Ruperto llegaba borracho a diario. El rancho ardía de pavor, porque era eso lo que irradiaba Ernestina permanentemente en espera de las palizas desastrosas que les eran propinadas por su beodo marido sin motivo alguno. Anita temblaba en el ala derecha del rancho, que era donde dormía y tenía sus cositas. Su ropa, sus libros, los trapos que había convertido en muñecas, la camita y sus sueños que escribía cada día en su diario; que no era más que un andrajoso cuaderno del que había borrado las viejas lecciones, y procuraba en él sus pasos por la vida a sus quince años. Pasaban hambre como nadie. Ruperto hacia trabajos esporádicos y no ganaba mucho, pero nunca le faltaba el aguardiente para dar riendas sueltas a esa pasión nociva de libar constantemente, y perder la noción de la decencia, del valor de la familia y las buenas costumbres. Ernestina le creyó las sartas de promesas que lo habían dibujado un buen partido, y cayó rendida a los pies del donjuán. Se entregó enamorada de lo que al final se convirtió en su peor pesadilla. Con él compartió los genes, y allí estaba Anita creciendo en medio de ese infierno.
En su infancia Ruperto era constantemente maltratado tanto por su padrastro, como por el padre y los hermanos de este. Les pegaban a la menor travesura del infante. Muchas veces lo hacían sólo por diversión, otras por solo hacerlo, sin motivo alguno. Creció llevando golpes sin saber porqué. Aprendió de la vida, sus pesares, los pasos agrestes de las penas, los agitados cantares del hambre y las insatisfechas pasiones carnales. Eso se le incrustó en su apesadumbrado cerebro, y creció con él para situarlo en un futuro violento. Ruperto vio la luz de la vida en una madrugada extensa de octubre. Era un negrito encantador, sus ojos vivaces lo miraban todo y siempre quería aferrarse, con aquellas manitas traviesas, a todo cuanto se le acercara. Succionaba el blanco manjar con crecida glotonería, y se visionaba un futuro excelso para un chico hermoso y juguetón. Tenía sueños como cualquier niño. Tenía planes de superación. Quería jugar al viento, departir con los amigos del barrio. En el colegio se enamoró de su maestra como le pasa a cualquier muchacho. Llevaba una vida normal aunque la pobreza le exprimía los sentidos, y las constantes privaciones no permitían la materialización de muchos de sus proyectos, que a temprana edad, no eran muy exigentes. Aspiraba como cualquier niño de su edad, a montar en una bicicleta propia, empujar un carrito, volar una cometa, en fin; los proyectos de un niño humilde que espera de la vida, sencillamente lo más elemental.
A los ocho años se enamoró de Gregoria, la muchachita excesivamente callada que se sentaba a su derecha. Ella le cedió un caramelo una tarde en la cual, ya empalagada como estaba por haber comido tantos, y para evitar ensuciar sus ropas y sus libros, lo regaló al primero que se le atravesó a su vista, y ese atravesado fue precisamente él. Ese gesto casual bastó para entregarse al amor empedernidamente. Desesperaba porque llegara la hora de ir a clases, solo para verla aunque fuera en la distancia, sin hablarle, sin mirarle a los ojos y mucho menos tocarla; era esa su felicidad. Era su dicha suprema, su magna realización, pero una tarde de recreo, Ruperto la miró tomada de la mano de otro chico (evidentemente ignorando que era primo de la chica) y su amor y su corazón quedaron hecho pedazos.
Cuando tenía once años su padre perdió la vida luego de batallar extensamente con un cáncer que invadió y minó su ser de manera violenta. Quedaron su madre, él y sus tres hermanos menores, en la más completa desolación y pobreza. No se veía una luz en sus destinos. No tenían asidero sus vidas, y las ropas ajenas tendidas en la batea para ser lavadas por su madre, no cubrían las exigencias cada día más crecidas de lo que se necesitaba para poder sobrevivir. Era una realidad atropelladora a la que se enfrentaba la pobre negra, y que la convertía en presa fácil para la inmensa cantidad de desalmados que buscaban, como si fuese en un río revuelto, a quien embaucar con palabreríos y beber del liquido sagrado, comer las carnes lujuriosas del cuerpo femenino que ellos exigen, en virtud de saciar las exigencias carnales; a cambio de la seguridad que proporciona llevar unos duros bocados a un hogar poblado de muchachos y de necesidades.
