CORAZÓN AJENO

4874 Palabras
hermano Edgar.  Antes de marcharse con su caballo a otro paraje donde a su debido momento, escogería a una mujer para tomarla a la fuerza, para verter en ella su veneno, su maldad; Pablo miró al cadáver de Marisa y emprendió contra ella una lluvia de puntapiés descontrolados. Se iba a marchar y repentinamente se regresó, para volver a emprender su violencia contra el cadáver de Marisa. Esa vez le quitó la poca ropa que le quedaba, y volvió a tomarla sexualmente, a pesar de no poseer ya un hálito de vida. Ya no sería excitado con los gritos que le provocaba, pero la necrofilia también le era placentera, por lo que no dudo en deleitarse de esa manera. Su violencia fue esa vez por una zona no destinada naturalmente para ello. Daba verdadera repugnancia ese hombre pernicioso y diabólicamente perverso.           La virginal tierra se tiñó de la sangre inocente de Marisa. El valeroso caballo relinchó como nunca lo había hecho. Pablo, con el falo disecado de toro, la emprendió en su contra insistentemente lastimándolo demasiado. Logró apaciguarlo por un rato, aunque el animal se comportaba extraño, demasiado inquieto si se quiere. Se paraba una y otra vez sobre sus miembros traseros. No había manera de poder montarlo. Como pudo, el repudiable ser se posó sobre el lomo de Rubio, y a golpes de esa fusta rudimentaria; le hizo correr alejándolo definitivamente de ese sitio macabro ya. Repentinamente el valeroso caballo desobedeció al freno y a las riendas. Se desbocó de una manera nunca observada. Su jinete no podía controlarlo por más que le emprendía a golpes fortísimos. Nada lo amilanaba. Corría y corría sin cesar y de manera inagotable. Los caminos pétreos parecían suaves a su paso. No se cansaba, y cada vez corría como desafiando al viento y a la distancia. Sólo se detuvo en un apartado y solitario lugar. Se paró sobre sus patas traseras con tal fuerza, que hizo caer a su jinete. Este, al dar con su humanidad contra el suelo rocoso resopló de dolor.           Rubio se trasladó cerca del sádico empedernido aquel, y justo frente a él hizo algo jamás esperado. Sufrió una metamorfosis extraordinaria, transformándose en una figura humana rodeada de una fulgurante luz blanca. Se despojó de sus ataduras y las lanzó lejos. Caminó hasta donde, aterrado, Pablo miraba sin dar crédito a lo observado. Con una guadaña salida de la nada, sus piernas fueron cercenadas una a una. Lo mismo hizo con sus miembros superiores. Detenida era la hemorragia para evitar así; una muerte rápida. Sus alaridos eran exagerados, pero nadie los escuchaba. La aparición se ensañó de una manera extraordinaria, como lo hacía él con las mujeres que violaba y asesinaba con toda la crueldad que se pudiera imaginar.           Un grueso madero era introducido por la región posterior, del que brotaba sangre cobarde y excrementos en abundancia; exageradamente pestilentes. Al regresar a su figura anterior, Rubio se abalanzó sobre el hombre ruin ya moribundo, y con una coz certera, destrozó el cráneo del siniestro personaje salido de los infiernos, quien en su diabólica vida, destruyó muchas inocencias. Un ligero temblor se apoderó de aquella figura humana que había dejado de ser tal. Al poco rato se quedó inmóvil. Rubio, el valeroso caballo, se marchó con un trote suave, y se perdió en aquel horizonte cubierto por el arrebol del crepúsculo.   CORAZÓN AJENO   I (Gabriel)             Gabriel asió la caja de pastillas que estaba colocada sobre su mesita de noche. Lo hizo también de manera autómata con otras más. La penumbra lo cobijaba casi todo. Llegaba un leve resplandor que se filtraba por debajo de la puerta del aposento que compartía con Mercedes, su mujer. Procuraba hacer el menor ruido posible en resguardo del sueño de su consorte. Faltaba poco para que el día llegara, a ella le gustaba dormir un poco más. ¿Para qué despertarla? Salió de la recámara con el cargamento de medicinas y ya en el comedor, se sentó a la mesa a seleccionar la gran cantidad de esos productos farmacéuticos que le correspondían a esa hora del día. Miró su mano abierta, sobre la que permanecían doce píldoras de varios colores. Las separó en dos tandas, y fue en busca de agua fresca. Recordó que en su infancia, su madre le indicaba que era imprescindible tomar los remedios con agua fresca; nunca con agua helada. Así lo hacía él desde entonces. Ingirió  sus medicamentos como siempre, en dos tandas, y luego de quedarse unos minutos pensativo, inmóvil, como ausente; se dirigió al refrigerador a seleccionar los alimentos, con los cuales prepararían la rigurosa dieta que tenía que consumir a diario.           