Había nacido Balmer en el seno de una familia pobre. Era el mayor de diez hermanos. Su padre había fallecido asesinado antes de que el menor de todos naciera, dejándolos en la más completa miseria. Fue difícil encarar esa precaria situación sin sufrir los embates del infortunio. Matilde sufría mucho al no poder siquiera alimentarlos. Muchas veces se iban a dormir sin haber comido. Dormían sobre la fría tierra de un jacal, como si de menesterosos se trataran. Los muchachos lucían unas enormes barrigas, de seguro atestadas de lombrices. Carecían de alguna letrina, o lo que se le asemejara. Tomaban agua de un pozo colmado de porquería, hábito este que los arrojaba directo a los brazos de una permanente disentería que los consumía cada vez con más saña.
La miseria era tremenda, no sabía aquella madre como enfrentarla. Ya a dos de los muchachos más chiquitos se los había llevado la muerte. Fueron sepultados sin un ataúd siquiera. Los demás llevaban el mismo camino. Decidió Balmer enfrentar esos embates con estoicismo, y aunque nunca había salido de aquel miserable pueblo, tomó sus mugrientas ropas, una botella de agua y sin más, se largó a luchar contra la vida y tratar de conseguir con que sustentar a su familia; a quien la inopia indolente se estaba tragando.
Pasó desmanes, enfrentó un sinnúmero de necesidades. Durmió en sitios pestilentes, sufrió días eternos de hambre y frío en los lugares donde trabajaba por algunas monedas. Así, con las penurias posadas en su minúsculo cuerpo, llevaba alguna poca de comida que sus hermanos devoraban como exquisitos manjares. La desnutrición se posesionaba de todos, al igual que lo hacía con el resto de los pobladores de aquel lugar inclemente y olvidado, de aquel país castigado por el desafuero de unos pocos. Las aves de carroña se confundían con los muchachos mugrosos, flacos, barrigones y macilentos; quienes peleaban por la basura. De puro milagro Balmer logró que dos de sus hermanos se salvaran. Ya Matilde y los otros siete muchachos estaban en el cementerio, enterrados malamente, sin una cruz que indicara una fe y un camino. Él mismo estaba carcomido por la miseria. Sus pies descalzos eran, el pelo quebradizo denunciaba una alimentación deficiente, y sus energías no le ayudaban a sostenerse en pie. Se cansaba con mucha facilidad. Una noche fría una dolencia lo arrastró con saña, y por poco lo destierra hasta donde su madre y hermanos estaban. Despertó en un sanatorio donde trataron de estabilizar un cuerpo al que el hambre había embestido desde siempre. Fue tal el daño que una mala alimentación había hecho de él, que al personal sanitario le costó mucho tiempo rehabilitar su cuerpo enfermo.
Sucedió entonces un suceso que cambió la vida de aquel joven para siempre. Fue un hecho colmado de altruismo, de la nobleza y la pureza de un gran corazón. Un acontecimiento de esos que hacer renacer la esperanza, que dejan muy en claro, la indudable presencia de Dios. Un alma piadosa se conmovió y trató de ayudarlo. Se trató de un sacerdote senil, quien miró en el muchacho una pesadumbre colosal y no escatimó esfuerzos para ayudarlo a superar esa gran dificultad que no lo dejaba enfrentarse a los implacables brazos de su existencia. Lo llevó consigo y en la sacristía pasaba las noches. Lograba comer a diario. Durante el día, seguía al viejo cura a todas partes. En las ceremonias católicas, era el acólito que secundaba en el sagrado oficio. Lo hacía con sobrada maestría. Ayudaba a todos en la parroquia, y prontamente fue querido y admirado incluso.
Creció en medio de una gran miseria, pero las manos piadosas del sacerdote le sacaron a flote y entonces, ya hecho todo un hombre de bien; el futuro le sonreía. Pudo estudiar y asirse de un oficio plausible. Se ganaba la vida ejerciendo su labor con la veteranía de quien conoce bien lo que hace. Trabajaba excelsa la madera, sus bellos trabajos de ebanistería resultaron muy bien apreciados. El gobierno de turno le adjudicó un crédito con el cual pudo formar un taller, y forjar un mañana para Milangela, para el pequeño Endry que ya venía en camino, y obviamente para él.
