Uno a uno, eran sometidos aquellos seres desafortunados, a una inimaginable tortura, las cuales hacían sentir en pañales, hasta al mismísimo demonio. Lentamente, les colocaba un trozo de metal al rojo vivo en los ojos, mientras que por la zona anal introducía un grueso pedazo de fierro, igualmente enrojecido al fuego. El sufrimiento era indescriptible, la agonía máxima. Luego de ello, cortaba las orejas, los rabos, las patas; eran mutilados despacio cada uno, no tenía prisa alguna. Después de todo aquello, asestaba una honda herida en los cuellos que otorgaba la gracia final. Se compadecía entonces y les daba finalmente la muerte. Hacía eso diariamente.
Los productores que lo conocían, y a quienes había llegado la fama de Pancho, evitaban venderle sus animales. No había razón para que se les hiciera sufrir de una manera tan cruel, decían. Pero eran amenazados con hacer caer una inmensa lluvia, una granizada, cualquier calamidad sobre sus predios, sino era complacida la lujuria de aquel hombre. Inevitablemente le surtían sus pedidos de animales diversos para su matadero. Y diariamente eran sometidos a aquellas torturas que no tenían ningún sentido. Ni siquiera era aprovechada la carne de aquellos pobres seres, ya que eran apiladas y quemadas para perpetuar así, su interminable sed de venganza.
Un día, cuando se sentía más deseoso de maldad, Pancho se dirigió al matadero bien temprano. La noche anterior había arribado un lote de reses para la matanza. Era únicamente un pequeño grupo de bovinos, vacas viejas, dormilonas y enfermas, además de un enorme semental; al que ya le habían colocado sustituto debido a su longevidad. Se acercó sigiloso y de inmediato las reses se llenaron de pánico. Las miró y les comunicó sus planes. Desesperaron las vacas tratando, sin éxito probable, de resguardarse de aquel perverso ser. Querían huir, pero sus amarras se lo impedían. Las carcajadas de Pancho invadían el matadero. Era una mezcla maldita de miedo y deseo de maldad. Una a una, eran contemplados aquellos pobres rumiantes, los cuales permanecían aterrados. En sus manos, Pancho blandía sendos pedazos de metal, que luego calentaría directo al fuego para hacer sufrir a esos pobres animales con ellos.
Cada vaca se doblegaba antes sus órdenes, se echaban a sus pies. Ya regresaría cuando estuvieren todas listas. Pero cuando llegó frente al toro, este ignoró aquella orden. No podía creer Pancho que sucediera eso. Se concentró al máximo y con su mente daba la orden acostumbrada, pero el enorme animal no se inmutaba. No existía en ese momento dominio alguno. Todo lo contrario sucedía entonces. El inmenso animal miró detenidamente a Pancho. Con sobrado asombro, el hombre contemplaba a aquel viejo toro mientras se paraba sobre sus patas traseras.
Denotaba de ese modo aún más su colosal tamaño. Pancho le ordenaba sumisión, el toro hacía caso omiso. Todo lo contrario, se acercaba luego de haberse retirado las amarras. Poseído de una descomunal fuerza, sobrenatural, aquel animal lo retaba. Con una mirada férrea, se acercaba decidido hasta colocarse frente a frente con Pancho. Tenía movimientos certeros. Era como si se tratara de un hombre pero de tamaño y fuerzas sorprendentes. Con sus pensamientos, el toro desafiaba a Pancho. Le inducía a descargar en él, todo ese estúpido odio que tantas vidas había costado. Pero más allá de haber sembrado de muerte esos parajes, lo que exigía era sólo una pequeña explicación aquel noble animal. ¿Porque ocasionar tanto sufrimiento?
El gran orgullo y la enorme rebeldía de Pancho, no se doblegaban ante la imponencia del Toro, aquel animal que ya despedía con su mirada, una bocanada de justicia. Acorraló con su presencia a aquel hombre, enjuto pero malévolo. Lo arrinconó, lo examinó lentamente con su mirada. Lo despojó de aquellos objetos metálicos que llevaba en sus manos. Ordenó a una de las vacas, que dichos objetos fuesen colocados en aquella llamarada que antes, él había encendido. Estando al rojo vivo, los acercó despacio a los ojos del sorprendido y ahora aterrado hombre. Ambos ojos sintieron aquellos objetos candentes que producían un tortuoso sufrimiento. Era descomunal el dolor que Pancho sentía.