Mientras lo hacía, miraba constantemente un papel que estaba colocado cerca de él, adherido a uno de los gabinetes de madera. En él estaba específicamente escrito, el tipo de alimento que debería consumir ese día. Era la categorización de su nutrición que manos especializadas habían ideado. Al lado de este, permanecía otro con la enorme lista de fármacos que también tenía que tomar diariamente mientras viviese. Ya ese último no lo miraba, pues conocía de memoria su contenido y seleccionaba las medicinas de manera automática. Esa situación le procuraba una gran aspereza, debido a lo limitado que se sentía. No le daba tiempo de hacer lo rutinario de cualquier hombre de su edad y de su nivel académico. Se había retirado prematuramente de sus quehaceres laborales, debido a su maligna afectación en su salud. Sobre él se había posado el anatema de los resultados de una gran gama de estudios especializados que le habían realizado, y que ponían al tapete; la grave enfermedad cardíaca que padecía.        Su semblante no era el mismo. Ya se había albergado en él, una tristeza perenne que le había secuestrado las ganas de vivir. La extrema delgadez lo hacía ver más alto de lo que era. Su cambio físico lo había trastornado, al extremo de procurar no mirar espejo alguno. Había retirado, a pesar de las diarias protestas de su mujer, uno inmenso que había permanecido por muchos años en la recámara, una alcoba inmensa donde ya no le gustaba estar. Sólo permanecía allí justamente el tiempo necesario para tratar de dormir. No podía hacer nada más en ella, y eso magnificaba la animadversión por su existencia, pidiendo perdón a Dios a cada instante por las constantes blasfemias que pasaban por sus pensamientos.           Se paró y caminó con desgano hacia el refrigerador nuevamente. Esa vez, tomó un sorbo de agua helada y se dirigió meditabundo por un oscuro pasillo rumbo hacia su privado, donde encendió un enorme televisor embadurnado en modernismo; para mirar lo que estuviera a disposición de cualquier trasnochado como él. Veía sin mirar, oía sin escuchar. Solo se entregaba a la depresión con doctorado que llevaba tiempo apabullándolo, y que era verdaderamente testaruda a cualquier estratagema psicológica o psiquiátrica intentada en innumerables ocasiones. Era una casa enorme. Gabriel heredó como único hijo, una inmensa fortuna de sus padres penosamente fallecidos hacía mucho tiempo; de manos de un desastroso accidente automovilístico. Significó una verdadera fortuna la herencia recibida. Entonces él tenía catorce años, y fue su tío un conveniente albacea que supo, con una astucia congénita; continuar con los múltiples negocios de su cuñado en pro de su adolescente sobrino entonces millonario. Su mejor inversión había sido, a juicio de todos, la educación que recibió el heredero, y que le hizo acreedor de diversos títulos universitarios.           Gabriel ya había cumplido cincuenta años. Sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, de 27 y 25 años respectivamente; residían en los Estados Unidos donde recibían estudios superiores en carreras vinculadas a los negocios y la economía, queriendo de esa forma; seguir los pasos de su padre. En su gran mansión, a esa hora de la madrugada, se ubicaba ahora en la gran terraza, desde donde recibía el aire fresco que le manipulaba su grisácea cabellera, y le regalaba una pequeña satisfacción. Recordó que alguna vez había palpado la felicidad plenamente. Pensaba en ese instante en Mercedes y en sus hijos; su gran orgullo. Lloraba Gabriel. Lloraba de extrema tristeza al palpar en sí mismo, una fragilidad intensa en su salud que lo colocaba a diario; al borde de la muerte, ya que sabía perfectamente la gravedad de su patología. Lo denunciaba, su andar pausado debido al eterno cansancio que sólo le permitía caminar pocos pasos a la vez y su dificultad para respirar constante. No en vano, había sido instalado un elevador en su residencia, ya que era esa la única manera de poder acceder al nivel superior de la misma. Repentinamente sintió un leve mareo, que con los segundos se fue intensificando. Luego, las luces distantes que miraba en ese momento se apagaron.           