EL MATADERO

4879 Palabras
            Pancho era un chico muy simpático, nacido de una familia humilde y de campo, compuesta por sus padres y sus ocho hermanos. Desde niño siempre fue muy debilucho y enfermizo, a tal extremo, que antes de los diez años ya le había dado tifus, lechinas, paperas, sarampión y todas aquellas porquerías eruptivas o no, que les daban a los muchachos antes de que llegaran las benditas inmunizaciones. Era así pues, un muchacho tímido, poco agraciado y sobre todo, esquelético; dado a que poco se ejercitaba con algún juego, sino que se pasaba casi todo el día con un libro a cuesta, leyendo sin parar mientras hubiese luz, y si no la había, se ayudaba con algún cirio que encendía donde fuera que no molestara a nadie.           Afortunadamente su padre se partía el lomo de sol a sol como labriego, para que su familia no pasara penurias y asistieran los muchachos a la escuela. En aquella humilde morada nunca faltaban los ahorros, de esa manera, al notarlo tan mojigato, “Lencha”, su madre; podía comprar los libros que a él tanto le gustaban. Todos los muchachos fueron a la escuela, pero de la educación primaria no pasaron, ya que lo que había en el pueblo no daba para más. Luego de ello, se irían al campo a trabajar para ayudar a su padre en tan exigente trabajo, que dejaba demasiado sacrificio y pocas satisfacciones. De todos modos, comida nunca les faltó y libros para Pancho.           Desde muy temprana edad, la madre de Pancho notó que su muchachito tenía algo especial. En ese entonces no sabía si era dos virtudes o dos defectos, eso lo determinaría unos años más adelante, lo cierto era que había en su muchacho, dos particularidades que lo hacían distinto a sus hermanos y en general; a todos los que vivían por esos parajes. La peculiaridad que más sorprendió a su madre siendo aún muy niño, fue el hecho de que manejaba el clima a su entero antojo. Al principio, ella pensó que era un simple juego de un niño fantasioso, tal como siempre lo había sido, paro al observarlo detenidamente, se percató de que el asunto no era como ella lo pensaba. La verdad lo descubrió una mañana que recién se estrenaba. El muchacho  no quería ese día, no sabía ella por qué causa, ir al colegio, así que no lo pensó dos veces.           Sin percatarse de que su madre lo estaba observando, Pancho miró al cielo detenidamente, como quien espera un milagro, y con un chasquido de sus dedos pulgar y medio, le dio una orden al tiempo, pues quería que comenzara a llover. De inmediato calló una lluvia que al principio era muy tenue, pero que luego fue creciendo hasta convertirse en una pequeña tormenta que duró dos horas o algo más, y que obligó a todo el mundo a resguardarse en sus casas. Evidentemente que ni él ni nadie fueron al colegio ni a ninguna otra parte ese día, por lo anegado que habían quedado los caminos. La madre lo miró incrédula, pero en un primer momento pensó que era una mera coincidencia y de allí no pasó; aunque se extrañó que, sin haber una pizca de señal de mal tiempo, hubiese caído tremendo aguacero. Así y todo, le resto importancia al hecho.           Lo otro que podía hacer aquel chicuelo, era leer la mente de los animales y comunicarse con ellos. Usaba una especie de telepatía para la comunicación con ellos. Lo descubrió una mañana bien temprano, cuando al apearse de su chinchorro, sin querer pisó la cola de Zapirón, el gato. Este lanzó un maullido tan intenso, que terminó por despabilarlo. De inmediato sintió mucha pena por el animalito, que ya se había alejado como un bólido y lo miraba asustado desde lejos. Pancho también lo miró y con un gesto le conminó a acercarse. El pobre gato, asustado aún como estaba, no se decidía. Sólo movía la cabeza como expresando una duda de si ir hacia él o no. Pancho, con el poder telepático que estaba recién descubriendo, le ofreció disculpas y le prometió una exquisita taza de leche. El animalito, que aún no completaba su cabal desarrollo, asintió con otro movimiento de su cabeza y en ese instante corrió hacia su desde entonces, inseparable amigo y retozaron intensamente un buen rato en la hamaca.           