Capítulo 25 - Un verano inolvidable (I)

1803 Palabras
El resto del curso me lo pasé evitando a toda costa a Sirius y sus amigos, cuando le dije aquella noche que pensaba que no estaba preparado y que no quería perder mi tiempo con una relación que no llegaría a ninguna parte si no maduraba, lo decía enserio. Siempre decía las cosas en serio. Sirius, lejos de intentar demostrar que había madurado se había dedicado a aumentar aún más sus pesadas bromas, y a salir con chicas, supongo que con la intención de que me arrepintiera de mi decisión, ya que cada vez que pasaba por allí cogía a la chica y la besaba mientras me miraba. Y eso, más que hacer que me arrepintiera hacía que algo dentro de mí se rompiera en mil pedazos, sabía que parte de la culpa la tenía yo, por no salir con él sabiendo, muy en el fondo, que yo le quería. Pero mi orgullo era mayor a todo ello, y seguí evitándole, saliendo lo menos posible de la biblioteca, donde me sentaba con mis amigos a estudiar para los últimos exámenes. Como todos los años mis notas fueron perfectas, y a la vuelta a casa después de mi cuarto año solo pensaba en que necesitaba alejarme durante un tiempo de mi día a día. — Padre — dije entrando en el despacho de mi padre tras llamar. Mi padre y varios hombres y mujeres reunidos con él en ese momento se quedaron callados y me miraron. — Siento la interrupción, volveré más tarde — dije dispuesta a irme. — Di rápido lo que fueras a decir y no vuelvas a entrar aquí en todo lo que resta de semana — respondió mi padre mientras todos me miraban fijamente. — Vengo a traerle mis calificaciones y cartas del profesorado y a preguntarle si me dejaría pasar el verano fuera — respondí dejando un montón de papeles frente a él. Él, lejos de responder al momento empezó a leer con atención todas y cada una de las felicitaciones de los profesores de Hogwarts, que hacían recomendaciones acerca de mi futuro laboral fuera de Hogwarts. — ¿Con algún amigo tuyo sangre sucia? — preguntó enfatizando el asco en las últimas dos palabras y mirándome con suspicacia. — No, fuera del país, a Europa tal vez, o América, solo irme lejos, a lo mejor pueda concertar algún tipo de prácticas en algún país durante las vacaciones — dije mirándole fijamente. — De acuerdo, infórmame esta noche de donde planeas ir y lo que piensas hacer, y con quien vas a ir — respondió mirándome fijamente tras un rato analizándome en silencio. — Gracias padre — dije sonriendo para salir del despacho cerrando la puerta tras de mí. Había decidido que pasaría el verano en el Sur de España, en una comunidad mágica que había escondida tres una de las colinas que rodeaban la ciudad de Cartagena. Fue la profesora Sprout, la profesora de herbología la que me había recomendado ese lugar y había acordado con unos viejos amigos suyos que una alumna suya se quedaría con ellos y les ayudaría con los cultivos de branquialgas y alguna que otra planta mágica, además de realización de pociones necesarias para el hospital de la comunidad. Una semana después de ese acuerdo llegué a la ciudad, había decidido ir sola y vivir una aventura de verano lejos de mi hogar y de lo que hasta entonces me era conocido. A lo mejor, alejándome aclaraba mis ideas, o al menos despejaba mi mente. Había llegado a la ciudad en tren desde la capital española y había llegado a una pequeña estación de tren en el centro de la ciudad. La pareja que me había estado esperando junto a la puerta de salida de los andenes, con un cartel en el que ponía mi nombre en grandes y elegantes letras negras me saludaros efusivamente con la mano mientras acortaban la poca distancia que nos separaba, y cuando se acercaron lo suficiente, la mujer, aun sonriendo me dió dos besos en las mejillas y rodeando mis hombros con un brazo empezó a guiarme fuera de la estación mientras el hombre me saludaba también con dos besos en las mejillas y me arrebataba la maleta para llevarla él. — Llevamos toda la semana esperando tu llegada, Pomona nos habló muy bien de ti, una de las mejores en todas las asignaturas de Hogwarts, impresionante — Empezó la mujer mientras nos alejábamos de los transeúntes muggles y nos subíamos en el que supuse era su coche, un seat verde lleno de tierra. — ¡Y cazadora del equipo de quidditch! — continuó su marido riendo mientras se ponía al volante del coche y arrancaba el motor para salir del aparcamiento y empezar a atravesar la ciudad. — Ya te lo habrá dicho Pomona, pero nosotros somos Antonio y María, te quedaras con nosotros y nuestros hijos estos próximos dos meses — volvió a decir la mujer, mirándome desde el asiento delantero con una radiante sonrisa. — Si, me lo contó todo por carta, tenía muchas ganas de que llegara este día, les agradezco mucho que me dejen quedarme con ustedes — les respondí sonriente desde la parte trasera del coche. — ¡No es molestia, además dos manos más nos harían mucha falta, siempre tenemos demasiado trabajo, sobre todo en verano cuando todos los jóvenes vuelven