OMINOSA SORPRESA
Recuerdo que, cuando tenía más o menos seis años y retozaba muy divertido en aquellos terrenos hermosos de la finca de la familia, soñaba con ser médico. Me imbuyó esa idea un caballero muy querido, sin siquiera él mismo saberlo. Fueron las veces que el doctor Fergunson iba a recetar a mi abuela, cuando la misma era aquejada de alguna dolencia. Llegan clarísimas las imágenes en mis recuerdos, cuando aquella tarde, mientras Críspulo me sostenía sobre el lomo de Dorado, un viejo caballo ya jubilado que sólo esperaba que le llegara la muerte; lo miré bajar de su viejo Ford, del que ya no se encontraban siquiera repuestos y presuroso, se encaminó en pos de la vieja casona; con la finalidad de examinarla, ya que no se sentía muy bien de salud que se dijese. El doctor Fergunson era un anciano algo encorvado, debido a una escoliosis desastrosa que hubo desfigurado su otrora galante anatomía. De joven había sido muy guapo, y lucido una estatura envidiable. Entonces era completamente calvo y sus hermosos ojos verdes le daban un sutil toque de encanto. Pocas veces se le veía fuera de su casa últimamente. Desde que había enviudado hacía muchos años, se internó, señero, en aquella casona arcaica y sólo salía cuando le eran solicitados sus servicios.; y si lo hacía era para no morirse de hambre.
Era el único médico que existía en muchísimos kilómetros. El viejo Ignacio, mi abuelo, lo llamaba ipso facto, cuando tenía el más leve indicio de que Eloísa, mi abuela, se sentía mal. Mi abuelo se casó siendo ya mayor, le llevaba más de veinte años a mi abuela. A gente decía, según él mismo relataba muy seguidamente, que parecía más bien que fuese su padre. Tal vez era por eso, por algún instinto paternal, que se ofuscaba completamente hasta el punto del desespero, al más mínimo malestar de ella. No acudía a él, mi campechano abuelo por ser el único médico a la redoma; podía sencillamente llevarla a donde fuese necesario, ya que era dueño de una gran fortuna, que aunque ya se había comenzado a gastar con los tratamientos descomunalmente costosos de su hija enferma; aún les permitía vivir plácidamente. Lo hacía, porque además de ser amigos desde la infancia, él era poseedor de una experiencia excesivamente luenga y sus diagnósticos siempre resultaban atinados. Al parecer, nunca se equivocaba cuando, después de calarse los lentes y examinar callado cada centímetro de alguna humanidad, se paraba colocando ambas manos en los hombros del familiar más cercano y procedía, mirándolo fijamente en los ojos por varios minutos, meditando y preparando las palabras adecuadas; a dar a conocer su diagnóstico y el consiguiente tratamiento.
Al notar mi embobamiento manifiesto, Críspulo ayudaba a apearme del viejo corcel y me miraba correr para mirar al galeno de cerca. El médico ni siquiera se percataba de mi presencia, por más cercano a él que me ubicara para ver, de primera fila, aquel aparato que me cautivaba demasiado y que él llevaba prendido a su cuello. Era un estetoscopio precioso. Que mortal no sería feliz al poseer un objeto como aquel, pensaba ingenuo. En su mano derecha llevaba un pequeño maletín n***o. Mi abuelo lo recibía cortésmente y, tratándose como los dos viejos amigos que eran, se adentraban en la casa. De inmediato comenzaba mi carrera, bordeando la enorme casa para ubicarme nuevamente de primera fila, para poder ver, sin perderme ningún detalle, a aquel facultativo hacer su impoluto trabajo.
