El umbral de la eternidad

1341 Palabras
La mansión Whitmore estaba inmersa en una calma aparente, interrumpida únicamente por los pasos apresurados de los sirvientes que iban y venían, haciendo los preparativos para el compromiso de su joven señorita. Aunque sería un evento íntimo, no dejaba de ser un acontecimiento importante. Los salones estaban siendo decorados con discreción, mientras un aire de expectativa recorría la mansión. Sin embargo, lo que más sorprendía al personal, era el hecho de que se casaría con un vampiro. Lucian Blackwood no solo era su prometido, sino también un m*****o de esa especie que muchos temían y otros admiraban en secreto. Mientras la actividad en la mansión crecía, Elizabeth buscaba refugio en el jardín trasero, rodeada de sus rosas y aire fresco, bajo el amparo de los altos árboles, caminando despacio, absorta en sus pensamientos, encontrando un respiro en medio del caos que la rodeaba. De repente, una voz familiar y efusiva, rompió la tranquilidad. – ¡Elizabeth! La joven duquesa levantó la vista y vio a Marianne acercándose con una energía que contrastaba con su propia melancolía. Últimamente, su joven amiga de la infancia, había estado visitando la mansión con más frecuencia, consciente de lo mucho que necesitaba su apoyo en ese momento. – Marianne… – dijo Elizabeth, dejando escapar una pequeña sonrisa. Sin decir una palabra más, Marianne la envolvió en un abrazo que parecía disipar momentáneamente el peso que Elizabeth llevaba consigo. – Estoy aquí… – dijo Marianne con suavidad, separándose lo justo para mirar a su amiga a los ojos. – ¿Cómo te encuentras? Elizabeth suspiró. – Bien… supongo. – respondió con un tono que no lograba ocultar la tristeza que asomaba en sus ojos. Marianne la observó con una mezcla de compasión y admiración. Colocó una mano en el brazo de Elizabeth y de manera casi imperceptible, tocó su vientre con suavidad. – Parece que una luz está llegando a este mundo para disipar las sombras que lo envuelven. – dijo, con una sonrisa esperanzadora. Elizabeth dejó escapar una leve sonrisa, amarga pero sincera, mientras posaba su propia mano sobre su vientre. – A pesar de lo que representa… – murmuró, pensativa. – Es lo único que ahora me da fuerzas para seguir adelante. Marianne asintió y con un gesto alentador, tomó el brazo de Elizabeth y comenzaron a caminar juntas por el jardín. – La mansión está llena de emoción… aunque también de confusión. – comentó Marianne luego de un rato. La joven duquesa dejó escapar una risa seca, siendo esto apenas un eco de su antiguo humor. – No los culpo. Para ellos, esto debe ser difícil de entender. Alguien que siempre juró odiar a los vampiros, ahora se casa con uno. Suena irónico, ¿verdad? – Puede ser… pero nadie tiene derecho a cuestionarte. – dijo Marianne con firmeza. – Menos ellos, que son solo sirvientes. Elizabeth asintió ligeramente, pero su expresión permaneció distante. – Es cierto… no necesito darles explicaciones, pero entiendo su confusión. Marianne cambió de tema, buscando aliviar un poco el ambiente. – ¿Cómo tomó todo esto Fernando? – preguntó con interés. Elizabeth reflexiona unos segundos, recordando la conversación con su padrastro. – Al principio… con sorpresa. Pero cuando le explicamos la situación… Fernando fue bastante comprensivo. Es un buen hombre, creo que ahora realmente puedo verlo como un padre. Marianne sonrió y un alivio genuino iluminó su rostro. – Me alegra que sea así. Fernando siempre te ha querido como una hija y en este momento, lo está demostrando. Lizzy sonrió y antes de que Marianne siguiera hablando, un sirviente se acercó a ellas y con una leve inclinación de cabeza dijo: – Mi señorita… – estirando su mano. – Esta carta es para usted. Elizabeth tomó con cuidado aquel sobre lacrado, asintiendo en agradecimiento. – Gracias… El sirviente se retiró, dejando a las dos mujeres solas. Marianne miró la carta con curiosidad, mientras la joven duquesa rompía el sello. – ¿De quién es Lizzy? – preguntó, inclinándose ligeramente hacia su amiga. Elizabeth leyó rápidamente las primeras líneas antes de suspirar profundamente. – Es de Lucian, quiere que