Los preparativos de la boda comenzaban a tomar forma en la majestuosa mansión Blackwood. Sin embargo, para Elizabeth, los nervios y el malestar del embarazo, solo le causaban estragos cada día que pasaba. Las náuseas eran intensas y los mareos eran cada vez más fuertes. Los sirvientes de la mansión Whitmore atribuían este malestar de su señorita a solo nervios previos a la boda, desconociendo el verdadero motivo.
Elizabeth estaba recostada en su habitación, con la mirada perdida en el techo. Su cabello ondulado de un color marrón oscuro, caía sobre las almohadas, mientras sus ojos negros reflejaban una mezcla de cansancio y preocupación. No tenía apetito, y cada intento de ingerir algo, le provocaba arcadas que solo empeoraban su malestar.
De repente, la puerta se abrió suavemente y la figura de Margaret, su madre, apareció sosteniendo una bandeja con una taza de té y unas galletas saladas. Cerró la puerta con cuidado, antes de dirigirse con su hija.
– Cariño… – dijo Margaret con ternura, dejando la bandeja sobre la mecedora que estaba junto a la cama. – Te traje té y galletas para que desayunes.
Elizabeth giró la cabeza lentamente, mirando la bandeja sin mucho entusiasmo.
– No tengo apetito, madre. Todo lo que intento comer me hace sentir mal.
Margaret tomó asiento en el borde de la cama y con voz cálida de maternal le dijo:
– Elizabeth… – acariciando su cabello. – Debes comer algo, aunque sea un poco. Lo que estás sintiendo es normal en tu estado. Yo también lo sentí cuando te llevaba en mi vientre.
Elizabeth apartó la mirada, sintiendo un nudo en su garganta.
– La diferencia es que yo era humana, mamá… – murmuró, posando una mano en su vientre apenas abultado. – Este niño no lo es.
Margaret suspiró.
– Cariño… lo que llevas dentro también es parte de ti y lo que sientes ahora, no tiene nada que ver con eso. Estas náuseas, cansancio y demás malestares, son cosas que toda mujer siente cuando está en estado.
Con las manos temblorosas, Elizabeth tomó en sus manos el té que su madre le había traído, probando apenas un sorbo, por miedo a que su cuerpo lo rechazara. Luego, nuevamente lo dejó en la mesa y mirando a su madre dijo:
– ¿Crees que durante todo el embarazo me sentiré así?
Margaret la miró con una sonrisa cariñosa, viendo en los ojos de su hija, aquella niña que protegió y cuidó con todo su ser, y ahora, en circunstancias que tal vez no eran las más esperadas, a punto de convertirse en madre. Sentándose cerca de ella, apoyando la espalda contra la cabecera de la cama, envolviendo a su hija con un brazo apoyando su mano en su hombro, acercándola más a ella respondió:
– No siempre. – dijo, besando su cabeza. – ¿Habrá días difíciles? Sí. Pero sabes qué… – tocando su nariz con su dedo índice. – También habrá días en dónde te sentirás muy bien. – colocando una mano sobre el vientre de su hija, lo acarició con ternura y expresó –: Las primeras etapas del embarazo son la más complicadas, pero cuando sientas las primeras patadas y lo escuches por primera vez… todo este malestar habrá valido la pena.
Elizabeth dejó escapar un suspiro.
– De ser así… supongo que no tengo otra opción más que aguantar. – dijo, intentando sonreír.
Margaret sonrió tiernamente, brindándole apoyo, acarició un momento los suaves cabellos de su hija y luego besó su frente.
– Eres muy fuerte, cariño. – agarrando suavemente su brazo. – Lo harás bien, ya verás. Ahora… – besando nuevamente su frente. – Descansa.
Elizabeth cerró los ojos por un momento, sintiendo la calidez de su madre y exhaló un suspiro, para luego Margaret, retirarse y dejar descansar a su hija.
***
El crepúsculo estaba llegando, tiñendo el cielo de tonos dorados y rojizos, marcando el despertar de Lucian como cada día. Mientras tanto que la mansión Whitmore, se estaba tiñendo de una tranquilidad que gradualmente, llegaría a su fin dentro de unas horas. Margaret, miraba por la ventana del salón, pérdida en sus pensamientos y en cierta forma, preocupada por su hija, cuando de repente, las ruedas de un carruaje sobre el camino de piedra, la sacaron de sus pensamientos. El mismo, de tono oscuro, se detuvo frente a la entrada principal y unos segundos después, un mayordomo anunció la llegada del visitante.