de las clases — dijo Antonio mirándome a través del espejo central del coche! — También tengo ganas de ayudarles, si soy de utilidad pues mejor que mejor ¿no? Además, es una gran oportunidad para aprender cosas nuevas — respondí alegremente. — ¡Di que sí! — dijo el hombre con efusividad levantando un puño al aire mientras nos metíamos en un camino de tierra y continúo conduciendo hasta la falda de la montaña. — ¡Vamos a chocar con la montaña! — grité asustada sujetándome a los asientos delanteros lo que hizo que ambos se rieran. — ¡No pasa nada muchacha! — grité el hombre mientras atravesábamos la falta y entrabamos en un túnel perfectamente iluminado de doble sentido. — ¡Ala! ¡Es como la entrada al andén que nos lleva a Hogwarts! — grité emocionada. Nada más entrar a la comunidad, aparcaron el coche en un pequeño parking asfaltado y caminamos hasta lo que supuse sería la plaza central. La comunidad estaba rodeada por un pequeño puerto y una gran colina que la protegía de todas las miradas indiscretas de los muggles, a un lado estaba el edificio del ministerio, un colosal edificio de piedra blanca, y a su lado e igual de grande e inmaculado un banco, incrustado en la colina, se decía que la colina en si era el banco, y que las cámaras con el dinero de sus clientes se encontraban bajo el mar, protegidas por criaturas marinas. Al otro lado de la sede del ministerio se encontraba un pequeño hospital de fachada curiosa y frente a estas tres grandes construcciones una gran plaza con una gran fuente en el centro rodeada de jardines y bancos. A partir de esa plaza y de manera radial salían tres grandes vías, con varias calles entre cada una de ellas, en la planta baja de todos los edificios se encontraban todo tipo de tiendas y encima de estos edificios no muy altos, de fachadas pintorescas y coloridas, la mayoría de tonos azules, las viviendas de los habitantes mágicos de esa pequeña aldea. Al final de todas las calles se llegaba a un pequeño puerto de suelos de piedra gris, y a un lado una pequeña cala donde la gente se bañaba o simplemente tomaba el sol en la orilla de arena de tono tostado. Desde la plaza nos dirigimos a la vía central, que recorrimos por completo, y justo antes de terminar la vía, haciendo esquina, había una tienda que vendía todo tipo de ingredientes para pociones. En el escaparate había un cartel con grandes letras que decía que eran uno de los mayores productores de branquialgas, la fachada era de color aguamarina y sobre ella había dos pisos, ambos con fachadas del mismo color que la tienda y con balcones de barandillas blancas. La tienda estaba cerrada ya que era domingo y solo algunos bares y heladerías estaban abiertas, todas cerca de la plaza o el puerto. Justo al lado había una puerta de cristal con barrotes blancos idénticos a los de los balcones. Al entrar subimos un tramo de escaleras y entraron a una gran sala, había un balcón a cada lado de la estancia, una escalera de caracol en una esquina del fondo, una gran cocina americana con una barra que miraba el mar, una gran mesa de comedor de madera y una sala de estar con vistas al mar mediterráneo, al puerto y a la cala. — Ven por aquí, te enseñaremos tu cuarto, antes lo usábamos como trastero, pero lo hemos metido todo en un armario encantado del pasillo, así si alguien quiere venir de visita puede quedarse en casa — dijo la mujer guiándome por las escaleras de caracol que daban a un pasillo en que había cuatro puertas. La mía era la primera puerta nada más subir las escaleras y nada más entrar vi una amplia habitación de blancas paredes y suelos de baldosa como el resto de la casa, una cama en un lado de la habitación con un escritorio en L a los pies de esta y un gran vestidor al lado contrario con una puerta que daba a un pequeño baño al lado, y justo al lado contrario de la puerta por la que acabábamos de entrar un amplio balcón con vistas al mar. — ¡Es preciosos! ¡Ojalá mi casa fuera así! — exclamé saliendo disparada hacia el balcón, abriendo las cristaleras, haciendo que la brisa marina entrara, acariciando mi cuerpo a su paso. — Me alegro de que te guste, hemos pensado que nos ayudes con los cultivos de lunes a jueves por la mañana, el resto de tiempo lo tendrías libre para pasear, o disfrutar de la playa y las fiestas que montan en ella los jóvenes por la noche — dijo la mujer sonriéndome. — Genial, me parece perfecto — respondí sonriéndole. — Bien, pues dejo que te acomodes, estaremos abajo, avisa si necesitas algo ¿Vale? — dijo la mujer antes de salir. Dejé la maleta en un lado y me tiré en la cama, mirando el océano. Me alegraba de haber tomado esa decisión y de encontrarme en ese precioso lugar en aquel momento. Y un regocijo inundó mi cuerpo al recordar que los próximos dos meses disfrutaría de esa brisa marina, del cálido sol acariciando mi piel, de la sedosa arena bajo mis pies y de las frías aguas que me mecerían al bañarme en ellas.  
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