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Te reto a que me quieras

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drama
comedia
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alegre
Oficina/lugar de trabajo
de enemigos a amantes
autodescubrimiento
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intro-logo
Descripción

Soy Chrys Bowell, una chica que solía tener una vida perfecta: un trabajo maravilloso, un novio que amaba muchísimo, el sueño de recorrer el mundo y documentar las bellezas de los lugares más recónditos y un futuro prometedor. Hasta que un día lo perdí todo. Ahora trabajo como fotógrafa en la agencia de publicidad Owen & Larson. Paso mis días en un trabajo que detesto, en un lugar que detesto, rodeada de gente... que detesto. Para colmo de males ahora tengo que trabajar con Ethan Langford. Sí, el mismísimo Ethan Langford, el modelo más cotizado del país (“del mundo” como me corregiría él). Tan egolatra como afable. Tan terco como seductor. Tan guapo como mujeriego. Sí, ese Ethan Langford que representa todo lo que odio pero también todo lo que amo. Una parte de mi se resiste pero otra... no tanto.

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Capítulo 1: Buenos para vender mentiras
Hay dos reglas sobre este lugar: no molestar mientras se trabaja y no comer en él. La primera debería ser permanente; la segunda, que le den. En una mano sostengo un emparedado de queso y jamón mientras que con la otra llevo la pinza para remover las imágenes en su químico. La mayoría de las personas encuentran este lugar deplorable: pequeño, oscuro, sin ventilación y con olor a ácido. Para mi es mi lugar seguro, es mi trinchera. Si fuese mi decisión pasaría aquí las doce horas de trabajo diario pero por una razón llamada ‘sueldo’ debo salir y dar la cara la mayoría de las veces. Por fin saco del químico las fotografías y las cuelgo para que terminen de secar. Mientras acaba el proceso, termino de comer mi emparedado y doy un sorbo al café humeante sobre el mesón. Me levanto para tomar una de mis fotografías e inspecciono el trabajo a través de la luz roja. En la imagen Oliver Dempsey, sí, el actor este de Hollywood está de pie junto a un Ferrari n***o descapotable. Traté de huir desesperada de esta campaña, como un niño cuando huye de ser inyectado en el médico, pero no tuve más remedio que aceptar. La bonificación era muy jugosa para rechazarla. Al otro lado de la puerta alguien da dos golpes y me sobresalto, el café en mi mano se tambalea y casi se arruina la foto. Puf, después de todo la segunda regla parece tener sentido. Doy un sorbo, termino con mi bebida y tiro el vaso plástico en la papelera. —¿Bowell?— Llama mi jefe al otro lado. —Dos minutos— Grito mientras me pongo de pie. Es exactamente el tiempo que necesito para que las fotos terminen de revelarse. Pero estoy relajada, la presencia de mi jefe me tranquiliza. John Larson es un hombre mañoso. Brillante como pocos pero mañoso como ninguno. En un año trabajando en Owen & Larson he aprendido a conocerlo. Si el viene hasta acá es porque tiene buenas noticias, le gusta pavonearse cuando consigue una campaña jugosa para la Agencia. Va de puerta en puerta entre su equipo. En cambio si alguien ha cometido una falta, Larson le deja el trabajo sucio a Bertha, su secretaria, es ella quien viene por la víctima, mientras él espera en su oficina como un verdugo. Cuando abro la puerta, su sonrisa ladina confirma mi teoría. Está de buen humor y si lo está es porque hay una campaña apetecible -para él- entre sus manos. —Bowell, sala de juntas. En cinco minutos— Dice guiñándome el ojo mientras sus manos reposan en los bolsillos de su pantalón, de forma casual. Yo asiento. Él también. Me da la espalda y sale de la sala de fotografía. Yo camino a paso apresurado hasta mi escritorio. Cojo mi teléfono, mi cajita de mentitas, tomo una la meto en mi boca y salgo a toda prisa. La sala de juntas está dos pisos más arriba. Donde trabaja la élite de Owen & Larson. Las