EL HOMBRE DEL RETRATO

4687 Palabras
          La piedra rodante había hecho por fin un alto definitivo en un camino pedregoso. Ya él estaba cansado de divagar por el mundo dejando una estela de vivencias por todos los rincones imaginables. De tanto andar en la vida, las experiencias se atesoran de tal manera que producen sabias enseñanzas; pero igualmente, procuran algunos tragos amargos que siempre es prudente tragar rápido, para olvidarse de ellos como la página que se pasa y ya no se vuelve a leer. Tras de sí, quedaban unas imborrables huellas que de seguro, terminarían pasando a la historia de alguien de manera melancólica. Para él esos rastros pasajeros, sólo procuraban un gesto de agrado o desagrado, dependiendo de lo traído a colación. Todo lo vivido deja una huella imborrable. Por más que se quiera huir de algún hecho vivido, es una proeza imposible, ya que los recuerdos son parte de cada quien. Lo había decidido, quería dejarlo todo atrás y comenzar una nueva vida, por lo que, tras la última ruptura amorosa, concluyó que ya era más que suficiente.            De nada sirve la perseverancia sino se tiene una meta decidida. Él pasó prácticamente toda la vida tras el sueño dorado de manos de alguna dama millonaria. Así, se emparejó con varias mujeres adineradas. El cebo usado con destreza era él mismo; su imagen de efebo congénito y su verbo convincente. Nunca le había fallado ese arsenal. Era un perfecto gigoló, se podría jurar sin temor a una infamia. Así que lo dejó todo atrás. Dejaba una plétora de corazones desgarrados tras de sí. Logró hacerse de una considerable suma gracias a sus aires de adonis y, habiéndolo logrado, se prometió cambiar su manera de actuar. Ya se estaba poniendo viejo según él, y con los años llegarían también las decadencias. Así que dejó a la zaga el viejo continente, donde la aristocracia había estado a su entera disposición. Además de su físico, era un eximio actor de cine bien cotizado, amén de intelectual prolífero. Había estudiado varios idiomas y terminado varias carreras en las más afamadas universidades europeas. En fin, no era poca cosa lo que representaba. Pero la vida excesivamente agitada que había llevado desde que apenas era un adolescente, ya dejaba una aspereza que quería resolver cuando aún sentía que había tiempo.            Sin planificar el lugar ni dar detalle alguno a alguien en particular, se dispuso a viajar hacia un sitio que ubicó al azar. Para ese sitio en particular dirigió sus pasos, una vida nueva le vendría como anillo al dedo. De nadie se despidió, a nadie dio explicaciones, solo lo hizo y ya. Preparó su equipaje, tomó un vuelo y nada más. Nadie se percató de su partida, su silencio sepulcral había surtido efecto. El pasado aciago era constantemente rememorado por un hombre que en el fondo no había sido feliz. Siendo un niño aún, su madre falleció y una tía se encargó de él; pero los infortunios económicos nunca dan treta y, por ello, decidió abrirse paso al mundo. Así que con la altivez que siempre le iba a caracterizar, se prometió triunfar y se encargó de que así mismo sucediera. Se preparó arduamente desde ese entonces, y no paró hasta ir logrando cada una de sus metas. No tenía que darle cuenta de sus actos a nadie. La adolescencia, al presentarse en su cuerpo, le proporcionó una herramienta portentosa: su voz, el “gañote de oro” como le dirían más adelante. Voz primorosa, concluyente, poética a expensas de una modulación fabulosa. Instrumento que posteriormente le abriría muchas puertas.              Esa voz de deleite le llevó al teatro y de allí al cine. Así que decidió dar ese paso, y otro y otro más. Luego lo demás llegaría solo, gracias a ese empuje que desde siempre le dio a sus planes. Las damas quisieron comprarlo. Damas encopetadas, dueñas de todo, colmadas de riquezas. Lo miraban como un producto quizá, y cual extravagancia, querían obtenerlo a como diera lugar. A él no le desagradaba la idea, y se dejaba conquistar una y otra vez, dejando una merecida fama de aventurero gorrón; alguien que aprovechaba cualquier ocasión bañada en oro. Tenía todo cuanto necesitaba para vivir por mil años cómodamente, si pudiese hacerlo. Pero la agitación ya le desagradaba. Llevaba muchos años sin tomar unas vacaciones aunque fuesen cortitas. Ya pesaban sobre él los excesos. Había entendido un poco tarde, que los mismos no habían resultado ser tal como siempre lo hubiese querido. Se fueron gran parte de sus mejores años atascado en ser un amante portentoso. Cambiando de conquistas casi que a diario.            