A Pancho no le pareció gran cosa lo que podía hacer. Pensó que como él, podría hacerlo cualquiera que se lo propusiera. Y así, cuando iba a salir a cualquier lado y notaba al ardiente sol, miraba al cielo y chasqueando sus dedos, solicitaba a una nube que lo ocultara momentáneamente para que sus rayos no le molestasen. En ocasiones, cuando sentía mucho frío por las noches, se asomaba a la ventana y, haciendo su acostumbrado sonido con sus dedos, de pronto una calidez tenue lo abrazaba todo. De esa manera dormía plácidamente, sintiendo que era fácil pedir un favor a la naturaleza. Cuando por el contrario hacía demasiado calor, con una petición similar, dejaba de hacerlo, y ya pronto una agradable brisa gélida lo abrazaba todo a su alrededor.           Cierto día, como otras tantas veces, Pancho amaneció con mucha fiebre. Sentía un malestar generalizado que le hacía sentir como si hubiese recibido una gran golpiza, ya que le dolían todos los músculos y también las articulaciones. Se quejaba como un condenado. Lencha, acostumbrada ya a esos pesares del muchacho, le dio a tomar un jarabe que era terrible al paladar. Prometió preparar para mitigar su malestar, un exquisito caldo de pollo. Cuando escuchó esto, Pancho se levantó de inmediato y miró que su madre iba directo al gallinero. No había pasado mucho tiempo, cuando allá venía con un pollo en su haber. El animalito miró a Pancho aterrado. Este a su vez lo miró con un dejo de tristeza. El pollo le suplicó por su vida con aquella mirada lastimera. Pancho imploró a su madre que no matase al ave, que quería, para que se le mejorara el cuerpo, un caldo de vegetales que tenía ganas de ingerir desde hacía días. La mujer confundida, dejó en libertad al pollo y este, mientras corría veloz, miraba agradecido a su benefactor. Luego de que tomó aquella exquisita sopa, se sintió revivir Pancho, pero más lo sintió el pollo. Pronto se inició una loable amistad entre Pancho y los animales.           Desde que descubrió, con asombro, su facilidad de entendimiento con la naturaleza y siendo aún muy joven, al chico le pareció divertido jugar con ello. En una ocasión, luego de ver una bella película, hizo que en pleno verano nevara, tal como había sucedido en el fantasioso film. La gente se horrorizó, ya que nunca se había presentado ese fenómeno en un sitio tropical como aquel; pero aún así, a Pancho le pareció lo más natural del mundo. En virtud del asombro de hasta los animales, la nevada duró poco, tuvo algo de temor Pancho ante sus poderes. De todos modos, el jovencito se sintió muy agradable cuando los suaves copos de nieve se derretían en sus manos. Sintió un pacer indescriptible, al palpar que la naturaleza era tan benévola consigo, al regalarle lo agradable de aquella espectacular nevada que, desde que la miró en la fantasía de una obra cinematográfica antigua, quiso experimentar. No había medido, en su inocencia, el desmedido poder que tenía.           Pancho amaba mucho a su familia y obedecía a sus padres como todo buen chico debe hacerlo. Su mamá se esmeraba para que su familia se sintiera a plenitud, en un hogar que entre ella y Jaime, su esposo, habían levantado a fuerza de sacrificio. El padre de familia, apenas llegaba el alba, se adentraba en el campo a trabajar. Tenía sus animalitos, unas cuantas vacas con un toro de una estampa envidiable. Poseía también unas ovejas, algunos cerdos y dos caballos que lo ayudaban en sus labores. Ostentaba igualmente, dos mulas con las que se valía para el arado, además de la gran cantidad de aves de corral que pernoctaban en los corrales.           Era un trabajo muy exigente el de aquel noble caballero, porque nadie dijo que hacer producir la tierra y los animales era fácil, y él lo sabía muy bien. Mirando lo sacrificado del trabajo de su padre, Pancho acordó una tarde con las vacas y las ovejas, que ellas se esforzarían por producir más leche, a cambio de mejoras en sus condiciones de vida. Tomaban mucha agua desde entonces, escogían los mejores brotes en los potreros que estaban a su entera disposición, hacían esos valerosos animales lo necesario y hasta más, para elevar la producción láctea y en poco tiempo; la misma se hubo duplicado para beneplácito de Jaime, quien no salía de su asombro.           