Un pacto de sangre

1538 Palabras
Elizabeth sostuvo la taza de té entre sus manos, el calor del líquido reconfortaba sus dedos, mientras permanecía sentada en la pequeña pero elegante sala. La chimenea crepitaba suavemente, llenando el espacio con un resplandor cálido que contrastaba con el aire frío del exterior. Frente a ella, Lucian permanecía sentado con una postura relajada, sin que sus ojos dejaran de observarla. El silencio entre ambos era espeso, cargado de una tensión que ninguno parecía dispuesto a romper. Elizabeth, sintiéndose inquieta ante la mirada penetrante de Lucian, dejó la taza en la mesa y lo miró con cierta expectación. – Me dijiste que había algo importante que debíamos discutir sobre los preparativos de la boda. – comenzó a decir ella, con la intención de apresurar el tema. Lucian esbozó una leve sonrisa, inclinándose un poco hacia adelante. – Así es… – respondió, con voz profunda. – Es sobre una tradición que existe en mi linaje, algo que debemos realizar el día de nuestra boda. Es un ritual antiguo que asegura la unión y la fidelidad entre los esposos. Elizabeth arqueó una ceja, intrigada, pero manteniendo su semblante neutro. – ¿De qué trata? Lucian hizo una pausa, eligiendo con cuidado sus siguientes palabras. – Durante la ceremonia, debemos intercambiar nuestras copas, en ellas, tú derramarás unas gotas de sangre en mi vino y yo haré lo mismo en el tuyo. Al beberlo, sellaremos un vínculo que nos unirá de manera profunda. Elizabeth frunció ligeramente el ceño, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. – ¿Y ese vínculo… qué implica exactamente? Lucian la miró fijamente, evaluando su reacción. – Garantiza unión, fidelidad… y protección. – dijo con voz solemne, evitando entrar en detalles. – Es una forma de asegurar que nada puede separarnos, ni siquiera… la muerte. Elizabeth sostuvo la mirada, notando una sombra de intención detrás de esas palabras. – Así que este ritual es una manera de protegernos. – comentó dudando un poco de lo que Lucian dijo. – Así es. – respondió asistiendo. – Es una sagrada tradición para los de mi linaje. Elizabeth exhaló un suspiro y expresó: – ¿Y si me niego? La pregunta pareció llenar la habitación de una tensión palpable. Lucian entrecerró los ojos y su expresión se volvió más sería y fría. – Si te niegas… no podrás casarte conmigo. – dijo con firmeza. – Debes entender algo, Elizabeth. – inclinándose un poco más sobre la mesa. – Soy el Rey de los Vampiros, mi unión no es solo un asunto personal, sino un símbolo de poder para mí linaje. Este ritual no es opcional. Elizabeth se tensó ante la intensidad de sus palabras, si fuera por ella no se casaría con él, pero la realidad golpeaba fuerte su vida: un niño venía en camino y con ello, la responsabilidad de proteger su honor y el de su familia. Agachó la vista por un momento, mirando el líquido oscuro que tenía en sus manos y viendo su reflejo en él y finalmente, con una mezcla de resignación y determinación, habló: – De acuerdo. Lo haré. La respuesta pareció complacer a Lucian, su rostro serio hasta ahora, dió paso a una sonrisa triunfal. Y extendiendo su mano hacia ella expresó: – Sabía que lo entenderías. – dijo, mientras acariciaba sus dedos con un gesto casi posesivo. – No parece que me hayas dejado muchas opciones. – replicó ella con una leve amargura. Lucian inclinó la cabeza, como si reconociera su resistencia pero no la cuestionara. – No lo hice. – admitió con honestidad. – Pero lo que estamos construyendo, es algo que trasciende tus dudas y mis deseos. Esto es para nuestro futuro y para el futuro de nuestro hijo. Elizabeth sintió un escalofrío recorrer su espalda, como si hubiera algo más detrás de sus intenciones lo que la inquietaba profundamente. – Espero que tengas razón. – murmuró al fin, retirando su mano con suavidad. Lucian, no respondiendo de inmediato, la observó por un instante más antes de ponerse de pie con la misma elegancia y autoridad que siempre lo caracterizaba. – La tengo. – aseguró con voz serena, antes de inclinarse a ella. Su cercanía la hizo tensarse un poco, pero no sé apartó. Él tomó su barbilla con delicadeza haciendo que lo mire directamente a los ojos. – Elizabeth…Lo que estamos a punto de hacer, será el comienzo de una unión que va más allá de la eternidad. Confía en mí… y no te arrepentirás. Elizabeth no respondió, atrapada entre su magnetismo y su propia desconfianza, pero en su interior, sabía que no había vuelta atrás. *** Elizabeth terminó su té en silencio, meditando sobre la conversación que acababa de tener con Lucian. Cada palabra seguía rondando en su