Tras salvar un gran socavón que se situaba en un recodo del enorme patio, me instalaba justo en el gran ventanal que daba a la habitación principal, donde mi abuela aguardaba para ser examinada. Allí, soterrado y casi sin respirar, no perdía ningún detalle. Mi abuela ocupaba pocas veces aquella alcoba matrimonial. Pasaba el día entero atendiendo a su hija (mi madre), que estaba en cama padeciendo una penosa enfermedad. Ese día, debido al malestar que le aquejaba, pernoctó en la enorme cama en espera de la atención médica aquella. Mi abuelo esperaba en la sala. Al salir, luego de haber examinado a mi viejita, el Dr. Fergunson se paraba justo frente a mi abuelo mirándolo fijamente. Éste, nervioso como era, se paraba del mueble aterrado. El galeno lo miraba con más intensidad de la acostumbrada, colocando las manos en sus hombros. “Tiene gripe. Lo que Eloísa tiene es un simple resfriado Nacho, deja esa paranoia vale”. Y mi abuelo se dejaba caer pesadamente sobre aquel sillón de ensueño, como vuelto a nacer. El médico se sentaba a su lado a escribir la recete pertinente y dar sus respectivas recomendaciones. El único que salía perdiendo era el pobre pollo que sería sacrificado, para con sus caldos, volver a la vida a mi abuela. Luego se ello, se trasladaban a la biblioteca, donde pasaban incontables horas hablando de lo mismo de siempre hablaban cada vez que se veían y tomando coñac. El viejo médico siempre se divertía de lo lindo con mi abuelo. Ambos se reían con sonoras carcajadas que se escuchaban hasta en las caballerizas. De resto, con los demás, el doctor Fergunson resultaba un viejo hosco y amargado.
Cuando yo nací, engendrado justamente en aquella vieja casona que databa desde finales del siglo XIX, la bella Isabel, mi madre, solo tenía quince años. Nunca se supo cuáles fueron las circunstancias por las que se dio esa tempranera gestación. Lo que sucedió además de lo obvio y con quién, únicamente lo conocían ellos tres, mis abuelos y aquel médico de confianza. Era por eso que nunca conocí a mi padre. Mi madre fue hija única, al igual que lo fui yo. Cuando nació ella en la vieja casona, a mi abuela se le presentó una complicación que la dejó incapacitada para seguir teniendo descendencia. Eso exasperó a mi abuelo de manera excepcional, ya que él siempre había querido tener una prole numerosa. Siendo un fiel empedernido, tal como lo fue hasta su muerte irremediablemente alcoholizado, nunca tuvo ojos para otra mujer que no fuese su esposa, por ello jamás, se había jurado, tendría alguna relación extramarital tratando de regar sus genes en otros cuerpos para procrear más hijos.
Después de que los dos caballeros se ubicaban en el privado a dar riendas sueltas a sus pasados, yo regresaba a mis juegos, a los cuales, como consecuencia de la monotonía, dejaba. Me tiraba largo a largo en la grama, mirando como las nubes entre ellas se ufanaban de sus bellezas, formando figuras que mi imaginación identificaba como preciosas deidades. Más allá de mirar cómo el viento desplazaba con su poderosa energía a las formaciones nubosas, lo que sucedía era que soñaba despierto con ser un famoso y sabio médico, como sentía que lo era el doctor Fergunson. Críspulo, aquel hombre joven que mi abuelo había llevado hacía muchos años a la casa luego de que su madre muriera durante el parto y poco tiempo después de que a su padre lo matara la ponzoña de una víbora; había llevado a Rubio a las caballerizas y ya traía a Violeta, mi yegua preferida. Al llegar, continuó dándome las lecciones para convertirme en un excelente jinete como ya lo era él. Él tenía veintidós años y desde que llegó a la casa teniendo ocho, servía fielmente. Desde que yo nací, se hubo convertido en mi asistente y obedecía a todo cuanto le pedía sin emitir nunca una queja, sin hablar siquiera; ya que era excesivamente callado.
El agradable recuerdo de mi infancia es interrumpido por esta baraúnda repentina que se escucha burdamente. Me he sobresaltado por lo abrupto de la bulla inesperada, este sitio sobradamente callado. Me asomo tanto como puedo; pero aquí, con una ventana tan pequeña, difícilmente puedo mirar más allá de unos pocos metros y lo que observo, ya me lo sé de memoria. Me siento nuevamente sobre esta destartalada silla de un cuero que hasta ha perdido su color, y continúo rememorando un pasado que me ha dejado diversos sabores; buenos y malos, pero al fin y al cabo ya representan el pasado y no podría eso cambiar. Si ni siquiera puedo cambiar el presente, en busca de un futuro tal vez alentador, dado a que definitivamente este es mi sino.
