- ¡Papi! - grité al entrar a mi casa.
Mi padre me sonrió ampliamente cuando corrí hacia él, y casi se murió aplastado por mí, ya que lo envolví con mis brazos y mis piernas sin permitirle respirar. Papá reía y me acariciaba el cabello mientras trataba de mantenerse en equilibrio. No me había dado cuenta de lo mucho que lo extrañé.
- Okey, princesa, me aplastas... - habló a penas. Reí y me aparté de él.
- No sabíamos que llegabas hoy - dijo Matt, luego de saludarlo con un abrazo varonil. Mi padre suspiró.
- Pasado mañana me voy de nuevo - dijo apenado -. El trabajo me tiene de aquí para allá, ya saben...
- ¿Y cuándo vuelves? - pregunté. No me gustaba la idea de que recién llegara y ya tuviera que irse.
- El tiempo no está definido aún, princesa - me contuve por poner los ojos en blanco ya que me decía así desde que tengo memoria -. Pero tengo regalos para cada uno.
- Sabes que no hace falta...
En realidad si quería un regalo. Era lo suficiente mimada como para esperar uno incluso inconscientemente. Eso no quitaba el hecho de que sabía que mi padre se esforzaba tanto trabajando todo el tiempo, en cumplirnos todos nuestros caprichos y deseos simplemente porque se sentía culpable. Culpable porque no teníamos a nuestra madre - aunque eso no era su culpa -, y culpable por no pasar tanto tiempo con nosotros.
- Los regalos nunca están de más... - dijo animado mientras empezaba a revolver su bolso. Sacó unas llaves de este, y se las extendió a Matt -. Es la última vez que te compro cosas como estas.
Los ojos de mi hermano se abrieron como platos, por la impresión de lo que papá le estaba entregando. Las malditas llaves de un auto. Le había comprado un jodido auto. ¿Y a mí? Seguramente un jabón líquido para desinfectarme las manos cada vez que iba al baño.
Matt abrazó a papá con todas sus fuerzas mientras gritaba un "gracias" que nos dejó sordo a los dos, segundos después, mi hermoso hermano salió corriendo de la casa con los brazos elevados al aire. Parecía un mono.
Papá me miró y sonrió a penas. Esperé, no sé, las llaves de un departamento, pero en vez de eso, me extendió una tarjeta.
- Es momento de que empieces a ir - dijo algo serio. Fruncí el ceño y leí lo que decía la tarjeta.
Mis ojos casi se caen de mi cara cuando leí lo que decía: "Estela Grymson. Ginecóloga" .
Esto no está malditamente pasando. Esto no está malditamente pasándome a mí. No. No. No. Mi padre no me acaba de dar la tarjeta de una ginecóloga. No estamos a punto de tener "la charla". No. Me niego.
- Sé que sin tu madre aquí todos estos temas son algo incómodos de tratar entre nosotros, pero... - lo detuve por completo.
- No vamos a hablar de eso - dije al borde de un colapso mental -. No vamos a tener "la charla". No.
- Val, es necesario, hija - parecía un jodido psicólogo hablándome -. Ya eres una mujer y necesitas ciertas indicaciones y alguien que pueda informarte sobre el tema - quería vomitar, quería malditamente vomitar. A Matt le regala un auto, ¿Y a mí me regala una ginecóloga? Esto es una mierda -. Es decir, no serás virgen para siempre.
Al escuchar esas palabras me atraganté con mi propia saliva. No acababa de decir eso, mierda, definitivamente yo no acababa de escuchar eso. Empecé a toser descontrolada y mi padre empezó a darme pequeños golpes en la espalda para que dejara de convertirme en Cliford el gran perro rojo.
Dios... Si mi padre solo supiera que su niña pura ya no era exactamente tan pura como antes. Dios, me mataría. Pero peor que eso, me pediría que le diga con quien fue, y si se lo decía, iría y mataría a Brennett con sus propias manos.
- Papá, esto es malditamente incómodo. Definitivamente no hablaremos de esto - hablé a penas cuando me recuperé.
- Okey, okey, no habláremos de esto - suspiré -. Pero tienes una cita mañana por la tarde con la doctora Grymson.
- Bueno, solo - cerré los ojos con fuerza y vergüenza -. Solo cállate.