– Señora… – dijo con una leve reverencia. – El señor Lucian Blackwood, ha venido a visitarnos.
– Hazlo pasar… – respondió, mirando fijo a través de la ventana.
– Sí señora.
Lucian, sin hacer ruido ninguno, como su naturaleza le requería y su acostumbrada elegancia. Ingresó a la pequeña sala acompañado del mayordomo, donde su futura suegra lo esperaba.
– Buenas tardes, señora Whitmore. – expresó, inclinando levemente la cabeza.
Ella se dio la vuelta para mirarlo apartando su vista de la ventana y cordialmente lo saludó.
– Buenas tardes, señor Backwood. – saludó, también haciendo una leve reverencia. – Supongo que viene a ver a mi hija, ¿no?
– Así es señora… – mirando a su alrededor. – Parece que hoy se ha retirado a descansar antes.
– Elizabeth hoy no se ha sentido bien, permanece en su habitación, descansando.
– ¿Qué le sucedió? – preguntó firmemente, dejando entrever un matiz de preocupación.
Margaret notó su interés y su preocupación, totalmente oculta, pero perceptible para quien es muy observador.
– Los nervios de la boda creo yo, y quizás algo más.
Lucian asintió, confirmando lo que él y ella ya sabían y lo demás ignoraban.
– ¿Puedo verla?
Margaret lo analizó por un momento y lo miró antes de asentir.
– Por supuesto. Acompáñeme.
Ambos subieron las escaleras hacia la habitación de Elizabeth. Margaret tocó suavemente la puerta antes de entrar y seguida de Lucian ingresó al lugar.
Elizabeth, que estaba recostada en la cama, se acomodó para quedar sentada en ella y al ver que su madre entró a su habitación con Lucian, no pudo evitar tensarse y un escalofrío corrió por todo su cuerpo. Manteniendo su postura firme, como la primera vez que Lucian la conoció dijo:
– No esperaba verte…Lucian. – pronunciar su nombre le costó un poco.
Él avanzó hacía ella lentamente y se sentó a lo pies de la cama, observándola con detenimiento.
– Tu madre me informó que no te sentías bien y vine a comprobarlo por mí mismo.
Margaret se acercó al lecho de su hija y acomodo un poco las almohadas de la misma, con un gesto maternal, para que estuviera más cómoda.
– Gracias, mamá.
– De nada, mi niña. – dicho esto dirigió la mirada hacia Lucian, quien también la miró y le dijo –: los dejo un momento para que hablen. Si necesitan algo, estaré por aquí cerca.
Lucian asintió en un gesto de agradecimiento con una leve sonrisa y la mujer se retiró, para nuevamente Lucian centrar su mirada en su prometida.
– ¿Qué ocurre, Elizabeth? – tomando suavemente su mano, lo que hizo que Elizabeth se estremeciera un poco al sentir su contacto frío.
Elizabeth con los ojos entornados y sin bajarle la mirada, respondió con indiferencia:
– Nada fuera de lo normal o eso es lo que mi madre dice. Solo me siento cansada. – Elizabeth desvió la mirada hacia la ventana, no pudiendo sostener más la de Lucian.
Lucian, comprendiendo el distanciamiento que su futura esposa podía tener hacia él, sonrió levemente y apoyando con cuidado la su mano en el vientre de Elizabeth, respondió:
– Parece que él o ella está nervioso y por eso te sientes así.
Elizabeth, observando como él de alguna manera, podía comprender lo que sentía, quedó mirándolo pensativa, mientras continuó hablando con tranquilidad, acariciando el vientre su prometida con suavidad.
– Ten presente que tus emociones pueden afectarle y es por eso que te sientes mal.
– ¿Cómo puedes saber eso? – preguntó intrigada.
– Por mis años de experiencia y porque la energía que el feto expulsa, desde tu vientre, está alterada. – dijo todo esto, mirando el vientre de su amada mientras lo acariciaba con suavidad. – Debes calmarte, todo saldrá bien. – dijo, mirándola de nuevo.
Elizabeth no pudo evitar sentirse atrapada en su mirada y sentir que su conexión con él, cada día era más fuerte.