La profusa admiración que tenía yo por el doctor Fergunson, me inspiraba a soñar con ser como él. Jugaba como siempre, en solitario, a que era yo un médico tan veterano como él. En algunas ocasiones Críspulo, mi sempiterno paciente, se prestaba para que lo examinara. Lo único que no le gustaba, era que le hiciera abrir la boca de par en par para asomarme, linterna en mano, a ver no sé qué cosa dentro de ella. Lo único que miraba, además de aquella lengua que parecía tener azogue y que no dejaba de moverse y aquellos desalineados dientes, era un tragadero oscuro que no significaba mucho para mí ciencia. Le tomaba el pulso y colocaba bajo su sobaco, un palito que se suponía que era un termómetro. A pesar de las diferencias de edades, él y yo éramos grandes amigos. Pernoctaban muchos chicos y chicas más o menos de su edad en la hacienda, hijos de los peones; pero era conmigo con quien pasaba gran parte del día y hasta de la noche. Fuimos inseparables.
Cuando mi abuelo percibió que aquel suburbio que se había formado en un ala de la hacienda, donde habitaban los trabajadores, había crecido mucho y que la muchachera ya había crecido también, pensó que había que educarlos para que no se fomentara en ellos, los oscuros cienos del analfabetismo, lo cual había hecho pacatas las vidas de sus progenitores; por lo tanto, quiso encontrar una salida favorable para todos. Hizo construir unos salones que destinó para que en ellos, se dieran las luces del saber. Contrató a Carlota, una muchacha simpática de rostro pecoso, quien era maestra, para de esa manera; fundar una escuela. Le decían la escuelita nada más. Desde el primer día de clases, acudieron todos los muchachos de seis años en adelante, incluido yo, que sin más ni más, me enamoré de la pecosa, como inmediatamente comenzaron a decirle a la maestra. Ese mote se lo colocaron obviamente, sin que ella lo supiera, ya que había que cumplir la primera lección; el respeto hacia el prójimo.
Podría ser yo muy nieto del patrón, pero igual, dentro del aula era un alumno más, sin ningún padrinazgo que valiese. Solamente había dos niñas, María Antonia y Maigualida; las hijas de Concepción, la cocinera, quien a pesar de ser sordomuda; cocinaba como una diosa. Cuando salíamos al recreo se formaba la sampablera. Todos los muchachos corríamos tras una pelota, dándole más patadas que a una gata ladrona. Las chicas se iban con su madre, quien ya a esa hora, estaba parada cerquita de la puerta y en su léxico ininteligible para el resto de la humanidad, consistente en barullos y un sinfín de señas; se hacía entender por ellas, quienes le seguían sin chistar a la casa grande.
Interrumpo la reminiscencia, ya que se ha presentado el tuerto Abdón para hacerme entrega del menaje con lo que supone sea mi desayuno. Parece ese perol, un estercolero supremo. Su contenido tiene cualquier apariencia, lo que sea, menos de alimentos. Lo pone a mi entero alcance y se queda embelesado parado frente a mí, en espera de alguna charla con que pasar el rato. Lo más sensato es que me quede callado, sino nadie lo va a despegar de aquí. Y no tengo ganas ni de comer cuanto más, ponerme a hablar con este trastornado que, cuando abre la jeta, lo que despide es una alocada pestilencia que le daría asco hasta a un cerdo. Ni que decir cuando lanza esos escupitajos oscuros que nacen de una sialorrea bestial, producto de la bola de chimó que perennemente lleva consigo.
Mi evocación se instala nuevamente en aquel pasado que se quedó plasmado en mí, como para escribir una novela extensa de género grotesco. Cuando mi abuela encontró a mi madre en medio del primer patio de la casona, la cuan daba hacia las grandes habitaciones que siempre permanecían vacías en espera de aquellos parientes ricos que nunca llegaban; un desgarrador grito llamó la atención de todos los que estaban cerca, sobre todo, la de mi abuelo quien, presuroso, corrió hasta el sitio donde supuso que estaba ella aterrada. Mi madre estaba bañada en sangre, sus ropas hechas añicos permanecían a su lado. Su cuerpo desnudo no dejaba duda alguna de lo que le había ocurrido. Salía un hilillo de sangre de su entrepierna. De inmediato, el abuelo vociferó una sarta de improperios que tenían como finalidad, que el grueso número de labriegos que corrieron tras él, no mirasen aquella escena de total ignominia hacia su pequeña, quien aún era una adolescente. Yoyo, su muñeco de felpa, quedó tirado a su lado.