Horas después despertaba rodeado de un sonido ya conocido. Luces intensas llegaban a sus ojos confundidos. El frío era intenso, tan intenso como su confusión. Rostros diversos se acercaban a mirarlo de cerca. Estaba en el corazón mismo de una unidad de cuidados coronarios, hasta donde fue trasladado, luego que sufriera un nuevo ataque al corazón que lo tenía nuevamente al borde de la muerte. Esa vez parecía no haber vuelta atrás. Era un momento muy temido por todos, especialmente por él. Ya sus hijos venían en un repentino viaje para estar atento de su padre, quien estaba, según los especialistas que lo atendían; en un camino sin regreso. Era cuestión de semanas, si acaso no de solo unos días. Únicamente un milagro podía salvarlo.           Y para sorpresa de todos, cinco días después, ese milagro estaba a algunos kilómetros de distancia; se trataba de un donante. Milagrosamente llegó la noticia de la existencia de un donante por fin. Era un caballero víctima de la delincuencia, quien había sido llevado de inmediato a un centro asistencial antes de fallecer, de quien fueron extraídos los riñones y el corazón, y luego de intensos estudios; resultó que era compatible con Gabriel. Una luz de esperanza era sentida entonces, y al poco tiempo, se tenía todo previsto para la delicada intervención quirúrgica. Solo esperaban por la llegada del delicado órgano para proceder al trasplante. Un eminente cirujano cardiovascular amigo suyo, también haría acto de presencia en las próximas horas venido desde Brasil, donde radicaba. Fue solicitado urgentemente para tan apremiante ocasión.           Mientras tanto, Gabriel era sometido a un riguroso tratamiento para tratar de estabilizar la función de su enfermo corazón. No era una tarea fácil. Él, tratando de moverse lo menos posible, colaboraba en todo lo que podía. Era lo único que podía hacer, ya que consistía su participación muy pasiva. Solo tenía que relajarse y no moverse en demasía; tratando de esa manera de minimizar sus esfuerzos, para que su corazón no recibiera ninguna sobrecarga que le hiciera sucumbir. Rezaba en silencio Gabriel. Pedía a Dios con su gran fe inquebrantable, una nueva oportunidad en la vida; esa existencia que había dedicado, a hacer el bien a mucha gente. Una vida consagrada enteramente a su familia. Una existencia dedicada al amor que sentía por su esposa, por sus hijos y por el resto de su familia. De seguro, Dios le daría esa nueva oportunidad dentro de pocas horas, de eso no tenía ninguna duda.           Fue así como, en un quirófano equipado con los aparatos más modernos procurados para tan magna intervención, con un experto equipo humano y mucha fe; fue realizada aquella intervención quirúrgica, tras muchas horas de extensa y excelsa dedicación. Fue trasplantado el nuevo corazón a Gabriel. Evidentemente que no supo ningún m*****o de la familia, a pesar de sus insistencias, dato alguno del donante ni las circunstancias de su muerte. Toda aquella información resultaba en extremo confidencial, ese detalle era requerido legalmente; siquiera el equipo médico supo esa información. Luego de algunos meses de intenso tratamiento y rehabilitación, Gabriel volvió a su residencia para continuar su recuperación; en el seno de un hogar entonces colmado de intensa felicidad. Tras el transcurso de un año, y con una mínima medicación (solo fármacos indicados para prevenir el rechazo del tejido trasplantado) aquel caballero, otrora embargado de una enorme pena; regresaba a su vida de siempre. Como lo hizo cuando gozaba de excelente salud, regresaba a encargarse de sus empresas que bastante lo necesitaban. Reinaba nuevamente la felicidad en ese hogar. Día a día, el elegante y millonario caballero oraba dando gracias Dios por la nueva oportunidad, a la vez que elevaba oraciones de agradecimiento al donante desconocido. A él le debía su vida. Sentía Gabriel que había nacido nuevamente.           