De muchas partes del país le hacían encargos y él, diligente y juicioso; los realizaba con una precisión que agradaba. Logró una bien merecida fama y unos precavidos ahorros, con los cuales quiso asegurar el futuro de una prole que esperaba goloso. Quería varios hijos, y se propuso tajantemente, luchar por ellos y para ellos, y obviamente para su amada Milangela. Y eso era precisamente lo que ocurría. Su benefactor le había enseñado la fortuna de luchar por lo que se desea. Le enseñó a tener esperanzas, a luchar férreamente por ellas, a no desfallecer; a levantarse una y mil veces, a no rendirse ante cualquier desmoronamiento. Le decía constantemente que la vida era una eterna lucha entre empeñarse en vivir, o empeñarse en morir. Él había decidido vivir, y echaba manos al sacrificio para labrarse el futuro. Luchaba sin cansancio para lograr lo deseado. Ponía sangre, sudor y lágrimas en cada uno de sus actos, y eso le había conllevado a construir un hogar feliz.
En unos pocos años tenía un próspero taller y su familia había crecido. Ya eran tres sus hijos, habían llegado también Andry y Endrina. Eran entonces tres sus adoraciones. La pareja consideró suficiente el número de hijos, por lo tanto, decidieron juntos que lo mejor era optar por una intervención quirúrgica algo inusual, pero con menos riesgos que la practicada comúnmente a las mujeres; por consiguiente, le realizaron al Balmer la vasectomía. Se prometió un futuro sin máculas para su familia y daría su vida si fuese necesario, para lograrlo. Su gran deseo era que no existiera nunca un sacrificio, una pobreza. Que nunca pasarían hambre, como le sucedió a su madre, a sus hermanos y a él mismo. Para eso estaba él, para evitar que la pobreza le arrebatara su felicidad, y la misma era precisamente, su esposa y sus tres hijos.
Lejos había quedado aquella miseria odiosa que le había quitado su familia, dejándolo solo y aparcado en un eterno suplicio. El sacerdote murió dejando en Balmer un legado de grandeza, y esa grandeza fue el haber aprendido a luchar por lo que se quiere en la vida. Le enseñó el valor de lo que se planifica en aras de un camino sin nada agreste que cause daño, sin los amargos abrazos del hambre y del frio. Aprendió a ganarse en pan de cada día a brazo torcido, batallando día a día contra todos aquellos momentos más que difíciles. Lastimosamente ahora estaba allí, encerrado en una mazmorra sombría. Privado de su libertad por haber cometido un grave delito. El tamaño de aquella celda era minúsculo. Su cuerpo permanecía inmóvil sobre un suelo agresivo. No podía moverse salvo lo necesario. Esperaba la muerte el condenado, debido al grave delito cometido. Había sido condenado a muerte Balmer. No hubo un debido proceso, una efectiva tutela y mucho menos un derecho a la defensa.
Había llegado un malintencionado cambio en los rumbos de su país, y de un tirón acabó con todo a su paso, cual plaga maldita. Cuando la política detestable aquella entró por la puerta a los sagrados sitios destinados a impartir justicia, la misma salió por una ventana; imperando de este modo una maligna anarquía que consumía todo a su paso. En esos menesteres, su pequeña fábrica de muebles quedó a la deriva por no poder honrar sus compromisos cada día más grandes con aquel banco, el cual dejó en la calle a numerosas familias. Muchos parásitos se apoderaron de lo logrado con demasiado esfuerzo. De un día para otro, un considerable número de familias perdieron lo poco o mucho que poseían. Fue tal la magnitud de la maldad de unos falsos dirigentes, que con impericia cruel; fueron echados por tierra muchos sueños. Era la ley del más despreciable, el imperio del que más daño hacía. Prevalecía el poder sobre el raciocinio. Fueron apartados los hijos de sus padres, destruidas muchas esperanzas, aniquilada la fe en el mañana. Quien se opusiera, era un delincuente y como tal era tratado. Y por ello había parado Balmer allí, en una cruel prisión; esperando la muerte, condenado.