Micaela evadió a esos depredadores, a esos inexplicables instintos de machos, a la lujuria de muchos, por algunos años; pero el hambre tocaba cada mañana a su rancho, y hacia rabiar a la muchachera y a ella misma. Así que esa apremiante necesidad corporal vital, aunada a su cara simpática, al bamboleo que aquellos glúteos saltones procuraban al andar y que parecían que tomaban por asalto a la imaginación de cualquier macho que se preciara de serlo; atrajo a un montón de ellos. Y ya al cabo de dos años de viudez, estaba encamada con otro marido que se comprometía a surtir la despensa por siempre vacía, a llenar la ausencia de Jacinto y a sobar ese cuerpito abandonado a los placeres de la carne desde hacía un tiempo remoto.
El remedio había resultado peor que la enfermedad. El marido nuevo era un desalmado borracho empedernido que se alimentaba de la violencia. En verdad que la comida no faltaba en aquel hogar bendito, mismo que albergaba a unos niños y a una mujer desesperada; pero instalarse el nuevo macho en él e iniciarse de inmediato el rebullicio de reclamos y exigencias exageradas fue una sola cosa. Ya a las pocas semanas el pequeño rancho se convirtió en una guarida para la pernocta de varios hermanos del tipo, y hasta su padre fue a parar allí. Cabían de milagro, resultaba ser una invasión pérfida, parecía que todos eran desequilibrados mentales. No dudaban en golpear, no vacilaban en expresar improperios a diestra y siniestra. Al cabo de mes y medio apenas, el rancho era un completo infierno donde se crecían las llamas eternas que quemaban a Micaela y a sus vástagos. Ruperto y sus hermanitos, al igual que la negra, llevaban más palo que una gata ladrona a cada rato y de paso, por los más variados motivos. Generalmente sin motivo alguno.
Una noche se despertó Ruperto de manera brusca debido a unos sonidos extraños que asemejaban a los lastimeros quejidos de algún animal herido. Impulsado por el instinto y la curiosidad, buscó en la penumbra de manera insistente, el origen de aquellos lamentos que crecían a medida que eran exteriorizados. Sus pasos presurosos pero arropados en la cautela, lo condujeron al catre de su madre y contempló, gracias a la complicidad de una luz macilenta que se desprendía de una vela, a Micaela follando y chillando como una fiera lastimada, con su macho a la vez que con uno de sus hermanos; al lado yacían los otros hermanos, y su padre esperaba turno. Mientras la violaban le propiciaban mordiscos y golpes por doquier. Ella nada podía hacer, porque sus manos eran inutilizadas con una cuerda, y su boca cubierta con un pedazo de trapo que casi la ahogaba.
Nadie se percató de su presencia. Aprovechando que no era percibido y, oculto en las sombras, miró el deprimente y dantesco espectáculo. Concibió algo extraño en demasía lo cual le comenzó a inquietar desde ese instante. Sintió placer y al abultamiento instantáneo que se presentó en su hombría, se unió al cambio que desde ese momento se suscitaba en un niño y que le marcaria para siempre. A partir de ese momento comenzó a ver a su madre de manera distinta. La contemplaba callado, inmóvil, impertérrito. La espiaba en su aseo corporal y cuando se cambiaba la ropa. De madrugada se extasiaba en la autocomplacencia, rememorando las inmorales imágenes que casi a diario contemplaba.
Los desalmados personeros hacían estragos a cada instante, y agredían al pobre muchacho más que a nadie. El padrastro se encargaba de sembrar el terror. Ruperto no se largaba, porque a la misma vez su pasión desenfrenada de cada noche le brindaba consuelos. Con la llegada de la mayoría de edad, llegaba también su machismo imitador y ya quería tener mujer y descendencia. No era feo. Ese detalle sutil y la facilidad de expresión que aprendió de la nada, le llevó de inmediato a flirtear con las damiselas que, encantadas de que un galán les hablara bonito y les guiñara un ojo de vez en cuando, lo daban todo a cambio de nada. Crecían las barrigas, y a la vez se agrandaba la sinvergüencería de un macho irresponsable que creció sintiendo placer por su madre.