Por otra parte, hizo una apuesta con las gallinas y ellas aceptaron. La que pusiera más huevos sería la campeona. Las retó con ese poder mental convincente que poseía. Ellas aceptaron gustosas y, aunque nadie lo podía creer, pasaban todo el día poniendo huevos, cada hora uno. No bastaba el extremado esfuerzo de toda la familia, para recoger aquella enorme cantidad de huevos, por lo que prácticamente todo el pueblo ayudaba en aquella asombrosa fecundidad avícola. Con todo el revuelo de cacareos, y la enorme cantidad de plumas volando en todas direcciones, las gallinas perdieron la cuenta de la cantidad de huevos que habían puesto esa semana y nunca se supo cual fue la ganadora. Acordaron que serían campeonas todas. Así sucedía semana tras semana.           A pesar de haber obsequiado gran cantidad de sus productos a las numerosas familias que habían cooperado en aquel arduo trabajo, Jaime se hizo de muy buenas ganancias, vendiendo aquella formidable cuantía de huevos y de quesos, que sus animales produjeron y todo con la inigualable ayuda de Pancho; con su gran poder sobre los animales. Por otro lado, luego de una extensa jornada de siembra, el fenomenal muchacho planificó unas lluvias para el riego. Que fuesen abundantes, pero que a su vez no dañaran los cultivos. Que el sol no se ensañara mucho, que no hiciera tanto frío ni tanto calor. En fin, todo salió a pedir de boca, aun, cuando Pancho hubo extendido el dominio de su poder inusitado hasta las plantas. Entre él y ellas acordaron igualmente que producirían lo mejor de lo mejor. En efecto así fue, en esa nueva zafra, se cosechó diez veces más de lo ordinario. Ya pronto la familia vivía acomodada. En unos pocos años Jaime era un floreciente hacendado, muy querido y también muy envidiado en la región. En aquellos parajes donde no sospechaban siquiera, los extraordinarios poderes de Pancho.           De esa apacible forma pasó el joven Francisco su infancia y su adolescencia. Además de devorar con acuciosidad cuanto libro llegase a sus manos, la pasaba exquisito, haciendo que la naturaleza se doblegara ante él. Llovía o dejaba de hacerlo a su entera disposición. Soplaba el viento o dejaba de hacerlo, solo con un deseo del joven. El ganado y las plantas obedecían de inmediato a sus mandatos. Era un enorme poder, que con el paso del tiempo, podría escaparse de sus manos sino medía el alcance que llegaría tener con los mismos y sus consecuencias.           En cierta oportunidad, cuando se suscitó la acostumbrada carrera anual de caballos de la zona, la noche anterior el muchacho se hubo dirigido a las caballerizas y, estando ya en ella, se acercó despacio y sin que nadie se percatara, hasta el potro que habían seleccionado para tal fin y que estaba siendo preparado rigurosamente desde hacía mucho tiempo; por un experto que había contratado Jaime para tan apremiante competencia. No había premio en metálico, era solo el honor lo que estaba en juego. Con una mirada amenazante, Pancho conminó al corcel a ganar la carrera so pena de someterlo a un tormentoso castigo en caso contrario. El potro se esforzó tanto, que cayó reventado mucho antes de la meta. Sintió mucha lástima Pancho, pero apreció muy bien aquel desmedido esfuerzo del potro ya que sin chistar, le había obedecido tal como le obedecían todos. Fue ese, el inicio de una hecatombe.           Una aciaga mañana que recién había llegado, llevó la tragedia a la familia. Jaime recorría plácidamente, montado sobre su alazán, la inmensa posesión que ostentaba, mientras iba rumbo al matadero que había instalado en sus predios. Repentinamente, una serpiente asustó al caballo, haciendo que el mismo se desbocara. Jaime trató de contener al asustado animal, pero todos sus esfuerzos fueron fallidos, saliendo expelido de manera abrupta. Su cabeza fue a parar contra una enorme roca, quedando muerto en el sitio. Nadie se percató del suceso, sino cuando pasadas las horas, el animal llegó a los alrededores de la casa sin su jinete. Lo buscaron por doquier sin éxito, hasta que Francisco le ordenó al animal que lo llevara hasta donde de seguro tendría que estar su padre. El caballo de inmediato le obedeció y, tras una agotadora carrera, se detuvo justo donde estaba exánime el cuerpo de Jaime.           