Nadie podía hacer nada por él. La sentencia fue tajante. La dispositiva fue leída pausadamente, como queriendo esas palabras, eternizar una magna crueldad; que se adentrara detenida y amargamente en los sentidos de Balmer. Era el precio por haber cometido aquel grave delito. Sentía pasos en la lejanía, andares de personas presurosas. Las voces llegaban apagadas y confusas a sus oídos. No entendía lo que decían esas voces apenas perceptibles. Deseaba saber qué pasaba. ¿Qué iría a pasar con él? Era detestable cada segundo, de un tiempo dedicado a esperar la muerte. Era esa la única misión de un condenado, esperar la muerte; vaya cruel manera de hacer sufrir a un hombre, mientras espera la hora de su ejecución.
Sabía que había cometido más que un delito, un pecado; pero creyó desde un principio desproporcionada la sentencia decidida. Cuando quiso expresar su oposición a la decisión de un juez ignaro, fue a parar contra su boca un enorme culatazo que desprendió dientes e hizo cruento daño. No podía decir nada, todo estaba decidido, no habría poder sobre el planeta que hiciera cambiar el curso de lo que se había decidido. Estaba condenado, lo esperaba la muerte. Sentía una crecida incomodidad, los calambres en toda su humanidad lo amainaban por completo. Difícilmente podía mover algún músculo. Era la prisión más cruel de lo habitual en ellas, sumamente reducida y mortalmente hedionda. Respiraba un aire rancio que mezquinamente llegaba a él, ya que no tenía fuerza ni para respirar. Rezaba en silencio, lloraba amargamente; suplicaba a Dios que intercediera para que sus verdugos se decidieran cuanto antes, a quitarle la vida, para que terminara de una vez por todas; aquella macabra espera, la misma que le estaba llevando irremediablemente a la locura. Pensaba Balmer en todo lo sucedido como obra dantesca de la vida. No daba crédito a lo que le había sucedido a él, y a muchos otros ciudadanos de bien, dedicados al duro trabajo para coadyuvar al progreso. No lo podía creer. Después de tanto luchar para darle una vida digna a su familia, para darles educación a sus tres hijos. ¿Qué pasaría ahora con ellos?
Recordó todo lo que había aprendido del anciano sacerdote, quien le había rescatado de las garras de la pobreza. Lo recordó, y su llanto creció más de lo que ya se dibujaba. No hizo nunca nada malo, salvo ese día cuando cometió aquel grave pecado, cuando llevó a cabo lo creyó sumamente urgente y necesario; pues no sintió que hubiese otra salida. No la había, y decidió hacer esa “crueldad” por la cual fue catapultado hasta esa reducida celda donde esperaba la muerte, estando ya condenado. Lloraba Balmer, nada más podía hacer. Escuchaba pasos presurosos nuevamente. Sentía que se abrían puertas y de inmediato se cerraban. Escuchaba gritos acongojados cerca de él. Percibía el ruido de una guillotina que cercenaba. Ofrendaban la vida muchos seres inocentes. Pensó y recordó aquel grave pecado, a quienes ellos llamaban delito; un delito por el cual estaba condenado. Unos pasos decididos se acercaban a él. Llegaron en grandes zancadas hasta la celda donde estaba él depositado. Unas llaves se dejaron escuchar tintineando junto a un manojo. Abrieron las rejas de esa celda, y alguien lo tomó por el cabello bruscamente, levantándolo de un tirón.
Fue sacado de ese sitio a fuerza de golpes de culatas. Lo empujaban varios hombres. De un certero golpe en sus piernas lo hicieron arrodillar ante un macabro objeto. Le colocaron un vendaje n***o sobre sus ojos, y de inmediato una gigantesca y filosa cuchilla se dejó caer desde una gran altura cercenándole la cabeza. Brotó muchísima sangre, se depositaba donde ya había un gran charco coagulado. Su cabeza fue a parar donde ya existían muchas. Eran delincuentes peligrosos, pecadores sin par. Ofrendaba así su vida Balmer. Fue condenado a la guillotina por haber cometido un grave delito. Decidieron su muerte por, según los esbirros que lo aprehendieron; robo agravado y homicidio frustrado. Dios sabe que sí cometió un pecado, haber entrado a un almacén y así, sin armas ni mala intención, sólo impulsado por el desespero de ver a su familia padeciendo los flagelos del hambre, robó, sí, lo hizo. Pecó, él mismo sabía que lo había hecho, estaba convencido que había contravenido uno de los mandamientos; no robar, aún así lo hizo. Robó un poco de comida para poder alimentar a sus hijos y a su esposa. Por ese grave “delito” fue condenado.