puertas metalizadas del elevador se abren frente a mi, marco el piso y espero a que la gélida caja metálica empiece a ascender. Me doy la vuelta para poder verme en el espejo que abarca toda la pared de atrás. Acomodo mi flequillo sobre mi frente, me acomodo el cuello de la chaqueta de mezclilla e instauro en mi rostro una sonrisa de ‘trabajadora feliz’. Me giro de nuevo cuando las puertas se abren ante mi. Salgo a toda prisa. No cabe duda que aquí todo es igual pero a la vez es diferente. Los pasillos son más amplios, el frío es más intenso, las luces son más luminosas. Lo único que no cambia es el rojo y el blanco de las paredes, característico de la agencia y la actitud petulante de los trabajadores que les encanta ver sobre el hombro a aquellos que trabajamos del piso veintidós hacia abajo. Detrás de mi siento un ‘clac, clac’ que machaca mis oídos. Son los tacones de Daisy, quien pasa por mi lado de prisa cargando un portafolio. —Vamos, Bowell. Solo faltamos nosotras— Me reprocha. «No es mi culpa que me hayan avisado de esta reunión hace tres minutos ¿vale?» Pongo mis ojos en blanco. Pero antes de atravesar la puerta de vidrio de la sala de juntas devuelvo mi sonrisa de ‘trabajadora feliz’ a mi rostro. La sala es amplia, todas las paredes son de vidrio pero ahora mismo necesitan privacidad, supongo, porque han abierto las persianas. Es bueno. El ajetreo del pasillo no me distrae, así puedo prestar atención a lo que sea que Larson tenga que decir. Las juntas no son mi fuerte y suelo aburrirme bastante rápido. Tomo asiento en la única silla desocupada alrededor de la mesa ovalada, también de vidrio, pero este de color rojo. Y aprovecho para echar un vistazo a los presentes. En medio está Larson quien susurra algo a Carl Fischer, sentado a su derecha, él es uno de los Ejecutivos de Cuentas, vamos, quien captura a los potenciales clientes. A la izquierda de Larson está Daisy, quien no despega la vista de su portafolio. A su lado están tres señores con ceño fruncido que no conozco, luego está una mujer que tampoco conozco y ya frente a mi está... «oh, por Dios ¡¿y él quién es?!» Desvío la mirada por un segundo, luego vuelvo a mirarlo. Sí, me mira a mi. Creo conocerlo pero soy incapaz de saber de dónde. A su lado está un hombre de expresión severa que no deja de susurrarle cosas. Tengo la sensación de que él no le está prestando atención. Si no hace nada más que mirarme. Tal vez él también me conoce a mi y por eso me mira. Sí, debe ser eso. Termino de inspeccionar el lugar. A mi lado está Bobby Feldman, uno de los directores y a su lado está Oscar Chandler, uno de los directores creativos. —Seré breve, lo prometo— Dice Larson al alzar la voz y capturar la atención de todos los presentes. —Como todos sabemos, hace un par de semanas atrás Dubois, la famosa marca de relojes dio a conocer su nuevo CEO. En ciento diez años es la primera vez que la casa relojera designa al mando a alguien ajeno de la familia, alguien que no es francés, además. Hay un motivo tras esto. En los últimos años la marca ha dominado el mercado europeo, como siempre, pero la competencia en América ha sido más fuerte y Dubois ha descendido un poco entre la preferencia del público. Al menos en Estados Unidos. Aquí es donde entramos en juego— Trato de reprimir un bostezo y afilar mi atención. Algo me dice que esta es la parte que realmente me interesa —Por supuesto, como todas las grandes marcas, Dubois cuenta con su propio equipo publicitario— Señala a los tres señores y la chica que están junto a Daisy. Vale, cómo no lo pensé antes, son los representantes de los clientes —Ellos seguirán llevando la batuta publicitaria en Europa pero nosotros tomaremos el mando en Estados Unidos desde ahora. Quiero decir, la campaña de ellos será dirigido a quienes están familiarizados con la marca, nosotros tenemos el trabajo de capturar nuevos clientes. Debemos hacer que Dubois sea tan grande en Estados Unidos como lo fue alguna vez, como ya lo es en Europa. Llevo una mano a mi boca. Ya