LA VIOLACIÓN

4925 Palabras
Ricardo caminaba bajo el inclemente sol de aquella población, la cual estaba situada muy lejos de su ciudad natal. Los quemantes rayos de ese sol insaciable irritaban la piel de aquel hombre, y le avivaban la sed quemante que ya se instalaba en su garganta. No poseía el vital líquido para saciarla, ya hacía rato se había tomado la poca que le quedaba. Sin mirar atrás ni desfallecer, seguía su camino, ese pasaje indomable y tortuoso que le calcinaba. No se visualizaba nada en la distancia, y en la cercanía no existía más que sequedad en el suelo y en todas partes. Se sentía también una enorme polvareda que enceguecía a tal extremo, que por ratos largos aquel caminante dirigía sus pasos con los ojos cerrados, solo dejándose llevar por la inercia de un largo camino recto, el mismo que lo llevaría a los brazos de un nuevo empleo.              En realidad no es que quedara excesivamente alejada esa población, lo cierto resultaba que Ricardo debió caminar todo el trayecto, ya que no tenía dinero suficiente para pagar a alguien que lo llevara, si es que ese alguien se presentaba. Había tenido a idea utópica de que posiblemente un alma caritativa fuese capaz de darle un aventón. Nadie pasó, salvo una lagartija escuálida que, en veloz carrera trataba de encontrar tal vez, un poco de sombra para evitar asarse bajo los quemantes rayos solares. Era una obra imponente la que se realizaba en ese apartado lugar. Una edificación de inmensa envergadura, dada su importancia para el desarrollo del país. Ya se habían levantado varios sectores residenciales provisionales para el personal, y ya había cobrado vida propia. La miel atrae a las moscas, y así como ese suceso natural se produce, de igual manera el progreso que se asomaba allí atraía a toda clase de personajes. Obreros en gran masa, vendedores ambulantes que ya se posesionaban de algún pedazo de terreno y levantaban airosos una venta de lo que fuere.           El alboroto y la algarabía del día de cobro atraía a los expendedores de bebidas espirituosas de la más variada gama, y con ese pecaminoso detalle, llegaban chicas alegres por montones que, para apaciguar las libidinales actitudes de aquellos tipos toscos y de necesidades extremas, nunca estaban de mas. A ese mundo se acercaba aquel hombre joven. Ya en el horizonte él divisaba la imponente obra recientemente comenzada, y su ánimo se exasperó de alegría dada la necesidad apremiante de encontrar empleo. Debido a lo amplio del cometido propuesto en aquel mundo de planos, era demasiada la mano de obra requerida. Ricardo era un genio en computación y pensó que en esa rama precisa podrían contratarlo. Hoy día todo está en manos de esos benditos aparatos nacidos de las entrañas mismas del modernismo, pensaba el joven hombre ilusionado en extremo.             Nadie notó su llegada salvo un muchacho de unos cinco años que trataba de dar cacería a otra lagartija. Lo primero que hizo el recién llegado de manera casi instintiva, fue buscar alguna fuente de agua para saciar una sed que ya había arrancado mil groserías de sus pensamientos, y amenazaba con secar completamente su garganta sino era apagado ese ímpetu prontamente. Bebió hasta hartarse, luego de lo cual extendió su vista hasta abarcar todo lo que se levantaba a su alrededor, y en ese gran esqueleto de hierro y concreto que se presentaba, divisó unas pequeñas casuchas un poco alejadas y hasta allá dirigió sus cansados pasos. Preguntó a unos hombres que, ensimismados en un reguero de planos, le indicaron la ubicación del encargado de contratar a los trabajadores. Los atareados caballeros ni siquiera levantaron la mirada para ver a quien le hacían esa indicación.            Una vez que hubo llegado al sitio indicado, se presentó con una elegancia poco vista en ese sitio. Eran dos los hombres encargados de la contratación de trabajadores, y ambos le escuchaban perplejos cuando mostraba los credenciales y les hablaba de los extensos estudios recién culminados. Poco les faltó para estallar en carcajadas. Luego le explicaron que el personal especializado había llegado con los encargados de la obra hacía largo rato, y no eran de estas latitudes precisamente. Eran unos gringos que ya estaban instalados en sus “oficinas”, las cuales estaban aun más apartadas de la obra y que resguardaban al cerebro de la construcción en un ambiente hasta de aire acondicionado y otras envidiables comodidades. Lo que estaban contratando era obreros rasos, duros, que soportaran una larga temporada de trabajo recio y exigente.            