VALEROSO CABALLO
No se sabía en qué momento había desviado su conducta, ni los motivos que había tenido para ello. Pablo había sido inyectado con una gran dosis de odio, y por ello destilaba maldad al mínimo roce. Solo se sabía que había llegado de las montañas que estaban más allá de las fronteras. Había alcanzado terreno huyendo quien sabe de qué, y el hecho de llegar y alborotar todo a su alrededor, fue una misma cosa. Tenía más o menos veinte años. Tal vez menos, ya que aparentaba ser de más edad por lo que delataba su aspecto físico. Tenía el cabello largo y desgreñado. La barba le invadía el rostro, y su dentadura estaba hecha añicos. Le faltaban muchas de sus piezas dentales, y las que tenía estaban colmadas de caries. Era alto, excesivamente alto más bien, y muy delgado.
Llegó cabalgando un caballo precioso. Debió haberlo robado, ya que no encajaba que un animal con esa estampa tuviese tan tosco propietario. El ejemplar caminaba con hidalguía, sus pasos eran supremos y ni qué decir de su trote y de su carrera; mantenía una serenidad nunca antes vista. Era un caballo poderosamente llamativo, no se veía un ejemplar así muy fácilmente. Los muchachos se desvivían por observarlo al pasar. Era tal vez ese caballo, la causa de la llegada de ese desperdicio de persona a ese lugar bendito. Era huraño en su desenvolvimiento rutinario. Resultaba grosero al hablar, lo denunciaba la intensidad de los improperios con los que se dirigía a alguien, las pocas veces que lo hacía. Era desmedidamente vulgar, sobre todo con las damas. Denotaba en la manera como las trataba, una gran misoginia congénita.
Llegaba bien temprano en la mañana al pueblo. Nadie sabía donde vivía, si es que tenía algún lugar donde vivir. Nunca se cambiaba de ropa pues, siempre se le veía la misma, mugrienta y hedionda. Mantenía inquebrantablemente una mascada de tabaco, y la sialorrea permanente era arrojada donde fuese. A su paso, una estela de gargajos oscuros era lanzada, salpicando a quien o quienes estuvieran cerca. A él nada de eso importaba. En verdad que era una miseria humana aquel hombre. Se paraba al lado del majestuoso corcel, y miraba a quien pasara por su lado con una mirada sádica. Se notaba en ella, una baja pasión nunca saciada por semejante bestia.
De noche, Pablo ataba al hermoso alazán con una rudeza increíble. Le preocupaba ser despojado de aquel animal. Le encantaba su caballo, aunque al mismo no le agradaba ser montado por él, quien era tipejo indecente y ruin. No le prestaba la debida atención al corcel y este, tristemente, soportaba la dejadez de ese personaje, deseando muy probablemente; verse libre de esas amarras, para correr tan independiente como el viento. O tal vez, para ser la compañía de una persona merecedora de él, maravilla de ejemplar. Sentía el hermoso caballo, que merecía un palafrén acorde a su estampa admirada. No eso que se había posesionado de él, tras asesinar cobardemente a su antigua dueña. Sentía el hermoso animal, que sobre su lomo iba encasquetado un espécimen horripilante, alguien que podría ser comparado con el monstruoso insecto en que se había convertido Gregorio Samsa, en el célebre cuento de Franz Kafka; “La Metamorfosis”.
En mala hora había llegado aquel fatídico sujeto a esos parajes. Se ubicaba solitario todo día en sitios apartados con la mano derecha siempre en el cinto, acariciando la cacha del inmenso revolver que siempre le acompañaba y que le enfundaba un asesino valor. Era un arma poderosa, cañón largo, de cacha nacarada muy hermosa. De igual manera, sobre las alforjas se posaba otra arma aún más poderosa, se trataba de un rifle; el cual estaba presto a escupir fuego en el momento que él decidiera. Eso le bastaba para infundir temor y amedrentar a quien fuese. Pablo había puesto sus ojos sobre una niña risueña, una doncella adorada por todos en el pueblo. Era una linda rubia, quien jugaba alegremente con otros chicos más o menos de su edad.