no puedo seguir conteniendo ese bostezo. Escucho el sonido de una risotada por lo bajo y frunzo mi ceño. Debo estar volviéndome loca. —La semana pasada me reuní con el representante legal y las cabezas del cuerpo creativo y publicitario de Dubois, que hoy están presentes aquí y con Carl quien será el ejecutivo de esta cuenta. Hoy, me complace decir que Owen & Larson será el encargado de crear la campaña publicitaria de Dubois para el próximo año— Pongo los ojos en blanco cuando Bobby hace un gesto con la mano, como alguien que acaba de ganar un partido de tenis. Como si la victoria fuese gracias a él. —Daisy ha estado trabajando los últimos tres días en el bosquejo de la campaña. Daisy ¿querida? Daisy asiente se levanta y camina tras Larson que se ve obligado a girar. Ella enciende el enorme plasma en la pared y aparece el logo de Dubois. —Al comienzo pensé que tener de imagen a un rostro tan conocido sería un desafío. Pero tenían razón— se dirige a las personas de Dubois —Es un acierto. Las mujeres comprarán los relojes a sus parejas porque Ethan Langford tiene uno— La imagen en pantalla cambia y aparece una fotografía del hombre que está sentado frente a mi ‘¡¿es modelo?! ¿por eso lo conozco?’ —Si no pueden tener a Ethan Langford— Continua Daisy —Al menos sus parejas podrán llevar el mismo reloj que él. En cuanto a los hombres... «Lo siento, Daisy. Tengo cosas más importantes que hacer que prestar atención a tu estrategia publicitaria’. por debajo de la mesa saco mi móvil y en el buscador coloco ‘Ethan Langford’ y ¡boom! miles de imágenes como resultado. Primeros planos, cuerpos completos, campañas publicitarias, eventos, candids. Es un festín de fotos. Abro Wikipedia y echo un vistazo a su biografía: tiene casi veinte años modelando, empezó cuando era un adolescente, fue el primer modelo en obtener un contrato de diez millones de dólares. Es la imagen oficial de Jack Ross ¡de allí lo conozco! Su rostro -y su torso- pasó más de un año entre los grandes anuncios de Time Square. Salía del agua, con el torso desnudo como un adonis cualquiera. Una imagen icónica debo admitir. Alzo la mirada y me encuentro con la de él. Sonríe de forma divertida con una expresión acusadora como si supiese que estaba viendo fotos de él en internet. Esta vez no desvío mi mirada «por qué debería hacerlo». Fijo mis ojos en él y lo contemplo. Tiene tes blanca pero no pálida, de hecho hay rastros de un leve bronceado en contraste con el castaño claro de su cabello que lleva peinado hacia atrás, un poco en plan James Dean; sus ojos son azules ¿o gris? A esta distancia no estoy muy segura. Su mandíbula perfectamente definida se tensa cuando se percata que me rehúso a quitarle los ojos de encima. Si quiere jugar al juego de las miradas, lo reto a que me gane. Elevo la comisura de mis labios en una sonrisa victoriosa y cruzo mis brazos a la altura de mi pecho. —...Entonces. Resumiendo: Nueva York, Los Ángeles, Arizona, Alaska. Esos serían las locaciones. Un mes de trabajo, tal vez un par de semanas más si el clima se vuelve en contra. —No voy a pedirles que aprueben ahora mismo el bosquejo pero apenas tengan una respuesta nos pondremos en marcha— Dice Larson, mientras Daisy regresa a su asiento —Oscar necesito que coordines todo con Bobby para el rodaje. Bobby necesito que conformes tu equipo. Bowell— Alzo mis cejas en señal que estoy escuchando —Me gusta la idea de Daisy, espero que tú también. No queremos las típicas sesiones de fotos. Queremos imágenes espontáneas en pleno rodaje. Así que tu tendrías que unirte a las grabaciones también ¿vale? Y seguirás todas las ordenes de Daisy y Oscar ¿verdad, Bowell? —Sí, señor Larson. Por supuesto— Dibujo una sonrisa y asiento pasivamente. «¿Unirme al rodaje? ¿Acaso tendré que viajar por todos los sitios que Daisy mencionó?» Debí haber prestado atención a la reunión después de todo. —Nosotros necesitamos un horario de trabajo con anticipación— Farfulla el hombre calvo junto a Ethan cuyo ceño fruncido marca una línea