Eso fue el detonante de la animadversión que desde entonces sintió Pancho por todos los animales. Buscó una escopeta y, ante el asombro de todos, descerrajó un certero disparo al caballo, matándolo en el acto. Sin decir palabra alguna, giró sobre sus talones y antes de entrar a la casa, viró la mirada al cielo y con el característico chasquido de sus dedos, pidió mucha agua. En efecto, llovió durante una semana entera. El agua anegó todo a su paso. Ahogó sembradíos, empantanó esperanzas, inundó muchas vidas.           Cuando le dio su regalada gana, Pancho se paró junto a la puerta y ¡zas!, con otro chasquido, se detuvo el diluvio aquel, dando paso a un sol tan radiante como nunca se había sentido. El agua desocupó el lugar de una manera asombrosa. Era como si la tierra la hubiese tomado toda de un solo trago. Luego de ello, se pudo observar con sobrado estupor, aquel estropicio de gran magnitud. Animales ahogados, cultivos perdidos en su totalidad. Aquel tremendo lodazal, de inmediato dejó de serlo debido a la orden dada por Pancho a los rayos del sol, de que endureciera el suelo y le permitiera caminar por él.           Aún después de muertos, los animales obedecían a los pensamientos del otrora tipo bucólico, convertido entonces en un ser ominoso, de magnitudes insospechadas. Todos aquellos seres que habían perecidos ahogados bajo las desenfrenadas aguas que llegaron con la inundación, se dirigieron autómatas, uno tras otro, hasta un desfiladero haciendo un macabro espectáculo de carnes descompuestas, tripas sueltas y excrementos salidos al momento de caer uno sobre otro hasta que, luego de haber completado la dantesca escena; Pancho les prendió fuego para evitar así, que aquellas pestilencias siguieran ofendiendo sus narices.           Nunca quiso aquel personaje cruel en que se había convertido, tras el deceso del ser que aparte de amar intensamente, admiraba con fervor; creer que lo ocurrido no había sido más que un suceso casual. Lo ocurrido en realidad fue que la serpiente reptaba en busca de alimento como lo hacen todas. El caballo la visualizó y del susto se desbocó. Ninguno de esos animales hizo más que lo que el instinto les dicta a todos ellos. Fue la supervivencia la que les dictaminó, como siempre lo ha hecho y como siempre lo hará, sus pasos en la vida. Jaime hubo comprendido lo que sucedía con el horrorizado animal, por lo que trató de calmarlo; pero el miedo instintivo al reptil ponzoñoso no escuchó razones y fue inevitable el desenlace. No se hubiese tratado de una caída mortal, a no ser porque estaba la gran roca en el camino y, como cosas del destino, precisamente en ella fue a parar su cabeza, ocasionando una inmensa fractura que resultó mortal; dado que su masa encefálica destrozada, salió bruscamente desde el interior de la cavidad craneal.              Pancho se había cerrado de manera permanente al raciocinio, jurando que vengaría la muerte de su padre. El arsenal que usaría para tal fin, sería la facilidad de entendimiento sobrenatural con la que había nacido. La naturaleza, pero sobre todo el reino animal, era responsable de que su héroe de toda la vida ya no estuviese presente. Achacó a la serpiente, su atrevimiento; y al caballo su cobardía. Los consideró, y nadie pudo sacarlo de su error, los únicos causantes de su gran desgracia. Juró venganza y vaya que la tendría. Y no era que podía relacionarse con la naturaleza nada más, era algo que iba más allá. Descubrió a destiempo quizá, que la influencia que tenía sobre ella era preponderante. Solo bastaba un deseo suyo, y en el acto era obedecido por el clima, por los movimientos de la luna, la rotación y traslación de la tierra, y sabrá Dios que otras cosas. Además de ello, los animales, a quienes entonces consideraba seres inferiores, le obedecían sin otra alternativa. Era un embrujo, se trataba de un horrendo encanto con el que buscaba venganza, con el que quería drenar el odio que le había envenenado, sin duda alguna, su alma, la que una vez había sido resplandeciente.           