Él esperpento miraba al grupo de niños y babeaba con lujuria. Pasaban por su cochina cabeza, cochambrosas ideas. Miraba insistentemente a la niña, imaginando todo tipo de asquerosidades sádicamente. Luego de saciarse con lo observado, optó por retirarse mientras se dibujaba una macabra sonrisa en sus labios. Cuando se acercaba al bonito caballo, este corcoveó agitado. Le repugnaba su jinete, pero no estaba en posición de hacer otra cosa más que hacerle sentir su enojo. A Pablo no le gustaba la reacción del animal, nunca toleraría una reacción de ese tipo y menos de un ser al que consideraba erróneamente, menos inteligente que él. Era bien sabido, la manera como atestaba un certero balazo a quien no hiciera lo que él decidiera. Tal vez el potro percibía esa mala vibra en el ambiente. De un vil verdugo a sangre fría se podía esperar cualquier cosa.
Marisa, que era como se llamaba la niña, se cansó de la monotonía del juego y decidió irse a casa. Esta quedaba en las afueras del pueblo. Edgar, su hermano mayor, estaba departiendo con unos amigos y no percibió que la muchachita había decidido no esperarlo, decidiendo marcharse sola por el camino que habían recorrido muchísimas veces. Era un largo pasaje, fue una muy pésima y arriesgada idea, a decisión de irse sola por ese solitario camino. Ella, cobijada en su inocencia, no se preocupó en lo absoluto. No se dio cuenta Marisa que tras de sí, los pasos ligeros de un hermoso caballo la seguían parsimoniosos. Sobre este iba Pablo, con una altiva sonrisa en sus labios, y con unas acuciosas ganas de arrebatar inocencias. Nadie lo había visto. Se había encargado de ese detalle de manera sorprendente.
Cuando la niña de avellanados ojos estaba lo suficientemente alejada, el hombre se apeó del caballo y le increpó como si algo malo hubiese hecho. La paralizó el miedo. La arrastró por el camino pedregoso y la llevó a un sitio apartado. Mientras hacía eso, tapaba su boca con su mano derecha. La niña pataleaba en extremo, como única arma defensiva; pero de nada le valía su rudimentaria defensa. La ató manos y pies, y fue colocada una mordaza en su boca. El caballo observaba con sus ánimos exasperados. Relinchaba con disgusto, y con la pata delantera derecha, golpeaba el suelo. Miraba el deprimente espectáculo que se presentaba ante sus sorprendidos ojos. Contemplaba con impotencia aquel hermoso ejemplar, la violación que Pablo le hacía a la pequeña Marisa. Luego de lo cual, ya saciada su marrana pasión, procedió a estrangularla.
El cuerpo de la niña permaneció tendido desnudo, en posición decúbito ventral; lleno del polvo del camino pedregoso aquel. Luego de recobrado un poco el aliento, Pablo se tumbó a su lado, y procedió a acariciarle los finos y rubios cabellos que ondeaban con la brisa. Sacó un poco de tabaco y lo masticó. Estaba satisfecho por el deseo saciado, y esa satisfacción la exteriorizaba con una sonrisa que dejaba escapar, mientras arrojaba un escupitajo al aire. Descansaba de esta manera mezquina, mientras le llegaban más fuerzas para proseguir con su maldito proceder. No le bastaba solo un actuar, procuraba saciar sus bajas pasiones muchas veces utilizando su maquiavélica imaginación. El corcel le miraba fijamente, daba la impresión de estar sumamente indignado y enojado, por la conducta de aquel ser salido de los infiernos. Recordaba el hermoso animal lo sucedido con Ligia, su linda dueña. Había sido víctima de ese desalmado tal como lo era entonces Marisa.