Gabriel y Mercedes, junto a sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, habían creado una organización sin fines de lucro, que se encargaba de financiar el diagnóstico y tratamiento de afecciones cardíacas; así como el apoyo de los pacientes más necesitados. Los resultados fueron extraordinarios. En solo unos pocos meses habían sido operados dos pacientes, un caballero y una dama, quienes habían ameritado sendos cateterismos cardíacos. Igualmente habían sido adquiridos equipos de tecnología de punta, que fueron donados a la unidad de cuidados coronarios del hospital local, con la finalidad de coadyuvar en su loable labor en pro de los más necesitados.           Así transcurría desde entonces la vida de Gabriel y de su familia. Sus hijos se habían encargado de unas sucursales en el interior del país y desde entonces, no tenía queja alguna de ellos. Todo lo contrario, el crecimiento económico había sido muy notorio. La decisión de haberles encargado esas sucursales que habían llevado ganancias “flojas”, fue la más acertada. Sus muchachos habían heredado ese espíritu de lucha y esa perspicacia financiera, que lo habían llevado a esa alta posición gerencial; al igual que sucedió con su padre y su abuelo en sus respectivas oportunidades.           Era una acuciosa mañana de un lunes. Gabriel llegaba en su costoso vehículo a una de sus empresas, y ya frente a la misma, caminó despacio luego de darle algunas instrucciones a su chofer, dejando que la brisa matutina colmada de los aromas de las flores de aquellos bien cuidados jardines; llegara a sus sentidos. Antes de entrar al edificio, Ramiro, el portero, le dirigió una cortesía y para su sorpresa, no recibió respuesta alguna. Siempre que llegaba los lunes, saludaba amablemente al anciano trabajador y le obsequiaba algo de dinero para que empezara bien la semana. Se extrañó Ramiro de ese raro proceder de su jefe.           Lo que sí ocurrió, fue que el corazón de Gabriel sintió una leve palpitación cuando recibió el saludo del viejo trabajador. Sintió una extraña sensación que le hizo ignorar la cortesía de su más antiguo trabajador, quien había laborado incluso hasta con su abuelo. Además de ello, Gabriel había dirigido al venerable anciano, una mirada que nunca antes le había dirigido a nadie. Si no hubiese sido porque se trataba de su jefe a quien conocía desde niño, y por quien sentía una gran admiración, Ramiro hubiese jurado que se había tratado de una mirada de odio. Una verdadera mirada de odio, de rencor, de algo muy feo. Eso fue lo que sintió el octogenario en ese extraño momento. Se quedó cavilando por un instante el hacendoso obrero, y luego le restó importancia pensando que eran sus achaques de vejes que le hacía ver cosas.           No habiendo dado más que unos cuantos pasos, Gabriel se extrañó de un proceder nunca antes sentido y de inmediato retornó a la puerta del edificio y ofreció disculpas a su querido viejo. Muy apenado, le ofreció el dinero que de costumbre le obsequiaba. Recordó en ese instante que aún estando en casa afectado por su enfermedad, le hacía llegar con su chofer; el acostumbrado aporte con el que el anciano se ayudaba. El viejo Ramiro permanecía en su sitio de trabajo para sentirse útil tal vez. Hacía años que su jefe le había asignado una cantidad mensual para su retiro. Pronto, esa actitud inusual de Gabriel hacia el portero, quedó en el olvido.           Pero al cabo de unos pocos meses, habiendo llamado a una de sus secretarias para un trabajo de rutina, al llegar la misma, sintió el alto ejecutivo el aumento de su frecuencia cardíaca y una extraña sensación. De seguido y sin motivo alguno, para sorpresa de la joven dama, la tomó contra ella con improperios diversos. Los gritos, colmados de las más variadas obscenidades, se escucharon en todo el lugar. La señorita se ruborizó en extremo, y sabiendo que no había dado motivo alguno para aquella agresión sin parangón, salió despavorida del sitio; embargada de una desagradable sorpresa, y exteriorizando un crecido llanto. De inmediato el suceso se regó como pólvora, y en cada uno de quienes trabajaban en el consorcio, esa actitud del patrón resultó en extremo insólita. Todos se preguntaban qué le estaría sucediendo a su jefe que había procedido de esa forma contra Isabela, quien era una extraordinaria y eficiente trabajadora. En realidad, con nadie había tenido el respetuoso caballero un trato de semejante  tosquedad.           