Se embarcó en un trabajo que prometía buenos dividendos. Reunió en esas lides algunos centavos y decidido, al regresar a la amada patria, se hizo de un rancho y se llevó a una conquista que le agradaba en demasía y con la que quería rememorar las lujurias contenidas y reprimidas desde hacía mucho tiempo. Así llegaba Ernestina a los brazos de quien la cubrió de palabrerío y promesas de una vida nueva, y al cabo de unos días presurosos la tenia amarrada a una cama torpe, follándola y golpeándola brutalmente; para recibir el placer insaciable y que no llegaba de otra forma. El rancho que compró y la reguera de botellas vacías a su paso, fue la gran inversión que hizo. Ernestina se creyó el cuento del falso galán. De inmediato se dio inicio a su sufrimiento. Las amenazas surtieron efecto y la anclaron a esa vida de manera irremediable, enclaustrada en una prisión que se asemejó inicialmente a un humilde hogar. Las borracheras eran a diario. Los golpes y los vejámenes resultaban eternos. El miedo era crecido y en esa agreste realidad, llegó el bendito embarazo y se anidaba de ese modo en el cuerpo de una mujer maltratada, el milagro de la vida.
Ernestina era casi una niña cuando decidió irse con aquel depravado. El llanto de una madre no sirvió de nada. No se imaginaba la muchacha que las madres no desean nunca mal para un hijo. Tampoco percibió a tiempo, que los consejos de ellas deberían ser tomados en cuenta y que el hecho de no hacerlo, provocan arrepentimientos a destiempo, remordimientos estériles que no sirven ya para nada. Entregó una virginidad sagrada, unos sueños virginales también, unas esperanzas de mejor vida. Las manos receptoras no solo no valoraron acertadamente esa entrega sutil y tierna, sino que desvirtuaron el propósito, vertieron la pesadilla a los sueños, el desespero a las esperanzas y la perpetua violencia a una linda entrega de amor.
Anita llegó una gélida noche de diciembre a este mundo exigente, real y colmado de caminos variados por los cuales transitar. Era el ambiente embriagado de paz, de amor, de la estela de sentimientos que la espera del nacimiento del niño Dios siempre propicia. Los villancicos, las gaitas y la algarabía del alegre mes lo copaban todo. No pudo ser más propicio el nacimiento de la muchacha, pues fue recibida con beneplácito por un padre que instantáneamente, y como por arte de magia, miró la vida desde otra perspectiva, con otra óptica, con una nueva visión. Era un angelito encantador, preciosa la bebe. De inmediato su presencia se encargó de llevar la ternura a un hogar otrora desgraciado, e invadido por el licor y la violencia constante que nacía del infortunio y de la herencia de maltratos.
Crecía Anita en medio de un hogar ya colmado de alegría, de paz y de amor. Se le hizo un anexo al rancho para que en un futuro cercano, tuviese la privacidad necesaria al igual que ellos. Trabajaba arduamente Ruperto para llevar el sustento, y no faltaba nada en ese hogar sagrado. La llegada de la muchacha había obrado el milagro de despertar un instinto paterno creído extinto. Allí estaba el otrora maltratador y borracho, embriagado de amor por su hija y su mujer. Habiendo corregido por fortuna su actuar errado, se visionaba un futuro prometedor y colmado de esperanzas, de esa esperanza que nunca se ha de perder. Crecía la muchachita, se hacía cada día más agraciada y más linda. Engalanaba aquel hogar, se transformada a pasos agigantados en la salvación de las almas. Era propicio el momento para dar gracias al creador a cada instante, por la beldad que había llegado a esas vidas y que aparcaría las bendiciones, en procura de un cercano cambio en los caminos. Su llegada propiciaba la venerable finalidad de un acercamiento a una vida digna, a un mejor futuro alejado de las privaciones que habían embadurnado sus vidas, lejos de la pobreza que desesperaba y aprisionaba con sus ásperos tentáculos. Al alejarse su padre del vicio y de la vida perniciosa de otrora, todo sería distinto; todo sería mejor.
Llegó una oportuna planificación, y las mágicas píldoras evitaban el arribo descontrolado de más vidas exigentes, cuando apenas se podía sostener a una familia básica; papá, mamá y Anita. En ese momento era más que suficiente. Los cortos años que Anita había avanzado en su tierna vida hicieron muchos cambios en Ruperto, y este se alejó lo suficiente del licor, de las farras y de las mujeres alegres. Se acercó contrariamente al respeto, a las buenas costumbres y hasta al romanticismo. Demostró que amaba a su mujer con pasión y locura, con la demencia benigna y mágica que surgía del amor puro. Había reunido suficiente dinero para hacer mejoras en la humilde vivienda, se avizoraba un mejor mañana para la familia. Llegaba cada cumpleaños y nunca faltó una fiestecita para celebrar tan magno acontecimiento. Ernestina sonreía ahora complacida por lo felices que eran sus existencias. Por lo apasionante y dulce en que se había transformado Ruperto, gracias a la magia del amor que anidó con el advenimiento de la hija del alma.
