—Necesitamos nuevos productos, ¿entiendes? Me lo tienes que presentar ese... —Cameron iba de un lado a otro discutiendo por teléfono—. Eso ya lo sé, no podremos presentar los productos sí no me los traes para mañana. Tráelos mañana a primera hora.
Yo lo miraba como el último requisito en mi lista de conquistas.
Colgó la llamada y tomó la taza de café que dejé sobre la barra.
—¿Deseas otra cosa? —le pregunté. Él estaba en paños menores.
Para él era una costumbre andar así por la vida.
—¿Por qué te niegas a quererme? —me preguntó acercándose.
—No me niego a quererte. Intento no hacerlo.
—No entiendo por qué lo haces. Dices que nos hacemos mal, pero ahora estamos juntos de nuevo... ¿Se trata de alguien más? ¿Estás conociendo a otra persona, verdad? —no dije nada.
Supuse que mi silencio iba a ser la respuesta a sus preguntas.
—No puedo decírtelo, y no sé por qué quisieras saberlo.
—¿Por qué no puedes? ¿Es alguien que conozco? —Cameron se quedó pensativo, de inmediato se recompuso y volvió a mirarme fijo—. ¿Sales con tu vecino indie?
Mis ojos se abrieron más de lo que ya estaban abiertos.
—¿De qué hablas? —me apresuré a ponerme frente suyo—. Ni sabes lo que dices.
—Todo tiene sentido... —deja la taza sobre la mesa—. Ayer te vi llegar con él en su camioneta, y cuando te fuiste de la cena te seguí. Vi que entraste a ese bar indie y luego te vi hablando con él. ¿Se trata de eso? ¿Se trata de él?
Lo tomé del brazo y junto a su ropa lo lleve a la puerta del departamento.
—Necesito que te largues —le dije.
Él me detuvo.
—¿Cómo puedes dejarme por ese hippie? —insistió.
—No te estoy dejando por nadie, eso lo dices tú.
Nuevamente lo tomé del brazo y abrí la puerta.
—Me estás dejando, Maia. Me lo has dicho ayer, ayer te veo con él y todo. ¿Qué quieres que piense? —se planta frente a mi con un pie afuera de mi apartamento—. Quiero entenderlo. Quiero saber por qué de repente ya no quieres saber nada de mí. ¿Es por Georgia? ¿Por el puesto de trabajo? ¿Por algo más? Arreglemos las cosas, sabes que no puedo vivir sin ti.
Mi paciencia se colmó.
—Sí puedes, lo hiciste cuando te fuiste dos años a Brasil y luego llegaste con ella a la casa diciendo que era tu novia. Luego llegaste a mí, de nuevo, cuando quemaban tus deudas y tu padre no te dejaba en paz. Me hiciste creer que me querías, y me diste un anillo de compromiso al cuál rechace cuando te vi con ella de nuevo. ¿Me crees estúpida? —lo eché de la casa y cerré la puerta en sus narices.
Respiré hondo y me calmé.
Al cabo de cinco minutos sonó el timbre y corrí furiosa a abrirlo.
—¿Qué parte no has entendido de lo que dije...? —vi que Steven me miró sorprendido—. Klev.
Él se río un poco.
—Jeju... ¿Enfadada? —preguntó.
No sabía donde meterme.
—No es contigo, no lo tomes personal —comenté, dejé que pasara a mi departamento—. Solamente... He tenido un mal día, darle una oportunidad a tu show me dio un buen ánimo pero me lo acaban de arruinar.
Steven se sentó en el sofá y me invitó junto a él.
—Es normal, creo que pasé por lo mismo que tú —sacó de su bolsillo un porro de m*******a—. Por sí te quieres relajar.
—No, gracias, no pienso fumar ahora —él me insistió y me lo dio—. Lo tomo como un regalo, ¿okey?
—Okey.
Nos quedamos en silencio largo tiempo.
—¿Por qué viniste? —rompí la ola de silencio.
—Te escuché gritar, supuse que estabas en apuros con algún chavo —comenzó a reírse—. Es normal ser una chica bonita con tantos pretendientes... ¿Él es tu novio o ex?
Le sonreí nerviosa.
—No es nada mío, nunca fuimos nada.
—Escuché algo de un anillo de compromiso...
Trágame tierra.
—Bueno, es larga historia. Ahora no tengo ánimos de contarla.
—Está bien, no estás obligada a hacerlo.
Nuevamente nos quedamos en absoluto silencio.
Su pierna, su rodilla, de repente chocó con la mía. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo, de pies a cabeza. Su roce, su piel, se sentía espectacularmente una delicia. Nos miramos. Su mano se apoyó en mi pierna de repente.
¿Está mal desearle tanto?
—Maia, eres una buena chica.
—Tú eres el buen chico, no yo —nos reímos apenas un poco—. Gracias por venir, no hacía falta.
—Me preocupo por ti.
De nuevo nos quedamos mirando, Steven se acercó un poco y me besó. Nos besamos, un rato largo, y eso despertó mis ganas de tenerlo encima mío.
Con ansías busqué el broche de su cinturón pero él me tomó la mano antes de tiempo.
—¿No te parece muy pronto? —le dije que no con la cabeza y prosiguió a seguir, se quitó los pantalones y luego quitó de mi ropa para dejarme desnuda, expuesta a él, me miró los pechos y luego volvió a mirarme a los ojos—. ¿Puedo?
Le dije que sí suavemente, con una de sus manos me tomó un seno y con su lengua lamió el que estaba libre. Gimo de placer al sentir su caliente lengua alrededor de mi endurecido pezón.
Con besos cálidos baja por mi pecho, llegando al ombligo. Se puso de rodillas en suelo y me hizo girarme para enfrentarlo, con un movimiento leve separó mis piernas, las colocó por encima de sus hombros y su boca se abrió para recibir mi sexo.
—Steven... —fue lo que suspiré.
Succiona mi c******s, ansiado. Tomé una de las almohadas y las mordí para no gritar del placer. Él se separó, ambos teníamos el pecho acelerado. Un poco sudados.
—Quiero follarte —me dijo casi murmurando—. No tengo preservativos, iré a buscar uno a mi casa.
Se levantó y se vistió de nuevo, salió de mi departamento y esperé a que llegara.
¿Sabes una cosa? Steven jamás apareció.
No me atreví a ir por él.
Simplemente me volví a vestir y quedé con un sabor amargo en la boca.
¿Qué demonios con este imbécil?