Luego de ello Gabriel, confundido grandemente, percibió una sensación nunca antes concebida. Era algo como una gran furia que jamás había sentido, mucho menos exteriorizado. Debido a ello, se retiró de inmediato a su casa, dejando una estela de rumores a su paso. No faltó quien dijese que eran cosas propias de la edad, de la andropausia, de alguna desavenencia vivida en casa. En fin, surgían los más infundados comentarios en torno a la hostil manera de proceder de aquel hombre, a quien nunca se le había escuchado gritar a nadie. Llegó a la lujosa residencia luego de un viaje callado, que extrañó sobremanera a su chofer, quien siempre se reía de los chistes y ocurrencias del jefe, como todos le decían. Todo lo contrario y lejos de su actuar acostumbrado, al bajarse del automóvil, cerró con un inmenso portazo y ni siquiera se despidió de Jorge; quien llevaba más de 20 años trabajando para él y hasta su compadre era.           Al ingresar a la recamara se comportó de manera inusual. Miró extrañamente a Mercedes. Nunca la había mirado de esa forma, aun luego de alguna de sus rarísimas discusiones. Ella sintió esa mirada extraña y embadurnada de una contrariedad nunca detectada en él. Apesadumbrada, le preguntó si le sucedía algo y lo único que recibió por respuesta fue otra mirada, esa vez antes de ingresar a la sala de baño. Él de soslayo contempló a su esposa, con una mirada que parecía no ser de este mundo. Era algo que ni siquiera se le acercaba al odio, lo que percibió Mercedes en la mirada de Gabriel.  Meditabunda, ella permaneció colmada de una extraordinaria sorpresa tratando de entender ese proceder extraño de su esposo. Sintió golpes en el interior del baño, y se comenzaron a escuchar los gritos de enojo que profería aquel hombre a su mujer, quien se encontraba inmóvil, secuestrada por un mar de dudas. ¿Qué le habría sucedido a Gabriel en la oficina? Era esa pregunta la que colmaba aquel hogar desde siempre armónico.   II (Romualdo)             Romualdo había nacido en aquel barrio pobre que se ubicaba en un apartado rincón de la gran ciudad. Más que un suburbio, significaba un detestable arrabal. Parecía un sitio desheredado de la vida misma. Su madre nunca supo quien era su padre. Solo quedó embarazada en uno de esos encuentros que se tienen a cambio de dinero, producto no del amor; sino de un pequeño “descuido”. Desde la más tierna infancia, se acostumbró a vivir en medio de la indigencia, viendo constantemente a muchos menesterosos y otras gentes de mal vivir. Aprendió en la calle lo que nunca debe ser aprendido. Vivió experiencias que nunca deben vivirse, y se acostumbró a lo que nunca nadie debe acostumbrarse; a debatirse mano a mano con la miseria, a depender de ella. Era Romualdo un miserable producto del infortunio que se vive a diario en los barrios marginales.           Reposaba su esqueleto sobre la fría tierra, que era lo que le ofrecía el odioso jacal que ocupaba junto a su madre. Por las madrugadas, se despertaba gracias al concierto que ofrecían sus tripas vacías. Pasaba hambre casi todo el tiempo Romualdo. Ifigenia, en ocasiones, le llevaba algo de comer, mayormente restos de lo que dejaban los clientes de los locales nocturnos que ella frecuentaba, tratando de ganarse unos centavos a cambio de sexo. Guardaba un poco para él, después de hartarse ella hasta más no poder. La mayoría de las veces Romualdo tenía que valérselas por su cuenta. Ya a los 12 años se había escapado de igual número de reformatorios, a donde lo llevaba la policía luego de cometer los más variados actos vandálicos.           