El n***o Eusebio, aquel señor centenario que había permanecido la totalidad de su vida en esos predios, y que había servido incluso a mi bisabuelo, fue el único que permaneció con ellos y ayudó a cargar a mi madre, maltrecha, hasta las habitaciones principales. Fueron solicitados los servicios del doctor Fergunson, y este confirmó la cuantía del daño ocasionado por sabrá Dios quién. Mi abuelo tenía la indubitable certeza de quién había sido el autor de aquella barbarie. Todo me lo contó el n***o Eusebio algunos años antes de su fallecimiento. Mi madre desde ese día permaneció sin hablar y su mirada, otrora soñadora con todo lo bello de la vida, adoradora de los grandioso de la naturaleza, era fija en un sitio indeterminado; como tratando de buscar en algún recodo de la nada, su inocencia robada.
Al día siguiente, después de que el abuelo llegara con su vestido de paño elegante, todo desguazado y sucio de aquel cieno porfiado que parecía tan pegajoso como para no poder ser arrancado jamás; acudió en su búsqueda, una comisión de la policía. Dos días más tarde, luego de acallar a algún juez corrupto con el peso de los billetes, salió libre como las aves que surcan el cielo. Su revólver casi oxidado y que había permanecido guardado en un sitio que solo él sabía, había escupido un par de balas con las que supuso que hubo dejado acendrada su honra y la de su familia, especialmente la de su niña, inmaculada por su actuar pueril. Nunca sería lavado nada con la actitud del abuelo. Mi madre quedó muerta en vida con la semillita que habría de germinar dentro de sí.
Nunca más regresó estando presente. Nunca más se hizo sentir estando viva. En su cama, que sería desde ese entonces su claustro, mi abuela dedicaba su vida a su cuido. El crecimiento de su vientre grávido no se hizo esperar y, dada las circunstancias, fue llevada a la capital. No para ocultar nada, al fin y al cabo se puede ocultar lo que sea, menos un embarazo que tarde o temprano habría de dar la sorpresa. Lo hizo, porque sin duda alguna, ellos, aconsejados por el doctor Fergunson, habrían de trasladarla, llegado el momento; a donde le tendrían que hacer la consabida cesárea. Mi abuela y Jacinta, la madre de Concepción, se encargaron de los cuidados de mi madre después del puerperio. A mí me atendió con dedicación proba, Nereida, mi Nana. Y desde que tenía cuatro años, Críspulo, tal vez por agradecimiento a mi abuelo, se dedicó sin que nadie se lo mandase, a atenderme en todo. Mi madre fue alimentada, aseada y consentida en todo su esplendor. Pero nunca más regresó a la normalidad, a pesar de que no hubo ningún traumatismo craneoencefálico que se presumiera causante de su lejanía. Haya sido el impacto psicológico, algún golpe no verificado, lo que haya sido; pero eso que le sucedió sacó de la realidad a mi bella madre. Ella siempre se mantenía bien aseada, bien alimentada, en fin, bien cuidada; dada la gran dedicación de esas grandes mujeres. Mi abuelo gastaba muchísimo dinero en medicamentos importados, pero todo era en vano. El doctor Fergunson por su parte, acudía constantemente a la casona a cerciorarse de que ella permaneciera sin ningún tipo de complicaciones.
