Momentos después, me recuperé de aquel gran impacto que me había dejado inmóvil. Al retornar mis movimientos, corrí hasta donde él trataba de ocultarse. Intentaba decirme unas sandeces, pero un maldito tartamudeo fue lo único que pude escuchar. Comprendí entonces, que mi abuelo había asesinado a un inocente. Ese maldito era mi padre. Había violado a mi madre cuando aún era una niña inocente. La había desgraciado y también se lo hizo al resto de la familia. Ese malnacido me había cargado en sus brazos prácticamente desde que nací y nos engañó a todos. Sabrá Dios cuantas veces ese repugnante ser, había hecho lo mismo al quedarse solo con ella. Imaginé que cuando sacaba a mi abuela a asolearse, él la manoseaba sádicamente. Imaginé todas las cochinadas que le haría a mi madre, abusando de la confianza que toda la vida había puesto en él.
Me armé de un tubo que usaba para trancar la puerta por las noches, y no sé cuantos golpes le propiné. Sólo me detuve cuando contemplé una masa deforme y aquella gran cantidad de sangre mezclada con masa encefálica regada por doquier. De la impresión, mi pobre madre sufrió un severo fallo cardíaco que se la llevó de manera definitiva de este mundo. Desde ese día, aquí estoy, pudriéndome en vida en esta celda macabra a donde vine a parar, por el delito de homicidio agravado. Sé que para las leyes cometí un grave delito, pero estoy seguro de que hice lo que cualquier persona hubiese hecho, de lo cual nunca me arrepentiré.
UNA TRISTE HISTORIA
Doña Morela era una respetable anciana de piel tostada, andar lánguido y desmesuradamente callada. No recuerdo haberla visto sonreír desde que la conocí. Fue durante una álgida noche que recién comenzaba, allá en la serranía. Ella estaba ataviada de unos gruesísimos anteojos, un vestido sencillo de matices apagados y unas babuchas gráciles que le hacían más fáciles sus pasos que dirigía en todas direcciones, andando extensos caminos para tratar de solucionar algo que le tal vez le apremiaba. Durante varios días la había contemplado caminando, siempre mirando en la distancia. Iba y venía, perpetuamente llevando algún bolso en sus manos. Sus pasos ligeros y algo veloces para su edad, amén de aquella sempiterna mirada entristecida, llamaron poderosamente mi atención Era difícil no sentir verdadera pena al contemplar que aquella noble anciana que se denotaba extenuada, dado que sus respiraciones eran agitadas y el sudor ya mojaba sus ropas; anduviese haciendo aquellas largas caminatas y que nadie que pudiera llevarla en auto lo hiciera. Pasó a mi lado cierta tarde y noté esa agitación y esa transpiración tan notoria que me dejó consternado. Por ello, averigüé donde vivía y esa misma noche le hice una breve visita. Ella me atendió gustosa de hablar conmigo, según sus propias palabras.
Cuando le dije que era yo un novel médico que hacía escasos meses había llegado al pueblo a ejercer mi apostolado, como siento que significa mi profesión, ella comprendió que Dios me había puesto en su camino. Por fortuna, recibí desde un principio una muy buena educación. Mis padres ostentaron una acomodada posición económica, de tal manera que me recibí de médico en una de las mejores universidades de Europa. De haber querido, me hubiese quedado ejerciendo en el viejo continente, pero no me pareció, quise regresar a mi país y dar mis primeros pasos en las artes de Hipócrates en ese pintoresco pueblo; en las tierras que vieron nacer a mis antepasados.
De inmediato, dos tazas de tibio té fueron colocadas en una mesita que estaba justo en medio del recibidor. Acerqué sutilmente dicha mesita, cuidando de que no se derramara el contenido de ambas tazas, para que quedara a nuestro más entero alcance. Ella me miraba con ese aire de tristeza que aún hoy en día recuerdo con sobrada nostalgia. Se acercaba mucho a mí cuando escuchaba mi voz, supongo que era para poder escucharme adecuadamente, ya que ella misma decía que estaba afectada de una hipoacusia desde hacía ya unos años y habría que levantar el tono de la voz para que las palabras llegaran inteligibles a sus oídos. Cuando le conté que la había visto hacer unas largas caminatas y la había notado extenuada, con más nostalgia en su voz y en su estado de ánimo, me comentó que era por el estado de salud de su hija. Ella, la menor de sus tres hijos, la única hembra, había padecido hacía unos dos años aproximadamente; un ataque que le condujo a una severa hipoxia cerebral que la dejó, lo que de manera coloquial se le denomina, “muerta en vida”.