Lo tenía todo, menos un hogar sagrado con varios hijos que continuaran su linaje. Nunca había tenido descendencia a pesar de haber estado ligado íntimamente a muchísimas mujeres. La soledad lo miraba directo a los ojos a cada instante, y moría de envidia al avistar a muchas parejas en el parque, o en cualquier otro sitio con sus chiquillos siendo así, felices en extremo. En verdad le hubiese fascinado tener una familia estable. Una esposa amable, solícita y delicadamente complaciente. Ya no quería en su vida, las relaciones fortuitas, mujeres mayores escondidas de maridos millonarios; quienes lo pagaban todo sin imaginar siquiera la traición. Necesario le era ya, cumplir sus propios deseos en lugar que sus pasiones y las de los amores ocasionales. Visualizaba ser feliz en un futuro inmediato, de manos de una familia y un hogar, lo que siempre había sido para él una quimera.            Dejó atrás aquel pasado tormentoso, el mismo que nunca lo llevaría directo hacia un futuro prometedor. Ya pronto comenzaría a dar los pasos en su nueva vida, en un lugar remoto, apacible, perfecto y con un clima de ensueños. Ya había hecho mucha fortuna, la suficiente como para dar riendas sueltas a sus sueños. En aquel hermoso paraje, el Edén soñado, todo estaba en bandeja de plata para quien quisiera deleitarse en establecer sobre esos cimientos, una vida nueva; y ese era precisamente su propósito. Mediante una llamada telefónica desde un país distante, había planificado su llegada. Un hotel modesto lo albergó. Era muy sencillo, contaba únicamente con lo básico. Verdaderamente que nunca se había hospedado en un sitio tan elemental. Todo lo contrario, siempre fue petulante, malgastador y mezquino. Su principal exigencia siempre había sido, albergar su cuerpo en los hoteles más costosos. Lujos en ocasiones desproporcionados.            Se apersonó en un taxi al sitio, vistiendo ropas sencillas. Contrario a lo que pensó, le agradó la sencillez de aquella humilde habitación. Cubierto enormemente de una vanidad sin par, hablaba falseando su prodigiosa voz, pues temía que alguien lo identificara y se fuera con todo al traste. Nadie se percató de nada, nadie se interesó en saber quién era el visitante, aunque hubiese dicho su nombre a gritos. Su fama permanecía más en sí mismo que en la realidad. En verdad le satisfizo su entrada a su nueva morada, a su nueva vida. Le agradó misteriosamente ser un mortal como cualquier otro. Estaba agradablemente sorprendido por el enorme vuelco que comenzaba a dar su vida monótona. Pagó con dinero en efectivo el hotel, y comió unos panecillos sencillos, los cuales adquirió en un expendio del ramo justo al lado del hotel. Cuando sus ojos miraron el paradisiaco lugar, quedó atrapado definitivamente. Tan pronto sintió la fresca brisa empapada de fragancias silvestres y el olor a naturaleza virgen, se sintió definitivamente atrapado para siempre.            El aroma de las deposiciones del ganado que pastaba cercano le agradaba. Sentía un gran gusto al apreciar aquel vergel. Quiso sin duda alguna, quedarse a vivir allí. Esa noche conversó animadamente sentado en un banco del parque, con un caballero culto en demasía. Tocaron diversos temas mientras fumando, iniciaban una amistad. Nada se preguntaron el uno al otro más allá de lo básico. El lugareño conversaba exquisito, usando un léxico admirable. Demarcaba las palabras como si las ensayara antes de decirlas. Por su parte, el fuereño escuchaba atento, se deleitaba admirando la manera de expresarse del caballero con quien platicó hasta bien entrada la madrugada. Le pidió de favor a su nuevo amigo, que le mostrara el lugar con detenimiento, mientras le expresaba su intención de echar raíces en ese sitio que desde un primer momento, consideró hermoso en extremo.           