Cuando se abocó a atacar a Rodrigo, de un salto Gabriel se interpuso entre ellos. De inmediato sintió el valeroso caballero, que aquel enorme y filoso instrumento le traspasada el tórax, destrozándole aquel corazón con el que tanto bien había hecho últimamente a muchos semejantes. Manaba mucha sangre del corazón de Gabriel, el cual quedó destrozado irremediablemente. A los pocos minutos, luego de verter sobre el piso de la gran habitación toda su sangre, expiró Gabriel. Utilizó su más grande arma para vencer al diablo y a la bestial alma de Romualdo. Fue su gran fe en nuestro querido señor Jesucristo, padre eterno. Fue el inmenso amor por sus hijos, por su esposa, por su familia; lo que utilizó ese gran hombre para vencer al demonio. De inmediato, aquel cuerpo desdichado que hubo albergado el alma de Romualdo, cayó pesadamente al suelo, mientras el espíritu maligno se perdía en la nada, porque ya ni el diablo mismo lo quiso.
IMBÉCIL
Cuando el ocaso estaba a punto de hacer su aparición, se le observaba como una estatua, de pie junto a la inveterada plaza, ya fastidiado debido a su espera excesivamente luenga. Se ubicaba señero, como queriéndose ocultar de alguien. Parecía un felino aguaitando a su presa. Sus ojos miraban hacia un punto específico que se perdía en una distancia más o menos extensa. Ya era común entre los habitantes de la zona, verlo allí día tras día, excepto los domingos que ni cerca llegaba. No se explicaban quienes lo miraban en esa ridícula actitud a diario, porqué trataba de ocultarse, o de quien. Se echaba tan adelante sin mover siquiera los pies, para mirar hacia la esquina. Ese detalle hacía recordar a un célebre cantante norteamericano ya fallecido, el rey del pop como él se autodenominaba, haciendo uno de sus famosos pasos de baile.
Se desesperaba en demasía. Miraba a cada instante su reloj, no se sabía con que finalidad, tal vez instintivamente, porque hacía muchísimo tiempo que el mismo había dejado de andar, dado a que se le había agotado la pila. Era de suponer que se trataba de su nerviosismo que lo galvanizaba por completo. Casi al fenecer la tarde, sus ojos se despabilaban y brillaban de manera excelsa. Daba gusto verlo cómo se desvivía cuando la rubia aquella asomaba su cuerpo y lo exponía a la entera vista de Norberto, que era como se llamaba el insaciable esperador. Cualquier macho que se digne de llamar tal, podría, con un instinto primitivo, desesperarse a tal grado al tratarse de la espera de una hembra; pero es que en realidad no era una hembra con todas sus letras; se trataba de un esperpento, alguien con una extensa fealdad a cuesta. Era esa la rubia que lo descontrolaba por completo. Entre gusto y colores…. cosas veredes Sancho, cosas veredes….
Cuando ella lo divisaba en la distancia, parado como un soldado obediente, caminaba más a prisa, meneaba más de la cuenta su trasero, solo que por ser tan escuálido ese sitio donde la espalda pierde su digno nombre, eran unos movimientos cómicos lo que hacía; tiraba hacía la derecha y después fuertemente al lado opuesto. Parecía que se descompondría su esqueleto con esos sacudones nada femeninos, pero que excitaban demasiado a Norberto, quien se impacientaba porque llegara rápido a él.
Cuando ya estaba sólo a unos pasos, su desesperación era tanta, que caminaba en pos de ella y, abrazándola fervientemente, iniciaban un enorme beso que parecía eterno. Daba la impresión de que se habían fusionado. No tenían un dejo de pudor, ya que sus grotescos movimientos acariciándose fogosamente, eran demasiados atrevidos. Ella lo tocaba allí y él la tocaba allá. Se manoseaban cuales panaderos haciendo lo suyo. Lo hacían ante la mirada de quien fuere, sin atisbo de vergüenza alguna. Si en ese momento pasaba cerca alguien con algún niño consigo, no le quedaba más que taparle los ojos para que no mirase esa pecaminosa escena. Cuando por fin culminaba esa extensa caricia ímproba, se alejaban a grandes zancadas, sabrá quién hacia donde. Eso era a diario, salvo los domingos.
