Capítulo 6 - Dumbledore.

1159 Palabras
De regreso al castillo me crucé con ¿Mis hermanos? Era ver para creer, su piel, antes inmaculada, estaba cubierta de forúnculos, como si a alguien le hubiera salido mal la poción de los forúnculos y se la hubieran dejado caer a Rabastan y Rodolphus. Me quedé con la boca y los ojos abiertos como platos, mirándolos fijamente con sorpresa, ellos parecieron sentir la mirada porque al poco tiempo se dieron la vuelta. Al verme ambos me miraron con furia, hasta ese momento no creía posible el que sus rostros pudieran estar más colorados de lo que ya lo estaban, parecían una bomba a punto de explotar. Empezaron a avanzar hacia mí, furiosos. — ¡Tu! — Gritó Rabastan. — ¡Ella lo ha hecho! ¡Seguro que ha sido ella! — Exclamó con furia Rodolphus que me señaló con su dedo índice de forma amenazante. De un momento a otro ambos empezaron a correr hacia mí lo que hizo que, como es obvio, empezará a correr en sentido contrario, huyendo de ellos. Esquivé alumnos, armaduras y columnas, zigzagueé por pasillos abarrotados de estudiantes, subí y bajé escaleras que se movían, y entre y salí de habitaciones, pero todo recorrido tiene un final, y tras recorrer más de medio castillo huyendo de mis hermanos me cerraron el paso en un pasillo del tercer piso frente a una estatua de una gárgola de piedra. — ¡Se te ha acabado el juego del pillapilla! — sentenció Rabastan con una sonrisa cruel. — Ahora, nos vengaremos — siseó Rodolphus con ira. — ¡No he sido yo! ¡Lo juro! — exclamé exaltada. — ¡Si no hubieras sido tú no habrías huido! — exclamó enfadado Rabastan, avanzando más hacia mí. — O sea, que si alguien corre hacia ti furioso tú vas hacia él ¿no? ¿O te quedas parado? — pregunté enfadada con los brazos cruzados sobre el pecho. — ¡No empieces con tus jueguecitos psicológicos niñata! — exclamó con furia Rodolphus. — ¡Es la verdad! — espeté. — ¡Cállate embustera! — escupió Rabastan. Rodolphus levantó su varita y murmuró algo antes de que un rayo de luz saliera en mi dirección. Cerré los ojos dispuesta a recibir el rayo. Al no sentir nada abrí un ojo, mi hermano apretaba la mandíbula, con la varita agarrada tan fuerte que podría partirla en cualquier momento y la vista fija en un punto situado a mi lado. Me volví con lentitud, sin saber qué esperar. — Siendo sus hermanos mayores no deberíais de comportaros así — dijo con tranquilidad el director Albus Dumbledore, que parecía haber salido de la nada. — No es asunto suyo, ella nos ha hecho esto — respondió con altanería Rodolphus. — ¿Tan seguro estás para tomar medidas por tu cuenta? Parece obra de una broma ciertamente oportuna ¿No cree? De todas formas, señor Lestrange, cualquier cosa que amenace a alguno de mis alumnos dentro de este centro, temo decir, que sí es asunto mío, dado que soy el director del centro y estoy a cargo de todo lo que tenga relación con él — concluyó el director. — No obstante, y viendo lo ocurrido parece que no es la primera vez que se da una cosa así, Señores Lestrange, seréis expulsados hasta dentro de dos meses del equipo de quidditch y todas las tardes de seis a nueve ayudareis a Filch en todo lo que él os pida — sentenció el director — ya podéis iros — dijo Dumbledore, dando por terminada la lista de castigos para mis hermanos. Cuando ambos desaparecieron de nuestra vista el director me miró por encima de sus gafas de media luna. — Por otra parte, señorita Lestrange, le recomendaré unos cuantos libros que le serán de mucha utilidad para estas situaciones, pero debe prometerme que será solo para defenderse — Dijo el director mientras hacía aparecer un trozo de pergamino escrito, extendiéndomelo. — De acuerdo profesor — prometí cogiendo el trozo de pergamino, mirándolo. — Bueno pues ¿A qué espera? Vaya a la Biblioteca a por ellos — dijo Dumbledore marchándose con toda tranquilidad, como si todo lo que acababa de pasar no hubiera sucedido. Llegué a la sala común, cansada después de la carrera que había realizado intentando, sin mucho éxito, despistar a mis hermanos, pero estaba contenta, al final había conseguido permiso para unos libros de hechizos y encantamientos de cursos superiores. Entré a la sala común y encontré con la mirada a Sirius con sus amigos. — Pero mira quien viene por aquí, la joven Lestrange ¿qué sucede ahora? — preguntó el pelinegro con arrogancia. — James… — llamó la atención Remus. — ¿Que? No he dicho nada malo — dijo el pelinegro llamado James. — Venía a deciros que el que le hizo lo de los forúnculos a mi hermano tiene que ser muy malo en pociones — dije sonriendo. — Oye, encima que les gastamos una broma te quejas — exclamó Sirius haciéndose el ofendido mientras se llevaba una mano al pecho dramáticamente y James hacía que le consolaba. — También venía a daros las gracias, gracias a que le gastasteis la broma me han perseguido por medio castillo — dije sonriendo. — ¿Nos das las gracias por haber tenido que huir de ellos? Creo que estás loca — dijo James con sorpresa. — No por haber tenido que huir, sino porque Dumbledore interrumpió cuando me atacaron y me ha dado permiso para adquirir unos libros de hechizos y encantamientos de nivel avanzado que me permitirán defenderme y necesito con quien practicar ¿No os interesa? — pregunté con las manos en las caderas —  bueno, da igual, se lo pediré a Lily, seguro que ella no usa los hechizos en sus bromas. Me di media vuelta, dispuesta a subir las escaleras hacia los dormitorios femeninos. — ¡Espera! ¡Me lo debes! ¡Me tienes que dejar aprenderlos! — exclamó Sirius que se había levantado del sillón rojo con una rapidez pasmosa. Me giré para mirarlo fijamente por un momento. — Bien, nos vemos el sábado en el corredor del séptimo piso — dije antes de irme. — ¿El corredor del séptimo piso? ¿Es que vas a violarme que nos vamos tan lejos? — preguntó Sirius haciéndose el espantado. — Por favor... ¿Para qué querría violarte a ti? Si violo a alguien es a Axel, el nuevo bateador del equipo de Gryffindor — sentencié subiendo las escaleras. Un Sirius ofendido se quejó mientras sus amigos se reían de él. Lo decía enserio, Axel, el nuevo bateador de Gryffindor de segundo año era extremadamente guapo, alto, moreno de ojos azules y una sonrisa matadora, y para rematar del todo era amable y nada arrogante. Me dejé caer en mi cama, mirando el techo con cansancio, no sé en qué momento me dormí, pero esa noche descansé como nunca lo había hecho.  
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