Por su inmovilidad, mi madre estaba expuesta a muchas de esas complicaciones a las que el galeno hacía constantes referencias, sobre todo a las malignas úlceras por presión y a las inmisericordes atrofias musculares. Ambas había que prevenirlas con alguien capacitado en extremo. Para ello, mi abuelo no escatimó esfuerzos e hizo venir desde la capital, a dos especialistas en fisioterapia y rehabilitación y a dos enfermeras, quienes coadyuvarían con los cuidados paliativos de mi adorada madre. Un neurólogo le hubo realizado acuciosos exámenes, determinando que orgánicamente no había daño alguno. No había necesidad de internarla y mucho menos de operarla. Los ejercicios constantes, los cambios frecuentes de posición, los drenajes posturales, el aseo riguroso; además de una alimentación adecuada y mucha comodidad y confort, fueron piezas claves para que se mantuviese como si nada. Salvo por su falta de movimientos y de habla, amén de aquella mirada errante; se diría que no le había pasado nada. Ese sinfín de valladares que significaron los excelsos gastos en personal, en materiales importados y en la logística durante tanto tiempo, fueron menguando los ahorros del abuelo, aparte de que ya la dedicación a los quehaceres propios de la hacienda habían sido dejados a un lado; por lo que ya aquel hombre otrora bonachón, lo abrazaban los tentáculos del alcoholismo hasta donde había ido a parar, posterior a aquel aciago suceso que destrozó muchas vidas. Y tal como lo dijo un célebre personaje de una también célebre novela, palabras más palabras menos; “nadie sabe lo que es vivir con un muerto en la conciencia”.
Vuelvo a interrumpir mis remembranzas por la misma razón anterior, el pedazo de hombre este que ya se ha vuelto a parar frente a mí. Trae otro menaje, tan mugriento como el primero, que por eso lo dejé en el mismo sitio donde él lo colocó hace unas horas. Dejó el mismo al lado del otro, al que cogió y comenzó a devorar de inmediato aquello que yo, de puro asco, había rechazado. Me provoca vomitar solo de verlo tragar esa bazofia a lo que esos desalmados llaman alimentos. Ni siquiera he mirado lo que contiene esta nueva ración. Primero, porque no va a ser notorio el cambio con la primera de este día, nunca varía, y en segundo lugar; porque hoy no tengo una pizca de apetito. Lo haré mañana para no morir de hambre, aunque preferiría eso, antes que estar aquí.
Todo se volvió una monstruosa rutina en la casa. Mi madre postrada mirando constantemente a la nada, mi abuela y Jacinta haciendo todo para que ella pudiera vivir, los dos tipos fornidos aquellos turnándose para hacerle los ejercicios y las enfermeras haciéndoles las terapias encomendadas por el doctor Fergunson. Mi abuelo a los pocos años se entregó de manera definitiva, a los férreos brazos del aguardiente y así, alcohólico incurable, descuidó descaradamente lo que tanto le había costado. Sus deudas se acrecentaron en demasía y los acreedores, que eran muchos, se fueron llevando todo hasta terminar nosotros alojados en una pocilga, que era lo que constituía la pieza que se había arrendado.
Ya no había alguien que le hiciera nada a mi madre, salvo mi abuela y la fiel Jacinta, ya entrada en años. Al morir el viejo galeno, nunca más un médico atendió a mi madre. Yo me fui sin querer hacerlo a la capital, a llevar a cabo mi sueño de ser médico. En las noches manejaba mi destartalado vehículo para obtener alguito de dinero y subsistir, a la vez que le enviaba a mi abuela para que trataran de hacerlo las tres. Ya el viejo roble que una vez había sido mi abuelo, se había despedido de este mundo atrapado en los malignos abrazos del alcohol. Una mañana triste, alguien lo consiguió guindando de un cabestro. Cobardemente se hubo ahorcado, dejándole el paquete aquel a mi pobre viejita, aún a sabiendas de que ella nada podía hacer al respecto. Yo descansaba poco, solo algunas horas al día. Desde que iniciaba la mañana, me dedicaba a mis estudios de manera ferviente si se quiere. Hacía dos carreras excesivamente opuestas una a la otra. Medicina y leyes. De la mano de una dedicación exclusiva, me recibí ataviado de blanco y palpé así, las mieles del éxito. Médico y abogado. Eso me hizo feliz y también lo fue mi abuela y estoy seguro que, en medio de su destierro, mi madre también lo fue.