Durmió plácidamente. Despertó con el canto de los gallos y el trinar de muchas avecillas cercanas a su ventana, la cual había dejado abierta con la finalidad de sentir la brisa perfecta empapada de fragancias naturales. Tomó una ducha presurosa ya que se había hecho algo tarde. Había acordado con su guía, que iniciarían el recorrido al despuntar el alba. Desayunó algo ligero y de inmediato partieron en pos de conocer aquel lugar fecundo y de bellezas naturales. Se tropezaron con una vasta extensión de tierras fértiles, ataviadas de un verdor que denotaba la benevolencia de un clima perfecto. Justo en medio de una explanada se ubicaba una hermosa casa, muy grande. Parecía extraída de un poema apasionante. El señor que guiaba sus pasos, le restó importancia y no le comentó nada al respecto; pero él de inmediato quedó fascinado con la hermosa vivienda.  La quiso para él en caso de ser posible. Sin ambages, le planteó a su compañero de andanzas, su determinación en adquirir la elegante casa, y de esa manera sentirse en dos maravillas a la vez; en aquel sitio de ensueños, y en aquella casa esplendorosa.            El señor no le dijo nada. Trató de evadir el tema de manera brusca y sabia, refiriéndose a una vacada que era liderada por un enorme semental que lucía una estampa fabulosa. Él ya había resultado atrapado por esa visión, y no existiría fuerza en el mundo que pudiera evitarle adquirir, en caso de estar a la venta, aquella belleza hecha casa. Por fin y a insistencias suyas, el señor le orientó al respecto y con sendas llamadas telefónicas se acordó una negociación. Era oneroso el importe, pero eso para él no representaba impedimento alguno. No fue difícil asirse de esa casa que le había gustado a simple vista. Luego de los trámites de rigor y haber cancelado el monto convenido, se instaló en aquella maravilla, que desde un primer momento hubo considerado suya. El día de su llegada a su nueva casa, y tras traspasar el umbral, sintió que el sitio lo atrapaba placenteramente. Era una morada hermosa, un sitio que nunca había admirado, siquiera en otras latitudes. El jardín era algo fuera de este mundo, caminó por aquel vergel delicado mientras contemplaba la multiplicidad floral que lo decoraba todo.            Ya se había ubicado frente al portal de madera antiquísima. Se dispuso sin preámbulos, a penetrar a la lujosa mansión. Se llegaba en primera instancia a una sala preciosa que se mostraba presuntuosa. Él transitó decidido esa sala voluptuosa, y ya en medio de ella, divisó que estaba atestada de obras de arte fastuosas. Las admiró una por una. Delicias que no tenían nada que envidiar a las realizadas por artistas afamados. Aunado a eso, notó que existía una gran cantidad de muebles. Se trataba de una decoración llevada a cabo con sobrada destreza. Le concedió razón al elevado costo de la residencia, ya que había sido negociada con todo el ajuar incluido. Se sintió venturoso, se sintió feliz. Descubrió unos muebles antiquísimos también. Magnanimidades eran depositadas en la biblioteca. Obras literarias de gran envergadura. Miró de soslayo la vasta deidad de libros, y encontró un ejemplar del insustituible un autor, genio universal y figura máxima de las letras inglesas. Se imaginó el resto cuando percibió el lomo de un ejemplar de la divina comedia. Taciturno por su eterna soledad, se prometió una larga temporada explorando ese sitio que consideraba ya, su paraíso personal.            