de expresión prominente en su entrecejo —Esta no es la única campaña en la que está trabajando Ethan ahora mismo. —Por supuesto. Es mi trabajo coordinar todo eso. Estaremos en contacto los próximos días— Dice Fischer en un tono relajado, como siempre. Cuando termina la reunión todos empiezan a estrechar manos, unos con otros. Yo huyo de tal escena. Me apresuro para tomar las escaleras porque sé que el elevador estará atestado de las personas que estaban en la reunión y no quiero someterme a encuentros incómodos. Cuando voy descendiendo por el blanco e impoluto pasillo escucho un siseo. —Hey— No reconozco la voz así que continúo —Hey. Tú. La chica de la chaqueta de mezclilla— Tomo una bocanada de aire, me detengo a mitad de las escaleras y me giro. Ethan Langford está a cinco escalones de mi. La distancia entre los dos lo hace ver mucho más alto de lo que es. Su presencia es impotente. No voy a negarlo. —Tengo nombre ¿vale?— Le ladro antes de disponerme a seguir mi camino —Ya lo has escuchado. —¿Bowell? Ese es tu apellido, supongo. No voy a llamarte por tu apellido. —Ah, pero sí puedes sisearme como a un perro— Comento con ironía. —Vale, lo siento. Pero quería hablar contigo y pues no sé tu nombre. Pongo mis ojos en blanco y resignada le digo: —Soy Chrys. Chrys Bowell. Chrys con ‘y’, no con ‘i’— añado, es algo que ya hago por inercia. —Encantado, Chrys. Yo soy Ethan Langford. —Eso ya lo sé. Oye si querías presentarte ante los empleados debiste hacerlo en la reunión. Digo, era algo más adecuado de hacer, en vez de mirarme todo el rato. —Eso también lo siento— Dice entrecerrando los ojos —Es inapropiado lo reconozco pero...— Baja dos escalones más acortando el espacio entre los dos —¿Has pensado alguna vez dedicarte al modelaje? Dejo escapar una risotada y muevo la cabeza negando, completamente incrédula ante sus palabras. No puedo creer que esté recurriendo a una técnica tan cliché para coquetear conmigo. —¿Por qué? Déjame adivinar ¿por qué tengo un rostro muy hermoso?— Dijo irónicamente con un tono de voz grave, imitando al suyo. —No— Suelta él —Porque eres buena fingiendo cosas que no sientes ¿o vas a decirme que no estabas pretendiendo ser una trabajadora obediente? —Si te has dado cuenta entonces no soy tan buena. —Lo eres. Larson y compañía se lo han creído. Yo no. Ya sabes, te estaba mirando todo el rato. Podía ver como ponías los ojos en blanco también. En efecto, pongo los ojos en blanco: —No puedo evitarlo, es una reacción inmediata a las sandeces que tengo que escuchar a diario. —¿Tan horrible es trabajar acá? —No es tu problema— Le suelto. —No deberías hablarle así a la imagen de su próxima campaña. —Me importa un bledo quien seas, Ethan Langford. —¿Siempre estás así? ¿De mal humor?— Me interroga y sonríe, con ironía. Como si disfrutase sacarme de mis casillas. —Cuando estoy aquí, normalmente. Sí. —¿Entonces si es horrible trabajar aquí? —¡Que no es tu problema!— Chillo e inmediatamente bajo la voz. Apresurada pasa por nuestro lado Bertha sin siquiera mirarnos pero algo me dice que habrá escuchado parte de la conversación. O discusión. A estas alturas no sé si hablamos o peleamos. —Vale, ya. Tienes razón, no es mi problema— Parece genuinamente arrepentido de su tonto cuestionario sobre mi bienestar laboral —Ya no te quito más tiempo. Con mis labios fruncidos no pronuncio palabra y empiezo a andar nuevamente. Tres escalones más abajo, antes de cruzar hacia el próximo piso le escucho: —Hey, Chrys— Dice. Yo alzo la mirada para verlo —Deberías pensar lo del modelaje. Tienes un rostro muy hermoso— Me sonríe, esta vez sin rastros de burla e ironía. Es una sonrisa franca, sincera. Me tomo un segundo para contemplarlo antes de desaparecer por su camino. Yo reprimo una sonrisa. No voy a darle ese gusto. Cuando llego al Departamento de Fotografía y me adentro en mi cubículo, un cubo blanco y rojo perfectamente iluminado, me dejo caer en mi silla roja detrás del escritorio. Enciendo la pantalla del ordenador y como cualquier mujer en