La decepción no tardó en anidarse en aquel hombre joven, quien hasta ese momento había albergado a esperanza en una oportunidad de oro. Su ánimo se vio sumergido en un lodazal sin parangón, del cual difícilmente podría emerger. Detuvo su palabrerío adornado con palabras lujosas, y por poco no estalló en llanto; pero la apremiante necesidad de dinero le convenció de aceptar el trabajo disponible. Los encargados lo miraron detenidamente de pie a cabeza, y se percataron de lo endeble de su ser, de lo exageradamente blanco de su piel y de la denunciante suavidad de sus manos; las cuales no necesitaban ser tocadas para tal propósito. Comprobaron que ese ser nunca había tomado entre las mismas, una herramienta aunque fuese la más pequeña, y en realidad no se equivocaban. Aun así, decidieron darle la bienvenida y con un silbido agudo llamaron. Alguien se presentó en veloz carrera, conminándolo a seguirlo para que se introdujera en aquel mundo de exigente trabajo.                  Antes de adentrarse en la inmensa obra, pasó por un improvisado depósito y le fue entregado un ropaje color gris y un calzado especial. Decepcionado en extremo, tomó los enseres que le fueron entregados y siguió a quien desde ahora sería su patrón. A partir de ese instante lo tomaron como una burla, ya que no daba pie con bolas en nada de lo que se proponía. Nunca había realizado esos trabajos tan pesados y extenuantes. Todos le daban órdenes, se aprovechaban de él dejándole lo más difícil de sortear. En fin, pensó en darse por vencido casi sin haber comenzado. Pero sus planes requerían esfuerzos y nada en esta vida es gratuito. Se prometió que las limitaciones no le harían mella y se esforzó en demasía. Ayudado por un alma caritativa de las que nunca faltan por obra de Dios, pudo escalar la potente pendiente y aunque eran destrozadas sus manos, se adentraba en su cometido y la prueba fue superada prontamente.            Desde el preciso momento en que demostró que sí podía llevar a cabo las labores rudas encomendadas, fue agregado a la nomina encargándole el fortísimo trabajo de cargar mucho peso y caminar largos trayectos con el mismo. No descansaba un instante salvo lo reglamentario. Iniciaban la jornada antes de que el sol naciera, y terminaban luego de su despedida. Al mediodía solo una hora para el almuerzo. Ni siquiera podían simular que, debido a la quemante sed producto del agotamiento y la exposición a los inclementes rayos solares, necesitaban la ingesta frecuente del vital líquido y al procurar ir en su búsqueda, aprovechar para echar una “descansadita”. No, eso no caminaba allí. Existía la figura del “agüero”, personaje este que a cada solicitud y cada cierto tiempo, se encargaba de entregarle su ración de agua a cada cual.            En horas del mediodía, a la hora del almuerzo, la masa trabajadora se ubicaba en un amplio local atestado de sillas y mesas para ese propósito. Cada quien debería llevar su “vianda” que en su coloquio, no era más que un recipiente conservador del calor que llevan los trabajadores resguardando el alimento para comerlo aún tibio. Al terminar de almorzar, era invertido el resto de la hora destinada para ello, en las más variadas actividades haraganas. Unos se dedicaban a fumar como si se tratara de acabar con todo el tabaco del mundo en el menor tiempo posible. Otros echaban chistes, muchos los escuchaban y otros mas no hacían sino, tirarse largo a largo en el duro piso queriendo que el tiempo se detuviera eternamente. Así pasaban los días colmados de una monotonía que aburría. Ricardo a la hora del almuerzo, muchas veces ni siquiera le provocaba comer debido a lo extenuado que estaba. Sus manos eran un desastre, y ya su color original se había borrado para dar paso a un obligado bronceado que le tostaba la piel. Su barba crecía abundante. Ya no era sino cada quince días cuando se rasuraba. No lo hacía más a menudo, porque necesitaba el tejido piloso para aislar aunque fuere la piel de su cara, de los aterradores rayos del astro rey.            