Quiso quedarse en su recién comprada residencia de inmediato. El señor le había dado como recomendación prudente, esperar un poco. Hacer los ritos que siempre hacían las personas que adquirían posesiones en aquellos parajes. “Procura la bendición del anciano párroco del pueblo”, le dijo. Él no quiso esperar, esa misma noche decidió habitar su recién comprada posesión. Del recibidor lujoso nacía un largo pasillo que daba a la habitación principal. En el pasillo, se detuvo justamente en medio de esa larga estructura e inhaló las refrescantes fragancias que llegaban esplendidas a su olfato. Fragancias extrañamente frescas, si se consideraba el tiempo que tenía de deshabitado el inmueble. Era deliciosa esa magna deidad. Hizo una genuflexión frente a una imagen sagrada, ubicada en un lugar ya de por sí, sagrado; una especie de altar o algo por el estilo; a decir verdad, eso fue lo que pensó que significaba aquel rincón rigurosamente adornado como si de un sitio de adoración religiosa se tratara. Se persignó y erigió unas oraciones aprendidas de memoria. Una plegaria nunca estaba de más. Allí comenzó todo. Sintió algo, se trató de un estremecimiento que recorrió todo su cuerpo al mirar directo en los ojos, a la imagen de un retrato que pernoctaba en un lugar lúgubre, aislado de un todo; como queriéndose sentir tomado en cuenta, en virtud de una eterna temporada existiendo en un espacio que llevaba demasiados años deshabitado. Era un retrato simple, para mejor decir, el daguerrotipo de un rostro arcaico que presumiblemente databa de hacía centenares de años. La visión de aquella representación le descompuso el cuerpo. Increíble que le sucediera a él, quien había vivido demasiadas experiencias inimaginables hasta ese momento.            Contempló detenidamente la imagen y observó un rostro peculiar. Parecía que esa imagen le miraba también. Pensó que siempre se tiene esa sensación al mirar un retrato, por ello le restó importancia y siguió detallando el rostro de un hombre de mediana edad, de mostachos poblados y mirada penetrante. Sus vestidos denunciaban una lejana época. Eran indumentarias de las utilizadas por los militares de antaño. Tenía una gran arrogancia esa imagen; la petulancia que siempre se evidenciaba en alguien que ocupaba algún alto sitial ganado en batallas. La curiosidad le indujo a adentrarse en la alcoba principal. Mientras caminaba, sintió algo extraño. Sintió que alguien o algo, le seguía. Giró la mirada instintivamente, y comprobó que todo estaba en orden. Siguió su camino y se adentró en su habitación, la cual contempló con encanto crecido. Todo era agradable, todo era admirado. Poseía aquella alcoba, una cama deseosa de ser acariciada por un cuerpo que apeteciera extasiarse con esas afelpadas cubiertas; con aquel cobertor de tersura indescriptible.              No desperdició la ocasión, se deslizó con crecida delicadeza en la cama, y sintió la deliciosa textura del grueso edredón que de inmediato le colmó la piel de caricias poderosas. Tenía algo de sueño. Ya casi se quedaba dormido cuando sintió que lo miraban. Era una sensación extraña. Algo se dejó caer pesadamente sobre él. Era desfachatada la sensación que se hacía sentir. Se puso de pie como impulsado por una fuerza sobrenatural, y comprobó que todo estaba bien. Salió de la recamara y siguió explorando la enorme residencia. Invirtió en ello un largo tiempo, dado lo extraordinario de las dimensiones de la misma. De la biblioteca, tomó un ejemplar que se ajustaba a aquel misterio que sentía presente. Era una magna obra de Stephen King: “Pesadillas y alucinaciones”. Leyó distraído unas pocas páginas. Se sentía observado. Desistió del sitio cómodo donde se había ubicado a leer. Dirigió entonces sus pasos hasta el lugar donde estaba ubicado el retrato. Al estar frente a él, el rostro de aquel hombre denotaba una mirada que dejaba escapar un manantial de grotescas sensaciones. Percibió una alharaca en sus oídos como alucinaciones macabras. Una fuerza extraña le impidió moverse. La mirada del hombre del retrato le intimidó, y de inmediato lo arropó un temor nunca antes sentido.           