Me dediqué desde entonces a atender a mi pobre madre en todo. En un anexo cercano que alquilé y que me servía de residencia improvisada, monté mi consultorio. No me iba mal. Críspulo se interesó en aprender algo y vaya que se lo enseñé. Me ayudaba en todo muy callado, como siempre recuerdo que lo fue. Era mejor que se estuviera callado, ya que padecía de una tartamudez extrema y no se le entendía nada de lo que intentara decir. A veces, prefería hacer señas para hacerse entender. Con los años su vista se deterioró mucho y a esas alturas, usaba unos lentes de un grosor inclemente. Así y todo, era algo como un enfermero. Inyectaba, hacía mediciones de los signos vitales, curaba heridas y hasta había aprendido a suturar con sobrada destreza. Era muy hábil en todo lo que tenía que ver con el trabajo asistencial. En cuanto a mi ejercicio como abogado, tampoco me iba del todo mal; siempre había algún enredo que desenredar y uno que otro ratero a quien sacar de prisión.
Críspulo se había convertido en mi sombra. Como ya le he señalado, él era varios años mayor que yo, pero me obedecía como si fuese un niño hacendoso. Entre él y yo le practicábamos los ejercicios a mi madre, ya que mi abuela, achacosa como estaba a su edad; ya no podía casi ni caminar. Pasaba todo el santo día contemplando a su hija, con la mente tan ausente como esta. Divagaba en su pasado tal vez. Buscaría en él, alguna respuesta a las tantas preguntas con las que pretendería justificar sus penurias llegadas desde aquel fatídico día, cuando desgraciaron a mi madre y que le hizo la vida añicos a toda la familia. Ya mi abuela estaba postrada en una silla de ruedas y día a día, antes de comenzar mi rutina laboral, yo la sacaba al patio para que llevara un poco de sol, mientras Críspulo le hacía los drenajes posturales a mi madre. La cambiaba de posición, y hasta le había permitido que le practicara su aseo. Era tal la profusa confianza que había depositado en ese individuo, que era el único hombre que había puesto sus manos en el cuerpo de mi madre, además del doctor Fergunson, del tipejo que le desgració la vida; mi abuelo y, obviamente, yo.
Me siento muy mal. Tengo en mi pecho un corazón que palpita muy aprisa. Debo tener la tensión alta, porque me duele un poco la cabeza y siento este palpitar odioso que me da, cada vez que inevitablemente vienen todos estos recuerdos a mi mente. Si pudiera dar una pequeña caminata y respirar aire puro, me sentiría mejor, pero solamente puedo dar cuanto más, dos o tres pasos y respirar este aire rancio que me produce este total desánimo y también, este desagradable malestar que me agobia. Solo puedo mirar esa enorme pared que se alza frente a este lúgubre sitio en el que me encuentro y que parece que tarde o temprano me va a aplastar, acercándose poco a poco, destrozándome sin contemplaciones. Esta es la permanente sensación que siento aquí.
Críspulo demoraba aproximadamente una hora haciéndole los cuidados a mi madre. Era tiempo más que suficiente para que mi abuela llevara sol y despejara su torturada cabeza, a la vez que tomaba su desayuno con desgano. Hablaba mi pobre viejita solamente lo necesario, y cuando lo hacía, su voz quebrada denotaba aquella tristeza suprema que albergaba en su alma. Creo que mi abuela estaba más muerta en vida que mi propia madre. Una mañana la encontré sentada en su sempiterna silla de ruedas. Usualmente dormía sobre un ligero camastro situado en la misma habitación donde permanecía su hija. Siempre se despertaba cuando aún era de madrugada. Con pasos dolorosos, debido al reuma que sufría, se ubicaba en su silla y se acercaba a sobar a su hija. Era su rutina diaria. Así la encontré, muerta, aún asida a la mano de mi madre. Fue conmovedora aquella macabra escena. La enterramos luego de un velorio muy breve y sin compañía alguna. La mirada de mi madre pareció desde entonces, más perdida que nunca.
Me dediqué con más ahínco que nunca, a cuidar a mi pobre madre. Hubo que colocarle una sonda nasogástrica, porque desde que murió mi abuela, no tragaba ni siquiera el agua. Demostraba así que sentía algo. Indudablemente que le hacía mucha falta su madre, ya que desde que cayó en ese estado de postración la pobre se apartaba pocas veces de su lado. Dormía yo ahora al lado de ella, y solamente me apartaba para atender a algún paciente o a uno que otro cliente que solicitara orientación legal. Cuando me debía ausentar, mi adorado Críspulo se quedaba junto a mi madre, dedicándole sus cuidados de manera ejemplar. Nunca se casó aquel caballero, ni se le conoció jamás novia alguna.