Patricia se dispuso un día a llevar el almuerzo a su padre, quien era uno de los encargados de la obra y hombre de confianza del magnate contratista. Había llegado al campamento esa mañana para pasar unos días al lado de su padre, de quien se había alejado gracias a los ásperos tentáculos del divorcio. El viejo ingeniero le había pedido que lo visitara, y le preparara los exquisitos platos que solamente la chica preparaba con maestría extrema. Eran sencillamente insuperables, las delicias que ella creaba como la experta que era en el dominio del arte culinario. El albergue del viejo Paolo quedaba algo distante de la obra, pero la distancia no importaba cuando de dar una sorpresa se trataba, más aun si sabe exquisito esa sorpresa. Era poseedora Paty (que era como su padre le decía desde que era una chiquilla) de una sin par belleza. Era muy joven, a lo sumo tenia veinte años y su estatura era envidiable. Su larga cabellera rubia danzaba al son de la fuerte brisa, y coqueteaba con su precioso rostro. Su boca seductora hacia juego con unos intensos ojos azules como el cielo mismo. Pero lo que más llamaba poderosamente la atención era aquel cuerpo escultural. La piel de terciopelo le cubría toda esa maravilla. Sus curvas no eran para nada ocultas y al caminar, sus caderas hacían un juego perfecto que producía un vaivén delicioso, el cual lograban cautivar a quien la mirase.             Todos los días a la hora del almuerzo, la gran cantidad de zorros hambrientos esperaban con ímpetu crecido, que la preciosa hembra cruzara el enorme patio para comerla completamente con esas miradas lujuriosas. Ella se sentía en las nubes al escuchar tanto halago, y se sonrojaba con los piropos subidos de tono; del mismo modo se malhumoraba cuando le gritaban alguna obscenidad. Era la hermosa joven un grato y refrescante oasis en aquel enorme desierto. Pero era la hija del viejo Paolo y al recordar ese detalle, las pasiones mordían el polvo y eran aguantadas sin más remedio.             Todos soñaban con ella. Sus fantasías tenían a Paty como principal protagonista y la imaginaban de todas las maneras: vestida, sin vestir; parada, sentada o acostada. De cualquier forma en la cual la imaginación se le ocurriera. A ella no le molestaba en lo absoluto que aquella manada de lobos furiosamente colmados de los más bajos deseos, la mirara morbosamente. Al fin y al cabo, a nadie se le ocurriría ir más allá, consecuencia del miedo pánico que les causaba su padre ogro; además esa admiración le hacía crecer aún más, su ya acrecentada autoestima. Ricardo siempre la miraba y guardaba el más profundo silencio. Admiraba el joven trabajador aquella belleza que ocupaba toda la fisionomía de Patricia. Desde que por vez primera la miró, se tornó más callado de lo que ya era. Estaba casi permanentemente como en un estado de trance voluntario. Rodaba por su mente un gran caudal de pensamientos, y cada uno de ellos estaba impregnado con la refrescante presencia de Paty. No cabían dudas de que la chica se le había adentrado más allá de lo imaginable, y desde esa primera vez, lo había atrapado sin objeción alguna, apoderándose de él para siempre. Cuando era inminente la llegada del mediodía, se situaba desde lo alto en un lugar propicio para mirar. Desde esa zona distante, ya sin ánimo siquiera de saborear su emparedado o lo que fuese, aguardaba la llegada a escena de aquel monumento de mujer, la hija de Paolo; la despampanante Paty.             Ella sin falta se aparecía a la misma hora de siempre, con el propósito de llevar el almuerzo a su padre, y mientras el mismo se alimentaba, departían de lo lindo. Bromeaban de la manera como los embrujaba a todos con su bien contorneado cuerpo. Ella recibía siempre con beneplácito, cada una de esas golosas miradas. De vez en cuando, les dirigía un breve saludo en la distancia con un leve gesto de sus manos, y correspondía a todas las miradas con una de las suyas empapada en encanto. Era eso parte de la rutina. Ya sin cruzar siquiera una palabra, se había hecho amiga de todos. La saludaban al unísono, y de vez en cuando llegaba un poco antes del tiempo de receso, para charlar animadamente con alguno de ellos; mientras estupefactos se embelesaban y cometían las más variadas torpezas.            