Cuando finalmente sintió que podía moverse, se retiró del lugar muy molesto consigo. No podía creer que sintiera temor, puesto que no había ningún motivo. Se rió un buen rato de su proceder ingenuo. Era la sensación del nuevo momento vivido, de la extrañeza de habitar una casa hasta ahora desconocida por él. Era lógica la sensación de que alguien le miraba. Trató de serenarse pensando en voz alta. Su parlamento versaba en el hecho de que siempre se tiene esa sensación cuando se está en medio de lo inexplorado. Sensación que se disipa con el tiempo al familiarizarse con lo que alrededor permanece. Esa fue la explicación con la que se trataba de calmar. Lo hizo. Al cabo de un rato miró nuevamente al daguerrotipo, el cual había sido hasta hacía poco, misterioso. Allí estaba la imagen de una persona, de un militar de alguna época remota. Era sólo eso, el retrato de un hombre. Comprobó que no era una mirada, eran unos ojos retratados, una cara retratada, un hombre retratado. Era eso solamente. Era solo un retrato.               Ya regresada la calma que sintió que se había alejado momentáneamente, salió al patio y comprobó que la noche había llegado desde hacía rato. Una gélida brisa chocó suavemente contra su rostro. Le regaló un aroma de encanto la agradable brisa. Sintió hambre. Recordó que en su afán de tomar posesión de su nueva residencia, había olvidado adquirir lo necesario para la despensa. Decidió no hacerle caso a su inminente necesidad. Durmió plácidamente esa noche atrapado en el embrujo delicado de las caricias que le propició su colosal cama. Bien temprano, con la llegada del alba, salió a realizar diversas gestiones pendientes. Quiso hacer eso prontamente, para seguir disfrutando de aquella suprema privacidad que le agradaba en demasía. A media mañana ya regresaba a su casa. Se sintió atrapado de inmediato al traspasar el umbral de la misma. Se trataba de un atrape que él mismo procuraba. Resultó ser su propio cómplice. Por muchos días no salió de casa, no tenía porque hacerlo.            Quiso permanecer en aquella virtuosa residencia el mayor tiempo posible, se sentía placido en ella. Hacía lo que en mucho tiempo no había realizado; nada. Se entregaba a una ociosidad bien merecida. Pasaba el día bien sea tirado en la cama, o sobre el sofá. Leía buena literatura la mayor parte del día. De vez en cuando sentía que le miraban. Sentía que alguien le seguía. Sentía pasos leves y silentes tras de sí, pero no le daba la menor importancia. Se decía que sus estúpidos temores no le iban a apartar del agrado que sentía, viviendo en esa comodidad extraordinaria. Cada vez era más frecuente la presencia aquella sensación de ser observado constantemente. Sentía que el enorme vacío que existía en su también enorme casa, le estaba jugando una broma muy pesada. Pensó en que era tiempo de compartir esa gran soledad. Reflexionó al respecto y dedujo que no debería seguir cerrado al amor. Una compañía no estaría de más, una presencia femenina a su lado. Una permanencia fiel, alguien que le amara y a quien amar. Exteriorizaría una vez más el arsenal que poseía y saldría tras la conquista de un amor, pero no de uno pasajero; quería formar definitivamente una familia. Decidido eso, se sumió en sus pensamientos planificando la mejor estrategia posible. Mientras tanto, allí estaba esa mirada posesionada con mil toneladas de peso sobre él. Le apabullaba enormemente. Esa sensación le ofuscaba, le hacía sentir una enorme confusión en su sosegada hasta ahora, tranquilidad.             Una noche como tantas otras, leía tendido cuan largo era sobre su cama. Había pasado el día pensando en que quería una compañía femenina. Mientras decidía la forma en la cual poder socializar en aquel lugar, y tratar de que sus atributos rindieran frutos una vez más para colmar un deseo, sintió esa sensación fuertemente. Algo caía pesadamente sobre él. Ese algo, inexplicablemente, le hacía desistir de salir en pos de la vida. Ese algo lo sepultaba en vida, lo comprimía dentro de esa enorme casa. Él por su parte, también inexplicablemente, se dejaba atrapar por un claustro que le resultaba extrañamente placentero. No se sentía solo. Era algo inaudito ya. Sentía aquella presencia tras de sí estando en el recibidor, en la biblioteca, en el jardín, donde fuese. Sentía al transitar los pasillos de la inmensa casa, aquella representación que ya le molestaba los sentidos. Ya el enorme peso de esa estampa se apoderaba de cada uno de los rincones de la enorme residencia. Su poderío era supremo, apabullaba, secuestraba ánimos; opacaba encantos. Al posar su mirada sobre el retrato percibía desafiante, la mirada del hombre plasmado en aquel viejo daguerrotipo. La mirada del hombre del retrato le seguía constantemente, así lo sentía. Iba tras de sus pasos como un ente, enviado para perturbar una quietud que quería hacerse sentir.           