Me contó que sus nietos habían decidió internarla en una casa de cuidados, ya que les era difícil cuidarla, debido a sus ocupaciones laborales. En su opinión, no fue la mejor decisión, ya que tal vez por negligencia, cuidados inadecuados o sea lo que fuera que haya pasado, Ismenia, que era como se llamaba, dado su estado de postración; había sido víctima de severas ulceras por presión que deterioraron de manera exorbitante, su ya marchitada salud. Por esa razón, a ella no le quedó más alternativa que rescatarla de lo que sería irremisiblemente, un pase directo a una cruel muerte. Y así, de manera decidida, doña Morela viajó en busca de su hija y allí en su casa la tenía alojada, y con sobrada ternura y su gran amor, le ofrecía sus cuidados. Lamentablemente no bastaba con ternura y amor. Necesitaba, a mi entender, la aplicación de ingentes cuidados médicos especializados, ya que era alarmante el estado de salud de Ismenia.
Procedí a examinarla. Se trataba un cuadro deprimente. En una cama clínica reposaba un cuerpo enjuto y retorcido por severas atrofias. La boca lucía como sellada, el labio inferior cubría al superior y la cara excesivamente pálida, parecía una pequeña masa deforme. Eran sus ojos inmensos en relación a su rostro, parecía que se saldrían de sus órbitas en cualquier momento; para colmo, los movía en todas direcciones constantemente. Lo que más llamó mi atención fue una fetidez extrema, ya que por más que ella se esmeraba en brindarle todas las atenciones, no era suficiente. El olor nauseabundo manaba de sus infectadas ulceraciones. Además de ello, tenía adosado a su humanidad sendas sondas para lograr lo básico, una nasogástrica que facilitaba la ingesta de alimentos líquidos y la otra, la vesical que facilitaba por su parte, el vaciado de la vejiga urinaria. Las excretas intestinales supuse, serían retenidas por pañales o algo por el estilo. Me conmovió demasiado el cuadro dantesco que estaba presenciando. Me alarmé más cuando me contó que desde que había llegado hacía algunos meses, no le habían sido cambiadas dichas sondas. Supuse que tendría que estar presentando un severo cuadro infeccioso.
Por desgracia, lo que denotaba en ese instante era ínfimo comparado con lo que aún faltaba por explorar. Quise tomar una de sus manos entre las mías, era esa una forma sutil de comprobar su temperatura corporal. Apenas la toqué, aquella sufrida dama exteriorizó un horrendo alarido, aunque pareció más bien, el aullido de un lobo herido. Me sorprendió aquel lamento aterrador que Ismenia profirió al menor contacto. Al cabo de un rato, ya sobrepuesto, seguí explorando palmo a palmo aquel cuerpo deplorable. Al ubicarla con máxima dificultad en una posición que me permitiera examinar su espalda, horrorizado contemplé que parte de esa zona y los glúteos, estaban en carne viva, es decir, unas gigantescas ulceraciones habían carcomido casi la totalidad de las escuálidas carnes de ese pobre ser. Era terrible como lucía esa parte de su desgastada humanidad. Las ulceras estaban cubiertas por una gruesa capa de porquería, que había que retirar con urgencia.
Nunca había mirado, ni cuando realicé mis estudios, ni a esas alturas de mi ejercicio profesional, un cuadro de semejante magnitud. Convenimos en una rigurosa terapia con antibióticos y curaciones, amén de algunos cuidados paliativos que eran urgentes. Dicho eso, nos sentamos nuevamente a conversar. Ella parecía desahogarse conmigo, supuse que no conversaba de ello con nadie. Cuando ya me iba a retirar, prometiendo regresar bien temprano al día siguiente, sólo por curiosidad le pregunté por sus otros hijos. Al escuchar mi interrogante, dos tímidas lágrimas se deslizaron por aquel rostro marchito colmado de arrugas, y de manera casi imperceptible me dijo, “Hijo, le voy a contar una triste historia.”