Pero para Ricardo no había sido nada fácil recibir aquella presencia como si fuese una rutina. Ella se había adentrado más de lo permitido, en lo más profundo de sus pensamientos, de su alma y de su corazón. El joven obrero estaba preso del embrujo del amor, y ya la idolatraba. En tanto que su excesiva timidez no le permitía para nada osar siquiera a posarse al lado de ella, ni mirarla de cerca por lo menos. Se conformaba con denotarla desde la distancia, y contemplar cada uno de los movimientos de su cuerpo. Se conformaba el tímido joven con admirar cada gesto, cada expresión, la forma de mover aquellas voluptuosas asentaderas al caminar. En fin, la contemplaba con agrado y admiración. Sin una pizca de morbosidad, la conminaba a apoderarse de sus sueños para contemplarla aun estando en los dominios de Morfeo.            Patricia se había dado perfecta cuenta del embeleso del joven galán, y le agradaba esa reacción divina. Él nunca vociferaba nada fuera ni dentro de tono. No la miraba con glotonería libidinosa. Solo se limitaba a mirarla callado desde la distancia. Ella sin embargo, contemplaba su presencia, la cual resaltaba entre la enorme cantidad de hombres de las más diversas tonalidades. Le agradaba sobremanera que precisamente él la mirara, la contemplara detenidamente en ese mutismo y en ese caudal de pusilanimidad que le gritaba amor a cada instante. Era él, la causa de sus llegadas anticipadas y de su acercamiento a aquella jauría de excitados machos, quienes irradiaban deseos carnales por cada uno de los poros de sus pieles. Él no se percataba de ello, y ella desesperaba porque eso ocurriera y de una vez por todas, se decidiera a iniciar por lo menos una plática para que se diera riendas sueltas a una eternidad de encantos.            El joven solo se conformaba con mirarla en la distancia, callado y enclaustrado en unos pensamientos puritanos. Ya todo resultaba envuelto por la rutina. La joven decidió quedarse más tiempo de lo acordado porque, sin dudas, se había enamorado y estaba decidida a llevar ella la batuta de ser necesario. Se apersonaba cada vez más temprano y disimuladamente, se dirigía a donde pudiera él contemplarla con más facilidad y le regalaba fugaces miradas, le coqueteaba inocentemente como danza de embrujo para que se iniciara una pequeña chispa; la cual se avivara con el pasar del tiempo para de esa manera, transformarse en una inmensa llama. Nada de eso ocurría, la timidez era cada vez mayúscula. En la soledad de sus sueños, él la contemplaba y la deseaba con lujuria. Ya sus movimientos eran cada vez más torpes y las ojeras adornaban con más intensidad a su rostro cansado, acusando la ausencia del descanso nocturno.            Ella no amainaba en su empeño de conquistar, en nombre de ese bello sentimiento que es el amor, a aquel muchacho que le gustaba demasiado y del que se había enamorado sin remedio. Nacía de esa manera en aquella bella chica, un fabuloso deseo de amar y de ser amada con la suavidad del terciopelo, con la dulzura perenne de las miradas gloriosas y con la pureza del deseo inocente; el cual es irradiado desde el corazón, para anidar en las almas nobles. Pero el joven no se percataba de ello. La miraba como un imbécil con doctorado, y nada mas procuraba. Ella pensaba insistentemente en la estrategia propicia para hacerle ver que sentía algo bello por él, que se había anidado en su corazón una maravilla llamada amor. Percibía ella amor en las prolongadas miradas de él. Eso le daba el empuje necesario, y así trataba de hacer de esa espera, una delicia.            