La primera semana de clase había pasado rápidamente y cuando quise darme cuenta ya estábamos de nuevo a lunes.
A lo largo de la semana había descubierto que aparte de encantarme pociones y DCAO se me daban excepcionalmente bien, y aunque encantamientos me parecía interesante era una alumna mediocre.
Llegamos a transformaciones donde McGonagall ya nos esperaba delante de su escritorio, nos sentamos en la que oficialmente sería nuestra mesa el resto del curso y cuando estuvimos todos sentados, los alumnos de Gryffindor y Hufflepuff, la profesora hizo un movimiento de varita y unas cerillas empezaron a volar por toda la clase, depositándose una delante de cada alumno.
— Bien, en esta clase intentareis transformar esa cerilla en un alfiler con el conjuro enseñado en la clase anterior, el primero que lo consiga recibirá cinco puntos para su casa, podéis empezar — concluyó la profesora observando atentamente cómo los alumnos empezaban a intentar conseguir un alfiler.
La primera en conseguirlo fue Lily que a los dos intentos había conseguido un alfiler perfecto.
— ¡Lily eres genial! — dije mirando su alfiler con detenimiento — mi cerilla solo se ha puesto de color plateado — dije riéndome mientras mostraba mi cerilla de un color metálico.
— Muy bien señorita Evans, unos muy merecidos cinco puntos para Gryffindor — exclamó la profesora al observar el alfiler de Lily.
Tres intentos después conseguí que mi cerilla metálica adquiriera la forma de alfiler, completando al fin la transformación.
— No te preocupes señorita Lestrange, mucha gente no lo consigue en la primera clase — dijo señalando con la cabeza a la mayoría de alumnos que con el entrecejo fruncido y una mirada de frustración daban golpes de varita a una cerilla que ni siquiera había cambiado un poco desde que las había repartido la profesora — lo importante no es el tiempo que tardes, si no conseguir que cambie.
Asentí contenta, había conseguido transformar la cerilla y aunque había tardado casi toda la clase estaba satisfecha.
— ¿Ves cómo podías? — me dijo Lily zarandeando mi brazo con entusiasmo — no deberías frustrarte al primer intento, yo tampoco lo he conseguido a la primera.
— No, lo has conseguido a la segunda — dije burlona — eres la mejor de primero en encantamientos.
— Y tú en pociones, así que no te quejes — replicó con un dedo acusador Lily, lo que hizo que me riera.
— Tienes razón, me callo — dije con las manos en alto en señal de rendición.
Al salir de clase nos juntamos con Alice y Hayley que se veían bastante enfadadas.
— ¿Qué ha pasado? — preguntó Lily con preocupación.
— No hemos conseguido transformar esa cerilla, la de Alice cambio de color, pero la mía nada... McGonagall me ha dicho que no se me da nada bien y que si no mejoro debería replantearme unas clases extraordinarias... ¡Y solo estamos empezando el curso! — exclamó Hayley con mal humor.
— Tranquila, yo te ayudare en la sala común después de clase, ya verás que no es tan difícil, lo que pasa es que eres muy nerviosa y te cuesta concentrarte — explicó Lily tranquilizando a nuestra amiga mientras entrábamos a clase de pociones, donde nos separamos de nuevo en mesas diferentes.
— ¡Hola a todos! Como ya sabéis al final de curso deberéis saber realizar correctamente la poción para curar forúnculos, hoy intentareis de forma individual realizar esta poción, abrid el libro por la página ciento veinte y manos a la obra — dijo el profesor Slughorn frotándose las manos y paseándose entre las mesas llenas de alumnos.
Me acerqué al armario con los ingredientes y cogí un caldero, un mortero, un medidor estándar, ortiga seca, seis colmillos de serpiente, cuatro cuernos de babosa y dos púas de puerco espín.
Eché los seis colmillos de serpiente en el mortero y lo molí hasta conseguir un polvo fino, añadí cuatro medidas estándar del polvo fino al caldero que calenté a 250º durante 10 segundos para hacer un golpe de varita y dejarlo cocer durante 45 minutos.
Limpié un poco la mesa y miré a Lily que se encontraba a mi lado derecho con el libro en una mano y sin saber muy bien qué hacer.
Miré alrededor en busca del profesor y al no verlo me acerqué disimuladamente mirando su libro.