su sano juicio vuelvo a buscar Ethan Langford en Google. Comenzó en el modelaje a los quince años, como uno de los rostros de la línea de ropa juvenil WAVES. Antes de cumplir veinte años fue el rostro de la línea deportiva RUNNIN. A los veintiún años firmó un contrato de tres millones de dólares con la marca de tequila Coastal Town. Y a los veinticinco años firmó un contrato con la línea de ropa y fragancias masculinas Jack Ross siendo el rostro oficial en la actualidad. Veo que ha hecho otras campañas, a promocionado eventos caritativos y ha tenido amoríos con casi todas sus colegas femeninas. Por supuesto, tenía que ser mujeriego. No podía esperar más. —Bowell— Escucho en la entrada de mi cubículo —Apago abruptamente el monitor de mi ordenador —Así que Dubois ¡vaya!— Ernie, mi insufrible colega quien hace las veces de jefe del Departamento se cruza de brazos y me contempla —No sé que ha hecho pensar a John que tú eras más indicada para el proyecto que yo. Soy quien tiene más experiencia y soy quien ha llevado todas las campañas trasnacionales. —Deberías preguntárselo a él, no a mi— Espeto —Aparte, son los creativos los que conforman su equipo. Tuvo que ser Daisy quien me eligió. —Nunca te enteras de nada— Me reprocha —Esta campaña la consiguió el mismísimo John, fue él quien eligió a su equipo. Carl para llevar toda la parte ejecutiva, Daisy para el bosquejo, Chandler la parte artística y Feldman y tú para los clips y los anuncios. Esta campaña va de la mano con la campaña de Europa. Entiendo todas las elecciones que hizo, excepto tú. —Gracias— Bromeo —¿Sabes que me tiene sin cuidado lo que pienses, no? Antes de que él pueda responder y realmente muero por saber que tiene por decir se aparece Bertha, con su cara de pocos amigos. —Bowell, el Señor Larson quiere verte ahora— Concisa como siempre. Se da la espalda y desaparece. —A lo mejor Larson recapacitó. Se dio cuenta que no tienes madera para la campaña— Me dice mientras me pongo de pie. —Hasta hace cinco minutos no quería estar en la campaña pero ahora que sé cuánto te molesta que me hayan elegido a mi y no a ti, voy a disfrutar cada minuto en ella— «y espero que no sean estos los últimos». Como ya he dicho, si Larson manda a llamar a alguien, nada bueno tiene que decir. Tomo el elevador y en menos de un minuto estoy nuevamente caminando por los amplios pasillos del piso veintidós. Esta vez directamente a la oficina de John Larson. Toco la puerta dos veces antes de abrir. Larson se apresura a apagar en el cenicero un cigarro que sostenía en mano y me hace seña de que entre. Por inercia dibuja una sonrisa y me hace un gesto de que tome asiento. —Bowell, sabes que está prohíbido intimar con nuestros trabajadores ¿verdad? —Lo tengo tan claro como el agua. —Eso espero. Te lo digo porque un pajarito me ha dicho que te vieron hablando en privado con Ethan Langford y él, ahora mismo, tiene un contrato que lo vincula a la agencia. —Supongo que ese pajarito tiene nombre ¡y es Bertha!— Digo alzando la voz para que esta pueda escucharme —Para su información fue él quien se acercó a mi. Creo que hubiese sido grosero de mi parte no responderle. Tampoco queremos tratar mal a Ethan Langford ¿verdad? —No, tienes razón. Siempre y cuando el trato sea laboral, no habrá inconveniente. De otra forma, deberé tomar medidas en conjunto con recursos humanos. Odio que me amenacen. Ojalá poder levantarme de esta silla y gritarle «¿me vas a despedir? ¡pues yo renuncio!» pero lamentablemente necesito este trabajo. Demasiado, tristemente. Así que una vez más sonrío y asiento. —Sí, señor Larson. Por supuesto. —Estoy confiando en ti, Bowell. No me decepciones. —No lo haré. Me levanto del asiento. Me despido y salgo. Cuando cierro la puerta tras de mí y consigo capturar la atención de Bertha alzo mi mano, bajo todos los dedos excepto el del medio y sonrío para luego murmurar ‘chismosa’. ¿Qué mi relación con Ethan Langford será solo laboral? Eso lo veremos.

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