A partir de ese momento, todo el mundo le tuvo temor. No había ser que se situara sobre sí. Ni la madre, ni los hermanos ni nadie, le hacían denotar al menos, una sonrisa. Llegaba a su casa con una mirada altiva y también, con un gesto que despreciaba lo banal que contemplaba a su alrededor. Quería que todo se subyugara ante él, que se hiciera realidad la sempiterna utopía de la prosternación que debería realizar la naturaleza ante el poder del hombre. De esa forma, encerrado en su mutismo supremo, decidió que las fuerzas se situarían a su favor y procedió. Se hizo de mucho dinero con las ganancias que recibía, de aquella fortaleza que hubo refundado de las cenizas que habían quedado, después de la inundación suprema. Había hecho prácticamente una mina de oro con su enorme poder, de lo que alguna vez fue la modesta obra de su padre.           Poseía un rebaño inigualable que cada vez producían más leche por órdenes suyas, por lo tanto, daban excelentes dividendos, tanto la leche como tal, así como sus derivados; excelentes quesos que no tenían rivales. Debido a su enorme poder, la naturaleza lo complacía en demasía. Tenía un enorme viñedo, algo sumamente extraño en ese lugar del planeta, razón por la cual, ostentaba una de las bodegas más importantes de esa parte del mundo. También poseía cosechas de manzanas, peras y hasta de trigo. Todos se preguntaban cómo era posible eso. Por otra parte, tratando en sus restaurantes de complacer culturas ajenas, las cuales exigían carnes gráciles y exquisitas, que provinieran de seres recién nacidos; en sus cartas, los ofrecía como exquisiteces supremas, por ello; sacrificaban a los becerros y corderos apenas emergían de sus madres, para complacer aquellos paladares exquisitos.           Mientras tanto la vida continuaba. Temblaban las plantas quienes cedían ante su voz de mando. Sus deseos eran una orden y había que obedecerle, nadie sabía por qué. Obedecía el tiempo, y llovía o dejaba de llover sólo porque le daba la gana a Pancho. Las lombrices hacían laberintos subterráneos a más no poder, para fertilizar los suelos por órdenes de él. Era forzada la polinización y las abejas trabajaban más de la cuenta. Los tomates eran más apetecibles. Las lechugas, acelgas, coles, frutas y demás; eran distintos en tamaños y calidad, debido al embrujo de sus palabras. Se doblegaba así, la naturaleza ante él. Era el sueño de todo mortal.           Por ello era inmensamente rico y feliz. En ocasiones, si estaba de buen humor, solicitaba lluvia para bañarse nada más. En pleno verano, por simple vanidad, solicitaba una extensión de la intensidad del sol. Pasaban hasta dos años de suprema sequedad en aquellos parajes, con sus terribles consecuencias. No le importaba las secuelas de sus actos, total, llovía y se producía de todo en grandes cantidades en los espacios y en los momentos decididos por él; era eso lo único que le importaba. En ocasiones, solo por diversión, hacía ocultarse el sol y que apareciera la luna o todo lo contrario, que en pleno conticinio solitario y romántico, irrumpiera el sol de manera sorpresiva. Las consecuencias eran devastadoras. Hasta hubo un tiempo en que las olas se daban de manera invertida, y las mareas dejaban de serlo para terror de la luna.           Pronto se cansó de manejar la voluntad de aquellos seres inferiores. Dedujo, de manera maligna, que si la serpiente que se arrastra y el caballo que lleva a la gente sobre su lomo, mataron a su adorado padre; si existían era porque estaban vivos. Quería exterminarlos, pero que no fuere muy fácil para ellos. Los animales eran los únicos culpables, las plantas sólo se dejaban comer, ya que no podían evitarlo por más espinas inmensas que tuviesen, pensaba aquel ser demoníaco. Se prometió hacerlos sufrir, y vaya de qué modo. Recordó Pancho cuando era niño y los brazos de una fiebre sin paragón lo abrazaban hasta ahogarle sin remedio alguno, que en esa ocasión un pollo, mediante solo una mirada; le pidió ayuda y él intercedió ante su madre para que le perdonara la vida. De esa manera, pensó Pancho, se había iniciado una epopeya altruista, que por obra de la divinidad, fulguraba para preservar lo muy estimado, la vida. Y era precisamente en ese instante de la vida animal, cuando eran llevados al sacrificio, cuando desataría su venganza, por lo que no visualizó mejor sitio para tal propósito que el matadero; aquel sitio aterrador que siempre lo mantuvo alejado, por su permanente olor a sangre y a muerte.           