El olor a carne quemada se comenzó a sentir. El hombre estaba arrinconado y suplicaba a su ahora verdugo, clemencia. Pero la mirada altiva y el gesto justiciero del animal descomunal, lo aterraban en extremo. Aunque no podía mirarlo, sentía su respiración rodeándolo. Aquel resuello se acercaba cada vez más. Lo sentía demasiado cerca. El enorme toro pidió nuevamente que calentaran los fierros al máximo. Lo tomó sin hacerse daño alguno. Se dirigió hasta donde estaba Pancho, acurrucado como una cucaracha. Bajó sus pantalones y aquel trasero despreciable era atravesado por el quemante objeto, destrozando todo a su paso.
Finalmente, aquel despojo de ser que temblaba de inmenso dolor, era colgado en todo lo alto por sus pies. Se balanceaba toscamente. El toro, colmado de una inmensa complacencia, le daba golpecitos a Pancho, mientras este se balanceaba en lo alto, tal como lo hace el boxeador en sus entrenamientos. Iba y venía aquel hombre, ataviado de un sufrimiento sin parangón. El animal lo detuvo bruscamente. Introdujo su inmenso falo por lo que había quedado de cavidad anal. Lo envestía con furia destrozando más allá de lo que lo había hecho el fierro candente. Cansado de la monotonía y sintiendo a Pancho agonizante, le cercenó la yugular con una certera puñalada. La sangre se vertió y momentos después, se apagó la vida de Pancho. Su venganza había ido demasiado lejos. Los animales se despojaron de sus amarras y salieron en post de la libertad. Luego de lo cual se les vio pastando tranquilamente, mientras que en el interior del matadero, se balanceaba el cadáver de Pancho.
CANIBALISMO
Había llegado impávido el día. No existía en el cielo, mácula alguna que desvirtuara aquella realidad serena. Ligia se había levantado presurosa de la cama. Quería, como todos los días, iniciar la mañana colmando el aire del exquisito aroma del café. Guillermo dormiría, de seguro, otro rato. Era día sábado, por lo tanto no tenía que acudir al trabajo. De repente, aquella inquietud se presentó en ella para confundirla en extremo nuevamente, así como la había confundido desde que era una niña. Afortunadamente se sabía sobreponer en poco tiempo. Esa turbación le preocupaba. Continuó arropando a ese raro destello que desde siempre la había molestado, en los rigurosos brazos de un silencio extenso. No se lo había contado jamás a nadie, ni a su propia madre siquiera, ella que en ese momento desde la gloria vigilaba sus pasos tratando de que aquellas desavenencias con la realidad no le produjeran más inconvenientes. A Ligia le inquietaba constantemente el impulso desmedido de querer probar algo de carne cruda. Le atraída de manera incontrolable el olor a sangre y, aunque solo la había probado en pocas oportunidades, le agradaba en demasía el sabor de la carne sin cocción. Le había hecho sentir algo extraordinario, desconocido hasta ese entonces, pero incomparablemente asombroso.
Lastimosamente no sería ese un día distinto a todos los vividos. Se lo había dicho su madre, en uno de aquellos sueños; cuando los espíritus le daban instrucciones para un mejor vivir. De inmediato, Chucho se presentó campante en su rincón predilecto de la casa. Él era su fantasma inseparable, su amigo secreto como lo dictamina hoy en día el modernismo, para tratar de ocultar la presencia inexplicable de aquellos seres astrales, que dedican su presencia a colmar soledades, a extinguir horas intensas de tedio, a hacer sentir útiles y queridos a seres solitarios o a orientar; como era el caso de Ligia en la toma de decisiones.
Escuchó un ruido leve, que al poco rato se fue intensificando de manera apabullante. Eran Guillermo José y José Guillermo, sus hijos. Se trataba de gemelos idénticos. Ya se habían despertado y lo hacían saber mediante una algarabía de sonidos exageradamente impertinentes. Cuando dormían se fundían en un sólo ser. Ya estaban separados, pues se habían despertado y entonces volvían a ser dos individuos nuevamente. Sus voces sutiles al principio, pero escandalosas al pasar algunos minutos, llegaban como un aliciente a los oídos de su madre. A ella no le molestaban para nada aquellos berrinches. Resultaban ser tan idénticos, que cuando se estaba en presencia de ellos que eran inseparables, parecía que se estaba contemplando una imagen reflejada en algún espejo. Nunca se separaban aunque no eran siameses.
