DORIAN Respiré hondo. Cada palabra me costó sangre. —Recuperé el cargamento —dije al fin—. Todo. Salvatore ni siquiera fingió escucharme. Desvió la mirada como si mis palabras fueran ruido de fondo. —Eres un imbécil sentimental —escupió—.Volvió a clavar los ojos en mí.—Dejaste vivos a los Grimaldi. Dejaste testigos. ¿Sabes lo que eso significa en nuestra vida? ¿O todavía no entiendes cómo funciona la famiglia? Dio un paso hacia mí. Sentí su presencia como una mano cerrándose alrededor de mi garganta. —Aquí no basta con recuperar mercancía —continuó—. Aquí se eliminan problemas. Se cortan raíces. Se entierran apellidos. Entrecerró los ojos. —Y tú, Dorian… tú dudaste. Tragué saliva. No respondí, porque en el fondo sabía que, para un Martinelli, dudar era el pecado más grave de todos

