La luna roja brillaba intensamente sobre la mansión Blackwood, tiñendo el cielo nocturno con un resplandor carmesí, como si él mismo estuviera al tanto del pacto que estaba por sellarse esa misma noche.
En el interior, el gran salón rebosaba de invitados vestidos con sus mejores galas. Los murmullos llenaban el aire y cada conversación, estaba envuelta en curiosidad y especulación. A simple vista, era una boda majestuosa, pero solo unos pocos sabían que la unión entre Elizabeth y Lucian era algo más que un simple romance: los padres de Elizabeth, su amiga Marianne y Alaric, el consejero de Lucian.
En una sala contigua, Elizabeth permanecía de pie frente a un espejo ornamentado, inmóvil mientras su madre ajustaba con cuidado los últimos detalles de su vestido rojo escarlata.
La tela fluía como una corriente de sangre, abrazando su figura con una elegancia que no podía opacar la carga que pesaba sobre sus hombros.
– Hoy te ves radiante, cariño mío. – la voz de su madre era suave, pero cargada de una preocupación que intentaba ocultar. Sus manos temblaban ligeramente mientras colocaba un broche en el corsé. – Siempre soñé con este día… verte caminar hacia el altar como una novia deslumbrante. Aunque... – se detuvo agachando la vista. – Nunca imaginé que en estas circunstancias.
Elizabeth evitó el reflejo de su madre en el espejo, fijando su atención en las joyas que adornaban su cuello y su cabello. Su expresión era serena, pero sus manos delataban un nerviosismo que no podía controlar.
– Lo sé, madre. – su voz era firme, aunque revelaba un leve quiebre. – Tampoco es lo que soñé… pero es lo correcto. Es lo que debo hacer para proteger nuestro honor y el de mi hijo.
La señora Margaret se detuvo y exhaló un suspiro pesado, sus dedos apartaron un mechón rebelde del rostro de su hija.
– Mi niña… – dijo con tono tierno y maternal. – Te admiro más de lo que imaginas. Tomar una decisión así requiere de una fuerza que muchos no poseen. Pero… – giró a Elizabeth hacia ella, sosteniendo la misma suavemente por los hombros. – Prométeme algo… que no pierdas de vista quién eres. Este matrimonio puede ser un deber, pero tu felicidad es importante. No te olvides de ti misma y pase lo que pase, siempre tendrás un hogar con nosotros.
Elizabeth sintió un nudo en la garganta al escuchar las palabras de su madre y por un momento, dejó caer la máscara de compostura que llevaba.
– Gracias… mamá. – susurró, envolviendo a su madre en un abrazo fuerte. Cerrando los ojos, permitiéndose un instante de calidez antes de enfrentar lo que venía.
La puerta de la sala se abrió ligeramente y Marianne asomó la cabeza, sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y nerviosismo.
– Elizabeth… es hora.
Elizabeth se apartó de su madre y asintió con un suspiro profundo. Su mano descansó por un instante en su vientre apenas pronunciado.
– Parece que es nuestro momento, pequeño. – murmuró.
Con la cabeza en alto, salió de la sala, dejando atrás todos sus temores y mientras caminaba hacia el gran salón, las puertas de madera tallada se abrieron de par en par. La atención de todos los presentes se centró en ella, y el murmullo colectivo se desvaneció en un silencio reverente.
La luz de la luna roja se filtraba a través de los vitrales, bañando su figura en un resplandor casi sobrenatural. El vestido escarlata fluía tras ella como un río de sangre viva, mientras las joyas que adornaban su cuello y su cabello reflejaban destellos de la misma luz carmesí.
Lucian, de pie en el altar, alzó la mirada. Su rostro permanecía imperturbable, pero sus ojos oscuros se suavizaron imperceptiblemente al verla. Había algo en su porte, en la manera en que caminaba con una elegancia serena, que parecía reclamar el espacio como suyo.
Elizabeth avanzó con pasos firmes, consciente de que todas las miradas estaban sobre ella, acompañadas de sonrisas que no alcanzaban a ocultar la envidia o la admiración. Para los invitados, era una novia radiante, una pareja destinada a sellar su unión bajo la luz profética de la luna roja. Nadie podía adivinar el verdadero motivo de aquel matrimonio ni los secretos que ocultaban los corazones de aquellos dos amantes.
Lucian inclinó ligeramente la cabeza cuando Elizabeth se acercó, ofreciéndole su mano con la elegancia de un caballero.
– Estás hermosa. – murmuró, lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.
– Lo sé. – respondió Elizabeth, sin permitir que su voz traicionara su neutralidad.
Y así, bajo la mirada expectante de todos los presentes, ambos se prepararon para sellar el pacto que cambiaría sus vidas para siempre.
***
El altar, decorado con candelabros dorados y flores de tonos oscuros, se alzaba majestuosamente bajo la luz hipnótica de la luna roja que atravesaba los vitrales. Aquella luz carmesí teñía el ambiente con un aire solemne, casi místico, como si el destino mismo observará desde las alturas.