Hacía muchísimo tiempo, doña Morela hubo contraído nupcias con un caballero que era muchísimo mayor que ella. Contaba ella apenas quince años y su consorte tenía casi cuarenta. Fue en los inicios del siglo, para esa época la mujer era relegada a las actividades domesticas, servir a su marido y criar a los hijos, ella no fue la excepción. Su primer hijo, Baldomero, llegó luego de tener ya dos años intentando procrear y cuando ya el marido estaba a punto de mandarla al carajo creyéndola machorra. Necesitó muchos frascos de un depurativo que su suegra le preparaba con aloe, brandi, nuez moscada, canela y otros ingredientes que escapaban a su memoria. El niño llegó para alegría de padres, abuelos y tíos, durante una madrugada lluviosa, allí mismo, en la casa; ayudada por una de las tantas mujeres que convivían amontonadas en aquel apartado lugar. Era una familia muy numerosa y excesivamente extensa. Vivían todos en aquella enorme casa antañona criando vacas y chivos, y sembrando de todo para dar de comer a ese batallón.
Cuando el muchachito tenía tres años, presentó súbitamente unas convulsiones que ningún m*****o de la familia, sobre todo los más viejos, habían visto jamás. El muchacho caía pesadamente sobre lo que fuera con una sacudida enorme, temblando a la vez que expulsaba mucha espuma por la boca y se mordía la lengua. Sus huesos tiritaban con esa agitación extrema. Debido a aquellos movimientos bruscos, recorría varios metros retorciéndose como una gallina mal matada, hasta que se iba calmando, quedando, luego de pasadas aquellas sacudidas, embotado y hablando incoherencias con aquel lenguaje escaso que a su edad ostentaba. Aquellas tormentosas sacudidas se repetían una y otra vez, en ocasiones varias veces al día. Lo llevaron a la ciudad y varios médicos lo trataron. Con los escasos medios diagnósticos de la época, determinaron que era epilepsia, severa afectación nerviosa que debía ser tratada cuanto antes.
Doña Morela se aferró a su fe en Dios y en todos aquellos seres míticos, cuyas figuras en diversos materiales y de gran tamaño, se perfilaban en un altar en el gran cuarto asignado a los “santos”. Hizo mil promesas. Ofreció su vida a cambio de la de su hijo. Pidió, de corazón, que Dios le enviara cualquier número de sufrimientos a ella, pero que su hijo se salvara. Comenzaron a cumplirle el tratamiento a Baldomero tan pronto le fue indicado, pero la enfermedad parecía ser inmune a cuanto anticonvulsivante existente en ese entonces se le administrara. Al cabo de unos meses, ya el muchacho padecía un letargo tan bárbaro que lucía como un pelele. Se salvó, pero a los pocos meses ya era un bobo irremediable, debido a que nunca cedieron del todo los cuadros convulsivos. Ameritaría un tratamiento de por vida para mantenerlos a raya.
Baldomero desde entonces, permaneció sentado en una sillita de madera rústica, babeando constantemente, embarrado en sus propios excrementos y orines, ajeno a este mundo. Su madre lo cuidaba en la medida en que sus muchísimas tareas domesticas se lo permitían. Cuando podía asearlo, ya llevaba mucho rato enfangado en su caca y de orines hasta el cuello. Gracias a las tantas insistencias de doña Morela, alegando entre otras cosas banales, el hecho de que quería atender a su hijo de una mejor manera, su marido compró una modesta casita y se mudaron de inmediato. Él se empleó en la compañía petrolera en la ciudad y ella, solícita, se dedicaba a su hijo por entero.