Existía un elemento fascinante, el matadero, aquel elemento propicio para procurar lo que ciertos animales, no desean ni desearan jamás. El mismo estaba situado sobre una loma contigua a la propiedad. Dirigió sus pasos hacia allá sin ninguna visualización de prisa. Pernoctaban en ese lúgubre lugar, los animales cuyos sino ya estaban sellados con los oscuros abrazos de una muerte que se les acercaba de manera irremediable. Estaban en espera de su turno para ser sacrificadas varias vacas, dos toros y cinco ovejas. Parecían ajenos a lo que les esperaba, más, el extremo temor que sentían las hacía ver calmados a los ojos de cualquier humano, pero no para los de Pancho. Era que no sabían más que hacer, como no fuera aguardar sin otra alternativa, el turno aciago que se les avecinaba. Al ver a Pancho, un destello de esperanza se dibujó en sus rostros y sus ojos brillaron como nunca; creyendo que seguía siendo él, el protector que se comunicaba con ellos con su pensamiento y así, esperanzados como eran, esperaban que los liberara para seguir pastando sin preocupación alguna.           Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya no era el mismo Pancho de siempre; era ahora un ser inoculado por el odio, quien se presentaba ante ellos. Ahora no sólo mentalmente se podía comunicar con ellos, ahora doblegaría sus deseos, sus vidas y haría obedecerles sin oposición alguna. Y lo hizo inminentemente, les ordenó que se colocaran en fila. Lo hicieron. Se acercó sigiloso y aquellos seres inocentes, miraban aterrados cuando, llevando en su poder una guadaña, descargaba sobre cada uno un certero golpe, pero no en sus cuellos, como era usual para que la muerte llegara rauda; el ataque se producía en sus miembros. Primero las patas traseras de cada uno, los lamentos no se hacían esperar y pesadamente caían hacia adelante en un movimiento oscilante, mientras la sangre escapaba a grandes pasos de sus cuerpos mutilados. Luego hacía lo propio con las patas delanteras y los animales temblaban de dolor y desespero. Así, parsimonioso, pasaba al lado de cada uno de ellos abriendo sus barrigas y sacando las vísceras hasta que, sin prisa, la muerte se posesionaba de ellos.           Francisco guió sus pasos hacia el exterior, embargado de una quietud suprema y de un gran rastro de sangre adherido a su cuerpo. En su rostro una sonrisa se dibujaba complaciente. El desquite llegaba de una manera grandiosa, según él. Los primeros en pagar un pecado inexistente, fueron los pobres animales que ya habían sido destinados a entregar sus vidas, aunque no de la manera como ocurrió. Sintió Pancho que aquello apenas comenzaba. Quería más venganza, más. Necesitaba desatar su rabia, su odio y todos aquellos sentimientos funestos que habían llegado a su vida, tras la muerte accidental de su padre.            Dirigió sus pasos entonces hacia el cobertizo donde pernoctaban los cerdos. Mientras lo hacía, el sol calentaba sin piedad alguna. Miró hacia el firmamento y tras un ligero chasquido de sus dedos, una gran nube evitó que aquellos quemantes abrazos del astro rey lo tocasen. Entró a aquel sitio y de inmediato, un olor característico llegó a sus narices. El gran barullo de esos animales se posesionaba de todo aquello. Al sentir la presencia del hombre, se hizo un silencio absoluto y todas las miradas se dirigieron hacia Pancho. Los animales lo contemplaron con inmensa admiración, pero él no les dirigió un saludo tierno como de costumbre. Lo que si obtuvieron fue, una ráfaga de desprecio que se hizo sentir en una mirada que ofreció para ellos Pancho, al ubicarse en un sitio alto desde donde podía contemplar al gran grupo. Llenos de curiosidad le miraron salir.             