Norberto era un joven muy trabajador, enormemente elegante, apasionado de la vida. Un hijo y hermano probo, y muy buen amigo; presto a tender la mano en situaciones de aciago o cuando se necesitara algún favor con extrema urgencia. Allí estaba él para cooperar, sin escatimar en sacrificios. Pudiera decirse que era un buen hombre. Claro que si lo era, no habría porque dudarlo siquiera. Usaba su pelo bien ralo; lo llevaba de este modo, ya que eran muy ensortijados sus cabellos. Le decían de niño, que tenía el pelo “chicharroncito”. Era de piel canela, más oscura en los brazos y rostro. Las piernas además de musculosas, resultaban jipatas, ya que nunca usaba pantalones cortos ni llevaba sol playero. Trabajaba en una estatal poderosa, en una oficina con mucho frío artificial.
Llevaba una vida cómoda y estaba enamorado fervientemente de Aminta. Ya a Rosario la había olvidado. Rosario era una mujer extremadamente bella, era sensual y en cuestiones sexuales, siempre lo había trasladado más allá de los límites. Eso a él pareció no importarle. Pensaba en ella solo por vanidad, a veces parecía que le guardaba rencor. La había abandonado por su nuevo amor. Siempre la buscaba de alguna manera, cuando se sentía despreciado por Aminta, por ejemplo. Ella comenzó a despreciarlo, las razones sobraban. En una oportunidad, mediante una llamada ocasional, estando él bajo los efectos de alguna bebida espirituosa, le pidió sexo y de inmediato escuchó de ella, el sonido del teléfono colgado. Surgía de ese modo la dignidad de una mujer prestante. Ella sabía que su acercamiento no obedecía a sentimiento alguno. Todo lo contrario, la buscaba cuando ella lo rechazaba, que ocurría muy a menudo, entonces, desbocado en extremo su apetito s****l, trataba de desahogarse con ella.
Aminta era una mujer exigua, poco agraciada, de escasas carnes. Sus movimientos eran toscos. Usaba el pelo suelto y debido a ello, la brisa lo movía a su entero antojo. Vivía constantemente apartándose los cabellos que tapaban sus ojos. Era excesivamente liso, lo pintaba a cada rato; le decían rubia obligada, debido a que tenía predilección por el color dorado para teñir su cabellera. Usaba faldas cortísimas o pantaloncillos minúsculos, que hacían notorias aquellas arqueadas y delgadas piernas. Parecían unos hilillos que pendían desde lo alto, en vez de miembros inferiores. Su dentadura era imperfecta, había una gran separación entre diente y diente, los cuales eran torcidos hacia adelante, lo que le impedía cerrar adecuadamente su boca. Pero así la adoraba él, y a sus tres muchachos también. Adoraba a esos niños más que a su propia vida Norberto. Desde pequeño siempre había sentido verdadero apego por los críos. Adoraba a los más pequeñines, sobre todo a ellos, que significaban sencillamente su vida. Era indudable y sin ningún atisbo de dudas, el amor inmensurable que ese tierno hombre sentía por esos muchachos.
Norberto y Aminta no vivían lejos el uno del otro. Ella vivía en el urbanismo del lado derecho y él, en el del lado izquierdo. Todas las mañanas, Norberto caminaba despreocupado y sin apuros unos pocos metros hasta la avenida, donde, en una muy singular esquina, aguardaba el transporte que la compañía disponía para los trabajadores. Varios compañeros de labores se reunían en ese sitio en específico, donde de manera puntual los recogía día a día aquel autobús robusto de color carmesí. Se sentaba señero, como queriendo ocultar una timidez que no existía. Los demás pensaban que era echón o medio raro, porque poco hablaba con el resto de los trabajadores, quienes se trasladan siempre y a la misma hora conjuntamente con él. Estaban bien lejos de lo que conjeturaban. El callado hombre se aislaba, con la única finalidad de organizar sus pensamientos, de planificar lo que harían por la tarde, cuando se encontrara nuevamente con su gran amor, con su única alegría de vivir.
Ella siempre salía a caminar todos los días en la mañana, bien temprano. Tan temprano, que cuando el astro rey se asomaba en el horizonte, ya ella retornaba de hacer su caminata con la cual lograba ejercitarse, y de esa manera fortalecer su salud y verse cada vez más bella, según su más personal apreciación. Para ese fin usaba una indumentaria deportiva que consistía en un ropaje muy ceñido, tanto así, que parecía que fuese su propia piel, dado que era de un color parecido a esta. Recogía su cabellera con un cintillo n***o que se encasquetaba con tanta fuerza, como para no quitárselo jamás.