Doña Morela se pasaba el día haciendo cualquier cantidad de oficios. Remendaba todo lo que su marido estropeaba con sus rústicos procederes, lavaba mucha ropa mugrienta de grasas y otras suciedades y hacía mucha comida; ya que este llevaba las raciones que consumiría durante la semana ya preparadas por su mujer, alegando que era eso cosas de mujeres. Evidentemente como era muy usual, el caballero en cuestión, no sabía ni freír un huevo. Aunado a todos esos quehaceres, atendía a Baldomero que, ajeno a todo cuanto le rodeaba, se bamboleaba sin cansarse en todas direcciones, dejando bajo sí, un reguero de baba y de otras “cositas” malolientes, además de ello; balbuceando unos sonidos guturales que estaban bien lejos de llamarse palabras, ya que nunca más habló. Dos años después, la dama quedó nuevamente encinta. Ella hubiese querido no procrear más, debido a lo exigente que era el hecho de cuidar a Baldomero que exigía cuidados suyos permanentes; pero el marido quería varios hijos, y nunca escuchó razones por más lógicas que parecieran.
Rafael llegó un mes de enero, cuando la modorra de las fiestas de fin de año aún estaba presente. De inmediato dio una sorpresita. El niño venía con labio leporino y paladar hendido. La boca del muchacho era un verdadero desastre, no podía siquiera alimentarse adecuadamente, por lo que rabiaba de hambre de manera constante. Los primeros días le fue insertada una sonda para instilar mediante ella, la leche que su madre se ordeñaba. A los meses, fue trasladado a un sitio lejano y le reconstruyeron más o menos aquella boca amorfa. La cicatriz fue muy notoria, casi de inmediato, tan pronto la gente se dio cuenta de aquel defecto tan notorio, comenzaron a llamarle “chingo”. Así se quedó, “el chingo Fay”. Gagueaba de manera descomunal y casi no se le entendía nada. El chiquillo creció galvanizado de un intenso complejo de inferioridad, dado las permanentes burlas tanto de los otros niños, como también de los adultos. Nunca salía más que a lo necesario, por lo que fue casi que imposible su escolaridad.
Su padre dio una orden y el muchacho no tuvo más alternativa, que acudir a la escuela donde, callado y con la mano izquierda cubriendo su boca permanentemente, se aisló de todos. Y lo hizo hasta de lo que sus maestras trataban de enseñarle, ya que nunca pasó del primer escaño. Así las cosas, Rafael perdió la valiosa oportunidad de aprender más allá que a leer y escribir. Vencidos, sus padres optaron porque el muchacho primero, ayudara a su mamá en los oficios domésticos y luego, que aprendiera cualquier oficio para cooperar con el sustento de la casa. No hizo ni lo uno ni lo otro. Permanecía en cualquier sitio del interior de la casa, callado, aislado y tapándose la boca con lo que fuere.
Doña Morela se desesperaba con ambos muchachos. Baldomero quería comer continuamente, y sus berridos eran interminables cada vez que quería hacerlo. Mientras que Rafael se escondía tanto, que era todo lo contrario, nunca quería ingerir los alimentos y era un peregrinar lo que hacía su madre por toda la casa, plato en mano; tratando de encontrarlo para darle cucharada a cucharada, la comida. Eso era a diario, todos los días del mundo. A medida que fueron creciendo, la cosa se ponía peor. Baldomero aumentaba de peso a pasos agigantados y Rafael, las pocas veces que se le veía, lucía cada vez más enjuto. Ni que decir de las palizas que le daba su padre para obligarlo a salir siquiera a llevar sol. Nada de eso bastaba, llegó a padecer una decoloración tan intensa, que parecía más bien, un ser de ultratumba.
Años después, llegó su tercer hijo. Desde ya, ella decidió que no habría más descendencia por parte de ella. Y así fue. El temor de que otro desliz de la naturaleza se posesionara del siguiente muchacho le aterraba. Fue una niña, una preciosa niña, aparentemente normal. Los miedos de doña Morela no cesaron, hasta que la criatura superó los tres años y no presentó ningún vestigio de alguna enfermedad. Todo lo contrario, era una niña juguetona, alegre y formidablemente sana. Así las cosas, era ella, un aliciente a la ya sufrida vida de una madre. El padre también lo significaba, pero de fines de semana que era cuando se le veía con su familia. De resto, era el trabajo a lo único que se entregaba.