Estando en la biblioteca, arropado en las más intensa de las soledades; sentía esa mirada posarse sobre él con enorme ímpetu. En el comedor, justo a su lado, una presencia se denotaba insistente. Lo aplastaba sin contemplación alguna, le gritaba, se burlaba descaradamente de él. Al querer mandarlo todo al diablo y tocar el picaporte de la puerta de la casa para largarse, desistía no sabía por qué de su decisión, y volvía a adentrarse en las entrañas mismas de la gran casa que antes vacía, ahora era poblada por una extraña y pesada presencia que le miraba con insistencia a cada instante y en cada rincón de dicho lugar. Durante una madrugada extensa, sintió una fea pesadilla que le robó la poca tranquilidad que aún le quedaba. Despertó exaltado y empapado de frio sudor. La taquicardia se acentuaba más allá de los límites permitidos. Sintió aquella perseverante mirada sobre su humanidad. Sintió precisamente una figura infernal a su lado en la cama. Al tratar de ponerse de pie, un enorme peso lo detuvo. La mirada que sentía lo frenó bruscamente. La soledad de aquella habitación era poblada por una demencial presencia, la cual sentía que le miraba no sabía con qué finalidad. Como pudo, se levantó de la cama que ya le incomodaba, a la que ya no codiciaba. Quería ahora él, abandonar esa casa enorme que lo apabullaba con una sensación ya demasiado persistente.             Al pasar frente al sitio en el cual permanecía el retrato, ya el mismo no estaba. Había en su lugar, un inmenso cirio de color n***o. Estaba sobre él una enorme llama que, a pesar de que no había tan solo una leve brisa en el interior de la enorme casa, se contorsionaba dantescamente. Eso le produjo enorme pavor. Sintió que se amainaban sus fuerzas, por lo que se dejó caer sobre un sillón cercano que antes no estaba allí. Se preguntaba qué estaba pasando, a que sitio habría ido a parar aquel retrato que le estaba robando su quietud. Quiso salir de ese horrendo sitio, pero una nefasta fuerza se lo impedía. Estaba secuestrado en un claustro demoníaco. Caminó hacia su recamara para tratar de escabullirse por una de las ventanas. Escuchó por vez primera unos pasos. Desde un principio los hubo sentido en su imaginación. Desde su llegada a aquella edificación, había sentido una presencia imaginaria; pero esa vez la escuchaba. Temeroso, entró en el baño ya que era apremiante utilizarlo. Al salir, en la pared principal de la alcoba estaba el retrato. Lo miró con sobrada incredulidad y comprobó que solamente estaba un marco solitario y lúgubre. Misteriosamente estaba ausente una figura; el hombre retratado.            Corrió hacia la sala, y en medio de ella estaba materialmente el hombre del retrato con un uniforme arcaico cubriendo su cuerpo. La aparición lo miraba de manera determinante, y con esa mirada altiva y llena de regia potencia, le inducía a quedarse inmóvil frente a él. No se trataba de una sensación, estaba presente, lo miraba desafiante. Ya no estaría solo. Estaría acompañado por toda la eternidad por el hombre del retrato, quien había cobrado “vida” para acompañarlo. El señor había querido prevenirlo acerca de aquella casa misteriosa. Le había prácticamente rogado que desistiera de aquella idea, pero él no escuchó razones. Misteriosamente la inmensa casa ya estaba allí antes de que un grupo de personas decidiera fundar aquel poblado. Todos se preguntaban cómo era eso posible. Estaba esa casa poblada de misterios, se escuchaban ruidos malévolos en las noches sin luna. Las casas del pueblo fueron construyéndose alejadas de la enorme vivienda. Nadie pasaba cerca de ella. Solo crecía a su alrededor una vegetación espinosa. Era un embrujo portentoso lo que poseía ese lugar ruinoso.            