— Machaca los colmillos hasta que quedé polvo súper fino y con el medidor echas cuatro medidas y calientas según las instrucciones 10 segundos y das el golpe de varita — susurré mirando el libro.
Lily me sonrió y se puso a seguir las instrucciones.
El profesor, que pasaba por ahí, se quedó mirando un momento a Lily trabajar.
— Muy bien señorita Evans, está haciendo muy buen trabajo con esos colmillos — felicitó el profesor con una sonrisa para continuar por su camino.
Lily se giró, me miró y se encogió de hombros haciendo que me riera.
Pasado el tiempo de cocción añadí los cuatro cuernos de babosa al caldero y a continuación lo saqué del fuego, colocándolo sobre una placa de madera.
Añadí las dos púas de puercoespín y removí cinco veces en el sentido de las agujas del reloj agitando la varita, dando por terminada la poción.
El profesor se quedó mirando la poción por un momento, para mirarme sonriente.
— ¡Genial señorita Lestrange! ¡Parece que tenemos una eminencia en las pociones! ¡La primera alumna de primero que consigue realizar esta poción perfecta a la primera! — exclamó Slughorn contento mientras echaba una última mirada a la poción de color azul — ¡cinco puntos para Gryffindor! Sí señor, muy bien sí, muy bien… — dijo mientras se iba a otra mesa, observando el resto de calderos.
Después de comer y de la hora de herbología nos dirigimos hacia la clase de vuelo.
Ya allí nos colocamos como nos habíamos puesto la semana anterior, los de Slytherin en una fila y los de Gryffindor en otra.
Cuando los que, en la clase anterior, no habían podido hacer que la escoba se levantara, empezamos a montar en las escobas.
— Bien, subiros a las escobas y cuando de un pitido con el silbato pegad una fuerte patada en el suelo y elevaros uno o dos metros, después descended ¿Entendido? — preguntó la profesora mirándonos ya montados cada uno en su escoba correspondiente.
La profesora dio un pitido largo y agudo y, con fuerza, golpee el suelo con mi pie derecho, elevándome más o menos dos metros y quedando suspendida en el aire un rato para después descender inclinando levemente hacia abajo el mango.
Un alumno de Gryffindor delgaducho y rubio se equivocó al mover el mango con los nervios y la escoba, descontrolada empezó a ascender y a alejarse dirección al bosque prohibido.
La profesora empezó a silbar con su silbato, pero el alumno seguía alejándose entre gritos de pánico.
— ¡Quedaros aquí y no os montéis en la escoba hasta que vuelva! — exclamó antes de coger su escoba y salir volando tras el alumno que ya casi se había perdido de vista entre los frondosos árboles del bosque.
Arya Zabini, que había estado mirándome con odio desde la semana pasada, sacó su varita y la apuntó, lanzándome un conjuro que esquivó por los pelos.
— Pero ¡¿qué haces pedazo de loca?! — exclamó Éride cabreada.
— ¿Yo? No sé de qué me hablas — dijo Arya riéndose.
— ¿No sabes de lo que hablo? A lo mejor tienes las luces apagadas en esa cabecita tuya — exclamó Éride señalándose la cabeza como dando a entender que era corta de mente.
Arya dejó de reírse para mirarla con furia.
— Para estar ahora tan gallito has bajado muy de prisa de la escoba ¿Es que te da miedo volar? — Dijo Arya burlándose.
— ¿Es que quieres que te deje en ridículo de nuevo? ¿no tuviste bastante la semana pasada? — respondió con ironía Éride.
La cara de Arya cambio de color debido al enfado, su cabeza parecía a punto de explotar y sus ojos se encontraban desorbitados.
— ¡¿Tu?! ¡¿Dejarme a mí en ridículo?! ¡Qué más quisieras! ¡La que te va a dejar en ridículo voy a ser yo! — exclamó furiosa Arya.
— Escupe ya tu proposición — exclamó Éride con desdén.
— Tu y yo, una carrera hasta el nuevo árbol, ese sauce, darle la vuelta y volver aquí, quien lo haga más rápido gana — exclamó Arya.
— ¿Que gana? — preguntó Éride con suspicacia.
— No tendrá derecho a decir nada de la otra persona, ni a impedir nada que haga esa persona — ofreció Arya.