Así de manera parsimoniosa pasó el indetenible tiempo. La rutina de la familia era hiriente para la pobre doña Morela. Llegado como era el nuevo día, ya se dejaba caer pesadamente al piso Baldomero a berrear de hambre o de lo que fuera. Lo primero que hacía su madre, era limpiarle toda la caca con la que amanecía embadurnado hasta los ojos. Y era un esfuerzo extenuante, ya que su enorme peso difícilmente era dominado para llevarlo al baño y proceder a su aseo de todos los días. Ya en el baño, la barahúnda era mayúscula, se escuchaba en toda la cuadra. Ya los vecinos estaban acostumbrados a lo mismo todos los días. Ismenia se despertaba asustada cuando escuchaba la gritería que formaba su hermano mayor desde el baño, y las veces que sorprendía a Rafael en la puerta de la habitación, mirándola incrédulo con su maltrecho rostro y su palidez asombrosa; parecía un fantasma.
Cuando llegaron a la edad adulta los mayores, ya eran huérfanos de padre. Cierta mañana, antes de que aclarara bien el día, una noticia funesta había anunciado tan aciaga realidad. Se presentó a la casa un muchacho con un telegrama en la mano, tan pronto hubo despuntado el día. En el mismo, le anunciaban que tras caer de un elevado andamio, el caballero había perdido la vida. Doña Morela desde ese instante, a la vez que sufría el intenso dolor de la muerte de su marido, pensaba preocupada, a cerca de la manera como seguiría echando sus vidas adelante. Baldomero exigía cada vez más de atenciones, pero sobre todo, de más comida. Era excesivamente obeso, tragaba casi que a cada hora. Si no le daban de comer, se tiraba contra el piso infringiéndose golpes con lo que fuera. Y así como comía hacía todo lo contrario. El hedor de sus consecuencias constante e insuperable. El eterno traslado de aquel cuerpo enorme y fofo hasta el baño, era ya una tarea titánica. Únicamente se calmaba cuando, por las noches, caía dominado por el sueño. Sólo así podía descansar la pobre madre sufrida. Descansó hasta que Rafael comenzó a aventurarse a la calle.
Cuando salió por fin, el muchacho tenía veinte años. Lo primero que hizo, fue empinarse en una botella de aguardiente hasta quedar más borracho que una cuba. Así, después que se quedaba por fin dormido Baldomero, la pobre mujer, en lugar de reposar su extenuado organismo, se pegaba a la ventana y hasta que no llegaba Rafael, beodo hasta los tuétanos, no se iba a descansar. Eso hacía, después que lo limpiaba en el baño tal como lo hacía con su hermano mayor. Se evacuaba, se orinaba y se vomitaba de la borrachera. Y esa pestilencia era aún mayor, porque el aguardiente barato, aunado a las porquerías que comía en la calle, hacía aun más insoportable la hediondez de sus excretas.
Ese era el día a día. Por fortuna existía el aliciente que significaba Ismenia. Ya la niña se despuntaba en una bellísima mujer. Era preciosa la muchacha. Entre tantos sinsabores que sus hijos producían de manera permanente, su hija le brindaba una gran dosis de ternura, de calma y de inmenso amor; amén de que le ayudaba en sus eternos quehaceres con solícita dedicación. Además de eso, era una aventajada estudiante. Cuando cumplió veinte años Ismenia se enamoró, y no precisamente de un virtuoso. Todo el mundo en el pueblo conocía al tipejo aquel, que desde que apenas se asomaron los botones mamarios en ella, se dedicó a cortejarla de manera insistente. En vista de la ausencia por asuntos laborales y más adelante, por el fallecimiento de su padre; nadie se atrevía a darle un parado a esa actitud machista y sádica. Sin importarle las súplicas de su madre, Ismenia se “fugó” con su galán y se mudó a una ciudad distante, donde sin que su ella lo supiera, contrajo matrimonio; dedicándose a parir como una coneja de inmediato.
No se supo nada más de ella por unos años. Su madre, preocupada en extremo, indagó con varios familiares de Eugenio, su yerno, y nadie le dio una respuesta convincente. No había siquiera una dirección o un número telefónico. Tres años después, apareció en una visita fugaz con dos niños, hembra y varón; aferrados a su falda, y una barriga como de siete meses. Saludó mientras el marido la esperaba en la acera de enfrente. Miró a Baldomero, quien a esa hora ya estaba sentado donde siempre, en la esquina de la casa, mirando pasar a la gente que transitaba por la quieta calle y viendo pasar también al tiempo; perdido en su propio mundo. También contempló a Rafael, tirado en una hamaca en el corredor, durmiendo la borrachera a la que ya estaba habituado, víctima de los tentáculos de un alcoholismo prematuro.