Fue tan grande la algarabía con la llegada de su decimoquinto cumpleaños, que luego de celebrar en casa su padre optó por salir a dar una vuelta, y esa funesta decisión le llevó al bar de mala muerte que era frecuentado otrora de manera ferviente. Allí se desencadenó la desgracia nuevamente, y el diablo se percató de una debilidad insignificante para transformarla en una poderosa e infernal. Se embriagó nuevamente después de tantos años, se transformó nuevamente, se atestó de machismo nuevamente y ofuscado, engrandecido y envalentonado; se dirigió al hogar donde sembró nuevamente la decepción. Donde apagó una luz que se había encendido, y que se había encargado de guiar a una familia exquisita por los senderos de la paz y del amor.
Habían aparecido los botones mamarios en Anita ya. Se daba inicio a aquel mágico momento en el cual, una niña se adentra en un cambio tanto mental como físico. Ya pronto llegarían más cambios, y el cuerpo frágil de una criatura juguetona se transformaría inevitablemente en un cuerpo de mujer. Se visionaba una belleza sin límites, unos intensos ojos negros reflejaban dulzura. El cabello, cual cascadas de intenso negror, se posaba silente y glorioso sobre unos hombros colmados de pecas. Esa belleza sin par era lo que colmaba a aquella muchacha, quien era en extremo bella. Esa noche, la misma que había sido testigo desgraciado del desvío en las actuaciones de Ruperto, le despertó un deseo pernicioso reprimido desde que era apenas un mocosuelo desgreñado. Rememoró prontamente, y como mensaje de los infiernos, la imagen de los ataques sexuales que le eran propiciados a su madre en aquellas pérfidas noches de su infancia, y que le habían transformado la vida. Y a pesar de que el amor se había acercado desde el día en que su hija se posesionó de su realidad, el morbo solo se había apartado de manera provisional y entonces, triunfante, reclamaba su espacio en la vida de aquel desgraciado hombre; producto de la violencia que se había adueñado de él siendo apenas un inocente niño. Eran recuerdos que se presentaban para propiciar el odio y el desajuste en unas vidas que se sentían lejos de aqueas perversidades.
Ruperto siguió dejándose llevar por los malignos brazos del vicio. Libaba la mayor cantidad de aguardiente que pudiese, y eso lo apartaba del poco raciocinio que tenía, lo acercaba a la demencia y a la maligna desesperación. La excitación se apersonaba y quería ser complacida la exigencia de propiciar con dolor, con lamentos y con la morbosidad del sufrimiento, una satisfacción que la apaciguara. Regresaba de esa forma tan maliciosa a aquel hogar la desgracia, el dolor, la maldad de manos del vicio borracho y de la estela de sinsabores que las secuelas malditas de la violencia que había sido desatada sobre un niño inocente era capaz de lograr. Anita se despertó gracias a los alaridos proferidos por Ernestina y ocupada su mente de curiosidad, quiso descubrir lo que pasaba. Por fortuna, la oscuridad no le favoreció y cuando se apersonó a la recamara de sus padres, ya Ruperto había culminado una agresión que le satisfizo el morbo, y ya su mujer era desatada. Miró sin saber qué había ocurrido antes de su llegada. Le restó importancia. Ruperto, en el momento preciso en que la muchacha adentrada en el desarrollo regresaba a su cuarto, encendió la luz y la miró en la distancia, sintió algo que de inmediato apartó de su mente; pero desgraciadamente ya ese algo había nacido como por obra llegada de los infiernos.
Desde ese instante malévolo se dio inicio a aquella tragedia que abrazaba para hacer daño, muchísimo daño. En la mente de Ruperto aun más perversa ahora, había anidado un deseo apartado completamente de toda cordura y embargado de funesto placer. No podía apartar de su cabeza la imagen bella de su hija. Era una obra maléfica, una obra devenida del centro mismo de infierno, y ante la cual Alighieri se había quedado corto cuando expresó: “Ese río de sangre, en que se anega. Do la violencia hirviendo se sofoca”. No desperdició desde entonces ninguna oportunidad de tocar a la muchacha, ya adentrada en una femineidad suprema a sus quince primaveras. Ella recibía esas caricias de manera inocente, dado que de su padre amoroso provenían. No imaginaba la pobre, que era presa perversa de un deseo maligno. Los pasos no pasaron de allí, estaba presente el deseo; pero afortunadamente resultaba refrenado a tiempo.