El sacerdote vampírico, vestido con una túnica negra decorada con hilos carmesí, esperaba con expresión serena mientras Lucian y Elizabeth tomaban sus lugares frente a él.
Elizabeth mantenía su porte erguido, reuniendo toda la calma que podía mientras trataba de ignorar las miradas de los invitados. Sus ojos se posaron por un instante en Lucian, cuya presencia era imponente. Su porte regio, acentuado por la luz de la luna, lo hacía parecer un rey en su trono. Sin embargo, lo que más la desarmaba era su mirada: una mezcla de intensidad, devoción y algo indescifrable que lograba tanto inquietar como intrigar.
El sacerdote alzó las manos y el murmullo de los presentes cesó de inmediato.
– Hoy, bajo el testimonio de esta luna roja, símbolo de unión y destino, celebramos la alianza entre Lucian Blackwood y Elizabeth Whitmore. Este pacto, sellado con vino y sangre, unirá no solo sus vidas, sino también sus almas y destinos para siempre.
Lucian dió un paso hacia adelante, entrelazando sus manos con las de Elizabeth y con voz profunda y aterciopelada, dijo con toda seguridad:
– Elizabeth… – comenzó a decir, con una leve inclinación de cabeza hacia ella. – Ante la luz de esta luna y los testigos aquí reunidos, prometo protegerte y sostenerte, incluso cuando el mundo se torne incierto. Aunque nuestros caminos se cruzaron de forma inesperada, desde este momento mi vida estará entrelazada con la tuya. Hoy y por siempre, mi sangre y mi fuerza serán tuyas.
Sus palabras, cargadas de solemnidad, no parecían ensayadas. Había algo genuino en su tono que hizo que Elizabeth lo mirara fijamente, buscando rastros de falsedad, pero no encontró ninguna.
El sacerdote asintió y giró hacia Elizabeth, invitándole a hablar.
Elizabeth tragó saliva. Sentía las miradas de todos sobre ella, pero las de Lucian eran las únicas que realmente importaban. Reuniendo fuerzas, comenzó a hablar con voz firme, aunque sus manos temblaban ligeramente entrelazadas con las de él.
– Lucian… – dijo, levantando ligeramente el mentón. – Ante esta luna y ante los testigos aquí presentes, prometo cumplir con este vínculo que hoy sellamos. Aunque el camino que nos espera esté lleno de desafíos, me comprometo a honrar esta unión y a ser digna de ella; mi sangre y mi palabra serán fieles a este pacto.
Su mirada se cruzó con la de Lucian y por un instante, sintió que podía leer algo más profundo en sus ojos, algo que no había esperado encontrar. Incómoda, apartó la vista.
El sacerdote levantó entonces una copa de vino oscuro como la noche y habló con solemnidad.
– Ahora, este pacto será sellado con lo más sagrado: su sangre.
Lucian alzó su mano y un estremecimiento recorrió la sala cuando sus uñas se alargaron en garras afiladas y oscuras. Sus ojos se encendieron en un rojo profundo, brillando con la misma intensidad que la luna roja y sus colmillos, largos y afilados, asomaron cuando abrió ligeramente los labios.
Elizabeth contuvo el aliento. Sabía lo que él era, pero enfrentarlo en su verdadera naturaleza, tan cerca, era algo completamente distinto.
Lucian mantuvo su mirada fija en ella mientras tomaba su mano con cuidado y con un movimiento ágil, hizo un pequeño corte en su propio pulgar, dejando que unas gotas de sangre oscura cayeran en la copa.
– Mi sangre, mi vida, mi destino. – declaró con voz grave y resonante.
Le ofreció la copa a Elizabeth, quien, con manos temblorosas, la sostuvo y bebió de ella. El sabor metálico del vino mezclado con sangre la hizo estremecerse, pero lo hizo sin dudar.
Lucian tomó entonces la mano de Elizabeth, ella intentó apartarla instintivamente, pero él la sostuvo con firmeza, aunque sin brusquedad.
– No te haré daño. – murmuró, su voz era un susurro que resonó en lo más profundo de la joven.
Con delicadeza, usó una de sus garras para hacer un pequeño corte en el pulgar de Elizabeth. Ella observó, fascinada y horrorizada a la vez, cómo las gotas de su propia sangre caían en la copa, mezclándose con el vino oscuro.
– Mi sangre, mi promesa, mi honor. – dijo Elizabeth, con voz casi en un susurro, mientras entregaba la copa a Lucian.
Lucian sostuvo la copa con ambas manos y bebió con un gesto solemne. Cuando ambos habían bebido, el sacerdote levantó las manos en señal de finalización.
– El pacto está sellado.
Lucian no esperó más, se inclinó hacia Elizabeth, y en un gesto cargado de simbolismo, la besó en los labios. Sus colmillos rozaron su piel con una suavidad que le envió un escalofrío por la espalda.
La luna roja pareció intensificar su resplandor, iluminando a la pareja con un aura sobrenatural. Los invitados rompieron en aplausos, ajenos al torbellino de emociones que se escondía tras los rostros de los recién casados.