CAPITULO 112

1165 Palabras

VALENTINA El silencio en la casa de Luciana había adquirido un peso nuevo. Ya no era la paz del refugio, sino la quietud tensa que precede a la tormenta. Yo llevaba días flotando en un limbo de terror, aferrada al crucifijo del Padre Vittorio como si fuera un talismán contra el mal. Esa mañana, mientras atendía el huerto, el ruido de un auto deteniéndose frente a la casa cortó el aire. Varios minutos después, llegaron hasta mí murmullos y algo que sonó como un golpe sordo. Vencida por la curiosidad, dejé la azada y me acerqué con sigilo a la sala, donde reconocí la voz de Giacomo. Me detuve en el umbral de la cocina, oculta por las sombras del pasillo. Luciana y Giacomo estaban allí, sentados a la mesa de madera rústica, cabizbajos. —Continúa la búsqueda de los menores desaparecidos de

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