Desde que habían nacido, estaba uno siempre al lado del otro o al frente, mirándose constantemente. Era sorprendente cuando se estaba en presencia de aquel par, pues hablaban siempre al unísono. Pensaban lo mismo, hacían lo mismo y como siempre, hablaban de lo mismo; tal como lo hace el reflejo personal en un espejo. En ese instrumento, si mueves el brazo derecho, dicho reflejo mueve el izquierdo con idéntico ritmo e idéntica dirección, tal como lo hacían ellos. Reían, lloraban, sentían y padecían siempre iguales. Hasta les daba ganas de deponer al mismo tiempo. Solo así se ubicaba uno al lado del otro, pues tenían inodoros gemelos también. Y para dormir, uno se colocaba sobre el otro, fusionándose de ese modo, convirtiéndose en uno solo. Pero al despertar, emergían de aquella fusión, volviendo a su estado original, transformándose nuevamente en aquellos gemelos exageradamente idénticos.
Chucho miró sonriente a Ligia. El fantasma incondicional la miraba desde aquel rincón. Pronto comenzaría una retahíla de tonterías que ella escuchaba, porque no le quedaba otra alternativa. Era un alto precio, con tal de evitar el tedio de la soledad. Aquel fantasma era locuaz, tal como lo había sido desde hacía dos siglos. Era el espectro de un muchachito que vivió en una época remota, cuando los antepasados de Ligia brillaron grandemente, ya que poseyeron mucho poder político y económico. Pero aquella época se había quedado precisamente en el pasado, relegada bien lejos hasta de los recuerdos y los pensamientos. Los sonidos de los gemelos llegaban intactos a los oídos de Ligia, no así a los de Guillermo quien aún no despertaba, a pesar de que ya era una algarabía lo que esos muchachos formaban. Se complacía Chucho con ello, con aquel desastre de jaranas enigmáticas que exteriorizaban los gemelos. Nunca sentía aquel ente simpático, más placer que cuando escuchaba a los gemelos despertar día a día.
Chucho se había separado de sus padres de manera involuntaria. Siendo apenas un párvulo de apenas cinco años, fue llevado ante los dioses paganos para el sacrificio. Era una época oscura, cuyas creencias significaban más que las vidas. Vertió Jesús (Chucho) su vida para el deleite de una creencia insatisfecha. Sus carnes fueron devoradas por las hambrientas bocas de los asistentes a aquella ceremonia sagrada para ellos. Culminaba sus pasos el siglo XVII, época de sombras e ignorancia. Chucho la vivió y, aún en su destierro en la cocina de la casa de Ligia, resultaba invadido por los temores del canibalismo de su época. Ligia o “Yiya” como le llamaban algunos de sus allegados, iba y venía de un lado para otro sin cansarse. Chucho la seguía con la mirada y cuando la notaba enojada, se apresuraba a ayudarla. Al cabo de un rato, era él quien terminaba haciendo emparedados, colando el café, haciendo pis por ella, sobándole el lomo a Guillermo por ella y hasta expeliendo gases por ella. A su vez, Ligia se adentraba en aquella jungla de desastres que propiciaban sus hijos en la recamara aquella, plena de los pasos extraordinarios de “los Guillermos”, que era como les llamaba.
Llegaba la mujer a la habitación de sus hijos, y todo se convertía en una calma que derrochaba plenitud. Era una quietud nugatoria, solo se daba cuando alguien irrumpía en aquella recámara. Sus hijos se separaban o se fundían de acuerdo al ánimo que ella sentía. Llegaba y arreglaba todo aquel desastre que los seres imaginarios dejaban regado. Su incapacidad para la procreación la trasladaba a un universo marchito, donde sus gemelos y su amigo Chucho, eran copartícipes de una imaginación que les daba vida. Yiya corrió presurosa cuando Guillermo la llamó. La habitación de los Guillermos había quedado vacía, aunque ellos continuaban retozando en la imaginación de esta, que era donde habitaban. Sólo existían en un pedazo de ensueño. La imposibilidad de salir encinta había trastornado la realidad de una hermosa mujer. Continuaban intentándolo. Un especialista en la materia en un país remoto intentaba, con una terapia innovadora, que la pareja pudiera tener descendencia. Mientras tanto, ella vivía en aquel mundo imaginario, atendiendo a los gemelos y escuchando las locuras de un fantasma que hablaba hasta por los codos.
