En compañía de la Soledad

1208 Palabras
El amanecer llenaba la habitación con una suave luz dorada que se filtraba entre las pesadas cortinas de la ventana. Elizabeth, aún envuelta en la ligereza del sueño, tomó asiento en el borde de su cama. Mirando su alrededor, sus pensamientos divagan en la extraña sensación de haberse convertido en la esposa de un hombre que no amaba y en el peso invisible del secreto que llevaba dentro: su hijo. Sabía que Lucian, no había dormido a su lado esa noche. De hecho, Elizabeth tenía entendido que nunca lo hacía, pues las horas del día, eran las destinadas para su descanso. Sin embargo, no podía evitar preguntarse, qué hacía durante esas horas antes de retirarse a descansar. Perdida en sus pensamientos, de repente, el sonido de la puerta abriéndose cortó el hilo de los mismos; llevándola nuevamente a la realidad. Alzando la vista hacia el frente, vio que Lucian estaba entrando a la habitación con una bandeja en sus manos, con un desayuno bastante completo. Su atuendo, estaba ligeramente desordenado, dejando entrever que había estado ocupado durante la noche. Sobre la bandeja, descansaba una tetera de porcelana, una taza, un par de rebanadas de pan tostado con mantequilla, un pequeño tazón de frutas frescas y un plato con huevos revueltos acompañados de unas finas hierbas. Lucian se acercó sin decir nada y colocó cuidadosamente la bandeja en la mesita de noche, que se encontraba junto a la cama de Elizabeth. Finalmente la miró, con una pequeña sonrisa y dijo: – Buenos días. Te traje el desayuno. Elizabeth lo observó con una pizca de sorpresa, luego, dirigió su mirada a la bandeja y respondió: – Buenos días… – expresó, con tono educado pero distante. – No era necesario. Sé cuidarme sola. Lucian se sentó a su lado con movimientos calmados pero firmes y respondió: – Lo sé… pero me sentiré contigo más tranquilo si te veo comer antes de retirarme. No estaré contigo durante el día y quiero asegurarme de que por lo menos, desayunes bien. Elizabeth lo miró, analizando sus palabras. Podía ver en él, una mezcla de preocupación y determinación que la joven no esperaba. "Esto lo hace por el bebé." pensó, para sí misma. Aunque la situación que la llevó a este matrimonio era complicada, su instinto maternal la impulsaba a cuidar al feto que llevaba en su vientre. Sin responder, tomó la taza de té y le dio un sorbo. Estaba perfectamente caliente, endulzado con un ligero toque de miel sin ser empalagoso. Luego, tomó el tenedor y probó un bocado de los huevos. El sabor era delicado pero bien sazonado, con un toque de frescura que lo hacía agradable al paladar. – El desayuno está rico. – comentó, después de un momento, mirándolo con curiosidad. – ¿Quién lo hizo? Lucian esbozó una sonrisa leve, casi orgullosa. – Lo hice yo... siguiendo una receta. Elizabeth levantó una ceja, sorprendida aunque trató de no demostrarlo. – No sabía que cocinabas. – No es algo que haga a menudo. – confesó con una leve sonrisa. – Pero quería que este desayuno fuera especial. Es importante para mí que estés bien alimentada. Elizabeth continuó comiendo en silencio, mientras que sus pensamientos estaban divididos entre las palabras de Lucian y lo que este gesto implicaba. Aunque sabía que su preocupación probablemente nacía del deseo de proteger a su hijo, había algo en su actitud que la desconcertaba. Al terminar el desayuno, dejó el tenedor en el plato y lo miró. – Gracias. Fue un buen desayuno. Lucian inclinó ligeramente la cabeza, satisfecho. – Me alegra que lo hayas disfrutado. Se levantó, tomando la bandeja con cuidado y antes de retirarse la miró por última vez y dijo: – Descansa Elizabeth. Elizabeth lo observó salir de la habitación, dejando tras de sí una calma inusual. Aunque había mucho que aún no entendía de él, esa mañana su actitud sembró en el interior de la joven una pequeña duda: quizás, detrás de su apariencia fría y autoritaria, había algo más en Lucian que aún no lograba descifrar. *** La casa parecía guardar un silencio casi reverencial mientras Elizabeth descendía las escaleras de madera con paso lento. Cada pisada resonaba suavemente en la inmensidad de la mansión, un eco que sólo acentuaba lo vacía que se sentía. Instintivamente, su mano se posó sobre su vientre apenas abultado, como si buscara en aquel pequeño gesto una conexión con alguien que todavía no había llegado al mundo, pero que ya era su mayor ancla. Al llegar al salón principal, se detuvo un instante para observar su entorno. La luz del día se filtraba tímidamente a través de las pesadas cortinas de terciopelo que apenas estaban entreabiertas, proyectando sombras que bailaban en las paredes. El fuego de la chimenea crepitaba en un rincón, iluminando la estancia con un cálido resplandor que contrastaba con la frialdad del mármol y la amplitud del espacio. Elizabeth avanzó hacia el sillón más cercano a la chimenea, uno tapizado en un rico brocado de tonos borgoña. Se dejó caer con un suspiro, apoyando su cabeza en el respaldo alto y dejando que el calor del fuego le acariciara el rostro. Su mano volvió a su vientre, acariciándolo suavemente. El silencio del salón parecía un espacio seguro para los pensamientos que no se había permitido vocalizar hasta ahora. – Bueno, pequeño – murmuró con voz baja y melódica, sin apartar la mirada del fuego que danzaba en la estufa –, parece que mientras estemos en este proceso, tú serás mi única compañía en esta inmensa mansión. La llama de la chimenea crepitaba, como si respondiera a sus palabras. Elizabeth dejó escapar una leve sonrisa. – Tu padre… – continuó, con un tono que mezclaba ternura e ironía. – Tiene una naturaleza especial, ya lo has notado, ¿verdad? Mientras yo camino bajo la luz del sol, él descansa en la penumbra. Pero no te preocupes, lo cierto es que… aunque sea diferente, parece que le importamos más de lo que deja ver. Hizo una pausa, mientras sus dedos trazaban círculos distraídos sobre su vientre. – No sé cómo será todo esto, ni qué nos deparará el futuro – confesó en un susurro, como si estuviera compartiendo un secreto con el bebé que crecía dentro de ella. – Pero te prometo que pase lo que pase, estaremos juntos. Yo haré todo lo posible por protegerte, por asegurarte un lugar seguro en este mundo, incluso si el camino no es sencillo. El sonido del viento contra las ventanas parecía acompañar sus pensamientos mientras su mirada se perdía en el fuego. Por un instante, el peso de su realidad la golpeó: la soledad, la incertidumbre, pero también la fortaleza que había comenzado a construir en su interior. – Supongo que ambos tendremos que acostumbrarnos a esta casa, ¿no? – dijo en voz baja, con un deje de humor en su tono. – Es inmensa y fría, pero no tiene por qué sentirse vacía, ¿verdad? El fuego chisporrotea nuevamente, llenando el silencio con un murmullo reconfortante. Elizabeth cerró los ojos, permitiéndose unos momentos de calma, abrazada por la cálida luz del hogar y el suave movimiento de su propia respiración, sincronizada con el latido de la pequeña vida dentro de ella.
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