Mi padre soltó una carcajada que seguramente hasta escucharon los vecinos. No podía creer que eso estaba pasando, que aquello acabara de pasarme a mí. No saben lo malditamente difícil que es no tener una mujer en casa además de mí, y con mis amigas no puedo hablar de esos temas. Así que tendría que apañarme con mi padre todo lo que me durara de vida.
- Como tú eres mi princesa, tengo otro regalo para ti - pasó sus manos por mis hombros y empezó a caminar. Arrugué el rostro.
- Por favor dime que no es algo que tenga que ver con el periodo o con la primera vez o con algo que termine haciendo que muera de vergüenza - le rogué.
Papá rió y se detuvo enfrente de la puerta que se dirigía al sótano. Lo miré confundida, y segundos después abrió la puerta y me hizo bajar las escaleras con los ojos cerrados.
Cuando apartó las manos de mis ojos, literalmente casi me caigo para atrás por la impresión. El sótano viejo y horrible ahora estaba completamente modificado. Las paredes estaban perfectamente pintadas de un color lila pastel, el piso de madera estaba lustrado y con una alfombra de felpa en el medio del lugar. Una cama matrimonial perfectamente armada en el medio pegada a la pared, una televisión enfrente de la cama, dos sofás a los costados, un estante con muchísimos libros, otro estante con cientos de cd's, y un armario, que era prácticamente toda una pared, con puertas corredizas transparentes. Pero lo que definitivamente me dejó sin aliento fue el piano de cola que estaba en la esquina de la habitación. Ese era el piano de mamá... Maldita sea, me pongo toda sensible y no quiero.
- Debes de estar bromeando - dije con la boca abierta mientras caminaba dentro del cuarto.
- No podías quedarte en esa habitación diminuta toda tu vida - quería llorar de felicidad -. Ahora tienes tu propio espacio, y cuando vengan tus amigas no tendrás que pelear con Matt por la sala y demás.
- Muchas gracias - le dije con una sonrisa de oreja a oreja, abrazándolo. No exageraba en lo absoluto cuando decía que tenía el mejor padre del mundo.
Me quedé unos segundos recorriendo y toqueteando todo en la habitación. Mierda, era tres veces más grande que el cuarto de Matthew, y el cuarto de él es enorme. Tranquilamente podía hacer una fiesta aquí abajo. Bueno, no tanto, pero si antes a penas estaba en el piso de abajo, ahora no volveré a pisar la sala. Me quedaré aquí por el resto de mi vida. Mis perros y yo viviremos aquí, y sus crías, y bueno, si alguna vez me llego a casar con Aaron Lawrence, lo traería aquí. Esto era malditamente lo mejor de mi puta vida.
Me tiré en mi cama, mirando con una sonrisa inocente a mi padre. Ahora que estaba aquí tenía que preguntarle si me dejaba ir a la última fiesta de La Elite esta noche.
- Pa, hay una fiesta esta noche, y me invitaron... ¿Puedo ir? - mi padre me miró confundido.
- ¿Para que te inviten a fiestas no necesitas tener amigos? - dijo, confundido.
Mi boca cayó al suelo por sus palabras. Dios mio, hasta mi padre sabía que era una rarita sin amigos que no dejaba su habitación ni la comida. Pero no importaba demasiado, sabía que estaba bromeando, así que simplemente lo ignoré y puse los ojos en blanco.
- ¿Puedo ir o no?
- ¿Quienes van? - y ya empezaba el interrogatorio.
- Mis amigas - respondí.
- ¿Y quienes son tus amigas? - puse los ojos en blanco.
- Lenn, Julie y Less.
- ¿Van chicos? - preguntó entrecerrando los ojos.
¿Qué clase de pregunta era esa? Por Dios.
- Claramente sí - respondí obvia.
- Entonces no - mis ojos casi salieron de mi cabeza por su respuesta.
- ¡Papá! - me quejé. Puso los ojos en blanco.
- ¿Va tu hermano?
- Si.
- Entonces puedes ir.
Creo que el hecho de que Matthew ahora hiciera el papel de hermano sobre-protector y celoso era porque mi padre era igual a él. Desde que tengo memoria siempre ha sido super celoso de mí.
Recuerdo una vez en jardín de cinco, un niño se acercó a mí y quiso darme un beso en la mejilla, y yo estaba con cara de "aléjate muto asqueroso", y entonces cuando ya creí perdido todo, porque los labios del niño estaban muy cerca de mí, de repente vino alguien y lo empujó, haciendo que se caiga de trasero al piso. ¿Saben quién fue? Mi padre. Él empujó a un niño de cinco años para que no me besara. Si eso no es amor, señores, ¿Entonces qué lo es?
