UNA TRISTE HISTORIA (continuación)

706 Palabras
            En el hospital solicitaba la colaboración para la esterilización de las gasas y los guantes que usaba, para las rudimentarias curaciones que entre ella y Rubén llevaban a cabo. En casi todas las ocasiones la trataban con desprecio. Unas negándole la colaboración, otras, haciéndola esperar demasiado tiempo. Ella, llorando de desespero e impotencia, de rodillas, suplicaba por aquella insustituible ayuda. Hasta que Lila, una valerosa y altruista enfermera, se ofreció a esterilizar todo lo que necesitara. Fue ella quien me habló de las penurias de doña Morela y desde ese momento, me encargué de seguir sus pasos, notando que iba y venía en todas direcciones tocando puertas para ofrecerse a lavar, planchar, limpiar; o lo que fuere, con tal de reunir el dinero requerido para poder mantener viva a su hija. Le ofrecí mi ayuda incondicional desde entonces.           Su triste historia me la contó a cuentagotas. Cada día me contaba un poco de aquella azarosa vida de martirios y sinsabores. Era interrumpida por los lastimeros lamentos de Ismenia y por las demandas incansables de Baldomero. Afortunadamente Rubén, a tiempo en su arrepentimiento, ayudaba a su abuela en lo que podía en la atención de su madre. Por las noches expendía comida rápida que preparaba genialmente y gracias a ello, tenía una ejemplar clientela que acudía insaciable día a día a degustar aquellas hamburguesas sin paragón, los “perros calientes” y todas las demás delicias que, con sobrada dedicación, preparaba. Ayudaba económicamente a su abuela, a su madre y a su tío. Tenía hasta novia Rubén. Dios recompensa el esfuerzo.          Por desgracia, a pesar de mi dedicación a coadyuvar al cuidado de Ismenia, a la permanente terapéutica antibacteriana, a las curas diarias, cambios de sondas, entre otras atenciones, ella no mejoraba. Las ulceraciones se expandieron con el tiempo. Al cabo de unos meses, ya el desenlace era inevitable. Una septicemia se apoderó de ella con la consiguiente falla multisistémica. Dejó abruptamente de producir orina. Su cuerpo de hinchó de una manera descomunal y supuraba un líquido hediondo por las escaras. Cuando llegué aquella mañana, me encontré un cuadro dantesco. Doña Morela rezaba a grandes gritos, de rodillas frente a su hija. Elevaba cánticos diversos al creador, rosario en mano. Su nieto lloraba en un rincón de la recámara y Baldomero seguía perdido como siempre, ajeno a todo. Ismenia era rodeada por una enorme cantidad de cirios encendidos de diversos colores. Estaba siendo velada en vida. De vez en cuando, emitía un lastimero quejido como los balidos de una oveja degollada. Ese cuadro deprimente me conmovió demasiado.           Doña Morela le pedía con insistencia a Dios, que por favor se llevara de una vez a su hija y le quitara ese enorme sufrimiento al que llevaba sometida todos estos años. Ismenia falleció a las cuatro de la tarde de ese triste día. De inmediato, tras certificar su deceso, doña Morela elevó su agradecimiento al señor por el favor concedido. Fueron demasiado tristes los momentos que se suscitaron posteriormente. Llegó mucha gente de todo el pueblo y hasta de sitios remotos. En todos lados se supo el padecimiento de esa pobre mujer y la dedicación de su madre. Hasta a mí me daban las palabras de condolencias, sabiendo la ayuda desinteresada que ofrecí a esa familia aquejada de aquella descomunal congoja.           Luego de la muerte de la sufrida Ismenia, fue un suplicio lo sucedido con la pobre anciana. Ya se sentía cansada de aquella vida dedicada al sufrimiento. Tal como le solicitó a Dios, que todos los sufrimientos fuesen para ella en lugar que para su hijo, en la oportunidad cuando comenzó a padecer aquellas convulsiones que lo sacaron para siempre de toda realidad; pedía ahora que le enviara la muerte primero a Baldomero que a ella. Ya doña Morela estaba ataviada de muchos años y de un cansancio poderoso acumulado durante la totalidad de su existencia. Rubén se marchó a formar su propia familia. La viejecita se encerró con Baldomero. Nunca más se alimentaron y Dios se los llevó a ambos. Los encontró un vecino que forzó la puerta, alertado por un olor nauseabundo que se sentía cada día más intenso. Recuerdo que me hubo comentado aterrada, que le daba mucho miedo morirse y dejar solo a Baldomero.  
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