Rubio, que era como se llamaba el hermoso corcel, había sido regalado a Ligia cuando apenas era un potrillo. Fue el obsequio por sus quince primaveras, su padre lo había comprado en un criadero memorable. Tan pronto se tuvieron el uno al otro, se llenaron de encanto, naciendo de ese modo; una amistad inmensurable. Desde ese entonces permanecían siempre juntos, una dupla perfecta; potrillo y señorita. Ella nunca lo montaba, solo se limitaban a regalarse esa amistad insoslayable ya. Pasaban muchas horas del día y también de la noche, juntos. Era una amistad única, amistad pocas veces observada entre dos seres de distintas especies. En una ocasión, hacía dos años ya, había llegado un muchacho andrajoso al pueblo donde vivía Ligia con su familia y su potro. Sus harapientas ropas denotaban un descuido mayúsculo. Una fealdad extrema se adueñaba de un rostro cacaraño. La jeta siempre la llevaba atestada de tabaco. Escupía permanentemente, y una magna pestilencia se desprendía de todo su cuerpo; especialmente de sus oquedades sobacales. Habría que imaginarse los olores de otros sitios no expuesto. Expelía una halitosis de los mil demonios, pero lo que más desagradaba de ese tipo; eran las muecas horrendas que hacía cuando miraba a alguna mujer. Las odiaba, por alguna macabra razón sentía animadversión por las mujeres; solo por el simple hecho de ser tal.
Eran tiempos remotos, y la gente de las zonas rurales conservaba unas ancestrales costumbres. Era de admirar la religiosidad, la manera de socorrerse mutuamente en momentos difíciles. La educación primeramente se adquiría en casa. Las mujeres eran dedicadas a las labores domesticas con sobrada genialidad. No era machismo, no era dominio, se trataba costumbres de la época y eran tomadas esas costumbres como algo cotidiano; ese algo que le daba un toque de encanto a la vida en el campo. Paseaba Ligia con Rubio entregados a una amistad conspicua. Era una tarde calmada que había sido precedida por una mañana de tenue lluvia. La grama mojada ofrecía un exquisito olor a frescura, a trabajados labrantíos. Había quedado el ambiente con un clima muy agradable, y no se debería desaprovechar esa magnífica oportunidad, para dar rienda suelta al disfrute de un paisaje de manos de una amistad sin igual. De esa manera, los dos compañeros vagaban por esos parajes de Dios.
Pablo les seguía montado en un jumento enjuto. Era aquel animal tan famélico, que parecía que se iba a partir en dos. Lo montaba a pelo, sin aperos ni montura. Resultaba el pobre cuadrúpedo, cubierto de llagas en cada centímetro de su cuerpo maltrecho. Estaba demasiado arcaico ese pobre ser, como para estar cargando a nadie. Ya seguramente lo que quería era morirse. Aún así, Pablo incrustaba sus calcáneos en los flancos de la bestia, y le hacía emitir roznidos de sufrimiento; de esa forma apuraba algo más sus importunados pasos. Así se adentraba Pablo tras de Ligia y Rubio. Observaba detenidamente sus movimientos, y de cuando en cuando, miraba en derredor procurando que nadie se percatara de su presencia.
La muchacha y su corcel se acercaron a un arroyuelo diáfano y muy provocativo. Decidió sumergir su cuerpo en tan cristalinas aguas. Rubio bebió sediento. Ella se despojó de sus vestimentas dejando sólo las enaguas. Exteriorizados eran sus firmes senos. Eso fue más que suficiente para despertar sobremanera el ímpetu sádico del enfermo macho. Se babeó como nunca, despertó su brutal instinto primitivo como la bestia que era. Se acercó parsimonioso y circunspecto en extremo. Mientras la miraba, manoseaba sus genitales con sobrada excitación, y su baba salía a borbotones por una horripilante boca desprovista de dentadura casi en su totalidad. Ligia no lo notó hasta que fue demasiado tarde, y no pudo escapar de sus garras. De un golpe seco le dominó. Ya desmayada, la poseyó como un demonio en celos. La golpeaba insistentemente, con una saña congénita muy crecida.