La noche cayó y yo lo único que hice en toda la tarde fue jugar con las teclas del piano que fue de mamá. Recién entonces me di cuenta que de verdad la extrañaba demasiado, y no hay tiempo que repare este tipo de pérdidas, porque la necesitaré toda mi vida.
En fin, a las ocho y media ya estaba lista. La última fiesta se llevaría a cabo en el instituto, y la temática serían luces, o algo así. No sé como La Elite consiguió que le prestaran el colegio para una fiesta, pero como los padres de esos chicos están forrados en dinero, seguramente un pequeño gasto habrán hecho.
Iba vestida con una falda blanca acampanada y un top rosado fluorescente, y aunque parezca increíble, en vez de llevar mis típicas Vans de siempre, decidí calzarme con unas botas militares negras. Me veía bien, no perfecta, ni hermosa, pero con un "bien" me conformaba.
Estaba por subir las escaleras de mi habitación cuando mi celular sonó.
Eric: Paso por ti.
Fruncí el ceño al leer aquello. Eric y yo no habíamos hablado después del beso, primero porque yo estaba casi muerta en el instituto esta mañana y segundo porque el tenía una cara de culo que asustaba a cualquiera. No me dirigió la palabra, ni la mirada, y cuando intenté hacer un chiste para provocarlo ni siquiera me siguió el juego. Eso era, definitivamente, algo demasiado raro en Eric Brennett.
Yo: Voy en taxi.
Eric: No fue una pregunta.
Eric: Ve saliendo.
Ahg, como odiaba cuando usaba incluso su tono demandante a través de un mensaje de texto. Como lo odiaba a él en absoluto. Pero, como soy señorita contreras, algo dentro de mí quería saber que mierda le estaba pasando, y sobre todo saber por qué siempre se comportaba así, primero tan interesado en ti y al segundo siguiente le importas una mierda. En sí, Eric era un completo enigma para cualquier chica.
Esperé fuera de mi casa por unos segundos hasta que el auto de Brennett paró justo en frente. Aspiré con fuerza y caminé hacia el vehículo. Cuando subí, noté que Eric llevaba un cigarrillo en la mano izquierda, y al arrancar ni siquiera me miró o dijo algo.
- ¿Desde cuando fumas? - pregunté curiosa cuando soltó el humo por la nariz. No quería decirlo, pero se veía jodidamente atractivo haciendo eso.
- Desde los quince - respondió, tajante. Fruncí el ceño algo confundida.
- Nunca te había visto fumar.
- Eso es porque no me prestabas la suficiente atención - sus ojos viajaron a los míos por unos segundos, y luego volvieron al camino.
- Convengamos que tú tampoco me prestabas atención a mí - dije, ladeando la cabeza.
- Mis ojos siempre estuvieron fijos en ti. Es solo que jamás cruzábamos miradas.
Creo que aquello fue una de las cosas más dulces que alguna vez Eric Brennett fuera a decirme a mí. Intenté ocultar una media sonrisa, pero como no pude hacerlo miré por la ventana y cubrí un poco mi rostro con mi cabello. No sé por qué sentía que estaba sonrojada, y no quería arriesgarme a que Eric lo viera.
- ¿Y a que se debe este honor? - pregunté, refiriéndome al hecho de que pasara a buscarme.
- Quería verte - contestó simple.
- Nos íbamos a ver en la fiesta.
- Resulta que quería pasar un poco más de tiempo contigo - lo miré de reojo, y noté que estaba completamente vestido de n***o, y que sus ojos marrones estaban algo más oscuros de lo usual. Solté una pequeña risa.
- ¿Esta es otra de tus tácticas para acostarte conmigo de nuevo? - pregunté divertida -. ¿En dónde quieres hacerlo esta vez? ¿En la oficina del director? - solté una carcajada ante mis palabras, y esperé a que Eric riera también, pero cuando lo miré, noté que estaba apretando los labios con el ceño arrugado. Definitivamente algo no estaba bien.
¿Y ahora que te pasa, Brennett?
- En realidad, quería que hablemos de algo - dijo por fin, aparcando el auto en el instituto. Clavó su mirada en la mía, girándose hacia mí cuando el motor estuvo apagado -. ¿Tienes algo con Gregg?
- ¿Qué? - fruncí el ceño, mirándolo confundida. El puso los ojos en blanco.