El señor, una vez iniciada la exploración de aquellos parajes, quiso alejarlo de ese sitio; pero ninguna palabra fue escuchada, ninguna razón fue considerada. Los pasos del visitante lo dirigieron directo al misterioso sitio, a aquella casa en ruinas la cual él miraba íntegra; cubierta de una belleza sin igual. No hubo fuerza alguna capaz de haberlo hecho desistir de ello. El señor no comprendió aquella inusual actitud. Aparentemente se le notaba un hombre decidido, instruido y de gran personalidad. A pesar de ello, había actuado de una manera incomprensible, cuando juraba que esa casa estaba atestada de belleza; colmada de elegancia y poseedora de una gran gama de obras de arte, de libros encantadores y de un grupo de muebles preciosos. La realidad distaba mucho de lo que él observaba. Lo vieron desde la distancia, adentrarse en los dominios de esa horrible mansión deshabitada desde hacía un tiempo desconocido. Nunca le vieron salir de ella. Siquiera se asomaba por una ventana. Pasaron muchos meses desde que él se adentrara en las entrañas mismas de ese misterioso sitio. Nadie supo más de ese hombre hermoso y elegante, de actuar fino y voz recia; llegado nadie sabía de dónde. Nadie más le vio salir de la casa. El señor, muy preocupado por lo que le hubiere sucedido al amigo que había conocido departiendo alegremente una plática sentados en una banqueta del parque, decidió husmear en busca de una respuesta a sus incógnitas.            Los gritos lastimeros seguían escuchándose todas las noches, y unas llamaradas expelían sus luces con tenebrosa intensidad. Nunca se había sentido tantos ruidos en aquellas ruinas. Todos tenían miedo, aun así, el señor decidió averiguar lo que le había sucedido a su amigo. Era imposible que continuara allí. Tal vez se había marchado así mismo como había llegado; sin que nadie lo notara. El señor no observaba nada ni escuchaba nada desde el sitio donde prudentemente se había colocado. Mientras tanto, el visitante seguía habitando esos espacios colmados de lujosos muebles, de cómodas y suaves camas, las cuales invitaban al descanso con sus afelpadas colchas. Degustaba de los manjares que parecían surgir de la nada en el refrigerador. Seguía él leyendo excelsa literatura y escuchando perfecta música. Todo, con la presencia del hombre del retrato a su lado, mirándolo con esa gélida mirada vacía.           El hombre del retrato no le dejaba un instante solo. Se posaba a su lado mientras dormía. Estaba sentado a su lado en la mesa, y también en el espacioso ajuar de la biblioteca, mientras devoraba un libro encantador. Su mirada lo había atrapado. La casa lo había engullido totalmente. El hombre del retrato lo había hecho suyo para siempre. El señor decidió ir más allá, llegó hasta donde nunca nadie había llegado. Invadió aquellos dominios, intentó aquella mañana clara, mirar hacia el interior de la casa; pero la ventana que había escogido para ello, sólo le mostró una tonelada de telarañas. La suciedad no permitía mirar más allá. Ubicó una gran grieta en una de las arcaicas paredes, y pudo mirar a su través. Allí estaba, pudo mirarlo. Estaba un hombre semidesnudo, excesivamente enjuto y enormemente pálido, sentado en el desnudo piso. Estaba rodeado de inmundicia por doquier. Permanecía en medio de una enorme casa en ruinas, deshabitada y totalmente vacía. Él estaba allí, persistía absolutamente descuidado, desgreñado y barbudo. Era la viva estampa de un orate sin remedio. Sus ropas eran ya unos harapos inservibles. Durante mucho tiempo, atrapado en los fuertes y despreciables brazos de la demencia, se alimentaba de las alimañas que misteriosamente se acercaban a su boca para tal fin. Bebía cada mañana del rocío que quedaba atrapado en las paredes. Allí estaba aquel hombre, loco desmedido, en medio de la putrefacción de un montón de excrementos y respirando la hediondez de sus orines, platicando constantemente con la nada.
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