suavizando su tono.
– ¿Por qué no? – preguntó. – Este lugar también es tu hogar, Elizabeth. Te pertenece tanto como a mí. No quiero que sientas que eres una extraña aquí; eres mi esposa, mi compañera y tienes un rol fundamental en este lugar, tanto como yo.
Con esas palabras, tomó sus manos entre las suyas. Elizabeth notó el contraste inmediato: la frialdad de su piel era inconfundible, pero no desagradable. Lucian inclinó ligeramente la cabeza buscando sus ojos y continuó hablando con suavidad.
– Quiero que te sientas libre para darle vida a esta casa, no debe ser solo un lugar donde estés; debe ser un hogar para ti, para nuestro hijo… y para mí.
El corazón de Elizabeth se aceleró, jamás había esperado algo así. Hasta ahora, había creído que Lucian solo veía en ella el medio para asegurar el linaje que tanto le importaba, pero sus palabras eran diferentes, llenas de una sinceridad que la desarmaba.
No pudo responder, sus pensamientos se arremolinaban sin forma clara. El silencio de Elizabeth no pasó desapercibido para Lucian, pero lejos de molestarse, dejó escapar una sonrisa leve y con un gesto inesperadamente tierno, se inclinó para besarle la frente.
Elizabeth cerró los ojos al contacto, sintiendo una calidez inesperada que no provenía de su piel, sino de algo más profundo. Instintivamente, dejó que sus manos se aferraran a los brazos de Lucian y sin pensar demasiado, permitió que él la abrazara. Había algo en aquel momento que desarmaba cualquier intento de mantener la distancia que tanto se había esforzado en conservar.
– Descansa, esposa mía. – susurró Lucian, siendo su voz como una caricia.
Elizabeth permaneció en sus brazos unos segundos más, dejando que aquella inesperada calidez disipara las sombras que la habían acompañado durante el día.
***
La noche avanzaba con un aire denso y silencioso que solo era roto por el crujir ocasional de la madera en la chimenea del despacho de Lucian. El duque estaba sentado tras su imponente escritorio de caoba, sus dedos jugando distraídamente con una pluma de plata mientras su mirada, perdida, parecía atravesar las sombras de la habitación. Frente a él, Alaric, su fiel consejero, repasaba un informe sobre los asuntos del reino, pero no podía ignorar la evidente falta de concentración de su señor.
Finalmente, Alaric alzó la vista, dejando el informe a un lado.
– ¿Todo bien, señor? – preguntó con cautela, rompiendo el silencio.
Lucian no respondió de inmediato. Su mirada permanecía fija en un punto indeterminado, mientras giraba lentamente la pluma entre sus dedos.
– Sí… todo bien – respondió al fin, aunque su tono lo contradecía.
Alaric arqueó una ceja, claramente escéptico y se recostó en el sillón frente al escritorio.
– No lo parece, señor – insistió, cruzando los brazos. – Algo lo tiene inquieto. Puede decirme qué le sucede.
Lucian exhaló lentamente, dejando la pluma sobre la mesa. Durante unos instantes, el silencio volvió a llenar la habitación, interrumpido solo por el crepitar del fuego. Finalmente, levantó la mirada hacia su consejero.
– Siento que Elizabeth se encuentra muy sola en este lugar – confesó, con un tono más grave del habitual. – Aunque intento estar presente para ella, sé que mi naturaleza limita nuestras interacciones.
Alaric lo observó con atención, percibiendo la genuina preocupación en sus palabras.
– ¿Cree que necesita algo más que su presencia, señor?
Lucian asintió lentamente.
– Necesita compañía – respondió. – Alguien que le recuerde lo que significa la calidez de la vida humana, alguien cercano a ella, que no tenga prejuicios hacia los vampiros y que pueda animarla.
Alaric inclinó ligeramente la cabeza, anticipando la dirección que tomaría aquella conversación.
– ¿Tiene alguien en mente? – preguntó, con un tono más bajo.
Lucian lo miró fijamente, sus ojos centelleaban con determinación.
– Marianne – dijo finalmente, pronunciando el nombre con claridad. – Aún tienes contacto con ella, ¿no es así?
– Sí, señor. De vez en cuando nos encontramos – confirmó Alaric, aunque su expresión reflejaba cierta sorpresa.
Lucian se inclinó hacia el escritorio y abrió uno de los cajones con cuidado, de él extrajo un sobre lacrado y lo colocó frente a Alaric.
– Quiero que le entregues esta carta – explicó. – Marianne siempre ha sido una amiga cercana de Elizabeth. Estoy seguro de que su presencia aquí le será de gran ayuda.
Alaric tomó el sobre con seriedad, guardándolo en el interior de su chaqueta.
– De inmediato, señor – respondió, asintiendo con respeto.
Lucian volvió a recostarse en su asiento, aunque el gesto no parecía denotar alivio. Sus pensamientos seguían sumidos en la preocupación por Elizabeth.
– Asegúrate de que Marianne entienda la importancia de su presencia aquí – añadió, su tono ahora más bajo, casi introspectivo. – Ella siempre ha sabido cómo hacerla sentir segura y feliz.
Alaric lo observó por un momento, reconociendo la sinceridad detrás de sus palabras.
– Haré lo necesario para que Marianne esté aquí pronto – prometió. – Su esposa es afortunada de tenerlo, señor. No muchos harían tanto para asegurar su bienestar.
Lucian no respondió de inmediato. En cambio, tomó nuevamente la pluma y la giró entre sus dedos.
– No es suerte, Alaric – murmuró finalmente. – Es lo que debo hacer por ella… y por nuestro hijo.
El consejero inclinó la cabeza con respeto antes de retirarse del despacho, dejando a Lucian en la penumbra. El duque permaneció allí, perdido en sus pensamientos, mientras el fuego seguía ardiendo, reflejando sombras danzantes en las paredes, como si las mismas inquietudes de Lucian se manifestaran en el aire pesado de la noche.