Cierto día Ifigenia se desapareció del jacal para no regresar nunca más. Jamás supo Romualdo que sucedió con ella. Ya tenía 16 años y no le quedó otra alternativa que alzar vuelo. De todas maneras no había mucho que hacer. Nunca extrañó a su madre puesto que ella, no le dio siquiera una pizca del cariño que hubiese encendido la mecha por la que surgiera alguna señal de amor entre madre e hijo. Sencillamente él dejó ese hediondo lugar, y hasta los tuétanos de droga barata, se adentró de manera irreversible en los brazos de la delincuencia juvenil, con la esperanza de algún día debutar en las grandes bandas que pululaban por doquier dejando estelas de desmanes a su paso.             Romualdo vivió las más ásperas experiencias en la calle. Fue golpeado salvajemente por los muchachos más grandes con los que disputaba alguna lata con restos de pegamento. Lo golpeaban los adultos, quienes la mayoría de las veces se entretenían con ello. Lo golpearon muchísimas veces los policías, los vecinos a quienes trataba de robar lo que fuese. Una vez casi lo linchan a no ser porque se compadecieron de su juventud. Varias veces fue violado por malandrines más fuertes que él. Pasó eternas noches de frío y hambre. En fin, la vida se burlaba de él a cada instante, apartándolo de lo que un chico de su edad siempre sueña. En esos toscos caminos de la vida, llevando más golpes que el diablo en una iglesia, llegó a la vida adulta donde no se le pronosticaba una mejor visión de su futuro.           Había avanzado algo. Dejó de inhalar pegamento, gasolina o solventes diversos. Ahora, en su nueva banda, fumaba marihuana. En ocasiones, si les iba bien en sus “vueltas”, le entraba a algo “mejor” que no era más que un poco de cocaína mezclada con cualquier polvo blanco para rendirla. Entregado en esos funestos placeres, se creía el dueño del mundo y ya a los 20 años odiaba a media humanidad. No le servían ni los dientes siquiera. Ni su pelo ni su piel, delataban algún color determinado. Era una especie de mugre con doctorado. Generalmente andaba descalzo. Era definitivamente una piltrafa humana.           Entrando a los 22 años invadió una destartalada casa de láminas de porquería, y se llevó a una muchacha tratando de formar una “familia”, como le decía a sus compinches. Era una muchachita humilde, tal vez en situación de calle. No pasaba de 16 años a lo sumo. Por las noches se le escuchaba gritar debido a las interminables palizas que recibía. Él mismo la describía como una india de talones cuarteados. A pesar de que andaba en harapos, se dibujaba de ella un hermoso cuerpo. Sus curvas voluptuosas la caracterizaban y los grandes senos hacían desatar bajas pasiones a más de uno. No pasó mucho tiempo antes de que el hambre, la mugre, los coñazos y el deseo de los otros malandrines, lograran su cometido y la India, que era como la llamaban todos; alzó vuelo con el tuerto Máximo, un zagaletón que había salido recientemente de la cárcel y que tenía fama de sanguinario cruel.           Cuando Romualdo cumplió sus treinta años, estaba como siempre de paseo por una cárcel. En esa ocasión, debido a un atraco a mano armada que ejecutó junto a tres más que corrieron con mejor suerte, ya que se dieron a la fuga mientras los gendarmes se ensañaban en su contra moliéndolo a palos. Era esa su rutina, cometer los más pendejos delitos y caer preso. En esos menesteres aprendió de todo. Hacía atrocidades colectivas. Fabricaban un “chuzo” con lo que fuera, practicaban la sodomía a falta de féminas, se drogaban incesantemente; solo le faltaba matar a alguna persona. Eso quería hacerlo sin ayuda de nadie, era ese su sueño desde que contempló ensimismado, a un delincuente sin remedio que asesinó de un solo tajo de un cuchillo fenomenal, a un pobre diablo que le miró sin un dejo de disimulo, las nalgas saltonas de su mujer. Sintió bajar al infierno de la satisfacción que le produjo aquel crimen sin sentido. En una de sus andanzas recién salido de prisión, violó y asesinó a una anciana que por error, fue dejada sola en su casa mientras la nieta, quien la cuidaba; salía a comprar alimentos. La anciana estaba postrada en una silla de ruedas y en ella quedó inerte, con el cuello destrozado por un navajazo que Romualdo le propinó antes de violarla horriblemente. Lo hizo allí mismo, en su destartalada silla. Lamiendo la sangre que manaba de su arcaica humanidad. Era así, poseído el maligno hombre, si se le podía llamar así, de esa perversión extrema.           