Cierta tarde, aproximadamente a las tres y treinta, las ganas de expeler sus orines resultaban ya inaguantables, y en veloz carrera descendió desde lo más alto de la edificación la cual estaba en franco progreso y también en veloz carrera, se dirigió hacia unos arbustos que estaban en un recodo del campamento. Hizo apresuradamente lo que tenía que hacer, luego de ello, respiró con extremo alivio. Entre el sitio en el cual ocultó su pudor y la construcción, había un largo trecho solitario. Fue precisamente en medio de ese espacio, donde casualmente Paty se le cruzó en el camino. Ambos se sorprendieron, ambos quedaron embelesados. Ella se sonrojó en extremo, él palideció como nunca; ambos quedaron petrificados, porque el destino realizó por fin lo que ellos nunca pudieron. Allí estaban frente a frente. Ella le dirigió una mirada preciosa y colmada de ternura, él no movía un solo musculo; ella insistía en sus miradas que poseían una tonelada de amor, él la miraba de una manera rara, de una manera nunca vista. Repentinamente se reanudaron sus movimientos, y con pasos breves él se le acercó inexpresivo.             Aunque ella esperaba que iniciara aunque fuese una breve charla, él no lo hizo. Solo se le acercaba impertérrito. Al tenerla a su entero alcance, se le abalanzó bruscamente e intentó besarla. Ella sorprendida de su reacción, trató de reorientar su proceder, pero sus inexpresivos ojos gritaron algo maquiavélico que le asustó. Quiso defenderse Patricia y esa reacción fue neutralizada por sus manos que taparon su boca e impidieron unos gritos que ya habían querido delatar esa actitud inoportuna. Apretaban fuertes esas manos ya acostumbradas a la rudeza. La arrastró tras los arbustos y golpeándola fuertemente, le provocó una semiinconsciencia innecesaria. Le rasgó sus ropas, retiró todo lo que creyó de mas, y con una mirada satánica la contempló detenidamente, ya desnuda, y con brusquedad y rudeza la hizo suya mordiendo sus pezones hasta hacerlos sangrar; golpeándole el bello rostro angelical. La poseyó con extrema bestialidad una y otra vez, y ella lo miraba con dolor y lástima. Ella no digería ese momento inesperado de quien creía que sentía algo bello. Ella estática, esperó que terminara. Él, terminada la violación, se incorporó de inmediato, y en veloz carrera se retiró de aquel sitio ya macabro, dejando una estela de sinsabores en Paty.             Luego de haber llorado muchísimo, acomodó sus ropas sobre sí, limpió la sangre que cubría su piel y extremada de dolor, decepción y rabia; se regresó a casa sin decirle nada a nadie. Al notar su padre los hematomas que presentaba, ella alegó una caída inoportuna. El viejo Paolo le restó importancia al asunto. Todo regresaba a la rutina, Patricia ya no volvió a sonreír, y como autómata, continuó procurándole el almuerzo a su padre; sin dirigir sus miradas a objetivo alguno, luego de ese cometido rutinario, se ausentaba de inmediato. Ricardo por su parte, reaccionó desgraciadamente demasiado tarde. No entendía lo que le había ocurrido. La amaba con todas las fuerzas de su vida. Quería y soñaba un acercamiento para declararle ese inmenso amor que había nacido desde siempre; desde la primera vez que sus incrédulos ojos la miraron. De manera inexplicable su mente se había quedado en blanco y se percató de sus actos egoístas, machistas y pecadores, cuando ya todo había pasado; cuando ya no había vuelta atrás. Se sintió morir de rabia hacia sí mismo. Anidaba en él un gran arrepentimiento por lo que había hecho. No podía soportar tanto dolor. Quería buscarla para tratar de expresarle una explicación estéril con la cual trataría de justificar su delito. Pasaron varias semanas en las cuales, la desesperación no le daba tregua a Ricardo. Quería morir de lo horrible que se sentía por haber obrado de esa manera tan canalla.           Un día, después de buscarla con la mirada por doquier, la divisó en el lejano horizonte cuando ella salía en búsqueda de su padre para entregarle el almuerzo. Ricardo se apresuró y se le acercó tratando de iniciar una conversación. Ella, como si nada hubiese pasado, le miró con ternura y sonriente, se le acercó y le estampó un beso que resultó maratónico. No podía creer Ricardo que esa resultara ser la reacción de la mujer que amaba con locura, pero sí, esa era. Se sintió morir de alegría. Le confesó sus sentimientos, al igual que lo hizo ella. Le pidió perdón por lo sucedido, tratando en vano de justificar aquel trance misterioso que le hubo inducido a ese salvaje proceder. Ella, con otro beso extenso, neutralizó ese palabrerío innecesario y de inmediato se prometieron un amor que sería inmortal.            