Doña Morela apenas tuvo tiempo para saludar, acariciar y bendecir a sus dos primeros nietos. La pobre no estaba tranquila un sólo instante. Vigilaba que Baldomero no se parara de su silla y se le atravesara a algún carro como lo hacía en ocasiones, o que de repente tomara camino sin que nadie lo notara, y fuera encontrado después de una intensa búsqueda, extraviado y embarrado de todo cuanto expulsara de su organismo y de todo lo que se le pegara de medio ambiente. Estaba también, pendiente de Rafael que podía pararse, borracho aún, y como muchas veces ocurría, golpeara su testa contra lo que fuera. Ya tenía sendas cicatrices en la cabeza, de los trancazos que se daba al tropezar. No paraba nunca, y ese día no fue la excepción. Estando atendiendo a aquellos monigotes, se dirigía exhausta, entre una y otra actividad, hasta donde estaba su hija con sus nietos; con el fin de atenderlos y saber algo de lo que había vivido en su larga ausencia. En uno de esos retornos, no los consiguió en la sala, se habían marchado nuevamente y sin despedirse siquiera. Esa fue la primera de sus esporádicas visitas. Cada vez lo hacía con otro muchacho pegado a ella, y con otra barriga a cuesta.
El primer revés inquebrantable con sus hijos se presentó con Rafael. Ya siendo un empedernido bebedor, comenzó una mañana nefasta a vomitar y evacuar sangre rutilante. Fue llevado al hospital local de inmediato por la desesperada mujer, con Baldomero arrastrándose tras ellos. De allí fue remitido a la ciudad. Ella dejó a su hijo mayor con un alma caritativa que se ofreció a cuidarlo. Allá se diagnosticó algo trágico. Rafael padecía de de cirrosis hepática. Aunado a ello, los largos períodos de ayunos, el constante aguardiente que libaba y las porquerías que ingería de manera ocasional, le corroyeron la mucosa, tanto del estómago como del duodeno. A tal extremo, que el sangrado fue incontrolable y la vida se le escapó, conjuntamente con aquel manantial de sangre que expulsó incesante por la boca y por el recto. Nadie pudo hacer nada por evitar aquel tan fatídico final.
La muerte había tocado nuevamente a la puerta de su casa. La pobre mujer quedó devastada. Fue velado Rafael en la residencia de la familia. Siempre se acostumbraba así en esa época. En la pequeña sala de la casita, se aglomeró medio pueblo, el cual se turnaban para velar al cuerpo y dar el pésame a la madre del muerto. Ismenia no se presentó, y no era porque no se había enterado. Estaba casi por dar a luz y el viaje fue imposible. Doña Morela velaba a su hijo a la par que atendía a Baldomero. Cuando llegaba la pestilencia a las narices de todos, corría como un bólido y ya se le veía embadurnada también, adentrándose en el baño con aquel mastodonte a cuesta, para realizarle el respectivo aseo. Todos, sin excepción, se preguntaban de dónde sacaba la menuda mujer tantas fuerzas, para poder cargar semejante peso.
Cuando tuvo que trasladarse al cementerio para la cristiana sepultura de Rafael, doña Morela se vio en la imperiosa necesidad de dejar a Baldomero solo. Mientras inhumaban al desdichado hombre, su hermano fue víctima del miedo que le produjo su enclaustramiento momentáneo. Desató su ira con lo que encontró a su paso en la humilde vivienda, destrozando lo poco que allí había. Se cortó ambas manos con los vidrios de un espejo que despedazó de un puñetazo, se desguazó la cara con un objeto que cayó desde lo alto en donde estaba guardado y, para rematar, sufrió un enorme ataque convulsivo que lo dejó más atolondrado que nunca. Por poco no se ahogó en sus propias secreciones, sino hubiese sido por los agentes policiales que echaron la puerta abajo, a petición de una llamada anónima que acusaba aquel severo ruido, logrando salvar al pobre Baldomero.