Sus ojos fulguraban como fuego del infierno, mientras contemplaba sangrar a la chica. Golpeaba su cabeza contra el suelo, una y otra vez hasta que sus sesos se exteriorizaron mezclados con muchísima sangre, la cual manaba de su cráneo maltrecho. Era un espantoso espectáculo lo que observaba Rubio, su caballo. Dantesco, cruel y merecedor de todo el repudio del mundo. El corcel miraba atónito, como entendiendo lo que sucedía frente a él. La chica convulsionaba agónica, y sus piernas se híperextendieron de tal magnitud, que procuraban aún más grandiosos ese sufrimiento. Relinchaba con mucha intensidad el pobre animal asustado y desesperado. Golpeaba el suelo poderosamente con sus cascos, rabioso. Se paró sobre sus patas traseras, y quiso proteger a su benefactora cuando Pablo con un vergajo lo atacó, lo dominó. Previamente Ligia había asegurado sus amarras a un grueso árbol de la mata extensa. Por eso el caballo poderoso no pudo hacer mucho por la chica maltrecha.
Dejó a su asno en libertad y apoderándose del precioso caballo, se marchó presuroso dejando en una agonía portentosa a Ligia, quien a los pocos minutos dejó de existir. Fue una muerte cruenta y llena de odio. Quedó tendida frente al arrebol de un atardecer, en un paisaje que sería triste por siempre. Fue víctima de un odio cargado por años y años, que necesitaba alimentarse con el dolor de alguna indefensa mujer. El caballo a partir de ese momento, caminaba distraído y nunca más relinchó. Desapareció el maléfico muchacho con el caballo, y la familia de Ligia nunca se sobrepuso del mortal desafuero sufrido por el horripilante y brutal homicidio, cometido con tanta crueldad; dadas las huellas de excesiva violencia dejada en la escena del crimen.
Sospecharon del horrendo muchacho, quien vagaba errante montando en un burro viejo y flaco, el cual había llegado repentinamente y de igual modo desaparecido después del crimen. Pero en esa época la inseguridad, la ley del más “macho” se dejaban sentir. No se hacía un seguimiento debido a esos desmanes. Nadie iba preso, a no ser que fuese atrapado con las “manos en la masa”. Imperaba la venganza, por ser un plato frío muy exquisito. Nadie vengó a Ligia, ya que no se supo nunca más de quien se sospechaba. Jamás dieron con el caballo hermoso de la muchacha, el cual se perdió en una lejanía.
Siguió el espantoso personaje, diseminando el terror por sitios rurales apartados. Llegaba montado triunfante en un corcel maravilloso. En un caballo altivo ya, con crines resplandecientes y trote distinguido. Sólo la fusta lo dominaba. El caballo era arisco a morir, con quien lo poseía ahora, tras haberlo arrancado de su dueña; con una espeluznante manera de segar una vida que apenas se iniciaba. No se esperaba el caballo, que sería mudo testigo de los más horrendos crímenes cometidos por el odioso sádico aquel. De pueblo en pueblo vagaba, se apoderaba de inocencias y cercenaba vidas alegres.
El caballo había adoptado una lastimera posición a la que no podía oponerse. El mugriento personaje hacía todo frente a él. Golpeaba y se ensañaba con vehemencia maldita sobre sus víctimas. Una a una degollaba, despellejaba, desmembraba y en ocasiones, se comía a las pobres mujeres a quienes violaba salvajemente frente a su caballo. Le gustaba la carne fresca, se lo decía al viento, al cielo y al mismo diablo. Con nadie hablaba, salvo para expresar una grosería. Una borrachera permanente lo hacía tambalearse, y heder mucho más de lo imaginable. En ocasiones, se desaparecía por mucho tiempo y la gente respiraba tranquila. Sembraba el terror por esos parajes benditos. Nadie se atrevía a enfrentarlo, ya que de inmediato se echaba al pico a quien fuera. Era un asesino inclemente que no se amilanaba ante nada.
Pasaba el tiempo, y fue creciendo su tristemente célebre fama de matón sanguinario. Y en esas andanzas, habiendo despertado su instinto asesino, y cuando sus bajos deseos afloraron; decidió buscar a una mujer con quien se desahogaría. Una mujer que calmara sus ganas, y a la que mataría con sobrado salvajismo. Mientras más joven mejor. Pero esta vez fue demasiado lejos. Cuando decidió escoger a su futura víctima, Pablo, de entre la muchachera, miró a una rubia menuda; pues solo tenía seis años. Era sólo un bebé de seis añitos que no sabía de la vida, más que jugar y amar a sus padres y a su