Sintió verdadera ternura Guillermo, cuando vio aparecer a su esposa con un suculento desayuno sobre un azafate de plata. Ella siempre le hablaba de Chucho y de los Guillermos. Su marido se compadecía al escucharla hablar de esos seres que únicamente existían en su fantasía. Nunca pensó que su esposa estuviese perdiendo la razón o algo por el estilo, dada la gran cantidad de situaciones fantasiosas de las que se jactaba constantemente. Solo trataba de pensar que era las ansias de tener descendencia, la que la tenían un poco trastornada, pero nada más. La amaba y por ello soportaba todo aquello que ella decía que existía a su alrededor, aquello que escuchaba a diario, cuando era abrazada por las más cruel de las soledades. Tenía la recamara decorada con un ajuar infantil, como si en realidad existieran los benditos gemelos de los que tanto hablaba. Hasta le parecía escuchar la algarabía de sonidos guturales que ella decía que exteriorizaban los Guillermos, cuando algo les desagradaba o también sus risotadas, cuando ocurría todo lo contrario. La joven mujer había tomado demasiado en serio aquella fantasía, donde unos gemelos la hacían feliz. En cuanto a Chucho, Guillermo se preguntaba: “¿Quien no ha tenido alguna vez un amigo imaginario?”
Lo que nunca le había contado Ligia a Guillermo, era aquella sensación que le resultaba extraña sobremanera; pero que le había agradado grandemente. En cada una de sus células, Ligia llevaba vestigios de una lejana época, fragmentos de una ancestral costumbre. Se trataba de los genes de unos antepasados que brillaron en un lejano tiempo, cuando lo pagano se mezclaba con la barbarie, cuando lo precoz de la vida, lo lejana de la tecnología y la grandiosa veneración a los seres inmundos; requerían extremos sacrificios. El pasado remoto en unas tierras lejanas, había dejado como herencia en Ligia, destellos de un canibalismo que no había dejado de existir por completo. Nunca lo supo, porque verdaderamente era una improbabilidad que alguien descubriera esa herencia insospechada; pero que existía sin lugar a dudas y que se había asomado a una realidad, cuando el olor a sangre atraía y cuando el sabor de la carne cruda se apoderaba de sus sentidos.
Hacía más de tres siglos, habían existido unos antepasados suyos que practicaban el canibalismo, además del sacrificio de niños ante los diversos dioses que componían sus creencias. Eran sacrificados seres inocentes y después, aquellas carnes eran engullidas hasta por sus padres. Le hubo sucedido a Jesús, Chucho, como en el presente se autodenomina. Así se lo hizo saber a Ligia desde un primer momento, cuando se le apareció y se hicieron grandes amigos de inmediato. Los antepasados de Ligia fueron caníbales. Pertenecieron a una casta de horrendos guerreros que se alimentaban de sus enemigos. Los tomaban como prisioneros de guerra, los asesinaban de una manera excesivamente cruel y luego; los devoraban cuando aún sus cuerpos estaban tibios. Bebían la sangre como si se tratara de vinos. Aunado a aquella deplorable costumbre guerrera, existían los sacrificios. Se hacían casi que a diario, nadie se oponía; realmente aquella gente consideraba que la muerte era parte de la vida. Era una práctica ancestral muy común en aquellas lejanas tierras y en aquellos tiempos olvidados.
Las inmensas ganas de beber sangre y consumir carne cruda, le decían algo a Ligia y, evidentemente, ella ni siquiera se imaginaba de qué se trataba. En las enormes tertulias que Ligia mantenía con Chucho, él le contaba todo lo que le había sucedido y también, lo que les había pasado a otros niños; además de todo aquello relacionado con una religión aterrante. El fantasma, en su pueril y eterna inocencia, simplificaba aquellas historias como si se tratara de algo muy normal. Ligia lo escuchaba atenta, aunque incrédula. Tomaba ella esas historias fantásticas, como si se tratara de un chiste de mal gusto. Al fin y al cabo, ¿quién había de creer las sandeces que cuenta un fantasma?
Últimamente lo escuchaba por mero formalismo. Su buena educación le conminaba a escucharlo atenta, y hasta compartía con él su criterio. Lo que sí resultaba in creciendo, era aquel deseo insólito de comer aunque fuese, un pequeño trozo de carne cruda a diario. Constantemente salía de compras. En la carnicería de un pariente, siempre solicitaba el mejor corte. Ya en su auto, tomaba aquel filete sangrante aún y lo devoraba con crecido apetito y con una inmensurable fogosidad, disfrutaba de aquella macabra comida; inusual por demás. Se miraba al espejo y contemplaba su rostro embadurnado de la roja huella de la sangre, y el reflejo que de sí llegaba, la hacía sentir muy feliz. Era una situación embriagante la que sentía aquella misteriosa mujer. Era colmado su deseo con aquella imagen suya que percibía en el espejo.