El día en que Norberto conoció a Aminta, en virtud de una farra más prolongada de lo habitual, a ella se le habían pegado las sábanas y salió más tarde que lo acostumbrado. Y así, con una gran resaca a cuestas, inició un suave trote que aumentaría poco a poco, hasta convertirlo en una exigente carrera. Pasó rauda frente al grupo de hombres que aguardaba el transporte a esa hora. Llevaba como siempre, aquel vestido deportivo excesivamente ceñido, que dejaba ver sin disimulo, un saliente en su vientre. Se trataba del panículo adiposo que se perfilaba creciente. Ver a esa mujer en esas fachas, era algo así como ver a aquel utensilio que se usa en las oficinas o en los colegios, el cual vierte un líquido blanco muy espeso; mismo que sirve para tapar las metidas de pata que se cometen, al escribir algo sobre un pedazo de papel. Ninguno de esos caballeros se percató del paso de aquella atleta minúscula. Ninguno notó siquiera que había trastabillado al tropezar con una roca insolente que se apareció justamente ante sus pasos. Ella cayó pesadamente sobre el asfalto que aún resguardaba el frío nocturno. Sólo Norberto la había divisado desde que salió con aquel suave trote a la avenida. Sólo él la miró tropezar y caer. Únicamente él acudió al rescate de esa hermosísima doncella que parecía venir desde los cielos.
Ofreció su mano con la finalidad de que se levantare, ella la aceptó. Muy apenada, bajó la mirada y notó que su rodilla se había lastimado. La rasgadura de la tela de su ropa, justo a la altura de esa parte de su pierna, denunciaba el daño ocasionado. Le dolía tremendamente. Además de ello, notó que su maléolo se había dislocado. Eso le imposibilitaba para deambular adecuadamente. Sin otra alternativa, aceptó que él la llevara a cuestas a su residencia que, por fortuna para ella y por desgracia para él, quedaba cerca de allí. La tomó delicadamente entre ambos brazos y la cargó como si se tratara de un niño al que se lleva, dormido, a su cama. Era una verdadera desgracia que su casa quedara cerca, ya que le hubiese gustado cargarla hasta el infinito. Era para él, una verdadera gema esa mujer. Era preciosa, era tan perfecta, se decía mientras la miraba tiernamente, toda vez que con pasos lentos, se trasladaba hacia el sitio que ella indicaba. Sus pasos trataban de alargar el tiempo.
Ese día obviamente Norberto no acudió a su trabajo. Sus compañeros no dudaron que se había tratado de un gesto de altruismo, al querer ayudar a la muchacha que se había caído. El instante aquel marcó el inicio de todo. Al despedirse, sus manos parecían no querer separarse. Se miraron tiernamente. Quedó prendido él a la imagen de ella. Se juró de inmediato que conquistaría el amor de esa bella mujer. Vaya que sí lo haría, ya no le importaba otra cosa en su vida. A partir de ese entonces, ya nunca más trató a Rosario como la había tratado siempre, prácticamente desde que se habían hecho novios. De eso hacía mucho tiempo. Se habían conocido en una feria pueblerina donde ella atendía un bazar de la familia. Fue amor a primera vista. Llegó por carambolas al local aquel. No necesitaba comprar algo, solo mataba el tiempo en espera de que llegara un espectáculo que todos esperaban. De pronto la miró y ella también a él. Sintieron ambos que el suelo temblaba bajo ellos, que el universo se confabulaba a su favor. En fin, sintieron cosquillitas en la pansa de inmediato, y a partir de allí no se separaron jamás. Pasado unos pocos meses después de aquel casual encuentro, se casaron y formaron un hogar hermoso. El moría de atenciones para ella. La trataba deliciosamente como a toda una reina. Se amaban como sólo se hace cuando se está bien enamorado. Siempre parecían un par de tórtolos y de esa forma iban a cenar, al cine, a bailar; a todas partes. Parecían unos adolescentes enamorados perpetuamente. Pero todo se fue al cipote, desde la aciaga mañana cuando conoció a Aminta. Desde ese mismo día, ya nada fue igual en su matrimonio, en su hogar.