— Hecho — aceptó Éride estrechándole la mano a Arya.
Lily la cogió por el brazo y negó con la cabeza.
— ¿Qué haces? Tú no sabes montar en escoba, nunca has montado en una — susurró Lily medio enfadada medio en pánico.
Un chico pálido, con algunas cicatrices, el cabello color miel y la túnica algo remendada se acercó y tocó el hombro de Éride.
— No deberías hacer eso, ese sauce no es como los demás — dijo de manera nerviosa con voz tranquila.
— ¿A qué te refieres con que no es como los demás? — dijo Éride mirando con ojos sospechosos al chico que siempre iba con Sirius y el pelinegro.
— Pues que se mueve, no deberías — Insistió — sobre todo si no sabes montar en escoba.
— ¿Qué os ha dado a todos con intentar pararme? He aceptado y pienso hacerlo, lo que prometo lo cumplo y lo que apuesto también — sentenció Éride alejándose un poco del chico y de Lily que protestaba con la escoba en mano.
Ambas, Arya y Éride, montaron cada una en su escoba y mirando al árbol, justo en la cima de la colina, dieron una patada a su escoba y salieron volando con rapidez, al dar la señal uno de los alumnos allí presentes.
El viento golpeaba con fuerza el rostro de Éride y esta, cogiendo con fuerza el mango de la escoba ascendía.
Justo cuando iba a hacer la curva al sauce recordó las palabras del chico y tiró hacia la derecha del mango, alejándose unos metros de las ramas de los árboles.
Arya, que iba directa hacia ellas para hacer una curva cerrada, la miró con burla.
— ¡¿Tienes miedo a un árbol?! — gritó antes de que el sauce, moviendo sus ramas golpeara a Arya, tirándola de la escoba mientras Éride, a una distancia de seguridad, rodeó el árbol, esquivando alguna que otra rama más larga que el resto, y volviendo velozmente donde sus compañeros de casa se encontraban celebrando entre gritos y saltos.
Descendió de un salto justo cuando estaba a un metro de ellos y de dos zancadas se unió al corro de leones, festejando su triunfo en su primer recorrido en escoba.
— ¡Lo has hecho! ¡Has ganado! — exclamó Lily dejando atrás la preocupación y el enfado por la desobediencia de su amiga.
Éride sonrió y acercándose al chico de antes que había vuelto con sus tres amigos, le palmeo el hombro suavemente.
— Gracias por el aviso, si no hubiera sido por ti habría terminado en la enfermería otra vez — dijo Éride sonriéndole con agradecimiento — por cierto, soy Éride Lestrange, un placer.
— Remus Lupin, encantado y no hay nada que agradecer — dijo el chico con modestia mientras sonreía amablemente.
— ¿Es que ya has ido a la enfermería? Pero si solo estamos en la segunda semana de clase — dijo el pelinegro extrañado.
— Mis hermanos me tiraron al suelo haciendo que me sangrara la nariz… — explicó Éride encogiéndose de hombros
— ¿Y por eso fuiste a la enfermería? — preguntó Sirius.
— Se le rompieron algunos vasos sanguíneos que pasan por la nariz y le salía a chorros, tuvieron que usar un hechizo para cortar la hemorragia porque no paraba de ninguna de las maneras — explicó Hayley que por casualidad estaba al lado de mí.
— ¡¿Tus hermanos te hicieron eso?! — exclamó horrorizado Remus.
Éride se encogió de hombros.
— No estoy en Slytherin, solo por eso creen tener derecho a tomar medidas — dijo Éride como si fuera obvio.
Ninguno dijo nada, se miraron entre ellos.
— ¿Eran los chicos de esta mañana? — le preguntó James a Sirius con sorpresa haciendo que este asintiera.
— ¿Tú lo sabías? — le preguntó Remus a Sirius haciendo que este último volviera a asentir sonriendo con pillería.
— ¡Tienes que verlos Éride! — exclamó James con emoción.
— ¿A mis hermanos? ¿Para qué? — preguntó Éride confusa.
— Cuando los veas y te rías acuérdate de darme las gracias — dijo Sirius antes de que se alejaran los cuatro con tranquilidad.
— No sé porque me da que esto no va a quedar así… — dijo Éride al aire.