Un futuro incierto

1354 Palabras
La sala de estudio de la mansión Blackwood estaba inmersa en una quietud solemne, rota solo por el chisporroteo del fuego en la chimenea. Las llamas arrojaban destellos anaranjados que danzaban sobre los muebles oscuros, mientras una suave brisa nocturna susurraba a través de las cortinas entreabiertas. Lucian estaba sentado en su sillón favorito, su postura elegante y relajada contrastaba con la intensidad de su mirada fija en las llamas. En su mano, sostenía una copa de cristal, cuyo contenido, un líquido carmesí oscuro, reflejaba la luz de las llamas como un rubí. Frente a él, Alaric permanecía de pie, observando a su maestro con respeto antes de romper el silencio. – Elizabeth se lo está tomando bastante bien, mi señor. – comenzó diciendo Alaric, con palabras que laten con una sutil inquietud. – Aunque Marianne me ha comentado que está confundida, más de lo que deja entrever. Ella es su amiga, la conoce bien. Lucian permaneció en silenció por un momento, dejando que las palabras flotaran en el aire. Finalmente, girando levemente la cabeza con una voz suave pero cargada de convicción respondió: – Es normal, Alaric. – murmuró, con los ojos aún clavados en el fuego. – Va a ser madre de un vampiro... y esposa de otro. Esa carga sería abrumadora para cualquiera, pero para alguien como Elizabeth, que juró en el pasado despreciar a mi especie, debe ser aún más difícil. Hizo una pausa y giró la copa entre sus dedos, observando cómo el líquido se balanceaba con suavidad antes de continuar hablando. – Se siente perdida. Su mundo está cambiando y con él, su percepción de sí misma. Está enfrentando la maternidad, una vida a mi lado y tarde o temprano, aceptará lo que ahora rechaza: que su destino está entrelazado con el mío, tanto como el de nuestro hijo. Alaric asintió, reconociendo la verdad en las palabras de su rey e inclinándose levemente hacia adelante, expresó en tono reflexivo: – Pero no solo eso, mi rey. Aún no comprende completamente el poder que reside en ella. No solo será la madre de un vampiro, sino la creadora de un linaje, híbridos y no híbridos. Eso la convierte en más que tu esposa: será la Madre de Vampiros, gobernando no solo sobre su descendencia, sino también sobre todos nosotros… a tu lado. Lucian desvió finalmente la mirada del fuego y la posó en Alaric, sus ojos carmesí brillaban con una intensidad que parecía traspasar el aire pesado de la sala. – Lo sé. Es por eso que elegí la luna roja para nuestra boda. Aunque Elizabeth no lo sepa, ese día será decisivo. Entre sus votos, sellaremos nuestro destino con algo más que palabras: una promesa de lealtad, fidelidad y unión eterna. – ¿Cómo planea hacerlo, su alteza? – preguntó intrigado. Lucian dejó la copa sobre una pequeña mesa que estaba frente a su sillón y entrelazando sus manos, adoptó una postura pensativa. – El ritual será sutil, pero poderoso. Entre los votos, le pediré que comparta su sangre conmigo, como un antiguo símbolo de mi linaje. No sabrá que ese acto, aunque aparentemente ceremonial, potenciará no solo mi poder, sino también el suyo. – ¿Y crees que aceptará derramar su sangre para sellar esta unión? – preguntó Alaric con una mezcla de duda y curiosidad. – Elizabeth es una mujer fuerte, pero no es inmune a la persuasión. – respondió Lucian, permitiendo que una leve sonrisa curva se dibujara en su rostro. – Le diré que es una tradición, un gesto que simboliza la confianza y el respeto mutuo. No sospechará que su sangre es la llave que desatará un poder mucho más grande. Alaric asintió lentamente. – Es un plan arriesgado, pero efectivo si logras convencerla. Pero espero que todo salga como lo planeas. Lucian tomó nuevamente su copa y se reclinó en su asiento, volviendo su mirada a las llamas danzantes. – Elizabeth es fuerte, Alaric, más de lo que ella piensa de