Al día siguiente, Aminta recuperada milagrosamente de su tobillo torcido y de su rodilla roída por el impacto sufrido, pasó corriendo nuevamente por su habitual rumbo, solo que a una hora distinta. Ya no madrugaba, ahora esperaba que estuviese el grupo de trabajadores donde sabía que él estaría. Le había dado resultado la urdimbre utilizada y que hubo atraído a ese, su galán. Él la miraba con cara de burro estrangulado, mientras ella, coqueteaba o trataba de hacerlo, meneándose horrorosamente mientras trotaba. Sólo a él enloquecía esos movimientos. El resto de los hombres que allí estaban se burlaban de ello, y se extrañaban sobremanera de que a Norberto le gustara ese adefesio.
Su alejamiento con Rosario fue tal, que decidió marcharse unos días a casa de sus padres, alegando que la enfermedad del viejo roble que era para él Ruperto, su padre, ameritaba sus prodigiosos cuidados. Era solo un pretexto para escabullirse a esperar desde la antigua plaza, a que ella pasare de manera casual junto a él, para así cortejarla mientras caminaba a su lado. Ella inventaba una salida urgente, para echarse esas escapaditas misteriosas. Cualquiera resultaba un pretexto perfecto para verse a solas. Se había enamorado ese par. Norberto decidió mandarlo todo al diablo, y ser feliz plenamente al lado de esa preciosa mujer. Se ufanaba de ella con sus compañeros de trabajo, ya que entonces se había tornado locuaz y no paraba de hablar de la chica que se había levantado. A ellos les provocó hacer una colecta para poder sufragar los gastos que se pudieran suscitar de una consulta en la NASA, con algún eximio oftalmólogo que pudiera regresarle el sentido de la vista al pobre Norberto.
Pasados los años, ya Norberto se instalaba constantemente en casa de Aminta. Salían a todos lados. Llegaba varias veces a la semana con muchas bolsas a cuesta colmadas de exquisiteces. Hacía mercado cuando se lo exigiera Aminta, y cuando no también. Nunca les faltaba nada a su familia, y ya ella hasta había agarrado carnita. Los muchachos estaban rosados y rozagantes de tanto que comían. Además, lucían elegantes ropajes, ya que a Norberto se le iba todo su sueldo manteniendo a su nueva familia. Rosario se alejó de la ciudad y nadie más la vio por aquellos parajes. Ya Norberto ni la recordaba. Los años se encargaron de que esos bellos recuerdos se borraran poco apoco, y no faltaba mucho para que lo hicieran para siempre. No había bastado que ella le dedicara su virginidad, su juventud, su amor. No sabía la pobre mujer en qué había fallado. Aceptó los designios de la vida y se alejó sintiéndose derrotada por la misma. No bastó su real belleza, su exuberante anatomía, aquellos bien formados senos; la amabilidad de sus gestos y lo decente de su actuar. No habían bastado esos dones que Dios le había otorgado, para mantener a su esposo a su lado. El divorció se plantó frente a ella antes de lo que se lo había imaginado. Por eso se hubo desaparecido del mapa.
Dicen, y con mucha razón si se quiere, que el ser humano es un animal de costumbres. Lo que en un principio significaba ver plasmado junto a una plaza a un individuo podría decirse que, bien plantado en cuanto a su imagen física y a su medianamente poder adquisitivo, galvanizado de nerviosismo y desesperación, echándose hacia adelante como Michael Jackson constantemente, tratando de divisar a su dulcinea a que despuntara en la lejanía; ahora era común verle llegar a su casa y que ella, ataviada en los innumerables desperfectos que la afeaban hasta lo inimaginable, lo recibiera de mil amores y se adentraran a reunirse con el resto de la familia a iniciar una algarabía de despilfarres y celebraciones. Celebraban hasta el cumpleaños del gato. Y esa gente ni gato tenía, para variar. En ocasiones, él llegaba y un señor entrado en sus añitos le abría la puerta y tras saludarlo efusivamente, le hacía pasar y al rato salía Norberto empujando un mueblecillo rodante que utilizaban para movilizar a un bebe de poco más de un año. Se unían el resto de la familia, incluyendo al hombre que lo había recibido al llegar y ya prestos, iniciaban un divertido andar donde los chascarrillos arrancaban divertidas y sonoras carcajadas. Los críos más grandes exigían de todo cuanto vendiesen por doquier. Unas veces se dirigían, bien sea al centro comercial de la zona, otras, a una calle atestada de ventas de fritangas. Sea donde fuere, era un gusto como se iniciaba el despilfarro. El bonachón de Norberto hacía gala de sus dotes de malbaratador, quedando literalmente sin una moneda para sustentarse al día siguiente.