Y no era que no le gustara el sexo opuesto al buen Críspulo, porque siempre se le iban las miradas glotonas detrás de alguna lujuriosa hembra que pasara cerca. Lo que sucedió, fue que se acomplejó tanto con su defecto al hablar, que se cerró de una manera grotesca a la vida. Era un permanente solitario. Solo iba a su casa a dormir. Se trataba de una destartalada casa que había comprado, luego del declive en la economía de mi abuelo que le hizo vender todo cuanto tenía, y a la que nunca le hizo alguna reparación por más pequeña que fuera. Me convertí en un hombre solitario también. Había tenido muchas amigas con derecho en mis mocedades, sobre todo, mientras hacía mis dos carreras universitarias. Fui un mujeriego congénito, me comprometí en matrimonio tres veces. Evidentemente que nunca me casé, ya que mi tiempo se me iba atendiendo a mi madre y a mi consultorio. Luego de la muerte de mi querida viejecita, ya casi ni salía de aquella lúgubre habitación. Y cuando lo hacía era solo para no morirnos de hambre. Afortunadamente contaba con Críspulo, mi querido amigo, mi fiel compañero, mi más grande colaborador. Luego de ir a misa los domingos, mi ferviente amigo pasaba todo el día con mi madre, mientras que yo despejaba mi aturdida mente haciendo salud mental en alguna alameda.
Era la única persona en quien confiaba, y a quien le podía pedir que me ayudara a atender a mi madre. Lo que ganaba apenas alcanzaba para medio comer y pagar la renta de aquella pocilga en donde vivíamos. Yo parecía un cadáver por lo flaco que estaba, ni que decir del pobre Críspulo, estaba más enjuto que yo. A mi madre se le daba una alimentación acorde a su estado, por esa razón, gastaba casi todo lo que ganaba en su especial dieta y no me quedaba para comer más o menos bien nosotros dos. En realidad no parecía que ella hubiese pasado tantos años postrada. Los cuidados que había recibido desde siempre, aunados a los que últimamente recibía de parte de las especialísimas manos de mi amigo, la mantenían sin ninguna complicación de que preocuparse.
Fue precisamente un día domingo cuando le encomendé nuevamente mi madre a mi fiel Críspulo, para retirarme a descansar un poco, ordenar mis ideas y planificar mentalmente lo que estuviera pendiente para el día siguiente; cuando comenzó aquella tragedia. Cuando ya había andado casi todo el camino, me di cuenta que había olvidado mi agenda, por lo que decidí regresarme por ella. Titubeé un poco para tomar aquella decisión, ya que había andado más o menos una hora, y regresar suponía una gran caminata que devengaría en un agotamiento que quise evitar; pero tenía que hacer una llamada impostergable, y era en mi agenda donde había apuntado aquel número telefónico. Hurgué en mi teléfono móvil tratando de ver si de casualidad había guardado dicho número y nada que ver. Comprendí que irremediablemente tenía que regresarme a la habitación.
La puerta daba directo a la calle, no había una antesala ni nada que se le pareciera. Como siempre, saqué la llave varias cuadras antes de llegar, y sin producir ruido alguno abrí la puerta. Fue en ese instante cuando recibí aquella ominosa sorpresa. Lo que miré me dejó atónito. Allí estaban los dos, mi madre y Críspulo. Ella, yacía con los ojos casi desorbitados. Su respiración parecía un jadeo. El terror se dibujaba en su demacrado rostro. Críspulo, sin apartar su mirada de sus senos desnudos, la penetraba de manera salvaje; la embestía con furia. Cada vez que le adentraba su m*****o, mi pobre madre exteriorizaba un grito horroroso. Extrañamente no los escuché mientras abría la puerta. El desgraciado sanguinario, con sobrada concupiscencia, le hacía el amor a mi pobre madre y ella no hacía más que sufrir, tal vez rememorando la ocasión cuando fue salvajemente violada. Me quedé estupefacto allí mismo en la puerta. Cuando aquel cerdo me vio, siguió haciendo su malvada tarea hasta que, contorsionándose, derramó su asqueroso semen sobre aquel cuerpo casi inanimado.