mente, como un eco que no podía apagar. Lucian, siempre atento, notó la mirada distante de su prometida, pero decidió no presionarla más. Cuando llegó el momento de partir, Lucian se levantó con elegancia y ofreció su brazo a Elizabeth. – Permíteme llevarte a casa. – dijo, cortésmente. Elizabeth asintió ligeramente, aceptando su oferta. El carruaje, tirado por majestuosos caballos negros, esperaba fuera del lugar. Alaric, siempre leal y observador, se encontraba junto al cochero, manteniendo su habitual postura vigilante. Durante el trayecto, el silencio llenó el interior del carruaje. Elizabeth miraba por la ventana, observando cómo las luces de las farolas iluminaban tenuemente el camino de tierra, mientras salía de los dominios de Lucian. Él, por su parte, se mantenía sereno, estudiándola de reojo. – ¿Tienes algo en mente, querida? – preguntó finalmente, rompiendo la quietud. Elizabeth tardó un momento en responder, todavía absorta en sus pensamientos. – Simplemente… intento asimilar todo. – dijo, con la mirada aún clavada en el paisaje de fuera. Lucian esbozó una pequeña sonrisa. – Es natural. Pero confío en que, con el tiempo, comprenderás que lo que hacemos es por el bien de ambos… y del niño. Elizabeth no respondió. En su interior, la incertidumbre seguía creciendo, pero prefirió guardar silencio. Al llegar a la mansión Whitmore, el carruaje se detuvo frente a la entrada. Lucian salió primero y ofreció su mano para ayudar a Elizabeth a bajar. Sus dedos, fríos al tacto, la sujetaron con firmeza pero con delicadeza. Una vez fuera, Lucian se inclinó levemente hacia ella, tomando su mano para depositar un beso suave sobre su piel. – Elizabeth, descansa bien. Nos veremos pronto. – dijo, con su voz suave, cargada de intención. Elizabeth asintió con un leve movimiento de cabeza, retirando su mano con sutileza. – Buenas noches, Lucian. – respondió, antes de girarse para entrar a la casa. Lucian permaneció inmóvil, observándola hasta que la puerta de la mansión se cerró tras ella. Solo entonces regresó al carruaje, donde Alaric lo esperaba sentado con los brazos cruzados. Mientras el carruaje retomaba su camino hacia la mansión de Lucian, Alaric rompió el silencio, como era su costumbre. – ¿Qué tal te fue con Elizabeth? – preguntó, con curiosidad, pero sin perder el respeto y el nivel de clase que había entre ellos. Lucian se recostó contra el respaldo del asiento, aflojando ligeramente el nudo de su cravat. – Me fue bien. Pude convencerla de realizar el ritual. Alaric arqueó una ceja, genuinamente sorprendido. – Eso es bueno. – dijo con un toque de alivio. – Me alegra que hayas podido convencerla… aunque debo admitir que me sorprende. Lucian soltó una breve risa, baja y casi burlona. – Elizabeth está en un momento vulnerable. – explicó con tranquilidad. – Aunque no lo reconozca, necesita mi apoyo. Alaric lo observó con interés, como si analizara las palabras de su amo. – Vulnerable, tal vez… pero también fuerte. – comentó Alaric, siempre dispuesto a expresar su opinión. – No subestimes su voluntad, Lucian. Elizabeth no es como las demás. Lucian giró la cabeza ligeramente hacia su consejero, dedicándole una mirada afilada como una daga. – Nunca la subestimo, Alaric. – respondió. – Por eso sé exactamente cómo acercarme a ella. Elizabeth tiene dudas, sí, pero también sabe que no tiene otra opción. Lo que le ofrezco es una salida que no puede rechazar. Alaric inclinó la cabeza en señal de respeto, pero no pudo evitar añadir: – Aun así, ten cuidado. Las decisiones tomadas bajo presión suelen generar resentimiento… incluso en las más nobles intenciones. Lucian lo miró fijamente durante un momento, antes de permitir que una pequeña sonrisa cruzara su rostro. – Elizabeth y yo no estamos construyendo una relación basada en la nobleza, Alaric. Esto es un pacto, una alianza… y pronto, ella entenderá que es para su beneficio. El consejero asintió, aunque su expresión seguía siendo pensativa. – Como digas, mi señor. Aunque debo admitir que hay algo fascinante en cómo maneja su carácter. No será fácil de doblegar. Lucian soltó una risa más audible esta vez. – No quiero doblegarla. – corrigió. – Quiero moldearla, como un escultor a su obra maestra. Elizabeth será la reina perfecta… con el tiempo. El resto del trayecto transcurrió en silencio, pero las palabras de ambos parecían seguir resonando en el aire. Alaric observó por la ventana, mientras Lucian, con los ojos cerrados y una expresión de satisfacción, ya planeaba los próximos pasos en su intrincada red de estrategias.
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