Ya satisfecho su deseo irrefrenable, se dirigía nuevamente a casa. En ella, tan pronto llegaba, se hacía sentir Chucho en el rincón de la cocina. La miraba con desaire. Ella le hacía recordar, y aquellas remembranzas le causaban enojo, tristeza y desesperanzas. De inmediato se escuchaba el escándalo de los Guillermos. Ligia se debatía entre dos realidades perturbadoras. Una de ellas, la imposibilidad para la perpetuidad de la especie y la otra, aquella que le miraba y exteriorizaba una sonrisa sardónica, desde una imaginación turbulenta. Por otro lado, existía aquella huella latente de unos genes que habían despertado dentro de sí, como señal inequívoca de que el pasado se estaba dejando colar inexorablemente en un presente. En ese presente que hacía sentir el sabor de la sangre y la textura de la carne cruda como un regalo bendito. Sus antepasados caníbales surcaban el tiempo y querían hacerse realidad en los tiempos modernos.
Llevando aún el impúdico sabor de su macabra comida en la boca, se adentraba en la alcoba de aquellos gemelos que la miraban con esa especial forma de hacerlo. Le gritaban esas miradas, que también a ellos les apetecía el sabor de la sangre, el olor a ella; la sutileza de un trozo de carne cruda. Se instalaba en esas visiones poderosas, la presencia del canibalismo que, decidido, había traspasado las barreras del tiempo y de la distancia, viajando unos sorprendentes siglos para hacerse sentir. Los Guillermos querían comer carne viva, querían sentir un latido en sus bocas, la sangre rutilante de algún cuerpo humano desgarrado. Era esa visión, la estampa de la concupiscencia. La estampa de los antepasados que ya habían llegado. Se desaparecían los Guillermos, cuando desde la alcoba se escuchaba los gritos de Guillermo exigiendo una realidad.
El tiempo pasaba sin retardo alguno. Transcurrían los días y aquel matrimonio persistía en un esfuerzo supremo, tratando de que la semilla de la vida germinara en Ligia. Se gastaban inmensos recursos económicos y humanos en ello. Existía una leve luz en un horizonte cada vez más cercano. Las pocas veces que estaba en casa, Guillermo se desvivía en atenciones para con su esposa. Atrás habían quedado los tiempos cuando la rutina parecía que había acabado con un gran amor. Había quedado en el ayer, a perversa costumbre de no compartir la mesa. Eran felices nuevamente, aunque Ligia, a escondidas perseveraba en su manía caníbal. Estando en esos menesteres, era observada por Chucho desde su rincón. Él, aterrado al verla devorar aquel trozo de carne que chorreaba mucha sangre, no daba crédito a lo que miraba y se escondía en un pavoroso mutismo cuando, en la estampa de esa visión, miraba cada vez más cerca la presencia del canibalismo de su época y el dantesco ritual por el que había entregado su joven existencia. Le llegaba nuevamente el recuerdo de cuando fue asesinado, para ser devorado por sus parientes luego de aquel sacrificio perverso.
Mientras tanto, los Guillermos se atrevían a caminar sin recato alguno, más allá de aquel claustro que significaba la recámara. Los gemelos se adentraban ahora hasta el comedor. Al mirar a Ligia comer carne cruda con crecido apetito, exigían con un berrinche, una ración para cada cual. Necesitaban también el sabor de la sangre y de la carne. Ya Ligia nada podía hacer para hacerles desistir de esa exigencia, que crecía cada día con más ímpetu. Ella los miraba horrorizados, les negaba aquella petición y, de espaldas a ellos, terminaba de engullir aquellos trozos cada día más grandes, de una carne recién despojada de vida. Ya Ligia se sentía tocada por los genes del canibalismo de una época remota, donde existieron sus antepasados que hicieran juergas devorando las carnes de sus coterráneos. Y los tentáculos del canibalismo también se instalaban en los Guillermos, quienes miraban con deseo supremo a Ligia. Aquella terrorífica visión desaparecía cuando se escuchaba la voz de Guillermo. El marido solicitaba atención y ella se la entregaba, toda llena de un nerviosismo cada día más creciente.