La pobre doña Morela pasó cuatro días con sus noches velando sus sueños inducidos allá en el hospital local. El malogrado muchacho tuvo que dormir todo ese tiempo, dado las fuertes dosis de sedantes que se utilizó, para tratar de contrarrestar los demoníacos ataques convulsivos que parecían que iban a ser eternos. Cuando por fin pudo llevarse a su hijo a casa, pasó tres días enteros recogiendo el desastre provocado. Parecía que todo lo sucedido en la casa de aquella pobre mujer había sido consecuencias de un terremoto o de algo parecido. Tuvo que cocinar en casas ajenas, ya que no quedó nada en pié. Compraba lo poco que podía a diario, debido a que tampoco la neverita sobrevivió a la furia de Baldomero. Nunca más pudo reponer esas pérdidas materiales, debido a que la paupérrima pensión que recibía del Estado, apenas le alcanzaba para dar de comer a su eternamente hambriento hijo, y para ella que comía como un pajarito las pocas veces que le alcanzaba el tiempo para ello.
Años más tarde, cuando ya Ismenia tenía ocho muchachos, visitó a su madre sin anuncio alguno. Al llegar con su muchachera, algunos ya adultos y a su vez con sus hijos a cuesta, lo primero que vio fue a Baldomero en la esquina de siempre, sobre la desgastada silla de siempre, babeando y balbuceando aquello que nadie entendía, hundido en la nada, pensando en nada; como siempre. Encontró a su madre envejecida en extremo y alarmantemente delgada. Ella no se quedaba atrás, su marido la había abandonado por una mujer joven y bonita. La dejó en la calle literalmente. En vista de que no encontró lo que esperaba encontrar para refugiar a su tropa, se largó a las dos horas y no se supo más de ella hasta que Rubén, su nieto mayor, tocó desesperado a su puerta, una noche estrellada de diciembre.
De manera breve, le explicó a su abuela la tragedia que había sucedido con Ismenia. Debido a la precariedad donde habitaban aglomerados, ella enfermó. En unos de sus eternos chequeos en el hospital de la localidad, tuvo de trasladarse, así sintiéndose mal en extremo, sola, debido a que uno de sus hijos, a quien ella pidió el favor de acompañarla; sencillamente se negó a hacerlo. La encontraron tirada en el baño del nosocomio, nadie sabe cuánto tiempo después de algún desvanecimiento o lo que hubiese sido lo que le sucedió. La llevaron con la urgencia del caso a la sala de emergencia, y de allí a la sala de cuidados intensivos donde se determinó lastimosamente, la muerte cerebral de la pobre y marchita mujer.
Sus hijos, a pesar de ser muchos, no podían atender a su madre debido a que, según alegaron todos al unísono, tenían sus respectivas ocupaciones que atender. El menor de ellos se largó con el papá, quien disfrutaba de una acomodada posición económica. Lo más salomónico que se les ocurrió, fue llevar aquel cuerpo medio muerto a un hospicio para ancianos, donde la abandonaron a su suerte y nunca más volvieron a visitarla, ni a cancelar la cantidad módica que les era exigida para gastos menores. Hasta que la autoridad los hizo enfrentar la realidad que representaba el estado lastimoso que presentaba Ismenia. Se estaba prácticamente descomponiendo en vida. Su espalda, sus glúteos y sus talones, estaban destrozados y hediondos debido al extenso abandono por una parte, y las inadecuadas atenciones por otra parte, lo que la hizo víctima de la presión que su propio peso hacía sobre su riego sanguíneo, formando aquellas malignas úlceras por decúbito que la devoraban “viva”.
Doña Morela dejó a Rubén a cargo de su tío mientras ella, sacando dinero de donde no lo tenía, se marchaba ipso facto a buscar a su hija y atenderla adecuadamente. Y allí estaba, esa vez secundada por su nieto, atendiendo a aquel cuerpo que estaba más muerto que vivo. Ella misma buscaba afanosamente el material necesario para llevar a cabo aquella colosal faena. A diario, con sus pasos lentos y cansados, se dirigía a la farmacia a comprar desinfectantes, pastillas diversas, linimentos, en fin; todo lo que ella de manera empírica creía que debería usar, ya que su poder adquisitivo, limitado en extremo, no permitía una atención especializada.