No había pasado una hora cuando Pancho regresó. Esa vez se hizo presente con un enorme recipiente contentivo de algo desconocido para los animales; era gasolina, mucha gasolina. La vertió en todo aquel sitio y los animales, huyendo del fuerte olor del combustible, se dirigían en todas direcciones provocando un tropel sin paragón, tratando de resguardarse, sin éxito; ya que el líquido se posesionaba de la totalidad del local. Acto seguido, salió de aquel sitio que tras de sí, se convertía en un verdadero infierno. El sufrimiento fue incomparable. El olor a carne chamuscada se plegó en el ambiente, después de que se acallaron los horrorosos quejidos de los cerdos al quemarse vivos.           Se colmó el ambiente de una complacida carcajada, al sentir que su venganza poco  a poco era consumada. Siguió su camino mientras se terminaba de consumir por las llamas, lo que una vez fue un prospero criadero de cerdos. Al pasar frente al corral de las aves, hizo lo propio. En un santiamén las llamas lo devoraron todo. Sentía un funesto placer, pérfido por demás, al escuchar horripilantes sonidos de los animales que eran sacrificados de una manera tal cruel, sólo para satisfacer una tonta venganza; la cual no tenía sentido de existir. Repitió la misma operación, esa vez en las caballerizas. Los desesperados alazanes no daban crédito a lo que sucedía a su alrededor. De pronto, una enorme bola de fuego comenzó a cubrirlos de uno a uno, en su propio encierro. Sentían los corceles, que estaban en el centro mismo del infierno. Sus relinchos inundaron todo el sitio, mientras morían terriblemente quemados.           Pancho no escuchaba razones. Su familia le suplicaba que no cometiera más esas salvajadas; pero como respuesta sólo obtenían una mirada de desprecio. Malhumorado entonces con su madre y hermanos, pedía una lluvia repentina y esta se hacía presente. El fantasma de la inundación inédita que habían sufrido, se hacía presente entonces, por lo que ellos le rogaban que hiciera ceder aquella lluvia atroz que hubo ordenado. Después de tantos ruegos, y cuando sintió que se humillaban ante él haciendo crecer su ego, ordenaba el cese del fenómeno climático aquel. En ocasiones, cuando se molestaba demasiado, decretaba que se hiciera de noche y pasaba así, oscurecido todo, hasta una semana completa.           Y cuando lo prefería, era el sol el que no se ocultaba por tres días seguido. Era por ese motivo, que su familia prefería no contrariarlo. Sentían la vida en un hilo esa gente. Vivían asustados permanentemente, por la nueva personalidad de Pancho, quien distaba demasiado de la que hubo estado presente en el debilucho y enfermizo ser que había sido cuando era un muchacho enfermizo. Con el tiempo, y en virtud de que aquellas atrocidades se repetían cada vez con más intensidad y crueldad, decidieron marcharse lo más lejos posible de su lado, abandonando todo cuanto el difunto Jaime había logrado con sobrado sacrificio. Pensaba Pancho que de todas maneras, ya lo que su padre había logrado había quedado en el pasado. Era entonces su poder el que se hacía presente. Todo aquello era suyo, se lo había ganado con sobrado sacrificio.           Asesinaba de manera cruel, a cuanto animal se cruzara en su camino. Con su enorme poder, había amasado una considerable fortuna y gracias a que su familia lo había dejado completamente sólo, era únicamente suya. Se dedicó a agrandar el matadero, era ese el único sitio que había quedado en pie. Sus vaivenes sobrenaturales en busca de venganza, habían terminado con todo. Se dedicó al matadero, y si lo hizo fue por una sola razón. Compraba diariamente una buena cantidad de reses, ovejas y cerdos, para ser beneficiados en ese local, desde entonces fatídico. La crueldad de Pancho había crecido tanto, como su tristemente célebre fama. Los sorprendidos animales se aterraban, al saber que se dirigían hacia aquel terrorífico lugar de torturas. Ya sabían que les esperaba y si no, Pancho se los hacía saber con una mirada y un pensamiento colmado de un sadismo perverso.          
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