Ya en la alcoba, el contacto íntimo con su marido, dejaba huellas. Pero no eran solo huellas, sentía Ligia que llegaba algo más a ella. Sentía la piel de su esposo, su olor, su tersura. Lamía la piel del hombre y crecía una necesidad. Le provocaba aquel cuerpo, le agradaba el salobre sabor de aquella piel cansada. Quería de manera descomunal, morder aquellas carnes. El canibalismo hacía eco, a la vez que la semillita de la vida por fin comenzaba a germinar dentro de sí. Ya los gemelos habían entrado en ella. Ligia los albergaba ahora en su interior, en su vida misma. Ya el embarazo comenzaba a prosperar dentro de aquella mujer, quien día a día sentía crecer también dentro de sí; el fantasma del canibalismo de una época remota que se empeñaba en colarse en un presente. Ya no le satisfacía comer carne cruda y beber abundante cantidad de sangre. Ya quería carne humana, sangre humana. Miraba con glotonería exagerada a su marido mientras este, cansado de una extenuante jornada de trabajo, tomaba su acostumbrada ducha previa a la cena.
Sabía que no podía dar riendas sueltas a su deseo caníbal. No quería aunque pudiese, comer de esas carnes. Su discernimiento era mayor que aquellos impulsos grotescos. Para satisfacer su deseo, iba a la nevera y buscaba un trozo enorme de carne y lo devoraba con impaciencia. Ya no le satisfacía ni el olor ni el sabor de aquella carne muerta. Quería sentir en su boca la carne aún viva, una carne colmada de existencia. Quería probar la carne de un ser vivo, la de su marido. Ya los genes del canibalismo se habían activado en ella desde hacía algo de tiempo, pero su raciocinio se imponía y era satisfecho aquel banal deseo con carne inanimada y sangre ya coagulada. Su panza crecía cada día con pasos agigantados. En efecto, era un embarazo gemelar. Eran los Guillermos que se hacían realidad. Conversaba con ellos a diario, a cada rato. En cada conversación, ellos denotaban también ese impulso caníbal.
Exigían a gritos los gemelos, que su madre bebiera sangre, que comiera carne, para de esa manera, sentir que satisfacían los pecaminosos deseos que también se habían adentrado en ellos. El fantasma del canibalismo ya se había trasladado a ese presente y reclamaba cada vez más espacio. Guillermo era ajeno a esas conversaciones de Ligia con los gemelos. Chucho no se presentó más en su acostumbrado rincón. Se despidió invadido de miedo y se perdió en un horizonte lejano. Los Guillermos salían del vientre de Ligia por las noches, adentrándose a la cocina. Ya instalados en aquella parte de la casa, se dirigían a la nevera en procura de carne fresca. Si no la encontraban, berreaban como un demonio. Ligia corría a calmarles el enorme coraje, haciéndolos entrar nuevamente a su vientre tras una reprimenda oportuna. Estaban castigados los Guillermos, ella llevaba la voz de mando.
Avanzaba el prolongado embarazo y ya se cumplía un plazo. Ya estaban presentes los nueve meses. Pronto la naturaleza se haría sentir. Guillermo estaba muy feliz, en espera de los hijos de sus sueños. Ya Ligia no los dejaba salir por las noches. Como castigo, ya había dejado de comer esos enormes filetes y beber las grandes cantidades de sangre y ellos, furiosos, le gritaban los más asombrosos improperios. Pasaba el tiempo y ellos no nacían. Pensaron los esposos que tal vez se había tratado de un error de cálculos. Continuaron esperando. Una mañana soleada, Guillermo salió al mercado, apresurado por si se presentaban los dolores que se traducirían en el nacimiento de los mellizos.
Cuando llegó a casa, corrió apresurado hacia la alcoba al escuchar unos gritos desesperados, unos lamentos horrendos. Entró temeroso y contempló una escena dantesca. Los Guillermos se hacían sentir. Ellos eran poseídos por el fantasma del canibalismo de una época remota. Los antepasados caníbales se hacían presentes en los muchachos. Ellos devoraban a Ligia. Habían devorado ya su útero, sus entrañas y ella, con gritos desesperados, suplicaba piedad. Los pequeños caníbales devoraban las carnes de Ligia frente a un desesperado padre, que miraba como el canibalismo de sus hijos lo dejaban viudo.