sí misma. Es por eso que no solo quiero que sea mi esposa… la necesito a mi lado. Este pacto no solo nos unirá a nosotros, sino a todo un linaje; el futuro de nuestra especie depende de ella y no puedo permitir que eso falle. La conversación terminó en un silencio cargado de significado. Alaric se puso de pie, inclinó su cabeza en señal de respeto antes de retirarse y dejó a Lucian solo, con sus pensamientos. *** La habitación de Elizabeth estaba en penumbras, iluminada únicamente por la pálida luz de la luna que se filtraba por las cortinas. Sentada junto a la ventana, con las piernas cruzadas en la silla y el brazo descansando sobre el marco, su mirada se perdía en el vasto cielo nocturno. La soledad de la noche pesaba en el aire y sus pensamientos giraban en un torbellino que no podía detener. Hablando en voz baja, para sí misma, dejó escapar un suspiro. – Tres meses… – murmuró, como si las palabras fueran más reales al ser dichas en voz alta. – Sigo sin creer que en tres meses voy a ser madre. Y no solo eso... también esposa de Lucian. Su voz tembló al mencionar su nombre. No era miedo lo que sentía hacia él, sino una incertidumbre abrumadora, un vacío entre lo que era su vida y lo que estaba destinada a ser. – Esto es demasiado. – dijo, apretando su mano sobre su vientre, un gesto instintivo y protector. Su pulgar traza pequeños círculos sobre la tela de su vestido, mientras su mirada descendía hacia su abultado vientre. Hizo una pausa, cerrando los ojos por un momento, como si buscara fuerzas en su interior. Cuando volvió a hablar, su voz era un susurro cargado de emociones. – Sé que eres hijo de un vampiro, de todo lo que juré odiar. Pero tú no tienes la culpa de nada, ¿verdad? – una tenue sonrisa, amarga y cálida a la vez se dibujó en sus labios. – Tú no pediste venir a este mundo… Fue el destino quien lo decidió. Las palabras se rompieron al salir de su garganta, cargadas de una lucha interna que solo ella conocía. – Y si el destino lo hizo así… entonces debo enfrentarlo. Por mi bien… y por el tuyo. La suavidad con la que sus dedos acariciaban su vientre contrastaba con el peso de sus pensamientos. Elizabeth alzó la mirada nuevamente hacia la luna, buscando consuelo en su luz distante. Detrás de la puerta, su madre había escuchado todo. Apoyada contra la madera y con las manos entrelazadas frente a su pecho, sentía cómo cada palabra de su hija se clavaba en su alma. Siempre había creído en la fortaleza de Elizabeth, en su valentía para enfrentar las adversidades, pero en ese momento, lo que veía era una niña que escondía su miedo tras una máscara de determinación. Con un nudo en la garganta, la madre murmuró para sí misma: – Mi niña… – su voz apenas era un susurro, ahogado por la emoción. – Siempre has sido valiente, pero esto es más grande de lo que cualquiera podría soportar. Su mirada cayó al suelo, como si tratara de contener las lágrimas. – No estaré ahí para protegerte. – dijo, con voz quebrada. – Pero estaré aquí en casa, rezando por ti. Rezando para que mantengas ese espíritu fuerte que siempre has tenido… para que no te pierdas en ese nuevo mundo. Sin querer interrumpir el momento de su hija, se retiró en silencio, dejando que Elizabeth continuará luchando con sus pensamientos. Elizabeth, ajena a la presencia de su madre, sintió una brisa fría entrar por la ventana y envolvió sus brazos alrededor de sí misma, como si buscara un calor que no venía de la noche. – Puedo hacerlo. – murmuró una última vez, como un mantra que necesitaba repetir para convencerse. El silencio volvió a llenar la habitación, pero en el corazón de ambas mujeres, una promesa invisible se había sellado: Elizabeth enfrentaría su destino y su madre estaría siempre ahí, aunque fuera desde la distancia, sosteniéndola con su fe y su amor.
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