Las perversas borracheras llegaban y traían consigo nuevamente, el sufrimiento que ya Ernestina creía desterrado. Cierta noche Ruperto llegó al rancho con dos amigos, y repitió la desgraciada obra que hiciera otrora su padrastro. Entre los tres violaban a Ernestina de manera insaciable. Ella no podía siquiera gritar de haber podido, porque la amenaza latente de ensañarse contra Anita perseveraba y, amenazante, quería apersonarse con el escabroso propósito de alargar el dolor y el sufrimiento. El acto carnal lo dirigía a un cuerpo que no sentía un mínimo de placer. Luego de ello, su morbo continuaba siendo alimentado por el dolor. Cuando el turno de sus amigos era consumado, resultaban sus oídos abiertos a aquellos gritos contenidos llegados desde el sufrimiento de Ernestina, propiciado por aquellos tres machos enérgicos y abominables. Cerrados eran los ojos de Ruperto, en ese claustro se imaginaba a su hija que era ya dueña de una belleza insuperable. Era a su hija a quien, en su imaginación morbosa, poseía con sobrado placer.
Ya esos juegos de la imaginación no le bastaban. El diablo se había posesionado por completo de Ruperto, y este ya no salía del rancho. No apartaba un solo instante las miradas de su hija. Ella las recibía de manera inocente, tal como se reciben las miradas de un padre orgulloso. Ernestina miraba extrañada a aquel despreciable ser, y de inmediato un presentimiento raro y empapado de desgracia se presentó en su mente y en su corazón. La perseguía con la mirada, la colmaba de atenciones; la imaginaba sin ropas. La espiaba en la ducha, y no tardaba en propiciarse una autoestimulación pensando en el cuerpo excelso del que era dueña la adolescente. La obra del diablo ya estaba realizada. Quería poseerla, ya no miraba a su hija bendita, miraba a una hembra en celos que era lo que su perversa mente creía. Ya ni siquiera miraba a su mujer, y mucho menos la tocaba. Se pasaba el tiempo echado en su camastro imaginando pervertidas escenas entre la muchacha y él, y las constantes masturbaciones ya no eran disimuladas. El día en que Ernestina le colmó de reclamos, la misma fue golpeada salvajemente por ese ser diabólico en que se había transformado. Ella temblaba de una mezcla de rabia, miedo y desespero. Presagiaba una desgracia en las cercanías de un tiempo que sabía que llegaría inevitable.
Ruperto se tornó huraño e insolente, permanecía constantemente tomado de la mano de una perversa compañía; de una botella de ron barata que nunca le faltaba. Ya la hija estaba permanentemente temerosa, producto de ese acoso poco ocultado y por más que se escondía para llevar a cabo sus necesidades, para asearse o cambiarse de ropas; estaban allí las miradas sádicas de Ruperto, ya por la rendija de una tabla, ya por el techo; ya por donde fuese, y las agitaciones nacidas de sus constantes masturbaciones no tardaban en hacerse oír. Llegaban empalagadas del perverso deseo nacido de lo que siembra en un cristiano bendito, la maldita violencia; la cual se posesiona de un inocente niño. Anita era presa ya del miedo, del terror, del presentimiento funesto del peligro, en manos de nada más y nada menos que de su padre; a quien adoraba con infinita ternura. Ya no palpaba sus miradas otrora empapadas de encanto, percibía sí, la enorme locura proveniente de unos ojos poseídos, de una mirada que inoculaba el deseo pervertido; del placer que resultaba proveniente de en un incesto que ya había decidido a materializarse. Ruperto la acosaba a cada instante, mientras Ernestina rabiaba de miedo y rabia. Se había prometido, no importándole que en eso se le escara la vida, que rescataría a su hija de esos deseos cochinos; los cuales se asemejaban a una macabra escena llevaba a cabo en la guarida del diablo.
