Prefacio
Agosto de 1971
Como todas las mañanas una niña de castaños cabellos bajaba con desánimo por las escaleras.
Sus ojos tristes, su mirada cabizbaja, y su ligera curvatura en la espalda al bajar delataba su estado de ánimo antes de sentarse en una larga mesa de madera roble donde un hombre desayunaba con el periódico en la mano y dos jóvenes, poco mayores que ella, comían con avidez.
El mayor de ellos la miró por un momento antes de continuar a lo suyo.
— Éride, una Lestrange no se sienta así, no se comporta así — le reprendió su padre sin mirarla.
— Pero aún no ha llegado mi carta de Hogwarts... ¿Y si nunca llega? — dijo la niña de once años con desilusión.
— Eres demasiado impaciente — se volvió a quejar su padre de — aprende a esperar.
La niña frunció el entrecejo y golpeó la mesa con todas sus fuerzas, furiosa.
Justo cuando abrió la boca para hablar una elegante lechuza entró volando por la ventana y se posó en la mesa, justo a su lado, mostrando en su pata un gran sobre de pergamino amarillento con letras esmeraldas.
La niña pasó de enfadada a confusa en tan solo unos segundos, abriendo y cerrando la boca con sorpresa, sin saber qué decir.
La lechuza le dio un picotazo cariñoso en la mano, haciéndola salir de su trance.
La pequeña sonrió con euforia, se levantó de un salto cogiendo rápidamente su carta, y la abrazó con fuerza entre sus delicados brazos.
— ¡Ya es mía! — gritó con alegría empezando a abrir la carta.
— No grites — le exigió su padre siseando con furia.
Ella no le hizo caso y, cogiendo su carta, corrió de vuelta a su habitación, donde gritó con fuerza, saltó con una energía arrolladora y se tiró sobre su cama con la carta contra el pecho, las piernas medio colgando y los cabellos desparramados sobre las sabanas formando una perfecta a*****a.
Los días pasaron rápido y pronto llegó el día en que irían al callejón Diagon a comprar sus cosas.
Sus hermanos, uno y dos años mayores que ella, ya habían comprado sus cosas años antes con un entusiasmo enmascarado por una cara de frialdad y superioridad característica en su familia y que extrañamente no poseía ella.
Ahora, tras mucha espera el momento había llegado, compraría su varita, sus túnicas, sus materiales, y no menos importante, sus libros.
Tras pasar a por dinero al banco fueron con tranquilidad hasta Ollivanders.
Al entrar vio una estancia amplia, con muchas cajas alargadas por todas partes, tras el mostrador no había nadie, pero no estaban solos, una mujer de cabello n***o y ojos grises acompañaba a dos niños ambos de pelo n***o y ondulado, pálida piel y orbes grisáceos.
Su padre, el Señor Lestrange, sonrió, como pocas veces hacía, a la señora que allí se encontraba con los brazos cruzados sobre el pecho, tamborileando con sus dedos contra su brazo contrario.
— Hola Walburga — le saludó el señor Lestrange con simpatía, por primera vez sin necesidad de fingirla.
— Hola Rodolphus — dijo la mujer de manera brusca para luego mirar a la pequeña Éride — Esta es tu hija menor ¿Entra este año?
— Así es, Éride saluda a la señora Black y no seas maleducada — ordenó con brusquedad su padre mientras le clavaba los dedos en el brazo y la empujaba un poco hacia la señora.
Éride miró a su padre con furia y luego con una pequeña inclinación saludó siseante.
— Hola señora Black.
La mujer la miró fijamente a los ojos, intimidante, como si pudiera ver su interior, sus pensamientos.
— Deberías disciplinar a tu hija, debería saber a quién darle sus respetos, si les dejas libres terminarán estando a favor de la causa de los sangre sucia — espetó con desprecio la mujer sin dejar de mirarla.
— Sí, tienes razón, me ablande con ella cuando su madre murió — dijo su padre — pero debería recibir mano dura, sí señor.
El señor Ollivanders apareció en ese momento para mirar a uno de los niños que iba con la señora Black y a Éride.
Tan pronto como apareció desapareció entre estanterías llenas de cajas.
Al momento volvió a aparecer con dos montones de cajas alargadas, un montón en cada mano, dejándolos uno a cada lado del estrecho mostrador de cristal e indicándoles a ambos niños que se acercaran.
Cuando ambos se acercaron les ofreció a cada uno una varita.
El niño solo tardó dos intentos en conseguir su varita perfecta mientras Éride hacía que las cosas se destruyeran, que salieran volando o que dieran vueltas descontroladamente.
Fue al intento número quince cuando la niña encontró su varita, unas luces de colores salieron de la punta de esta y un cálido y agradable ardor ascendió por su cuerpo desde su mano derecha que sujetaba la varita.
— 30 centímetros, ligeramente flexible, núcleo de pluma de fénix y madera de sauce, ideal para Encantamientos y pociones — dijo Ollivanders mirándola con sus grandes ojos azules — una buena varita, y muy poderosa...
Salieron todos juntos de la tienda y se quedaron mirándose por un momento.
El niño, que casualmente también entraba este año a Hogwarts, la miraba fijamente sin apenas pestañear, cosa que la incomodaba.
— Bueno, hasta nuestro próximo encuentro — dijo su padre antes de seguir su camino con sus tres hijos detrás.
Al final del día Éride tenía un baúl nuevo en su habitación, lleno con los libros de su primer año, sus túnicas y sus materiales, todo listo para tirarse de cabeza a una nueva aventura.