esta tarde vaya a verlo. Al parecer, hay algunos detalles de la boda que necesita discutir conmigo. Marianne arqueó una ceja, esbozando una sonrisa divertida. – Pues… debes ir. ¿Quieres que te acompañe? – No. Gracias. Iré sola. – respondió negando con la cabeza, guardando la carta. Marianne, siempre respetuosa, le dio unas palmaditas en su hombro dándole ánimos. – Como desees, cualquier cosa… estoy aquí. – sonriendo. La joven le devolvió una sonrisa fugaz, pero agradecida. *** Por el atardecer, Elizabeth se dirigía a la mansión Blackwood, donde una conversación importante la esperaba. El carruaje avanzaba lentamente por un sendero flanqueado de árboles, cuyas sombras se alargaban con la luz del crepúsculo. Una brisa fría se filtraba por las ventanas, trayendo consigo un aroma a tierra húmeda y hojas secas, que recordaban inminentemente la llegada del invierno. Después de unos minutos de viaje, la silueta de la mansión Blackwood, apareció en el horizonte. Las torres góticas se recortan contra el cielo teñido de anaranjado y púrpura, proyectando una imagen elegante y misteriosa. Un escalofrío le recorrió la espalda, al contemplarla desde la distancia y llegando frente a sus puertas principales, el carruaje se detuvo con suavidad. Elizabeth, se bajó del mismo con elegancia ayudada por el cochero y por un momento, se quedó mirando la mansión pensando para sí. "Pronto este será mi hogar…" se dijo, exhalando un suspiro, dejando entrever su nerviosismo. Desde el ventanal de su despacho, Lucian Blackwood, observaba su llegada con una mirada fija e inescrutable. En ese instante, Alaric, su fiel consejero, descendió las escaleras y antes de que Elizabeth pudiera tocar la puerta, se la abrió con una sonrisa amable y cálida. – Bienvenida, señorita Whitmore. Adelante, por favor. – dijo Alaric, haciendo un gesto con su mano, invitándola a entrar. Elizabeth, inclinó ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento, antes de cruzar el umbral. Una vez dentro, no pudo exhalar otro suspiro al observar la inmensidad del vestíbulo. El mismo, estaba decorado con elegantes candelabros y retratos antiguos, que parecían observar en silencio. Todo en aquel lugar era majestuoso y solemne, pero también frío y nada acogedor. Pensar que este lugar sería pronto su nueva residencia, le hacía erizar la piel. Desde lo alto de las escaleras del salón principal, apareció Lucian. Descendía por ella con elegancia y seguridad, su figura, envuelta en un abrigo n***o, contrastaba con el tenue resplandor de los candelabros. Cuándo llegó al último escalón, le dedicó una sonrisa suave, cargada de una cortesía que no lograba disipar del todo la tensión entre ambos. – Bienvenida, Elizabeth. Gracias por venir. – dijo, con voz profunda y aterciopelada. Elizabeth instintivamente, posó las manos sobre su vientre, como si tratara de calmar su inquietud. Lucian notó el gesto, pero no dijo nada. – No hay de qué. – logró responder al fin. Lucian extendió su brazo hacia ella. Elizabeth lo dudó por un instante antes de aceptar su gesto, tomándolo luego con una mezcla de timidez y desconfianza. El vampiro esbozó una sonrisa apenas perceptible y condujo a la joven duquesa a una sala privada. La habitación era más pequeña que la anterior y estaba decorada con sencillez y elegancia. Una alfombra de tonos cálidos cubría el suelo y una chimenea crepitaba suavemente, llenando el espacio con una agradable calidez. Lucian le ofreció una silla cerca de la mesa central y esperó a que tomara asiento antes de hablar. –¿Te gusta esta sala? – preguntó, una vez que estaba sentado frente a ella, mirándola con detenimiento. Elizabeth levantó la vista, un poco sorprendida por la pregunta y asintió con timidez. – Si… es acogedora. – respondió brevemente y con sinceridad. Lucian sonrió complacido. – Me alegra que pienses así. Si lo deseas, este lugar puede ser tu refugio personal cuando nos casemos. – expresó con voz suave, mientras la observaba con atención. Elizabeth se quedó mirándolo ligeramente sorprendida por la propuesta. Después de unos segundos asintió lentamente.
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