La masa trabajadora celebró con beneplácito aquella decisión que ambos tomaron y las felicitaciones no se hicieron esperar. Casualmente la fertilidad femenina estaba en su máxima expresión aquel fatídico momento y la naturaleza obró de inmediato el milagro de la perpetuidad de la especie. Ella sentía en su interior la consecuencia de la violación y se lo hizo saber. Acordaron un matrimonio necesario y oportuno para lavar una honra. Confundido, el viejo Paolo accedió porque definitivamente no podía hacer otra cosa ya que era de acero esa determinación de Paty.              Un sábado se trasladaron a la ciudad y se llevó a cabo la breve ceremonia. No hubo celebración alguna. De inmediato regresaron, ya que había trabajo que realizar. Ricardo no reclamó el permiso de ley, puesto que Paty le había comunicado su decisión de no querer realizar ningún viaje ni celebrar nada, alegando un malestar debido a su estado de gravidez. La quiso complacer en todo desde el primer día, y de ese modo se hizo. Era un matrimonio feliz, y en los tiempos libres de Ricardo que resultaban pocos, se les veía juntitos otorgándose amorosos besos a cada instante. Pasaron así los meses. La belleza del amor se denotaba a cada instante, y la felicidad se había posesionado de la joven pareja. Ya el embarazo se notaba, y se sentía Patricia en extremo afortunada por la mágica ventura que significaba el hijo que crecía en su vientre. Irradiaba felicidad y fortuna en cada una de las cosas que hacía, y en cada una de sus miradas. Era feliz porque el milagro de la vida crecía dentro de ella. Aunque ese milagro fuese producto de una cruel violación. Al mediodía, se dirigía ahora con dos almuerzos hacia la obra. Ricardo y el viejo Paolo la esperaban golosos, ya que se entregarían desenfrenados a saborear los ricos manjares que ella preparaba con tanto amor. Además de ello, Ricardo miraría al amor de su vida, quien llevaba dentro de sí al hijo que desde ya, era adorado en extremo. Ricardo se sentía el más afortunado de los mortales. Era amado por la más bella de las mujeres. Él la amaba con crecida vehemencia y además de ello, esperaba la joven pareja, la llegada del producto de aquel gran amor.             Ricardo ahora ostentaba un importante puesto en la empresa constructora. Ya no vestía el gris uniforme, entonces lucía otro atuendo muy distinguido, hasta corbata usaba y pasaba el tiempo caminando tras su suegro sin hacer esfuerzo alguno. El progreso anidaba de la misma manera que crecía aquel amor. El día esperado para el nacimiento de su hijo, Ricardo entró en pánico y tuvo el viejo Paolo que tomar las riendas. Los tres se trasladaron a la clínica donde obraría el milagro de la vida. De ese modo sucedió, Ricardito era un bebé precioso, era saludable. Resultaba afortunado Ricardo al sentirse bendecido por una mujer que lo amaba, que había perdonado su grave error y que le daba un hijo al que amaría intensamente; y en quien vertería todo aquella pasión orgullosa que posee todo padre, y que abarca todo en su vida.            Desde que Ricardito nació, la vida de aquel hombre había cambiado por completo. Era feliz, sentía que lo que le sucedía resultaba lo más grande que le podía pasar a una persona. Le daba gracias a Dios a cada instante, por lo magno que había sido con él al regalarle tantas bendiciones juntas. Bautizaron al niño el día en que la familia de ambos pudo trasladarse a aquel lugar apartado, con la finalidad de conocer al niño, toda vez que aprovecharían para presenciar la ceremonia sacramental. Fue algo extremadamente sencillo, decisiones incomprensibles de una mujer joven y bella, además de enamorada. Ella quiso que de esa forma sucediera, que la sagrada celebridad se realizara precisamente en el sitio donde había nacido aquel amor sin fronteras, el cual había superado el agudo dolor resultado de una salvaje violación. Pasaron los días colmados de amor, de encanto, de orgullo. Ricardo iba de manera constante al sitio en el cual vivían. Las ganas de contemplar a su gran amor y a su orgullo, no le dejaban hacer nada productivo. Amaba demasiado a su esposa y a su hijo. Sentía que el único propósito que tenía en su vida, era sentirlos y mirarlos perennemente.            