- Ya escuchaste - su tono de voz era brusco -. Mira, no me molesta si tienes algo con él o que se yo, pero si es así no podemos seguir con lo nuestro. No voy a tirarme a la chica de mi mejor amigo, Val, ¿Entiendes?
- ¿Lo nuestro? - solté un bufido, sarcástica -. No hay un "nuestro", Eric. Nos acostamos, ¿Y qué tiene? En lo que a mi respecta yo puedo hacer lo que quiera, no puedes recriminarme nada.
- Puedes hacer lo que quieras, pero no acostarte con ambos a la vez - sonaba furioso -. Existen los códigos.
- ¿Códigos? ¿Tú me hablas de códigos a mí? No seas hipócrita, Brennett - bufé, recordando el hecho de que él se había acostado con la novia de Matt.
- Eso ya es historia antigua, Drake, no jodas - espetó -. Pero espero que sepas que Gregg no va a perdonarnos esto.
- No tengo nada con Gregg, ¿Contento? - lo miré fulminante -. Ese día en la playa fue la última vez de "algo" entre nosotros. No seas un pesado - me pasé una mano por el rostro, exasperada -. ¿Y todas estas preguntas a que vienen?
- Quería saber, porque después no quiero sentirme culpable por cogerme a la chica de mi mejor amigo. De nuevo.
Lo miré sin poder creerlo por sus palabras, totalmente furiosa. Una vez más, había logrado sacarme de mis putas casillas. Y siempre de la misma manera: siendo un idiota. Solté un bufido divertido, apartando la mirada y apretando los dientes.
- En lo que a mi respecta, Brennett, puedes irte bien a la mierda - dije y bajé del auto.
La historia se volvía a repetir como siempre, él me llenaba de preguntas, me molestaba con algo, yo le contestaba porque parecía verlo muy interesado o preocupado en el tema, y él, como siempre, terminaba siendo un idiota sin remedio. Entonces fue cuando creí en las palabras que me dijo en la roca del beso: No cambiaría jamás.
La música venía del gimnasio, y mientras más caminaba hacia allí más me retumbaban los oídos. Varios chicos estaban en los pasillos besándose y demostrando su amor públicamente. No entendía el hecho de enamorarse siendo adolescente, siempre te terminan rompiendo el corazón, o siempre terminas con los cuernos más grandes que un alce, o en el mejor de los casos se casan y tienen hijos, pero después de unos años terminan divorciándose porque ya están hartos uno del otro. Eso, definitivamente, no me pasaría a mí.
Quise abrir la puerta del gimnasio, pero una mano me detuvo por la cintura, y cuando me giré a ver quien era, mis pulmones se quedaron sin aire al encontrarme con el rostro de Tate. Me sonreía, casi cínicamente, y tuve que contenerme para no alejarme en señal de miedo. No sabía que decir, tenía la garganta seca.
- No tan rápido, linda - me dijo arrogante, aún tenía un corte sobre la ceja -. Tienes que pintarte - me guiñó un ojo antes de apuntar con su cabeza una mesa en dónde habían cuatro latas de colores con pinceles.
Tate se alejó de mí, y tuve que contenerme para no suspirar aliviada, mis ojos vieron como él caminó hacia unos chicos de aspecto tenebroso que me miraban fijamente, con el rostro serio. Estaban fumando y bebiendo tranquilamente, y cuando Tate llegó a su lado me miró sobre sus hombros y le susurró algo en el oído al más grande del grupo, este solo asintió, sin apartar la mirada de mí.
Con las manos temblando me acerqué a la mesa con las pinturas y tomé uno de los pinceles. Dibujé figuras sin sentidos en mis brazos, en mi abdomen descubierto, mi cuello y mis manos. Utilicé casi todos los colores en mi cuerpo, menos el rosa, ya que ese me lo coloqué en los labios. Cuando ya estaba lista, miré de reojo a Tate, quién asintió guiñando un ojo, como aprobando lo que hice.
Entré al gimnasio y mis ojos se abrieron como platos ante la impresión. Estaba completamente a oscuras, y lo único que brillaban eran los cuerpos pintados de los adolescentes que saltaban con todas las energías del mundo. La pintura en mi cuerpo empezó a brillar al igual que la de los demás, y juro que me sentí como un jodido y genial extraterrestre. Estaba brillando en la oscuridad. Era el mejor día de mi vida, y además, estaba sonando a todo volumen Beats Knockin, así que la adrenalina me trepó por todo el cuerpo.