Los viernes y sábados, sin falta, hacía acto de presencia hasta con cuatro botellas de escoses mayor de edad o con varias cajas de espumosas para brindar, como se enorgullecía al decirlo, por lo bella que le significaba la vida. Se emborrachaba de manera desmedida. Solo así, como una cuba, vociferaba el nombre de Rocío a los cuatro vientos, como tratando de lavar sus culpas. Lo hacía, mientras lloraba amargamente. Solo que, de tan ebrio que estaba, no se le entendía ni pizca de lo que a su parecer, estaba diciendo en aquellos aullidos lastimeros en que se convertían sus lamentos. Al llegar a ese estado, Aminta literalmente lo echaba de su casa, dando un portazo a sus espaldas. Él, trastabillando de la rasca, se iba zigzagueando hasta llegar a su antigua casa, casi que por instinto; a tumbarse a la entrada de la misma, a dormir su borrachera.
La vida seguía su curso. En otro logar distante de la ciudad, una muchacha bonita que no llegaba a los veinte años, se paseaba alegre con un cigarro en la mano. Un cigarrillo que parecía más grande que ella. Caminaba retando las miradas. Su short, excesivamente corto, denotaba sus nalgas que se morían por asomarse a ver la luz del día. La rodeaba una muchachera, y cualquiera de ellos la tocaba morbosamente. La chica no hacía nada por evitarlo. Al poco rato, un vehículo oneroso con vidrios oscuros se detenía justo cerca de ella. Alguien bajaba un poco la ventanilla y, tras una pequeña plática, acordaban un precio. Luego de lo cual, ella se montaba a ganarse la vida. Llegaba más o menos luego de pasadas dos horas y, sonriente, seguía caminando de una esquina a la otra meneando duramente su bien torneado trasero, y bamboleando sus perfectos senos de manera provocativa, como infalibles anzuelos, hasta que no pasaba mucho rato y se aparcaba otro auto cerca de ella para, luego de una breve charla, volverse a ausentar del sitio por otras dos horas más. Cerca de ella, un chico de cabellos ensortijados la miraba con lástima. Era él bastante trigueño y simpático. Sus carnes resultaban escasas. Se notaba que el hambre le azotaba y hacía estragos de él. Tristemente esperaba que su hermana mayor se prostituyera para con ese dinero, hacer por lo menos ambos; una comida medio decente al día. Se llamaban Rosa y Humberto esos chicos castigados por la vida.
Por su parte, la vida sonreía para los siete. Contrario a lo que sucedía a medio mundo que se hundía en el fango de la pobreza como Rosita y Beto, a Norberto no le iba mal, todo lo contrario; nunca le había ido mejor. Se sentía el hombre más feliz de todos. Ese día precisamente, viajaba plácido en una lujosa primera clase de un inmenso avión, rumbo a una paradisíaca isla, donde iba con su familia a vacacionar de lo lindo. Había gastado todos sus ahorros en ese viaje. Se había endeudado hasta más no poder para complacer a su gente. Norberto hacía lo que fuere por mantener felices a esa mujer aprovechada y a toda su comitiva, ya que, a diferencia de aquellos primeros días de unión, ahora nunca salían solos. Se enquistaba para donde sea que fueren, aquel tropel de personas quienes dilapidaban todo cuanto sacaba el ingenuo hombre de su billetera que, entonces lucía cada vez más amenguada.
Así, los siete estaban felices, saber, los cuatro muchachos de Aminta, el esposo de esta y Norberto. Si, Aminta convivía con su esposo, su amante y sus cuatro hijos en absoluta armonía. El recién nacido ni ella misma sabía de quien de los dos era hijo. En casa, se instalaban los tres a mirar televisión o a hacer cualquier otra cosa, ubicada ella en medio, y a cada lado sus dos machos. Los cuatro muchachos se encargaban de hacer una algarabía en toda la casa. Donde quiera que se encontraran siempre era así, ella con un macho a su derecha y el otro a su izquierda. Norberto se encargaba, con su sólo sueldo, de que a ellos no les faltara nada, mientras que Rosita y Beto, quienes eran los hijos de él y de Rocío, quien tuvo que emigrar bien lejos en busca de una mejor vida dejándolos solos y a su suerte; literalmente se morían de hambre. Era una gran paradoja de la vida. Mantener hijos ajenos, a una loca y su marido, mientras que sus propios hijos se morirían irremediablemente de hambre o a manos de enfermedades y de sufrimientos. A ese hombre no se le puede decir otra cosa que no fuese: IMBÉCIL.