Una tarde ligera algo le sobresaltó inexplicablemente mientras hacia unas inspecciones en un material acabado de llegar a la obra. Haciéndole caso a una especie de corazonada que había sentido, se trasladó presuroso al sitio en donde vivía con su esposa y su amado Ricardito. Se preocupó un poco, pero en el camino la tranquilidad le llegó nuevamente. Supuso, más calmado ya, que eran sólo las ganas de mirar a su familia la que lo atraía. Desde mucho antes de llegar a casa, sintió el amor inmenso que Paty le ofrecía en cada mirada tierna, y los movimientos preciosos que su hijo ya de ocho meses, le regalaba cada vez que lo tomaba en sus amantes manos. Era el hombre más feliz del mundo.            Abrió la puerta que lo separaba de la gloria. Lo que miró lo dejó estupefacto, inmóvil, en un trance extraño. Sobre la cama, una masa sanguinolenta estaba vestida con las ropitas de su bebé. Era el cadáver mutilado de Ricardito lo que contemplaban sus desgraciados ojos. Su cabeza estaba destrozada. En esa parte del pequeño cuerpecito, la crueldad se había ensañado con más vehemencia. El resto del pequeño cadáver había quedado esparcido en toda la cama, incluso, fragmentos del mismo habían ido a parar por varios sitios de la alcoba; testigo mudo del horripilante crimen. La sangre lo cubría todo, al parecer, ella la había esparcido más de la cuenta, nunca se supo con que insano propósito. Era una escena digna del infierno y de la peor de las pesadillas. Ricardo se dejó caer de rodillas pesadamente, y sus gritos se escucharon más allá de la comarca. Todos corrieron alarmados hacia el origen de aquellos lamentos, incluyendo al asustado viejo Paolo quien ya temía lo peor.            Al llegar, el gran grupo de trabajadores no podían creer lo que miraban. La mayoría de quienes se presentaron se retiraron de inmediato, horrorizados como resultaron debido a la espeluznante escena que observaron. Era increíble que alguien hubiese obrado con tal salvajismo, asesinando de una manera tan brutal a un bebé, y lo que resultaba más calamitoso; a su propio hijo. De inmediato, una carcajada diabólica invadió todo el espacio. Al mismo tiempo, todos miraron hacia el sitio de donde provenían esas macabras risotadas. Pudieron contemplar a Patricia quien lucía como poseía por el demonio. Sus manos ensangrentadas aún poseían una enorme tijera, la cual también estaba empapada de la inocente sangre de Ricardito. Sus ojos manaban una inexpresiva mirada. Dio la espalda y lentamente se alejó del lugar. Su padre la siguió, estaba completamente seguro que algo diabólico le sucedía a su hija, definitivamente sentía que no era ella. La diabólica mujer, al sentir que el viejo Paolo la seguía, se le abalanzó con las enormes tijeras; al mismo no le quedó más remedio que huir de ese demonio que se había posesionado de su adorada hija.           La policía se apersonó en el lugar. Ya patricia estaba resguardada en una celda de alta seguridad. El cuerpecito mutilado de Ricardito fue trasladado para los efectos legales. Era dantesco lo que había sucedido en ese sitio, otrora símbolo del progreso, en ese momento poseedor de la nefasta noticia que le dio la vuelta al mundo en un instante y que había resultado tan diabólica, tan increíble. Nadie se explicaba la decisión de una mujer, quien se había mirado poseedora de la felicidad más grande de todas. Mucho menos se lo explicaba Ricardo, quien en ese momento pendía de una soga en lo alto de la construcción hacia donde se dirigió, con el firme propósito de quitarse la vida; una existencia que ya no quería. Comprendió que su malvado acto violatorio había sembrado el odio, el rencor y la sed de venganza. Había comprendido aquel hombre joven muy tardíamente, que su actuar resultó ser un acto mezquino, un proceder cobarde con el cual robó una inocencia; la de una bella mujer, y una vida; la de su propio hijo. 
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