Cada día Romualdo cometía más atrocidades. No lo hacía para adquirir drogas que usualmente era lo más frecuente. Ya era el líder negativo de una peligrosísima banda de degenerados. Había sido, en su última reclusión en una de las más tenebrosas cárceles, el mandamás de todos los reclusos. Voz de mando que se ganó a fuerza de sangre. Las atrocidades las cometía por placer. Hasta el culo de droga, y con sus seguidores tras él, escogía a alguna desprevenida víctima, mujeres mayormente. Tenía su preferencia por las niñas y las ancianas. Con su pandilla como espectadores, las llevaba a algún apartado lugar, les cercenaba el cuello con su navaja, y mientras las penetraba por delante y por detrás, lamía la sangre que surgía a borbotones de las yugulares deshechas por el filo del instrumento usado. Mientras lo hacía miraba hacia su público a la vez que era aclamado y grabado por todos con sus celulares. Grabaciones estas que eran subidas por las r************* .           Los agentes de seguridad parecían tenerle miedo. Pocas veces patrullaban las zonas donde sabían que estaba actuando la banda. Había asesinado a muchas personas, niñas o ancianas en su mayoría, además de algún desprevenido ciudadano que se atravesara en su camino, para despojarlo de lo que fuese. A veces mataba sólo por diversión, en virtud de que en alguna oportunidad se lamentaba por no haber visto surgir la sangre de sus inocentes víctimas. Luego de que la misma quedara inerte, se acuclillaba frente a ella y con el dedo índice de su mano derecha, tocaba la sangre y se la llevaba a la cara pintando una grotesca raya en su mejilla con ella. Lo hacía nuevamente, llevándolo esa vez a su boca para sentir el sabor de lo que según él, aumentaba sus fuerzas; tal como las espinacas a Popeye.           Su liderazgo cobraba cada día más fuerza. La “pico é loro” no creía en cuentos, decía a cada instante. Se “echaba al pico” al primero que se le atravesara. Quien osara a desobedecerlo o a mirarlo mal siquiera; de inmediato sacaba el filoso instrumento y se lo pasaba por el cuello, degollándolo enseguida. Nunca faltaba quien, con tan sólo un guiño de ojos, dominara a su víctima y la pusiera a su entero alcance. Luego de lo cual, su ritual de siempre. Mojar su dedo, hacer la raya en el cachete. Mojar nuevamente su dedo, probar la sangre para que le proporcionara energía. Una calurosa tarde abril, paseaba por la gran urbe, estando ataviado del más grande de los tedios. Palpaba a cada paso, el gran cordón de miseria que eternamente pulula en todas las grandes ciudades. Tras de Romualdo, una larga fila de muchachos, que crecía día a día, le seguía con detenimiento. La mayoría de ellos, desgraciados imberbes que todavía cagaban amarillo. Esos muchachitos desgraciadamente le admiraban, sobre todo, cuando contemplaban que eran sus compinches quienes “trabajaban” para él. Ya no robaba ni realizaba esas menudencias. Lo suyo era violar y degollar niñas y ancianas, mientras más vulnerables mejor; y luego probar su sangre, toda vez que se pintaba macabramente la cara con ella.           Entonces no vestía harapos, ni tenía el pellejo y la cabellera mugrientos. No, en ese momento se acicalaba en demasía y vestía costosas prendas de marca. Sus “súbditos” compraban o robaban esas menudencias para él. Se cambiaba de vestimenta a menudo y llevaba anillos y relojes caros. Si no era complacido, se tocaba el cinto y todos desaparecían en el acto, para llegar momentos más tarde con sea lo que fuere que a él se le antojara. Caminaba mientras daba pataditas a una lata de aluminio que alguna vez contuvo cerveza. A lo lejos divisó algo que lo sacó del tedio al que ya su comitiva temía. Sabía que de no desaparecer ese aburrimiento, alguno de ellos pagaría las consecuencias. Ninguno tenía los suficientes “cojones” para enfrentarlo, y eso lo envalentonaba cada vez más.        
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