A lo lejos pude divisar a mis amigas saltando alegremente en el medio de toda la gente, y ni un segundo dudé en ir corriendo hacia ellas. Me recibieron gritando y agitando la cabeza y el cabello como locas. No podía dejar de reír y de moverme como una maldita desquiciada. Take Ü There empezó a sonar, y sentí mi cabeza explotar como un puto globo que se acerca a algo filoso. Me sentía tan viva, tan feliz y tan extasiada.
- ¡No quiero crecer nunca! - gritó contenta Lenn -. ¡Quiero ser como Peter Pan! - okey, la chica estaba un poco pasada de copas, pero no importaba demasiado.
Esto, señoras y señores, es la puta adolescencia. Esa jodida etapa en la que sientes que es el fin del mundo por cada pequeño problema que se te presente, en la que no sabes quién eres o qué quieres ser, la maldita etapa en dónde bailas hasta que tus piernas no pueden más, en dónde bebes hasta perder la conciencia, en donde haces amigos para toda la vida, la etapa en la que te rompen el corazón más de una vez. Esto, toda esta mierda de ser adolescente, es lo mejor que te pueda llegar a pasar. Porque cosas como estas no duran toda la vida, y momentos como estos no vuelven jamás.
- ¡Esta es la última maldita fiesta de La Elite! - gritó un chico moreno con el micrófono. El lugar estalló en gritos -. ¡Ahora, para dar inicio a una gran noche, quiero que tomen a la persona que esté al lado suyo y lo besen como jamás han besado a nadie! ¡Esto no termina aún!
Fue casi automático, todos los chicos tomaron a la primera chica que se les cruzó y las besaron tan intensamente que te daban ganas de vomitar. Matt prácticamente vino corriendo hacia Less para poder besarla, y ver esa escena justo frente a mí, casi me provoca vomitar. Lo que si no me esperaba fue el hecho de que Zach tomó de la cintura a Lenn, la miró y segundos después le devoró la boca.
Y yo estaba ahí, con cara de tarada en medio de muchas personas besándose, esperando a que alguien viniera hacia mi y me besara, o simplemente que cualquiera se me cruzara por delante. Cosa que nunca pasó.
- ¡Drake! - escuché que gritaron mi apellido. Me di vuelta en busca de la voz, y mis ojos se encontraron con los marrones de Eric. Me miraba algo serio pero risueño mientras caminaba hacia mí, y me costó bastante captar el hecho de que caminaba hacia mi para besarme. Instantáneamente me puse nerviosa, y saber que estaba nerviosa por Brennett me ponía más nerviosa aún.
Estaba a unos pocos pasos de mí, con sus ojos clavados en los míos y una media sonrisa pegada en su rostro. Sorprendentemente, estaba esperando ansiosa a que llegara a mi lado para poder besarlo, y me odié por ese pensamiento.
Él estaba solo ahí, a metros nada más, cuando una mano femenina lo toma por el hombro y lo gira bruscamente, uniendo los labios de él con los de la desconocida. Brennett le siguió el beso, primero un poco sorprendido, y cuando pude notar quién era la chica, el corazón me latió fuertemente con rabia. Mikaela Delgado lo estaba besando. Él y Mikaela se estaban devorando en frente de mí. Y no supe exactamente si eso me enfadó o me dolió. Y tampoco supe cual de los dos fue peor.
Me di vuelta, tratando de apartar esa escena de mi vista, pero me encontré con algo mucho peor. Julie y Gregg se estaban besando. Mi mejor amiga se estaba besando con Gregg. Supe que me sentí un poco traicionada, y no solo eso, sino que también dolida. No podía creer lo que estaba viendo, y no quería creer en ello tampoco. Todo, absolutamente todo estaba siendo un desastre.
A un costado tenía Eric besándose con Mikaela, y al otro tenía a Gregg besándose con Julie. Estaba en la punta de un maldito triángulo, y me sentía mal por ello, tanto que un enorme nudo se formó en mi garganta.
Bajé la mirada, y cuando la volví a subir, me encontré con sus ojos. Sus oscuros y brillantes ojos, que me miraban un poco apenados y algo tiernos. No pude formular palabra. Extendió su mano hacia mi, con una media sonrisa.
- ¿Vamos? - preguntó.
En un arranque de ira y un poco de dolor, tomé su mano, y sin dejar de mirarlo entrelacé mis dedos con los de él.