Una noche en la cual las pesadillas invadían el sueño de Anita, y las miradas de Ruperto desataban un miedo gigantesco, la adolescente despertó sobresaltada y en la penumbra; descubrió a su padre parado justo al lado de su cama con el m*****o viril en sus manos, entregado a la autocomplacencia y babeando su boca del deseo que percibía por el cuerpo de su hija. Quería hacerla suya en contra de todo, inclusive hasta del mismísimo diablo si se presentaba en ese momento. Ernestina cegada, se opuso, quiso por sobre todas las cosas evitar aquella desgracia. Lo estaba mirando todo y armada de un filoso cuchillo, se abalanzó sobre aquel endemoniado ser con la única misión de rescatar a su hija de aquella perversión. De un manotazo Ruperto la apartó y estando ya en el duro suelo a donde había ido a parar, resultaba cubierta de puntapiés. Los potentes golpes hicieron lo suyo, ya malogrado ese cuerpo débil por la desnutrición y el sufrimiento, quedó tendida inconsciente. Era ese el momento propicio para que la muchacha huyera en veloz carrera salvándose del pecado, salvándose del dolor y de la condenada idea de su padre de llevar a cometer el perverso incesto que le arrancaría su inocencia. El endemoniado hombre pensaba que si ese no era el momento, ya lo sería. No se escaparía de sus manos. No siempre iba a estar una madre para defenderla, pensaba de ese modo aquel hombre profundamente desquiciado.
Era esa idea fijada en una mente, mientras Ruperto ocupaba todo el día entre el hecho mezquino de libar aguardiente, y los planes maquiavélicos de preparar el terreno para llevar a cabo el incesto. Ya estaba decidido, y era inevitable esa demoniaca idea que cubriría de gloria al maligno, afilándole los cuernos y engrandeciendo su ego poderoso y ansioso de maldad. Esperaría que la noche llegara. Pese a las medidas preventivas de Ernestina, quien sabía que su marido no se haría esperar, él estaba decidido; por nada del mundo dejaría de penetrar las entrañas de su hija, de poseerla perversamente y de saciar sus bajos instintos nacidos por la desgracia de haberse posesionado la violencia en el cuerpo de un niño inocente. Aquella noche libó licor intensamente, trago tras trago, sin pérdida de tiempo; para hacer llegar la embriagues de manera inmediata, para envalentonar la última neurona que albergaba un vestigio de raciocinio y que estorbaba para la materialización del condenado incesto que ya llevaba muchos días maquinando y que sería disfrutado al máximo.
Llegaría a casa cuando el sueño de la muchacha fuese profundo, al igual que el de Ernestina. La tomaría a la fuerza porque sería esa la única manera de disfrutar de aquel cuerpo delicioso y deseado en extremo. Estando ya en la morada, abrió la puerta despacio para evitar el ruido propiciado por los oxidados goznes y guió sus pasos hasta la pequeña alcoba de su hija. Lo hizo, y al cruzar la estancia se extrañó de no mirar a Ernestina durmiendo en su regazo. Le restó importancia, pensó que era lo mejor. Celebró gozoso, que la mujer que ya aborrecía se había ausentado dejando abandonada a su suerte a la jovencita. De esa forma sería más fácil lograr el deleite en los tentáculos del incesto. El incesto que nació del deseo diabólico que se apoderó de su ser desde la más tierna infancia, producto de la malévola violencia que se había presentado malignamente, destruyendo los sueños inocentes de un niño.
En su pequeña cama reposaba tiernamente Anita. Dormía en posición decúbito ventral. Realmente era muy bonita. El vaivén de su respiración era pausado. La espalda estaba descubierta, y la piel sedosa invitaba a una caricia. La energía se colaba en aquel m*****o viril que quería pecar. Ruperto se dejó colar en la pequeña cama de la jovencita, y se apresuró en darle rienda suelta al m*****o extremado de una potente erección. Al querer introducirlo en su hija, ella repentinamente se incorporó, se colocó sobre sus espaldas y ya no era Anita, era una figura horripilante poseedora de un inmenso y único ojo del que manaba fuego. Era un ser horripilante quien expresaba una mueca diabólica. El diablo invocado, con sus manos escamosas y llenas de espinas, tomó el m*****o viril y lo introdujo en un orificio que lo trituró y lo convirtió en una masa sanguinolenta, en un reguero de sangre y de carne molida. Siguió tragando y moliendo más carnes, huesos y todo lo que era absorbido por ese ser llegado del infierno, para saciar entonces su baja pasión. Una pasión enfermiza que había llegado prematuramente a un ser desde su más tierna infancia, como resultado de la maldita violencia que se apoderó para siempre de un hombre.